JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

miércoles, 29 de julio de 2015

Becqueriana / 73


En una mano el hervidor y en la otra la tetera. El agua se esfuerza por mostrar su sueño de ser nube. Un ramillete de hierbabuena canturrea impaciente sobre el mármol de la cocina. En la mesa, sobre el mantel de cuadros, hay alineadas dos tazas y, en medio, un plato de barro con galletas de avena. En la emisora que está sintonizada suena un tango cantado con voz de mujer. El último sol de la tarde extiende el brazo por los hombros del clavel en la maceta del alféizar, que reclina la cabeza sobre el pecho de su ámbar.

jueves, 23 de julio de 2015

Becqueriana / 72


Sus formas rojas son las últimas en aparecer cuando una lámina de luz empieza a deshacer la oscuridad. Pero al surgir entre los otros colores ya formados en el ojo, captan toda su atención. Pequeñas bolas encarnadas y brillantes colgadas de una mata o de un arbusto, frutos caprichosos que parecen regresar a la madrugada de una noche de fiesta, aún con la euforia en las mejillas y en la ropa. Se parecen los frutos rojos a los besos. Cuando aparecen en la luz absorben todas las sensaciones de los cuerpos, hablan por las palabras, le dan nombre al gozo.

sábado, 18 de julio de 2015

Mis contemporáneos 03. Ezequiel Zaidenwerg


Aníbal me presenta a Ezequiel Zaidenwerg en el andén de una estación de metro. Sé que vive en Nueva York y que es capaz de iniciar un prólogo mencionando una reseña de Ashbery escrita en 1957. A ambos datos, tan significativos, añado ahora una camisa estampada con flores de montaña, unos ojos de azul muy tenue y una barba algo descuidada. También le escucho hablar. Mejor sería decir que le leo hablar. Sus frases encierran dentro infinitas frases sin perderse nunca en el laberinto de la sintaxis. Entrevera una ironía sutil —que pese a no conocerle, entiendo siempre—, oscura. Literaria.

martes, 14 de julio de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 40


Algunos libros que se leen durante las horas de los días calurosos. La novela que escribe la espuma de la ola al romper alrededor de los pies cuando caminan descalzos sobre la arena húmeda.  El ensayo sobre la versatilidad de los triángulos que publica la bandada de patos que se alejan hacia el oeste. Los poemas en prosa que recita el ferrocarril al cruzar el puente de hierro sobre el río. Y los poemas en verso que declama la corriente si cazan en sus aguas las gaviotas. Libros de la biblioteca de la tarde en un estante de la memoria. 

domingo, 5 de julio de 2015

Café Lehmitz #9


La tarjeta que se rasga tras la visita incómoda y al poco se descubre un posible interés y se rescata y se unen los pedazos con cinta adhesiva sin que aparezca el que contenía el número de teléfono, así las tardes en el Café. El jarrón que al desenvolverlo se golpea y agrieta y se disimula contra la pared, pero ya nunca lucirá las flores que presagiaba ni albergará el agua que les dé vida, así las noches en el Café. El libro que ha perdido sus cubiertas, muchas páginas y el índice, y no se sabe quién lo escribió.

sábado, 4 de julio de 2015

Café Lehmitz #8


Los números impares suelen ser más locuaces. Quieren que pase desapercibida su condición. Su soledad diluida en la camarilla que reclama al camarero una ronda gratis.  Aunque no todos. A quienes les gusta gustar se transforman en columnas adosadas a la pared maestra y miran con mirada adquirida en cines de sesión doble. No ven al que se acerca sino como una oportunidad de verse a sí mismos. Sueñan con convertirse un día en la persona que se proponga conquistarlos. Que se acerque con un espejo en el rostro. Amarán solo a quien los admire tanto como ellos se admiran. 

jueves, 2 de julio de 2015

Café Lehmitz #7


Abrir los brazos. Levantarlos. La cabeza hacia atrás. El pecho franco. Los ojos cerrados que miren al cielo. Abrazar a un dios que acaba de entrar en el Café de improviso con un halo de frío en la voz. Alzar los brazos. Celebración solitaria. Elevarlos para beber y ser bebido. Un momento único, antes de recoger sobre la mesa los pedazos del vaso roto o por el suelo los desperdicios de un deseo. Erguir el cuerpo. Los brazos. Haberlo dado todo por bailar una música que nadie escucha. El precio más alto que pueda pagar quien nada ha dejado atrás.