Con un jersey precioso de flores y sortijas
G. de L.
La tarde se ensimisma y ya no atiende a tránsitos ni a necesidades. Han cerrado el súper y la ferretería, los niños han desertado del columpio, un taxi aguarda en una esquina un quimérico viajero que nunca soy yo. Qué poco dura así la tarde, aún húmeda de luminosidad y silencio, vestida de sport, con zapatillas ligeras y la melena recogida en una coleta. La hora se apropia de mis palabras y me ruega que la dibuje en el cuaderno como quien desde la soledad escribe una carta de amor e imagina, entre líneas, la conversación que solo amputada existe.


