Regato que el mediodía dejará en breve hundimiento, en oscuro trazo sobre la arena; mientras aprovechas la pendiente para recorrerla, inventas. Un camino. En el mío, que atraviesa el tuyo, se ha necesitado una tradición de gente que vaya de un lugar a otro para consolidarlo. Una lluvia de primavera, un exabrupto de gotas, basta para tu sinuosa afirmación sobe el día. Arroyuelo, cómo aprenderé filosofía en tu fortuita existencia. Cómo extraeré de lo trivial una lección de poética con la que pueda escribir el poema que me ha sugerido tu paso. Esta mañana. Yendo a ningún lugar hasta encontrarte.
martes, 28 de mayo de 2019
jueves, 23 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 06
El nombre de un río nunca se va con él. Se queda sobre el talud, en un cartel de latón, al pie de una carretera por donde también se van quienes lo pronuncian como un murmullo fugaz que aspira a ser recuerdo. Cuanto se está yendo deja instantes detenidos en su tránsito. Es lo que desorienta a los filósofos. Se entendería mejor un quedarse quieto para la fotografía. Incluso un no dejar rastro, pues la ignorancia es buen aliado del saber. Pero el que los ríos tengan nombre y que se pueda memorizar resulta un desafío. O quizá, una bendición.
sábado, 18 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 05
¿Por qué hasta ahora no he percibido su indiferencia? Como me refleja en el espejo sucio si me asomo desde la baranda, la inercia me ha hecho creer que algún interés tengo para su pasar. O quizá sea porque le escribo cartas y sueño que las lee mientras la luna cabalga desnuda en su lomo. Pero por más que me desviva hablando, sé que no me escucha, sordo y cabizbajo. Ensimismado. Tal como a veces ando yo mientras paseo por la orilla, y es el río entonces quien echa el brazo de su discurrir sobre mi hombro por darme ánimos.
lunes, 13 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 04
Por no haber tenido río mi infancia, en una ciudad de travesías secas, me siento en la orilla con frecuencia, devoto quizá con un pasado por perdonar. Las piedras que no he tirado, ahora las lanzo hacia el centro del cauce e imagino su lento descender hacia el lecho. El limo poco a poco las hará suyas y tras el vuelo permanecerán ahí, por siempre ápteras, en el fondo de un cauce que no deja nunca de irse a otro lugar, donde tampoco habrá de quedarse. Nunca he comprendido del todo las metáforas fluviales. ¿Soy la piedra o la corriente?
miércoles, 8 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 03
Agua de hierro, el filo de la doladera del tiempo. Grieta. El color de la sangre cuando se coagula a la intemperie, cauce. Serenos el cielo, las antiguas locomotoras de la explotación minera, la herrumbre de los vagones, los pinos, la fábrica de los hangares, las balsas oscuras. Serena la corriente que mana como una herida que ya no duele. Los pasos crepitan sobre la grava de los caminos. Y la luz, que se compadece de sí misma por convertir lo diáfano en inquietud roja, agarrada a los herrajes junto a la puerta de los túneles excavados en la jornada.
sábado, 4 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 02
A esta hora le gusta al puente dibujar paralelas sobre la cartulina oscura de la corriente. Los patos se espulgan el cuello en un acto que les parece de contrición a quienes, con el brazo al aire, fuman en las ventanas el cigarrillo de la sobremesa. La ciudad realiza sus ejercicios escolares con desgana. Quien cruza de una orilla a otra lo hace con la premura de no ser observado o con la parsimonia de quien, por no ir a parte alguna, necesita fotografiarlas todas. Nada hay que valga la pena contar. He abierto este cuaderno para volver a cerrarlo.
miércoles, 1 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 01
Una vez violines, violas, violoncelos y contrabajos ocupen el cauce, la barca de un piano aparezca amarrada en la orilla, flautas, clarinetes, oboes y fagots revoloteen como pájaros por la fronda del bosque de ribera de trompas, trompetas, trombones y tubas, y bajo mis pies suenen los timbales, tambores y el xilofón de los guijarros del camino, cuando levante los brazos y de nuevo los empiece a mover la música del río inundará la sala de conciertos del atardecer con una cadencia de ritmo asonantado, dulzor melancólico y la carta que a diario escribe la belleza sin destinatario ni remite.
sábado, 27 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 56
El tiempo es un perro que se queda fuera cuando la cancela se cierra. Y ladra sin que nadie le oiga, dentro. Hay un pianista encerrado en una caja oscura que no se cansa nunca de interpretar la misma melodía y una lámpara que ha dorado su luz en un mercado de orfebres orientales. En mitad de la sala el sofá navega, barca serena que se desliza por la superficie quieta de la laguna, una noche de verano. Un remo se resbala de las manos que lo sujetan y cae al agua, chof, y al hundirse deja la escena perpleja.
martes, 23 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 55
Los aromas identifican lo que no
se ve. El del café, olor del tiempo que arranca con su engranaje de minutos y
horas. Y el del pan tostado, que lo es del otro tiempo, el que se lleva dentro,
el que evoca los lugares donde corrían niñas, niños, luego adolescentes y hasta
adultos, aunque todavía con la ilusión infantil en la mirada. Los aromas dan
identidad a lo que se ve. El de las calles mojadas por la lluvia, la fragancia
de las flores madrugadoras, los que abren los espacios y muestran su densidad interior.
La salida de la cueva.
viernes, 19 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 54
Un globo en la mano del niño despistado, eso son las palabras. Cuando se lo entregan lo admira sobre su cabeza con ilusión, pero al instante algo le atrae —una niña, quizá, que alcanza en el columpio más altura que él— y afloja la fuerza con la que lo sujeta, y el globo parte hacia un viaje celeste que el niño, preocupado por la exhibición del columpio, no advierte perder, ni siquiera lo mira. ¿Para qué? Lo ha visto un instante brillar con su vivo color y se ha visto sujetándolo. El significado ya es suyo. El globo, que vuele.
lunes, 15 de abril de 2019
# 609
Lo que espacio o tiempo no convocan lo reúne la escritura cuando araña el papel. Luz y noche, novios que pasean de la mano en el vuelo de la luciérnaga. Mar y sábana comparten idéntica materia durante el abrazo. Lo que el tiempo desconoce y lo que el espacio —gran visionario— sueña con los ojos abiertos lo construye el sonido de una voz al susurrar un nombre. La realidad no ha sido nunca la taxonomía de insípidos instantes. Lo concreto solo registra el informe de ruidos. El silencio en el que transcurre una mirada queda en las afueras del tiempo.
miércoles, 10 de abril de 2019
# 608
Ave, también quien camina, aunque solo alce el vuelo por arduos senderos que ascienden a limitadas cumbres en el paisaje para descubrir los espacios que son suyos. Descubrir no es desplegar un mapa en blanco ni hablar de prodigios que nunca han existido. Es solo dar un sentido a lo que se ve. Que la piedra, que el árbol, que la luz, que las nubes signifiquen. Que instilen en el cuaderno de la memoria una frase no escrita. Y así el lugar se convierta en aforismo. Sea de las aves, de los insectos, del viento, de los cielos. Y propio.
sábado, 6 de abril de 2019
Maga Losnay, dietario # 607
La taza de té me mira. Taimada, sus suspiros dibujan en el aire figuras huidizas. Desde el reposo le gusta verme. A veces únicamente atisba la mano y el brazo, que pasan por encima y regresan con una galleta de avena. Otras, me ve pensando, si me quedo pensativa frente al círculo. Y me observa. También cuando me acerco con el tarro de miel y con una cuchara de dulzura que vierto. O, en invierno, al entrelazar las manos frías alrededor de la cálida porcelana. La taza me habla, igual que lo haría un espejo que reflejara solo la ausencia.
martes, 2 de abril de 2019
1927 (díptico)
Berenice Abbot, fotógrafa veinteañera, retrata a Eugène Atget,
fotógrafo septuagenario, en el que será su último invierno.
1
—¿Podría colocarse perpendicular a la cámara, monsieur Atget?
—¿De perfil lo prefiere, miss Abbott?
—Puede llamarme Berenice.
—Claro, como desee, miss Abbott.
—Sí, le haré una fotografía de perfil.
—¿Y por qué de perfil?
—No sabría decirle, monsieur Atget, ¿por pudor?
—No me haga reír, un fotógrafo tímido es un como un lanzador de jabalina manco.
—Bueno, no va a creerme si le digo que es para que no me vea hacerle la foto, pero puedo encontrar otro argumento.
—Inténtelo, miss Abbott.
—Quiero contemplarle mientras está mirando.
—¿Cómo si estuviera yo haciendo una foto, miss Abbott?
—Berenice.
—Disculpe, miss Abbott.
2
—¿Busco una cámara, miss Abbott?
—No hace falta, eso sería retórico.
—Es cierto.
—Aunque creo que la razón es otra, y usted ya la sabe.
—La luz sobre la manga del abrigo.
—¿Cómo ha sido capaz de adivinarlo?
—Hay, miss Abbott, quien me dice: Conozco esa calle, la recorría a diario con un ramillete de gardenias, ahí tuve una novia, por sus fotos parece que uno pueda volver a meterse en el portal.
—Otros ven realidad donde usted, monsieur Atget, solo ve luz, líneas, volúmenes, sombras, ángulos y texturas, ¿no es cierto?
—¿Por qué no me llama Eugène, miss Abbott?
sábado, 30 de marzo de 2019
07 | Gramática del tragaluz
Donde exista una ventana hay otras a las que nunca podrá decirles algo de cara. (País de soledad en paralelo). El lugar que contemplo, sin embargo, lo están viendo otros ojos de los que nunca sabré nada. Ni me importará no saberlo. Tampoco conozco el nombre ni las inquietudes de aquellos cuyo aliento respiro en el autobús a la hora punta. Es a lo que llaman ciudad. Un conjunto ordenado de miradas. Y lo más curioso, sin que nadie se dé cuenta. Ni siquiera yo, ahora, cuando me asomo a la ventana como un rito de paso. Hacia la cocina.
martes, 26 de marzo de 2019
06 | Gramática del tragaluz
Fuera es una manera fugaz de estar dentro. El tiempo en el que se rebasa una abertura en las cortinas. Un interior, y poco después, otro. Avanzar por la calzada es también atravesar la ciudad de sala en sala, de cuarto en cuarto (tratar un universo en un relámpago). Hay una manera ensimismada de caminar y otra aforística, que resuelve los enigmas de la realidad de un vistazo. Fuera es una manera pasajera de no estar dentro de uno por estarlo dentro de lugares desconocidos en los que, con certeza, el tiempo de rebasar una ventana se es otro ser.
jueves, 21 de marzo de 2019
05 | Gramática del tragaluz
Mínimas astillas de hielo se acumulan poco a poco en la madera y permanecen pegadas durante horas en el cristal. Tejen opacidades. Las cortinas que no hay para limitar una luz que tampoco existe. El cuadrado de cuadrados blancos. Una realidad que ha perdido su pigmentación. El invierno. A veces el viento trae la nieve hasta el círculo de luz bajo el cual abro el libro que estoy leyendo. Virutas del mismo color que el papel cubren las manchas de tinta. Esos ojos que me miran con sus significados han dejado de verme. El resto de la sala, a oscuras.
sábado, 16 de marzo de 2019
04 | Gramática del tragaluz
Una renuncia a la comodidad: dos cojines de cama en el alféizar. Al pasear por el jardín hay quien se pregunta si es lícito echar un vistazo rápido hacia el interior de una ventana entreabierta. Una fisura en el monolito de la fachada. (Existe también quien no se hace preguntas por no resultar indiscreto consigo mismo, y no es quien pasa sin mirar). Las ranuras en los muros eran la escritura del miedo. Girar la cabeza para observar dentro de la rendija es una aseveración filosófica, la de quien considera que en la realidad no todo ha sido explicado convenientemente.
lunes, 11 de marzo de 2019
03 | Gramática del tragaluz
Un poco más cada día, extiende el cuerpo y el brazo y los dedos de la mano, todo su verdor, por tratar de alcanzar. Su carácter exterior (más: su absoluta necesidad de exterior) queriendo entrar. Un gesto que carecería de importancia si no me encontrara en el interior viendo cómo no me llega la luz que al árbol le hace crecer. Se diría que se acerca en forma de hojas que arañan o acarician el cristal, inmutable perfil egipcio. Y si la abriera, la ventana entregaría a la curiosidad un interior y a mí una sombra temblando en el suelo.
miércoles, 6 de marzo de 2019
02 | Gramática del tragaluz
La geometría es una disciplina interior. Penetra por el equilibrio rectangular de una ventana y reproduce su forma de entrar en paredes y suelos. El mismo orden se advierte en los objetos, cuya disposición tiende a que pasen desapercibidos en su silencio. Nada se puede aventurar de quienes se han puesto ahora a hablar con gesticulación discreta. Desde fuera (donde escribo esta nota en mi cuaderno) es el escenario que aprovecha el aprendiz de titiritero para realizar ejercicios de dedos. Sin diálogo la viñeta permanece huérfana de historia. Mera descripción del candor geométrico del vacío. Un espejo que no mira.
viernes, 1 de marzo de 2019
01 | Gramática del tragaluz
Por decir (por empezar este poema con alguna exaltación) digo que a veces te confundo, ventana de biblioteca, con el libro que estoy leyendo dentro. También es, abierto, un rectángulo y posee, como tú, hojas. Te abre a ti el bibliotecario las mañanas de verano porque das al norte y esa referencia, que ha leído en novelas donde puede pisar la nieve sobre la que nunca ha caminado, le refresca. En invierno, la cierra, aunque ni siquiera un poco de hielo se ha tumbado nunca sobre el peinazo de los cuarterones. No es que te lea, ventanal, solo me distraes.
sábado, 23 de febrero de 2019
Becqueriana / y 154
La noche se ha quedado dormida en el sofá después de habernos oído hablar toda la noche. En mala postura, desabrigada, exhausta. Hemos tenido que recolocarla, estirarle las piernas, recogerle la melena que le caía por la cara, cubrirla con una manta por encima. Ni se ha inmutado. La noche entera pendiente de nuestra conversación, una navegación fluvial por un cauce que no quería encontrar el mar. Y al final de la noche, la noche no ha podido más y ha caído rendida. Igual que un bebé. Lo que la noche ha contemplado ahora duerme. Cuando despierte, no recordará nada.
martes, 19 de febrero de 2019
Becqueriana / 153
Viven los amantes inscritos en círculos. El día los descubre unidos saliendo del sueño que no se sueña, sino que se vive con vaho de agua caliente y aroma de café. La luz los escinde y los entrega a los redondeles diminutos. El de la o, la pe, el partido de la e y el abierto de la c. Escribirse es su modo de continuar mirándose a los ojos. Viven los amantes construyéndose en esferas. El atardecer los reúne en el aro de la taza de té y en el anillo del abrazo, y el anochecer cierra la circunferencia soñándolos.
viernes, 15 de febrero de 2019
Becqueriana / 152
Tan hermosa es la música que lo es incluso cuando no suena. Pero se la oye. Tal vez porque se lleve dentro. O quizá, no sé, porque el ritmo tenga frecuencias que el oído humano no sepa escuchar. A veces la música es capaz de redimir con su armonía donde nadie la interpreta. Impulsados por ella, saltarines en el silencio, guiados por una cadencia que está en la respiración del mundo. En otras ocasiones se siente la necesidad interior de lo rítmico. Sin un aparato cerca, ni siquiera una radio a pilas, los cuerpos se acercan y la música baila.
martes, 12 de febrero de 2019
Becqueriana / 151
Ordenados, simétricos, artificiosos son los jardines franceses. Los ingleses, desordenados, agrestes, espontáneos. Los portugueses son jardines escondidos entre tomateras y árboles frutales. Los españoles, descuidados. El jardinero fuma sentado a las puertas de la caseta mientras los setos crecen desparejados y las copas se desfiguran porque nadie las ha podado con gracia. Somos coleccionistas de jardines. Nos gustan todos. Los nórdicos abusan de las praderas. Los alemanes subrayan la tristeza de los tilos. Los marroquíes son privados, hay un vigilante en cada puerta. En todos descubrimos un banco solitario donde reencontrarnos con una lejana adolescencia sin cuarto propio, nuestro lugar.
sábado, 9 de febrero de 2019
Becqueriana / 150
Una campanilla colgada en la puerta resuena diciendo adiós al abandonar el Café. Es el último sonido de una tarde en que las palabras han hablado por los codos. En la calle sombría, se han quedado a solas los pasos y el lejano graznido de una gaviota. Por escucharlo, caminamos en silencio. Ya cerca del puente, el río resuella como alguien que durmiera entre los juncos. La mano en el hombro, el brazo por la cintura. Una furgoneta cruza emborronando el instante. Casi ni la oímos, atentos solo a los sonidos que no suenen. A veces, entre farolas, nos detenemos.
martes, 5 de febrero de 2019
Becquieriana / 149
En las cornisas más altas de la cara norte. Dentro de la enredadera que viste por completo la tapia de algún huerto. En las copas de los robles y de las encinas. A veces también en los erguidos pinos. Entre las paredes derruidas de algún viejo molino. Bajo la piedra que cierra un dolmen megalítico. En las azoteas de los edificios, a la sombra de las sábanas tendidas a secarse. En el cuenco de las antenas parabólicas. En el canal de una teja que el viento ha sacado de su lugar dándole la vuelta. Lugares donde los pájaros se aman.
viernes, 1 de febrero de 2019
Becqueriana / 148
Paseamos. La tarde también camina delante de nosotros. Aunque va con el paso más ágil. Como si tuviera prisa por llegar a la oscuridad después de una jornada de luz insegura. Es el invierno, pensamos. Ya despertará a la sensualidad de la luz cuando cambie la estación y se remansará en el paseo y aún continuará mucho después de que nosotros regresemos, cansados, a casa. Se va yendo, la tarde. Hacemos el gesto de querer alcanzarla, pero ya está pasados los árboles, donde el sendero gira. Y aquí nos deja, en un paisaje de sombras propicio a las pausas breves.
lunes, 28 de enero de 2019
Bergen suite ::::·
Con botas de goma negras, delantal y guantes de piel el día vierte el cubo de oscuridad que le ha sobrado de iluminar las horas. La masa de opacidades fluye, un curso de agua desbocado que anega en su silencio las estrechas calles de Nøstet. Las farolas bostezan hacia el suelo, avergonzadas de su somnolencia. Solo siente orgullo de la luz que emite la vela que arde solitaria en el alféizar de una ventana. El lugar que debería ocupar un jarrón con flores, una figura de cerámica o un barco de marquetería. Los signos con los que habla la vida.
viernes, 25 de enero de 2019
Bergen suite ::::
El día en el que busco el antifaz. No para salir a la calle con los ojos cerrados, ya quisiera. Tampoco para no ver la cocina, donde me aguardan todos los platos disponibles apilados en el fregadero, aunque cuando pase delante mire hacia el barco que navega la ventana. La mañana, quizá, en la que las botas de invierno me molesten en el atrio y descuelgo el plumón y pienso que debería guardarlo y después, tras acordarme de las hojas que corrían frente al portal, sentarme a escribir el poema del día en el que busco el antifaz para dormir.
lunes, 21 de enero de 2019
Bergen suite :::·
Por la calle subían las hojas. A paso ligero, girando sobre sí mismas. Como si supieran dónde iban. Más certeras que yo en su dirigirse a ninguna parte. El viento, otros días, durante décadas, las ha dispersado, pero las que recuerdo son de aquella mañana, solitaria, de domingo. También a mí me arrastraron por rutas inhabituales que me alejaban del cuarto que entonces compartía con quien, en aquel instante, tenía un destino amoroso más feliz. Justo hasta el momento en el que se abrió el portal de la casa azul y se arremolinaron todas las hojas caídas de la ciudad.
jueves, 17 de enero de 2019
Bergen suite :::
El reflejo de las luces del ferry en la superficie del agua, la dimensión el universo. El ruido del motor, la música de la oscuridad. El escaso pasaje de la hora, hundido en los asientos. Absorto cada cual en el rayo de luz que emerge de su móvil. A veces, a lo lejos, parpadea la luz de una casa. En la cubierta de popa el frío es intenso y golpea su aspereza aun pegado a la marquesina que protege la entrada, pero la belleza de la oscuridad lo hace soportable. Abro los ojos como si los mantuviera cerrados: ese consuelo.
sábado, 12 de enero de 2019
Bergen suite ::·
La sábana que ha tejido la ceniza del día y que la ventana vierte sobre la mesa, antes de que se decida a encender la lámpara, se extiende por el cuaderno que acaba de abrir. Una niebla que tacha, sobre el papel, cuanto todavía no ha sido escrito. Pero está detrás, o debajo. Mientras el tenue tintineo de las pulseras acompaña el movimiento de la mano, escribir es una manera de borrar lo que ve para que lo rayado por el presente brote. Una forma de raspar la grisura en busca de los temblores que no están en la luz.
lunes, 7 de enero de 2019
Bergen suite ::
Hay otro yo que se queda en el atrio de la casa cada día. Es mi invitado, les digo a los fantasmas que con seguridad aún permanecen por este lugar, acurrucados junto al radiador. Pero no sé muy bien si él es un doble mío o yo un doble suyo cuando me enfundo el abrigo térmico, los pantalones impermeables, el gorro de piel y las botas. Dentro debo de ser yo, pero fuera ya no estoy tan seguro. Como tampoco la nieve es la piel propia de la ciudad ni la oscuridad su cielo. El invierno disfruta siendo el Otro.
martes, 1 de enero de 2019
Pequeño cuento de Año Nuevo
Ya hemos llegado, te digo. Miras alrededor: ¿Estás seguro? No del todo. Continúas observándolo, desconfiada. Se parece en algo al anterior, me dices. Tiene un aire de familia, será la década. ¿De verdad que ya hemos llegado? Bueno, es lo que pone, te digo. ¿Lo has leído? Aún no, pero es lo que debería de poner. Ah. Solo dices Ah, pero tu mirada inquieta dice algo más. ¿Crees que todavía no hemos llegado? No es que no lo crea, me dices, es que no lo veo por ninguna parte. Cierra los ojos, te digo. Ahora sí lo veo, me dices.
sábado, 29 de diciembre de 2018
Bye, bye 2018
Iba a escribir la fecha de hoy sobre la humedad de la arena para que al llegar una ola la borrara a mis pies cuando he empezado a dudar. Por una parte, parece que hoy sea 31 y por otra estoy casi seguro de que ya es día 1. A veces pienso que es lunes, y otras creo que es martes. Tampoco el mes me cuadra. Ni siquiera el año. Trato de recordar cuándo he visto un calendario por última vez. Tampoco me lo aclara. Así que dejo que llegue la ola y se vaya sin que pueda borrar nada.
miércoles, 26 de diciembre de 2018
Bergen suite :·
Amarillean las velas, lo sé. Los cabos se sueltan, los palos se tuercen, la madera se pudre. Un desastre tras otro. En las ranuras se acumula polvo desde hace tanto que el plumero resulta inútil. Pero no soy capaz de retirarlo de la ventana. Ni sé los años que luce ahí, presidiéndola. A veces hasta doy un rodeo para llegar a casa por la calle desde donde mejor se ve. El barco en el alféizar. Ni siquiera lo considero un barco. Para mí es un día. Verano. Ni una nube. El mercadillo. Aquel viejo artesano, barbudo, que nos lo vendió.
viernes, 21 de diciembre de 2018
Bergen suite :
Si ha de jugar contra sí mismo no se siente ni de blancas ni de negras. Le reconforta el chasquido de cada pieza al ocupar su nuevo lugar en el tablero. La lluvia, que repiquetea en los cristales desde la mañana, cesa cuando el director del coro alza la mano y cierra el puño. Con la misma exactitud. Si mueve los dos bandos, no tiene favorito. Aunque le guste ganar, sabe que una parte suya saldrá perdiendo. Después de la partida, sube al desván y contempla la calle desde el ventanuco. Con las luces, la realidad parece envuelta para regalo.
domingo, 16 de diciembre de 2018
Bergen suite ·
Costras de hielo sobre las botas. La puerta de golpe ha silenciado el discurso delirante de la ventisca, a solas ya en mitad de la pelea con las luces del puerto. Al avanzar descalzo la madera le susurra frases de quien se entiende en una lengua foránea. Un montón para los calcetines, los pantalones húmedos, la camisa. La lamparilla parpadea, pero la luz está sujeta a las paredes con clavos y el recuerdo sigue amarrado al noray. En la pila vierte la bolsa de plástico donde trae los arenques para freír. Abre el grifo. Busca un cuchillo en el cajón.
martes, 11 de diciembre de 2018
# 606
Es verdad. A veces —diría incluso que cada vez más veces— lo que mis ojos están viendo no se corresponde con lo que se diría que ven. O mejor, con lo que otros ojos verían si miraran donde lo que estoy viendo ocurre. Porque lo que veo, un bosque —de hecho, son dos bosques, uno vegetal y otro aéreo, formado por cientos de pájaros que lo sobrevuelan y armonizan—, solo yo lo estoy viendo a través de la ventana. Y si otro mirara, no lo vería. Pero no importa. Lo que habla es aquello que los ojos cerrados contemplan.
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