JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

jueves, 26 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: cou

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Musée du Louvre

La noche que Novalis dibujó
para que el cuello fuera la luciérnaga
y el abrazo las manos que la atrapan.

El cuello que Novalis ha soñado
despierto como fatuo resplandor
donde el agua se abraza a los nenúfares.

Abrazo que Novalis sentiría,
y en los labios la tenue piel de un dios,
al estrechar los hombros de la náyade.

La piel imaginada por Novalis,
azul, no blanca, entre las sombras déspotas.
Blanca en medio de la noche azul.
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Un Novalis que Novalis no vio.
Una noche que la noche no tuvo.
Un cuello que aquel cuello. Un dios. La ráfaga.

domingo, 22 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: genoux

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Musée du Louvre .

—¿Las rodillas? No puede ser.
—Lo es. No podría vivir sin acariciar sus rodillas.
—¿De rodillas?
—Jamás se ponen de rodillas las rodillas. Las ponen. Así las menosprecian.
—Ya será menos.
—Cuando las rodillas se juntan, palpito.
—¿No confundes la rodillas con los muslos?
—En absoluto. Rimbaud les pedía a sus amorcillos provincianos que entrechocaran sus rodillas. ¿Sentiría él lo mismo que siento yo?
—Nada más provinciano, en efecto, que una rodilla.
—¿Lo cosmopolita sería el muslo?
—O el pecho descubierto.
—Para ti. Donde esté el oteruelo de una rodilla. Su simpatía.
—Su simplicidad, dices.
—Quizá sí. Su casi nada.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: fesses

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Musée du Louvre
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No se ha dado la vuelta para irse, como en el poema de Leonard Cohen, ni me cruzo con ella, vestida de negro, en un semáforo de París, sino que camina por delante en el paseo, entre la muchedumbre del verano. Como dos esferas que hubiera labrado la expansión constante del Big Bang, sus nalgas, huidas de una prenda que apenas se propone señalar límites, evocan algún mundo ideal. De repente se estanca cuanto se agita en la ciudad y sólo permanece el compás exacto, dúctil, bamboleante; un lugar para ir a vivir sin posesiones, sin memoria, casi sin muerte.

domingo, 15 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: cheveux

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Musée du Louvre

La gacela mira tras las ramas y los rizos de las hojas que la brisa mece desvelan su belleza velada a quien la observa de la mano de Ibn Arabi. Se diría que se oculta tras las trenzas de los troncos o que su pelaje asoma entre mechones que invitan a ser peinados. La túnica de su desnudez desarbola la geometría que se aprende en las escuelas. Tan próxima e inalcanzable como distante y ahí. Flequillo que cierra ojos abiertos. De la mano de Ibn Arabi. Sin este celaje de opuestos, ¿cómo el amor, el único, remontaría su viscosidad animal?

jueves, 12 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: pieds

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Musée du Louvre

El gesto de quitarse los zapatos —sin calcetines, los calcetines rara vez ocupan un lugar en la imaginería amorosa— deja a los pies indefensos, como un niño que sale a jugar desnudo. Así lo escribió Anne Sexton en el poema «Barefoot» para que existiera una imagen con la que comprender desde dónde arranca el deseo —exactamente my hunger mark—. Los pies tienen apariencia de asalariados frente a los órganos aristocráticos: las tímidas y lunáticas plantas, la difícil belleza de los dedos extraños, la provocación de los tobillos: olvidada esa pendiente de colina, la noche se encamina hacia donde quiera.

domingo, 8 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: mains

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Musée du Louvre
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Bécquer las había pensado como avanzadilla que explora y aprueba las condiciones de paso del grueso de los sentimientos. Pero las manos rara vez van al frente y cuando lo hacen fundan la parodia. Las manos son la retaguardia del amor: sólo llegan al campamento cuando la luna está muy alta y capitanes y soldados duermen junto a las brasas de lo que fue calor, cocina y memoria. Se reparten sin chistar las sobras de la cena y viendo rendidos al sueño los vigías y extenuadas las palabras, ellas, las manos, se convierten en las únicas centinelas de lo ocurrido.

domingo, 1 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: yeux

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Musée du Louvre

Algo dejó sin aclarar Petrarca sobre los ojos: ¿los que aman con tanta intensidad son los mismos ojos que el labriego entorna cuando aventa el grano sin impedir que el polvo del cascabillo los seque e irrite? ¿Los mismos que acarician sobre el pergamino el nombre de la amada son aquellos que en la era giran al sol, atados a la abrupta geografía de costras que cubre la grupa del mulo? Los ojos sacian, dijo Petrarca, y a pies juntillas le creo mientras quien sube a la cabina de la cosechadora protege sus ojos con unas gafas. El mirar colma.