JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

viernes, 13 de febrero de 2026

Quinto libro de odas (4)



Me apetece bajar a la playa. El pueblo se construyó en la ladera por miedo a los piratas que infectaban la costa. Y ahí se ha quedado. Lo malo de tomar un vino en el chiringuito no es ir, sino volver. Se sale con una alegría que ignora el regreso. Pero choco de repente con la barra cegada por tablones y una cadena brillando en el atardecer. Solo me queda sentarme en la arena y tirar piedrecitas a las olas. Sin bebida, sin conversación, lanzo deseos al mar con la esperanza de quitármelos de encima para luego enfrentar la cuesta.

lunes, 9 de febrero de 2026

Quinto libro de odas (3)



De todos los lugares extraordinarios a donde he ido, quedándome la mayor parte de las veces boquiabierto ante tanta belleza, he vuelto. No se trata nunca de un ir al monte, al lago, al altiplano, sino solo de visitarlo. Llego, admiro y parto. Durante unas horas vivo en el espejismo de habitar el lugar distante. Por esta razón, recorro una y otra vez las calles de la ciudad que descubro o repito el paseo por la misma vereda. No intento engañarme, sino sentir el espacio tal como lo ve quien transita a diario y sueña con viajar a mi ciudad.

jueves, 5 de febrero de 2026

Quinto libro de odas (2)



Le llaman en la aldea el Guapo. No es que lo sea más que los demás, pero se esmera. Cuando una furgoneta levanta una polvareda en el camino, es a él a quien le trae un paquete. Una camisa, unos pantalones, un pullover. Hasta que no me lo explicó, nunca había sabido a qué se refería la gente cuando decía pullover. Lo mismo ocurre cuando nosotros decimos despique y los de ciudad no nos entienden. El Guapo pretende ser como ellos, empeñados en dejar memoria de sí mismos. Y nada hay más perecedero que verle pasar engalanado por la plaza.

domingo, 1 de febrero de 2026

Quinto libro de odas (1)



Le parece poco tal vez la arena prosaica del sendero y con un giro de riendas conduce al precioso alazán, cuyo sudor brilla con los rayos que la arboleda filtra, hacia la vegetación que crece pletórica en los márgenes. Espoleado por las botas del jinete, sus pezuñas pisotean plantas y flores, arranca pedazos de tierra tierna que se esparcen por la verdura ensortijados de raíces, asusta a flemáticos insectos que de repente huyen como disparos. Dicen que, enamorado, visita a la hija del vigilante del pantano, sin faltar ni un día. Si no rechaza pronto al pretendiente, arrasa nuestro paisaje.