JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

jueves, 26 de febrero de 2015

Elogio de los elogios


Un elogio es a la realidad lo que la maqueta de una promoción a los pisos por construir que vende una inmobiliaria. La ensoñación de un ideal. Será porque me entretengo más de lo conveniente delante de las maquetas —hubo una tienda de trenes en miniatura en cuyo escaparate perdía los horarios viendo dar vueltas a uno— los elogios me gustan. No recibirlos, que incomodan siempre, sino verlos aparecer. De hecho, ni siquiera importa que sean, por lo general, un simple espejismo. Sin una utopía debajo, por inocente que sea, parece que solo exista lo que vierten los críticos literarios.

domingo, 22 de febrero de 2015

Elogio de febrero


Las tardes de febrero son las de un niño que se aventura a lanzarse, en el parque, por el tobogán de los mayores y a subirse en el columpio de los grandes. Cada día conquistan un trozo nuevo de jardín cuya hierba revive con sus dorados. Y como se hace con los pequeños, a quienes una señal detrás de la puerta señala su incesante crecimiento, hay quien traza líneas de su avance. Le ayudan en este presentimiento de la primavera los almendros, cuyas tímidas flores de nieve rosada fulguran en mitad del invierno. Todos esperan lo que ellas ya poseen.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Elogio de la fotografía

Fotografía de Edu Barbero, Tiempo visible, pág. 165 

Decir con lo dicho. Y que resulte recién dicho. Nunca antes pronunciado. Ese milagro. Descubrir fuera, donde no está, lo que solo está dentro. Y verlo ahí afuera, solo porque ha sido mirado. Encuadrado. Fijado. Verlo ahí. Lo que solo está adentro, ahí afuera, donde no hay nada suyo. Decir con lo ajeno como si se estuviera diciendo con lo propio. Sin apropiarse de ello. Sin siquiera acercarse. Mirando únicamente. La mirada como delatora. Como narradora de acontecimientos cuyo relato no está. Se escribe al verlos. Al mirar. Al encuadrar. Al disparar. Una manera de multiplicar el tiempo al dividirlo.

viernes, 13 de febrero de 2015

Elogio de las librerías



Asunto de cierta antigüedad y renombre es vivir dentro de la literatura. Aspirar a convertirse en poema tiene sus precedentes. Hoy, tan ciegos ya de visiones, por fortuna quedan aún las librerías. Cada vez menos, pero ahí están. Las de nuevo, desmejoradas, algo patéticas de tanto que quieren gustar, tan con el pie cambiado; las de viejo, algunas verdaderos arrecifes dispuestos a hacer naufragar cualquier época venidera. Como textos dadaístas, los estantes escriben versos espontáneos y efímeros que vibran en la memoria. Como textos sagrados, sacuden las conciencias con epifanías. Cuando uno sale no se reconoce en quien ha entrado. 

martes, 10 de febrero de 2015

Elogio de las manos entrelazadas


Quien escribe sostiene una calavera en una mano y formula la pregunta que carece de respuestas. ¿Símbolo o realidad? Sin lo real, el hilo del símbolo se escapa de la mano del niño que lo sujeta y se pierde en el cielo de una tarde de domingo. Sin valor simbólico, lo real resulta mera mecánica, espurio ejercicio. Pero símbolo y realidad rara vez ligan. Habrá que hacerlos ligar. Eso, la escritura. Y para aprehenderla, fuera de ella, observo algunos pequeños gestos que al tiempo son realidad y son símbolos. El que siento con mayor emoción: caminar con las manos entrelazadas.

viernes, 6 de febrero de 2015

Elogio de los números


No me aburre ojear libros de física. En su intrincada formulación hay algo que fascina, la certeza de que existe ahí un conocimiento, pero que es, para mí que solo los contemplo, inaccesible. Me llama la atención siempre que en las fórmulas matemáticas que los nutren apenas hay números. Y eso sí lo entiendo. Porque los números cada vez son menos ese latigazo frío y preciso de lo objetivo. La vida los carga de significados, es decir, se convierten en nociones subjetivas. Los números acaban por decir cosas nuestras y también cosas por nosotros. Náufragos del mar de la semántica.

lunes, 2 de febrero de 2015

Elogio de la poesía


pura entre impureses 
JM 

Si algún valor conserva todavía es el de carecer de cualquier valor. Lo valioso le resulta nimio. Su mérito es mayor cuanto menos vale. De ahí que los mejores nunca coincidieran con quienes mostraban pecharas predispuestas a las medallas. No es milicia. Ni privilegio. Ni aristocracia. A veces un joven, otras un oficinista, un lunático, qué sé yo, alguien al margen. Alguien casi por casualidad, se diría. Lejos siempre. Su acierto solo en manos del desacierto. Cuanto más se apunta, más se yerra. Amiga solo de quien más tiempo pierde. Una impureza, ahora, entre tanta vocación de interesadas, pragmáticas, purezas.