JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

domingo, 25 de julio de 2010

Via delle Vergini

.
.
En una calleja medieval, donde sólo mueren tapias de antiguos conventos convertidas en traseras de almacén y junto a las que se apilan maderas, cartones y aparatos inservibles que reciben resignados la orina de los transeúntes solitarios, descubrí el amor. En la intimidad del abandono desabotonó la blusa que me había puesto para él y sentí cómo mis caricias transformaban su espalda en un piano de silencios. Regresamos, más tarde, a la avenida, que los turistas anhelaban captar —con la cámara de unos ojos a los que no se les había retirado el protector del objetivo— y que nosotros olvidábamos.

martes, 20 de julio de 2010

Vicolo d'Orfeo

.
.
Cuando llegó al piso la señora le advirtió que no entrara nunca en aquella habitación del fondo, donde descansaba su marido, muy enfermo. La puerta siempre cerrada y el silencio que se cernía sobre el cuarto prohibido fueron echando leña al fuego recién encendido de la curiosidad. Un domingo, después de que la señora hubiera salido a misa y no quedaran otros inquilinos en sus aposentos, empujó la puerta. Una cama vacía y un gran armario. Llegó a abrirlo por ver si estaba encerrado allí el moribundo. Nada, como en los signos. El misterio de aquel misterio acababa de empezar.

viernes, 16 de julio de 2010

Vicolo della Tinta

.
.
Rara vez la página en blanco produce vértigos: las primeras frases se componen en la cabeza y se copian de memoria. La verdadera zozobra se presenta cuando la pluma de súbito rasca la página y nada queda grabado en ella. Los dedos, entonces, bailan un garabato nervioso como quien improvisa un masaje cardiaco. El trueno de la desaparición definitiva de la escritura resuena en el cielo ennegrecido del miedo. Un cartucho, un tintero. Y a mitad del trazo de prueba, regresa la tinta, humor caprichoso y enigmático que a veces da cuerpo a los sueños y otras les da alma.

martes, 13 de julio de 2010

Via del Boschetto

.
.
La arboleda dulcifica el verano. Lo desmiente con su derroche de ramas que se extienden y alzan las manos como voces de un coro en lo más álgido de la nota. El verdor oculta el cielo y protege de sus designios y vigilancias. Igual que el colegial que corre al rincón discreto, en la hora del patio, para encender el cigarrillo contrario a las normas. La arboleda disimula prohibiciones, atenúa rigores. Resulta más humano el viandante desconocido al que se saluda. Parece más próximo el momento, acaso al principio inadvertido, que con el tiempo, para esclarecerse, reclame la palabra «milagro».

viernes, 9 de julio de 2010

Vicolo del Puttarello

.

Se sientan en las escaleras de la fuente y con la mano hunden la falda entre sus piernas de mármol blanco. Las chicas se miran y sonríen entre ellas, o a sí mismas cuando sacan del bolso un espejito nacarado. El chapoteo del caño sobre el agua acompasa las bromas a las que nadie más está invitado. Las chicas no miran, pero las agujas de su atención tejen tránsitos y gestos. Los chicos, giróvagos de la tarde de los domingos, clavan la vista y no ven nada. Quien se ríe de esta inocencia daría el alma por creer en ella.

martes, 6 de julio de 2010

Via Leopardi

.

Igual que ciertos hombres llevan su oficio engastado entre las uñas, las cartas que baraja el poeta antes de repartir no disimulan el sudor de los veranos, el alcohol o las motas de sangre en noches aciagas. Son humores verdaderos y cada tizne o rasguño corresponde a una experiencia que recuerda y nombra con el emblema del envés. Por esos rastros grasientos conoce el color que cada naipe esconde en manos de cualquier jugador. Y era lícito su engaño cuando se juntaban en una mesa. Ahora, solitario, lanza sus cartas de bordes ennegrecidos únicamente al chorro de las fuentes públicas.

sábado, 3 de julio de 2010

Via della Lupa

.

Entre legañas, quistes y llagas en los ojos de la perra vieja se abre paso la tumefacción de la melancolía. Tantas veces como dio a luz cachorros suaves y hermosos, sanos, juguetones, cuanto aprendieron entre sus piernas y bajo sus ubres llegado el día les sirvió para destrozar a dentelladas el cuello de un igual, cuando no de su propio hermano. Ningún valor tuvieron las horas que pasaba lamiendo sus cuerpos, con ternura, mostrándoles afecto, si luego aparecía el padre y, antes de partir nuevamente, ufano les mostraba los dientes ensangrentados, y sólo ese instante se convertía en la realidad.