JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

sábado, 30 de marzo de 2013

Becqueriana / 8


Con un diestro giro de muñeca le da la vuelta al recorte de papel de estraza, asegura con un doblez el extremo y llena de cerezas el cucurucho que luego me entrega. De dos en dos las como entre los puestos del mercadillo hasta que una a medio morder resbala de mis labios y deja impresa sobre mi camisa su beso carmesí, jugoso de retórica y de maldad. La multitud sigue su paseo ajena a mi desgracia. El cielo diáfano, el sol que se cuela entre los toldos. Mi camisa blanca, el cucurucho a medias. Y yo, tan triste, tanto.

sábado, 23 de marzo de 2013

Becqueriana / 7


Se sientan a la mesa del Café las tardes de verano. Cuando les alcanza el ventilador giratorio melenas y rizos tiemblan un instante. Uno, con ojos inventados, explica cómo escribe la partitura para una sinfonía de la ciudad. Cuando ha de sonar una moto con el tubo de escape recortado, la dibuja en el pentagrama. Otro cuenta que se acerca con sigilo cada noche hasta su sueño para descubrirse soñando. El súbito oleaje del ventilador vuelve a erizar sus cabellos a su paso. La espuma de las cervezas consumidas, émula acaso de los artistas, graba sus abstracciones en los vasos.

martes, 19 de marzo de 2013

Hotel Literatura


—Buenos días. Encantado. Mi nombre es Natsume.
—Vaya, señor Soseki, qué emoción, veo que conoce mi lengua.
—Sí, también a mí me alegra que hable algo de japonés.
—¿De japonés? Disculpe, pero no tengo ni idea.
—¿Entonces?
—Eso digo yo, ¿cómo es que nos entendemos?
—Sin duda hablamos el mismo idioma.
—El castellano…
—¡Ah, sí, castellano! Cervantes. Magnífico. Pero yo solo hablo un poco de inglés.
—Igual conversamos en inglés sin darnos cuenta. Aunque mi inglés muere tras el Hello.
—¿Entonces?
—Ya es raro, ¿verdad, señor Soseki?
—Será cosa del guionista de sueños.
—Será. No iba a atravesársele esta minucia.

sábado, 16 de marzo de 2013

Becqueriana / 6


Se arremolina la hojarasca en la escalera que conduce a la estación de metro, ansiosa acaso por utilizar su libertad para huir a otros barrios. O tal vez, solo esté escondiéndose por temor a que el viento la arrastre demasiado lejos de los árboles. Me lo pregunto mientras mis pasos conversan con su carraspeo al subir y bajar. Llego al vestíbulo y regreso a la calle. Se diría que he caído en el mismo hueco que las hojas, corran o se oculten, que no lo sé. Se diría también que espero. Abrigo largo, cabello moreno. Una cita que no tengo.

lunes, 11 de marzo de 2013

Becqueriana / 5


Coincidimos esta mañana. En realidad, la conozco de vista desde siempre, pero solo hoy empezamos a hablar. Al principio, un poco atolondrados. Ella, con precaución; yo, en manos de las sílabas saltarinas. Nos sentamos en un café con mesas antiguas y sillas de roble con respaldo semicircular. Pido un cortado y le ofrezco un sorbo de mi taza. Quiero que le guste. Nos encontramos, por fin, la palabra «luciérnaga» y yo. Le dedico un poema lleno de sutilezas. Lo escribo sintiendo los tropiezos de la pluma en las cicatrices del mármol. Vivo así nuestro idilio, sin que nadie nos vea.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Becqueriana / 4


Cuando entraste en la vieja casa de los sentimientos una capa de polvo recubría lámparas, muebles y cuadros. Te fue fácil con un dedo escribir tu nombre sobre cualquier superficie. Abriste el armario del lenguaje y de allí salieron apolilladas las palabras que había lucido cuando la vida era una pintura de Matisse. Póntelas, dijiste, y me probé aquellos pantalones que no podía abrochar y la camisa comida por los insectos. Nos reímos de frases tan ridículas. De par en par la sonrisa de las ventanas colaba el aire de la calle en las habitaciones. Se llenaban de hojas secas.

sábado, 2 de marzo de 2013

«Aracne», de José Antonio Moreno Jurado, en Paréntesis, Sevilla, 2011


Antes que una autobiografía más, Aracne es casi un manual de lo que de verdad le interesa a la literatura de una vida. El tono lírico para evocar la infancia y los hechos felices, la contundencia narrativa del relato para explicar los acontecimientos, la perspicacia para desvelar la intrahistoria de los conocimientos, no los conocimientos, y finalmente la reflexión —a veces casi ensayística, otras casi filosófica, moralista— como reflejo de la madurez, porque acaso eso sea vivir después de la vida: descubrir el sentido de lo vivido. Cada época se amolda al género literario que más le puede interesar evocarla.