Cómo a los lejos, si siempre está tan cerca. Cómo tan cerca, si se alza en la lejanía del campo. No hay manera de comprender la paradoja. Quizá nadie esté vigilando allí donde se vigila. Si el soldado ha posado el fusil en el suelo y el recuerdo de una noche en la que sintió el vigor de los dioses en su cuerpo le vence y el sueño pasa por delante de las bien aprendidas instrucciones, aun así, la vigilancia sigue impertérrita. No es la mirada legañosa del recluta el vigía. Lo son los ojos de los vigilados, siempre vigilándose.
miércoles, 19 de junio de 2019
viernes, 14 de junio de 2019
Ventanas de Dachau | Foso
Cauce quieto, y de ahí la amenaza. Cuadrangular, cerca. No es el río que corre por el centro de la población y permite decir que uno está a un lado o al otro lado con solo cruzar uno de los puentes. No hay puentes. Razón por la que jamás podrá parecerse a un río, pese al hueco hendido en la tierra. Circunscribe, no atraviesa. Se queda, no va a ninguna parte donde alguien desee viajar, aunque tampoco le importe no ir todavía. Permanece como quien lo rodea por descubrir el cerco de todas las querencias. Nuestras vidas son el foso.
lunes, 10 de junio de 2019
Ventanas de Dachau | Barracones
Dentro, la madera aprende a ser piadosa y acoge. El lugar donde el tiempo se sienta en el suelo con su mono de presidiario arrugado y las manos agrietadas sobre el rostro para que no le vean aquellos a quienes no deja de mirar. El frío, expectante en los cristales empañados. Crepitación de guijarros cuando las botas de la patrulla los alteran durante la noche que jamás duerme. La lengua, cada una de las lenguas, posee palabras que se guardan en el monedero como calderilla. Existe casa. Y pueblo. Y ciudad. Aves que echaron a volar y cruzaron la verja.
miércoles, 5 de junio de 2019
Ventanas de Dachau | Duchas
Ha cerrado los ojos a la luz. A la reverberación sobre su voluble vestimenta. A la inquietud que les hace a las gotas jamás sentirse quietas. Cauce continuo, borboteo, apremio. El agua. La túnica simbólica con la que oculta su insaciable infancia. La he visto cerrar los ojos y pasar por los cuerpos arracimados con la opacidad de la incertidumbre, agua que transita por tuberías gélidas y regresa a la tierra en sumideros por donde abandona lo real la realidad. Desnudeces que no ve porque ha cerrado a la luz los ojos de su esencia. Porque no ha podido callar.
sábado, 1 de junio de 2019
Ventanas de Dachau | Verja
No mienten las palabras. Nunca. Dicen, expresan, a veces sienten. Por eso abochorna verlas mentir. Aunque no las veamos afrontar la vedad, ellas no son las que falsean. En la verja de entrada al campo de concentración de Dachau, el hierro junta dos vocablos hermosos. Trabajo y libertad. No solo son auténticas todas las palabras, sino que otorgan credibilidad a quien las usa. A quienes se visten con su túnica, les proporciona honores. Confianza a quienes se acercan a escucharlas. Dádivas a quienes con ellas comprenden. De ahí que la mentira resulte tan cruel. Un crimen como el crimen mismo.
martes, 28 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 07
Regato que el mediodía dejará en breve hundimiento, en oscuro trazo sobre la arena; mientras aprovechas la pendiente para recorrerla, inventas. Un camino. En el mío, que atraviesa el tuyo, se ha necesitado una tradición de gente que vaya de un lugar a otro para consolidarlo. Una lluvia de primavera, un exabrupto de gotas, basta para tu sinuosa afirmación sobe el día. Arroyuelo, cómo aprenderé filosofía en tu fortuita existencia. Cómo extraeré de lo trivial una lección de poética con la que pueda escribir el poema que me ha sugerido tu paso. Esta mañana. Yendo a ningún lugar hasta encontrarte.
jueves, 23 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 06
El nombre de un río nunca se va con él. Se queda sobre el talud, en un cartel de latón, al pie de una carretera por donde también se van quienes lo pronuncian como un murmullo fugaz que aspira a ser recuerdo. Cuanto se está yendo deja instantes detenidos en su tránsito. Es lo que desorienta a los filósofos. Se entendería mejor un quedarse quieto para la fotografía. Incluso un no dejar rastro, pues la ignorancia es buen aliado del saber. Pero el que los ríos tengan nombre y que se pueda memorizar resulta un desafío. O quizá, una bendición.
sábado, 18 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 05
¿Por qué hasta ahora no he percibido su indiferencia? Como me refleja en el espejo sucio si me asomo desde la baranda, la inercia me ha hecho creer que algún interés tengo para su pasar. O quizá sea porque le escribo cartas y sueño que las lee mientras la luna cabalga desnuda en su lomo. Pero por más que me desviva hablando, sé que no me escucha, sordo y cabizbajo. Ensimismado. Tal como a veces ando yo mientras paseo por la orilla, y es el río entonces quien echa el brazo de su discurrir sobre mi hombro por darme ánimos.
lunes, 13 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 04
Por no haber tenido río mi infancia, en una ciudad de travesías secas, me siento en la orilla con frecuencia, devoto quizá con un pasado por perdonar. Las piedras que no he tirado, ahora las lanzo hacia el centro del cauce e imagino su lento descender hacia el lecho. El limo poco a poco las hará suyas y tras el vuelo permanecerán ahí, por siempre ápteras, en el fondo de un cauce que no deja nunca de irse a otro lugar, donde tampoco habrá de quedarse. Nunca he comprendido del todo las metáforas fluviales. ¿Soy la piedra o la corriente?
miércoles, 8 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 03
Agua de hierro, el filo de la doladera del tiempo. Grieta. El color de la sangre cuando se coagula a la intemperie, cauce. Serenos el cielo, las antiguas locomotoras de la explotación minera, la herrumbre de los vagones, los pinos, la fábrica de los hangares, las balsas oscuras. Serena la corriente que mana como una herida que ya no duele. Los pasos crepitan sobre la grava de los caminos. Y la luz, que se compadece de sí misma por convertir lo diáfano en inquietud roja, agarrada a los herrajes junto a la puerta de los túneles excavados en la jornada.
sábado, 4 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 02
A esta hora le gusta al puente dibujar paralelas sobre la cartulina oscura de la corriente. Los patos se espulgan el cuello en un acto que les parece de contrición a quienes, con el brazo al aire, fuman en las ventanas el cigarrillo de la sobremesa. La ciudad realiza sus ejercicios escolares con desgana. Quien cruza de una orilla a otra lo hace con la premura de no ser observado o con la parsimonia de quien, por no ir a parte alguna, necesita fotografiarlas todas. Nada hay que valga la pena contar. He abierto este cuaderno para volver a cerrarlo.
miércoles, 1 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 01
Una vez violines, violas, violoncelos y contrabajos ocupen el cauce, la barca de un piano aparezca amarrada en la orilla, flautas, clarinetes, oboes y fagots revoloteen como pájaros por la fronda del bosque de ribera de trompas, trompetas, trombones y tubas, y bajo mis pies suenen los timbales, tambores y el xilofón de los guijarros del camino, cuando levante los brazos y de nuevo los empiece a mover la música del río inundará la sala de conciertos del atardecer con una cadencia de ritmo asonantado, dulzor melancólico y la carta que a diario escribe la belleza sin destinatario ni remite.
sábado, 27 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 56
El tiempo es un perro que se queda fuera cuando la cancela se cierra. Y ladra sin que nadie le oiga, dentro. Hay un pianista encerrado en una caja oscura que no se cansa nunca de interpretar la misma melodía y una lámpara que ha dorado su luz en un mercado de orfebres orientales. En mitad de la sala el sofá navega, barca serena que se desliza por la superficie quieta de la laguna, una noche de verano. Un remo se resbala de las manos que lo sujetan y cae al agua, chof, y al hundirse deja la escena perpleja.
martes, 23 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 55
Los aromas identifican lo que no
se ve. El del café, olor del tiempo que arranca con su engranaje de minutos y
horas. Y el del pan tostado, que lo es del otro tiempo, el que se lleva dentro,
el que evoca los lugares donde corrían niñas, niños, luego adolescentes y hasta
adultos, aunque todavía con la ilusión infantil en la mirada. Los aromas dan
identidad a lo que se ve. El de las calles mojadas por la lluvia, la fragancia
de las flores madrugadoras, los que abren los espacios y muestran su densidad interior.
La salida de la cueva.
viernes, 19 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 54
Un globo en la mano del niño despistado, eso son las palabras. Cuando se lo entregan lo admira sobre su cabeza con ilusión, pero al instante algo le atrae —una niña, quizá, que alcanza en el columpio más altura que él— y afloja la fuerza con la que lo sujeta, y el globo parte hacia un viaje celeste que el niño, preocupado por la exhibición del columpio, no advierte perder, ni siquiera lo mira. ¿Para qué? Lo ha visto un instante brillar con su vivo color y se ha visto sujetándolo. El significado ya es suyo. El globo, que vuele.
lunes, 15 de abril de 2019
# 609
Lo que espacio o tiempo no convocan lo reúne la escritura cuando araña el papel. Luz y noche, novios que pasean de la mano en el vuelo de la luciérnaga. Mar y sábana comparten idéntica materia durante el abrazo. Lo que el tiempo desconoce y lo que el espacio —gran visionario— sueña con los ojos abiertos lo construye el sonido de una voz al susurrar un nombre. La realidad no ha sido nunca la taxonomía de insípidos instantes. Lo concreto solo registra el informe de ruidos. El silencio en el que transcurre una mirada queda en las afueras del tiempo.
miércoles, 10 de abril de 2019
# 608
Ave, también quien camina, aunque solo alce el vuelo por arduos senderos que ascienden a limitadas cumbres en el paisaje para descubrir los espacios que son suyos. Descubrir no es desplegar un mapa en blanco ni hablar de prodigios que nunca han existido. Es solo dar un sentido a lo que se ve. Que la piedra, que el árbol, que la luz, que las nubes signifiquen. Que instilen en el cuaderno de la memoria una frase no escrita. Y así el lugar se convierta en aforismo. Sea de las aves, de los insectos, del viento, de los cielos. Y propio.
sábado, 6 de abril de 2019
Maga Losnay, dietario # 607
La taza de té me mira. Taimada, sus suspiros dibujan en el aire figuras huidizas. Desde el reposo le gusta verme. A veces únicamente atisba la mano y el brazo, que pasan por encima y regresan con una galleta de avena. Otras, me ve pensando, si me quedo pensativa frente al círculo. Y me observa. También cuando me acerco con el tarro de miel y con una cuchara de dulzura que vierto. O, en invierno, al entrelazar las manos frías alrededor de la cálida porcelana. La taza me habla, igual que lo haría un espejo que reflejara solo la ausencia.
martes, 2 de abril de 2019
1927 (díptico)
Berenice Abbot, fotógrafa veinteañera, retrata a Eugène Atget,
fotógrafo septuagenario, en el que será su último invierno.
1
—¿Podría colocarse perpendicular a la cámara, monsieur Atget?
—¿De perfil lo prefiere, miss Abbott?
—Puede llamarme Berenice.
—Claro, como desee, miss Abbott.
—Sí, le haré una fotografía de perfil.
—¿Y por qué de perfil?
—No sabría decirle, monsieur Atget, ¿por pudor?
—No me haga reír, un fotógrafo tímido es un como un lanzador de jabalina manco.
—Bueno, no va a creerme si le digo que es para que no me vea hacerle la foto, pero puedo encontrar otro argumento.
—Inténtelo, miss Abbott.
—Quiero contemplarle mientras está mirando.
—¿Cómo si estuviera yo haciendo una foto, miss Abbott?
—Berenice.
—Disculpe, miss Abbott.
2
—¿Busco una cámara, miss Abbott?
—No hace falta, eso sería retórico.
—Es cierto.
—Aunque creo que la razón es otra, y usted ya la sabe.
—La luz sobre la manga del abrigo.
—¿Cómo ha sido capaz de adivinarlo?
—Hay, miss Abbott, quien me dice: Conozco esa calle, la recorría a diario con un ramillete de gardenias, ahí tuve una novia, por sus fotos parece que uno pueda volver a meterse en el portal.
—Otros ven realidad donde usted, monsieur Atget, solo ve luz, líneas, volúmenes, sombras, ángulos y texturas, ¿no es cierto?
—¿Por qué no me llama Eugène, miss Abbott?
sábado, 30 de marzo de 2019
07 | Gramática del tragaluz
Donde exista una ventana hay otras a las que nunca podrá decirles algo de cara. (País de soledad en paralelo). El lugar que contemplo, sin embargo, lo están viendo otros ojos de los que nunca sabré nada. Ni me importará no saberlo. Tampoco conozco el nombre ni las inquietudes de aquellos cuyo aliento respiro en el autobús a la hora punta. Es a lo que llaman ciudad. Un conjunto ordenado de miradas. Y lo más curioso, sin que nadie se dé cuenta. Ni siquiera yo, ahora, cuando me asomo a la ventana como un rito de paso. Hacia la cocina.
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