JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

martes, 28 de noviembre de 2017

Becqueriana / 122



Chapotea el agua contra la loza en la ducha. Ecos de una música suave llegan desde la radio. La cafetera está a punto de bullir y la tostadora se transforma en un verano para las rebanadas del pan. He dividido una mandarina en gajos que te esperan, todos menos uno, que ya no está. Abro el tarro de mermelada de arándanos y la luz enciende con abulia el día, como si fuera otro día más. Pero apareces en albornoz en la cocina y cafetera, mandarina, pan de centeno y yo nos damos la vuelta para ver cómo detienes el tiempo.

sábado, 25 de noviembre de 2017

«La librería», una película de Isabel Coixet


Hay un único destino posible. Ser uno mismo. No está escrito, cada uno lo escribe. A veces con trazo seguro y abundante tinta en la pluma, otras arañando el papel con el plumín seco. A veces con letra clara, otras con caligrafía imposible. Nadie lo escribe por otro, pero a veces ocurre que alguien o algo molestan la escritura, incluso impiden que se escriba. A diferencia de los clásicos, que padecían el grafómano oráculo de dioses prepotentes de autoría, la tragedia contemporánea prende cuando no se puede cumplir un destino por el antojo o mala fe de otro ser humano.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Becqueriana / 121



Solo es eterno el instante, la hora, el día. La eternidad es una magnitud del tiempo, que únicamente en el tiempo es capaz prender, crecer, extenderse. No hay nada eterno que dure más de un instante. Son los instantes los que, revitalizándolo, convierten en eterno un sentimiento. Cada despertar reanuda lo que se ha convertido en eterno cuando se le entregan los instantes. El momento en el que se piensa. Las horas durante las que arde en el deseo. El día que cada día se dedica a mantener viva una emoción. Una cenefa en tinta dorada que no conoce final.

martes, 21 de noviembre de 2017

Becqueriana / 120



Un disco que continúa girando cuando la aguja ha llegado al final, el tiempo. O cuando, en el inicio, nadie la ha colocado aún sobre el vinilo. Sin sonido, sin música, sin alma. Da vueltas. Es lo que mejor sabe hacer. Lo único. Y en ese rodar ciego, nosotros. Construimos el tiempo con el sonido de las palabras, con la música de los cuerpos, con el alma de la respiración. Un tiempo que abra los ojos y vea. Que sepa detenerse y avanzar. Que se ajuste a las sensaciones en lugar de a las horas y minutos. Un tiempo íntimo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Becqueriana / 119



Solo algo de lo que decimos lo dicen las palabras. Una parte, no sé, «un tanto por ciento» dirá algún filósofo del presente, es decir, cualquier periodista o cualquier economista. Nosotros no decimos nada sobre lo que hemos dicho, simplemente decimos. A veces con palabras. Otras, las más locuaces, con gestos, sonrisas, apretones, miradas o caricias. Casi siempre las más, diría. Con la respiración decimos. Con el aroma del cuerpo. Con el tacto de los dedos. Con el baile de los brazos. Con el lenguaje adusto de las piernas. Y en ocasiones, también con palabras repetimos lo que hemos dicho.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Becqueriana / 118



La mejor biblioteca, un banco en el jardín público. Una pareja sentada frente a un único libro. Una mano sostiene las hojas que han leído; la otra, las que quedan por leer. A veces uno pregunta por una palabra, o le pide con un gesto que aguarde un instante a que acabe un párrafo. Son como notas a pie de texto que le añaden a la página que leen. En otras ocasiones canta un pájaro entre los árboles y se incorpora también a la lectura. Luego, cierran el libro, se levantan y de camino van explicándose lo que han vivido.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | ORACIONES


La ventana del cuarto me lo muestra.
Lo dibuja la luz con pulso firme,
la claridad lo colorea
con manchas de pintor impresionista
sobre un lienzo de arena.
Lo enseña, pero no lo entrega.
El espacio. El olor a tierra húmeda,
hojas dispersas por el cauce,
destello de limón maduro,
fragancia de las rosas
cuando amanece, sinfonía
caótica de pájaros, canción
de la lluvia en las cañerías
y en los cristales. El espacio
está en mí
aunque no lo posea. En mí pervive
si lo contemplo desde esta ventana.
No me muestra lo que estoy viendo,
sino aquello que soy.

lunes, 13 de noviembre de 2017

«La mirada», en FCE (díptico)



1 
Se ha de sostener en la mano, si acaso el libro se le lee. De ahí que empiece por el tacto la lectura. La mirada devuelve la leve aspereza del papel verjurado. El color del pliego, sábana donde el poema se acuesta, ahuesado. Casi atardecer de octubre sobre una pared blanca. Casi duna frente al océano de las guardas. La mirada ronda antes de detenerse. Se deja mecer por el libro. Antes del poema. Su exactitud en la página. El artesano modelar uno a uno, hoja a hoja. La precisión tipográfica. El paspartú de silencio, alrededor. La gratitud del carácter. 

2
Reunir poemas es pensarlos de nuevo. Elegirlos otra vez. Componer un paisaje con sus voces diversas. Armonizarlos. Un golpe de batuta sobre el atril que sostiene una partitura nunca escrita. Descoser los poemas de los viejos libros para tejer un libro nuevo. Y con el cambio de lugar, la mudanza de voz. Reunir junto a los poemas antiguos los poemas recientes es añadirle a la sinfonía que se sabe tararear pasajes que aún no se han escuchado. No basta, entonces, con pensarlo. Habrá que escuchar uno a uno a los miembros del coro para saber quién será ahora el solista.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | KILÓMETROS


El silencio, un pañuelo
blanco anudado al deseo con pespuntes
mínimos de color. El tinte azul
de quien respira, la tonalidad
cobriza de las horas
en un distante campanario,
el amarillo piar de pájaros
fugaces, el pigmento cálido
del roce de una mano
sobre la piel, la vibración
gris del papel cuando se pasa
de página o el susurro verde
de las copas de árboles frondosos
si el viento las agita.
Colección de sonidos que conservo
en un tarro de vidrio.
Contemplado al trasluz el que he elegido
me entrega en su silencio
las sensaciones que dan forma
al presente.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | FIGURAS


El río. Por la carretera,
en la otra orilla, el bulto
del autobús de línea
sobresale entre la vegetación.
Mientras circula ni da tiempo
a apreciar, en la ventanilla,
el rostro del viajero que contempla
lo mismo que estoy viendo.
El cauce oscuro, lenguas
de arena que lo pautan,
bosque de juncos. 
                            Enseguida
desaparece. Estoy solo, lanzando
piedras al río como quien remienda
metáforas en las palabras
que nadie quiere oírle usar.
El agua fluye con rumor
ilegible, el presente se desplaza
al otro lado con fragor mecánico,
la luz remite
y aquí sentado ni siquiera
puedo afirmar que permanezca.

martes, 7 de noviembre de 2017

2010 - «Un toldo rojo»



Chof. La cesta de mimbre en mitad de la corriente. Fuera cestas, clama Dylan Thomas, el barquero. Fuera manteles a cuadros. Paf, paf, aletea arrastrado por el viento. El remero ve volar su mantel favorito y rema. Fuera el termo lleno de hirviente té, brama colérico. Plaf. El timón enloquece con los desacompasados gestos. El aprendiz se aflige, atado al remo. Cuanto había preparado para la excursión en barca, ahora desperdigado por la superficie. El río, solo el río, vocifera el barquero con el pote del plumcake de zanahoria en la mano. ¡Fuera! Plas. Joaquim Manuel gime y sigue remando.

domingo, 5 de noviembre de 2017

2009 - «Ángel de las olas»



En cada esquina. Rua Curupati debería leer y no Cypress Road como lee. Y de vez en cuando él. El Inspector de Alcantarillas Harold Pinter. Barrio de Tristeza y no Forest Hill. Y súbita la tapa de un sumidero que se entorna y requiere. El muchacho, João Gilberto, asustado, lo entrega. Lo que sea. Una mano. Primero fue una mano y dejó de escribir cartas. Un pie. Ahora cojea por Trinity Street y en cada esquina busca el letrero —Avenida Guaíba— mientras el Inspector no emerja de un hueco y le solicite los ojos. Con los que continúa no viendo.

viernes, 3 de noviembre de 2017

2008 - «Alrededores del paraíso»



«Mamá, mamá —corría asustado por el pasillo—, me ha salido bigote». «¿Dónde, hijo?» «Mamá, en el espejo». Cada vez que José Luis se miraba, el cristal le devolvía la imagen de un señor con bigote, gesto melancólico, sombrero y gafas. Se quitaba sus gafas rectangulares y seguía contemplándose con las redondas. Un día le preguntó: «Y tú ¿quién eres?» Y el tipo del bigote le dijo algo de Campos, pero al día siguiente le respondió que un tal Reis. Y al otro que Caeiro, al otro que Soares, y así. «¿Eres persona?», se atrevió a plantearle. «Claro, chico listo».

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | UBICACIONES


Ha llovido mientras dormía. Lluvia
solitaria y desangelada, fúnebre,
sobre caminos que no cruza nadie.
Repiqueteo en el tejado,
alboroto en los vidrios, en las losas
y por los escalones que descienden
al huerto. 
            Quienes esperaban
cada día de sol su entrega
se acogen a las gotas con agrado.

Una lluvia nocturna, persistente,

trabajadora. Mientras
dormía ajeno al brillo
de la humedad
y al sonido. Mejor será decir,
pensando en otros brillos y en sonidos
que golpean el empedrado
del sueño. Pasos
que imagina quien duerme
solitario y desangelado,
aunque vital porque la lluvia
que no oye ni ve le abraza.