JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

jueves, 27 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (undécimo)



En un banco de estación descansa la tarde nubosa. Gesto de despedida. La mujer que se ha sentado a su lado lleva un ramillete en las manos. Flores menudas, silvestres, de las que nacen en los taludes ferroviarios. Se cruzan las miradas, la mujer sonríe. La tarde nubosa no sabe cómo corresponderle. El rostro adusto, la luz metálica, el relente en sus ropas, pero agradece el gesto. Le ofrece a cambio del ramo una hora. «Luego llegará el expreso nocturno». «Pero aún falta una hora», grita la mujer de falda azul cuyos pliegues bailan sobre el andén que abandona corriendo.

domingo, 23 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (décimo)



Las noches de tormenta evocan la intensidad de la creación. Una cama en un rincón del lienzo que el artista pinta mientras los grumos de color explotan sobre el insomnio. Una esquina de la hoja que el poeta tacha una y otra vez, a la búsqueda enloquecida de la palabra que nunca ha existido. Un saliente de piedra que el escultor golpea con la delicadeza del cincel y del martillo. Un anillo de enfoque cuando el fotógrafo trata de adentrar su pupila en el objetivo. También la intensidad perdida en la creación del presente, pendiente de construir a cada momento.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (noveno)



Los fugitivos de la jaula cronológica del tiempo regresan sin que los demás lo perciban a la infancia. Se sientan en el suelo y se entretienen disfrazando las piedras con brizas de hierba. Practican el ajedrez con las nubes y se alían con la luz para perseguir las esporas que llueven de los árboles. Se lanzan por el tobogán de la lengua y la inventan de nuevo para sus juegos inverosímiles. Crean redes invisibles con otros fugitivos. En el parque, en el barrio, en la ciudad. Cumplen siete años. Corren al pilla-pilla, se buscan al escondite y luego, se encuentran.

sábado, 15 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (octavo)



Entre las rocas, un charco de agua salada que ha llegado de alguna ola que quiso saltar por encima. Moluscos, algas y un pez que no sabe regresar al mar, va de un lado a otro, con miedos que al principio la niña no entiende. Lo comprende al imaginar que un día se quedara encerrada en la calle, sin poder entrar en casa. He de salvarlo, piensa. Construye una cesta entrelazando los dedos, bien apretados, y la llena con agua. Capturado el pez, corre hasta la playa y al lanzarlo al agua se descubre en la proeza a sí misma.

lunes, 10 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 80



Al lado de la realidad siempre hay un bosque. Un bosque más real que el espejismo de calles empedradas y tráfico amorfo, que el horario de los trenes y que los noticiarios en la radio al amanecer. Basta dar un paso hacia el costado y una ya está fuera de la falsa realidad de lo real. En el bosque los senderos transitan bajo la umbría de las copas y atraviesan claros donde la vegetación cubre el horizonte. Los pájaros acunan a los árboles con sus canciones y las ardillas ensayan sus ejercicios circenses sin aspirar a mostrarlos en ningún circo.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 79



El silencio es la marquetería geométrica del marco. El paspartú y el cristal. Un lienzo doblado en el cajón de un armario, un grabado traspapelado entre libros que solo acumulan polvo, una fotografía arrugada. Como caminar y no oír los pasos, tamborilear sobre el vaso de cristal y no apreciar el tintineo, posar la taza sobre el plato tras el primer sorbo en una película muda. El silencio es el amante de los sonidos que rescata el lienzo, el grabado o la fotografía y los enmarca y los cuelga. El gesto que permite escuchar la cotidiana sinfonía de mínimas resonancias.

sábado, 1 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 78



Es falso, siempre lo he pensado, que al cine mudo le sucediera el cine sonoro. En realidad, quizá ocurriera al contrario. El cine sin voces era locuaz. Hablaban las imágenes. El canal de sonido lo convirtió en mudo: lo mismo que decían las imágenes pasaron a decirlo las voces. El encuadre de un río. Y un personaje que dice: «Mira, un río». Al cine sonoro le ha sucedido el cine callado, en el que nada dice. Es mejor que las imágenes digan y que los sonidos dibujen imágenes, por eso a veces hay que cerrar los ojos para poder verlo.