JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

martes, 30 de enero de 2018

Becqueriana / 128


Con frecuencia escribo poemas en verso. La métrica, sastrería de sonidos, requiere cortar las telas con precisión, reunirlas de modo que parezcan siempre continuidad y coserlas sin que las costuras resulten visibles. En ocasiones también escribo poemas en prosa. Es como nadar en una piscina en verano. Se puede cambiar de posición constantemente, flotar o hundirse no importa, tampoco saludar desde el agua. Uno se siente libre en el cuadrado de palabras para subir o bajar en busca del efecto de realidad o de las sensaciones de un sueño. Pero a veces prefiero escribir eternos poemas efímeros sobre la piel.

domingo, 28 de enero de 2018

# 580


Desde la ventana la luz susurra una monodia que resucita los objetos. Se deja seducir la lámpara apagada por la historia que le cuenta el libro que anoche se quedó abierto bocabajo. Un escalofrío recorre la columna vertebral de la cómoda cuando la cortina al moverse levemente la roza. Le cuchichea versos desconcertados a los arabescos de la alfombra el tulipán en su traje de porcelana. Se miran con disimulo el edredón azul que abriga y la marina en la pared que refresca. Las cosas se trenzan en el cuarto. Aunque nadie se dé cuenta o no lo quiera escribir.

jueves, 25 de enero de 2018

# 579


No es de nadie. Si alguien al paso le lanzara una mirada de las que colocan un libro en su estante, entre dos letras no consecutivas. Pero tampoco. Si se detuviera apremiado de improviso, tan atento a los símbolos como a la naturaleza. Ensoñaciones. Los lugares de nadie que he hecho míos no son de nadie. Rincón que solo reconoce el olfato de un perro cuya dueña se ha detenido frente a un escaparate un momento antes de estirar de la correa para alejarlo de lo que no existe. Extrañas posesiones las del recuerdo, tan aficionado siempre a los olvidos.

martes, 23 de enero de 2018

# 578


Está la vida que ocurre y la que no tiene lugar. A veces elijo esta. Ocurre, tal vez, igual que la que ocurre, pero no tiene lugar. Carecer de lugar libera a la vida de sujeciones. Ocurre, sí, pero en ningún lugar. En un lugar que carece de las condiciones que cumple el lugar para que en él ocurra la vida. Que está libre de estas condiciones. No sujeto a ninguna condición, dado que es un ningún lugar. Es esta libertad la que me hace preferir la vida que no tiene lugar a la que ocurre. Ambas igualmente frágiles. Efímeras.

domingo, 21 de enero de 2018

Maga Losnay, dietario # 577


El momento en el que la barca se detiene y mis dedos juegan con la superficie cristalina del agua, en el lago. El tiempo tiene solo esta dimensión. Como en su metáfora se mueve, paso a paso, se cree que va siempre avanzando. Pero su camino transcurre siempre por el lugar por donde ha pasado. Es incapaz de salirse de la esfera y trazar en la pared, o en la muñeca, o en el campanario, un recorrido diferente, un irse sin saber hacia dónde. Al contrario de este momento, que crea espacios en lo desconocido, construidos para vivir un presente.

viernes, 19 de enero de 2018

Pablo García Baena


Una pluma del ave que se aleja en el cielo y entre las nubes parece que se pierde cuando hace tiempo ya que los ojos no la ven. La que planea las corrientes de aire y se posa con delicada mano sobre el barniz de la madera. Una elegía. El ángel que queda en el aire cuando el ángel se ha ido. La elegía, Pablo, a la que dedicaste la revista que cantaba con voces de alabastro. La elegía, Pablo, de los objetos que El Baúl salvaba. La elegía, Pablo, de versos que garabateabas en el cinematógrafo. Ángel, pluma: Elegía.

miércoles, 17 de enero de 2018

Becqueriana / 127



En el libro de la tarde quedan escritos algunos poemas. El que trazan las ruedas de la bicicleta sobre la arena del camino con caligrafía menuda pero infatigable. El que dibujan en el cielo las nubes blancas en letra meditabundas. El que sueñan los vencejos con su grafía acrobática. El que componen los tejados de la aldea, a lo lejos, cuando la mirada se da la vuelta al oír las horas en el campanario. El que transcriben las hormigas en filas que ascienden por los muros con trazos geométricos. Cuando se quede la página a oscuras, los recitaremos de memoria.

lunes, 15 de enero de 2018

El cuenco sobre la mesa


El cuenco de porcelana que presta su imagen durante este mes de enero a la bitácora perteneció a Maria Gabriela Llansol. Hoy se encuentra sobre una mesa ante la puerta que da al patio, de donde toma la luz que refleja en su satinada textura. En la habitación dialoga de manera sorprendente con los cuadros que Ilda David ha dedicado a la escritora. Y todo ello en la casa del Campo de Ourique que guarda su memoria —los objetos (personajes también de sus libros), la biblioteca, la correspondencia y, en especial, la colección de cuadernos donde escribía a diario—.

sábado, 13 de enero de 2018

Becqueriana / 126



El silencio es un vendedor ambulante que extiende en el suelo una sábana con los cachivaches que ofrece. La campanada de un cuarto. Un ladrido lejano. El piar incansable de los vencejos. El llanto de un bebé. Un maullido. La furgoneta del panadero, que tiembla como si un camión la hubiera pedido en nupcias. Al despertar, nos quedamos embobados antes su despliegue de mínimos sonidos. Tan breves, otros hechizan. El latido de un corazón. El chasquido de un hueso al mover una pierna. El rumor de la piel al rozar otra piel. Dos respiraciones acompasadas. Lo que expone el silencio.

jueves, 11 de enero de 2018

Hay que estar siempre empezando



Porque a Vicente Luis Mora en su edición de La mirada se le ocurrió hacer la lista, y no fue fácil completarla, sé que he publicado desde 1982 treinta y cinco títulos de creación literaria, algunos incluso repetidos (él relaciona 32; La mirada, 33; y después han aparecido en Polibea dos más). No sé si son demasiados. Uno por año de dedicación literaria: eso sí me parece una exageración, no haber desistido nunca de la escritura. De los 35 solo dos se han presentado en Barcelona, dos novelas. Mañana presento en mi ciudad por primera vez un libro de poemas.

lunes, 8 de enero de 2018

Puerto



El chapoteo de la ola bate contra la roca cuando tras el salto las botas alcanzan el muelle. Lo percibe. Y entonces advierte la bofetada del agua a la piedra, lo que de tanto oír, día y noche, el crujir de la madera allá donde imparta el viento su lección de desconciertos, se olvida. La oscilación de la proa sobre el oleaje, el chasquido de las salpicaduras en los cristales de cabina, todo el repertorio sonoro del silencio. Cuando pisa la superficie que no tabalea siente el vértigo de la quietud. Escucha con recelo la ola que no le mece.

viernes, 5 de enero de 2018

El pequeño cuento de la noche de Reyes


En enero el jardín recibe cartas del invierno, pero nunca las lee. Deja que se amontonen sobre la estera de la puerta, con descuido. Un día, me digo, las abrirá una tras otra. Qué hermosa jornada, tanta correspondencia. La víspera de Reyes lo que se acumula son personas frente a las cajas de los comercios. Por eso me he venido aquí, lejos del bullicio. Algunos niños corretean en los columpios y las cuidadoras forman un círculo ciego junto a la tapia. Me he sentado en este banco y al poner la mano: la cubierta de un libro. Olvidado. ¿Mi regalo?

miércoles, 3 de enero de 2018

Bicicleta



El neumático es casi redondo, pero en la parte que roza el suelo se une a la llanta. Es el aire que ya no está dentro el que primero dice. Luego la cadena se afloja, con el tiempo, pierde la condición rectilínea de la tensión. Dibuja la imagen del cansancio y eso es lo que su negación del movimiento afirma. El metal se oscurece con el polvo. Una infección de tonos parduzcos recubre la osamenta cilíndrica. Lo manifiesta con unas motas cobrizas que enferman el brillo primigenio del manillar. La locuacidad del abandono crece. Nada hay que hable tanto.

lunes, 1 de enero de 2018

Pequeño cuento de Año Nuevo



Un charco de raso rojo en el suelo. Lo reconozco, mi vestido. Pero no el pavimento que lo rodea. Baldosas antiguas con cenefas granates y fondo gris. Alguna desajustada. No recuerdo haberlas pisado nunca. Un destello de charol asoma bajo la cortina. También lo reconozco, mi zapato. ¿Habré estado bailando descalza aquí? Pero, ¿dónde es aquí? Una sensación de descuido de repente me agobia. Paredes desconchadas, algunos pósteres de cantantes antiguos, descoloridos, con las puntas vencidas. Un colchón en el suelo, donde, por cierto, acabo de despertarme. Sábanas arrugadas, mantas raídas. ¿Quién vive aquí? ¿En esto consistirá el Año Nuevo?