JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

martes, 27 de abril de 2021

Saul Leiter's hideout. Woman Waiting, 1958


A quienes les gusta perorar sobre la cotidiana felicidad que reside en los detalles de la vida suelen olvidar este principio: Hay que llegar antes que la persona esperada. Y luego caminar sobre este lío conceptual sin tropiezos: hacer como que la persona a quien se espera no ha llegado cuando en realidad el motivo de la espera está escondido enfrente, en espera también de la persona que no ha llegado, y mientras espere se colmará la presencia que habrá de concluir con la llegada de la persona esperada y el abandono de aquella espera esperanzada en que nadie llegue.

jueves, 22 de abril de 2021

Saul Leiter's hideout. Cracks, 1957


La hendidura de la uña en el revestimiento de yeso que señala el transcurso de un día por la celda que carece de luz. La oquedad que erosiona las rocas calizas desde el interior tras el paso de las lluvias o después de las heladas. Las resquebrajaduras que usan el barro y la cerámica para anotar con disciplina de escribanos sus horas de servicio. Las fisuras en las vigas que sostienen el tejado cuando testimonian largos períodos de abandono. Las grietas que las décadas dibujan con extremada paciencia sobre la pintura reseca, en superficies que nadie se detiene a mirar.

domingo, 18 de abril de 2021

Saul Leiter's hideout. Red Curtain, 1956


Alguien siempre es nadie al otro lado de la ventana alta. Y al mismo tiempo, entrevisto por la ranura que dejan los dobleces de la cortina, ese nadie siempre es alguien que posee la extraña virtud de ser otro, ajeno por completo a cualquier vicisitud desde la que se mire. Solo el otro y el que contempla coinciden cuando uno de los dos no exista. Bien si sale a la calle el observador y no es observado; bien si se da media vuelta, regresa a la mesa donde escribía este texto y continúa redactándolo, tras haber olvidado cuanto ha visto.

miércoles, 14 de abril de 2021

Saul Leiter's hideout. Haircut, 1956


Cuanto parece igual reflejado en un espejo es, en verdad, diametralmente opuesto. La antípoda de lo real. Que quien se sienta en el sillón del barbero para un corte de pelo crea que es él quien ve reflejado delante puede considerarse un error común. También sus convicciones políticas o religiosas, el trato que dispensa a los subordinados, el colegio elegido para sus hijos, el tiempo que dilapida frente al televisor, etcétera, posiblemente también lo sean. En el conjunto de errores que cualquier persona acumula en su vida cotidiana, el de identificarse con su imagen antagonista resulta inapreciable. Es decir, simbólico.

sábado, 10 de abril de 2021

Saul Leiter's hideout. Dog in Doorway, Paterson, 1952


Nada hay tan verde como un perro tumbado sobre la alfombra, junto a la puerta. Nada tan fugaz como lo que las cortinas ocultan. Rara vez se descubre algo en el encuadre de la ventanilla trasera de un taxi. Se paga para que aleje pensando que acerca. La ciudad es así, amante secreta de las paradojas. Cuanto más multitudinaria una avenida, más solitarios congrega. Nada hay tan perro como un verde expandido por toda la fachada. Nada tan escasamente locuaz como una cortina. Se paga la tarifa del taxímetro para rasurar la experiencia. Como quien entra en la peluquería rapado.

lunes, 5 de abril de 2021

Saul Leiter's hideout. Mannequin, 1952


Bajo la gabardina a destiempo de la época dicen que hay un filósofo. No quiero parecer escéptico, pero tampoco reconozco su cara, la verdad, de las portadas de revista que cuelga el quiosquero. Lo he visto renquear cuando camina y me he imaginado que tumbado leyendo, sí, quizá, estuviera más a gusto. Pero lo que me ha hecho dudar ha sido que al pasar frente al escaparate del anticuario ni ha mirado. No le ha dicho nada que haya quien le pinte las uñas de rojo al maniquí sosteniendo en su mano la rigidez y el silencio de la madera.

jueves, 1 de abril de 2021

Saul Leiter's hideout. Footprints, 1950


«Invidïosa sobre nieve, / claveles deshojó la Aurora en vano», escribió Góngora la mañana de invierno en la que se asomó a la ventana de la calle de las Huertas y vio pasar al obispo con la mitra puesta. En busca de aventuras, Perceval vio cómo del cuello de una oca caían tres gotas sobre la nieve que le recordaron el fresco color en el rostro de la amada. «El tiempo es sangre», escribió con la suya en el helor de la madrugada Miguel Hernández. Huellas rojas que ve Francisco José Martínez Morán tras haber «pisado cristales con los pies / descalzos».