Dora la mañana la punta más alta en la copa de los árboles. También acaricia las almenas de la torre al pasar ante el viejo monasterio. Los guijarros del camino bostezan cuando avanzo, aún somnolientos. No alcanza la luz a mi sombrero, aunque oscile con los vaivenes, ni a los troncos que acarreo montaña abajo. Son los últimos que cortaron ayer los leñadores, mientras se les echaba la noche encima. Al partir, todavía duermen. No son como los pájaros. Cuando regrese, ya habrá otra pila esperándome. El sol no se descompasa, ya baña por entero los árboles y los prados.
