El tiempo es un perro que se queda fuera cuando la cancela se cierra. Y ladra sin que nadie le oiga, dentro. Hay un pianista encerrado en una caja oscura que no se cansa nunca de interpretar la misma melodía y una lámpara que ha dorado su luz en un mercado de orfebres orientales. En mitad de la sala el sofá navega, barca serena que se desliza por la superficie quieta de la laguna, una noche de verano. Un remo se resbala de las manos que lo sujetan y cae al agua, chof, y al hundirse deja la escena perpleja.
sábado, 27 de abril de 2019
martes, 23 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 55
Los aromas identifican lo que no
se ve. El del café, olor del tiempo que arranca con su engranaje de minutos y
horas. Y el del pan tostado, que lo es del otro tiempo, el que se lleva dentro,
el que evoca los lugares donde corrían niñas, niños, luego adolescentes y hasta
adultos, aunque todavía con la ilusión infantil en la mirada. Los aromas dan
identidad a lo que se ve. El de las calles mojadas por la lluvia, la fragancia
de las flores madrugadoras, los que abren los espacios y muestran su densidad interior.
La salida de la cueva.
viernes, 19 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 54
Un globo en la mano del niño despistado, eso son las palabras. Cuando se lo entregan lo admira sobre su cabeza con ilusión, pero al instante algo le atrae —una niña, quizá, que alcanza en el columpio más altura que él— y afloja la fuerza con la que lo sujeta, y el globo parte hacia un viaje celeste que el niño, preocupado por la exhibición del columpio, no advierte perder, ni siquiera lo mira. ¿Para qué? Lo ha visto un instante brillar con su vivo color y se ha visto sujetándolo. El significado ya es suyo. El globo, que vuele.
lunes, 15 de abril de 2019
# 609
Lo que espacio o tiempo no convocan lo reúne la escritura cuando araña el papel. Luz y noche, novios que pasean de la mano en el vuelo de la luciérnaga. Mar y sábana comparten idéntica materia durante el abrazo. Lo que el tiempo desconoce y lo que el espacio —gran visionario— sueña con los ojos abiertos lo construye el sonido de una voz al susurrar un nombre. La realidad no ha sido nunca la taxonomía de insípidos instantes. Lo concreto solo registra el informe de ruidos. El silencio en el que transcurre una mirada queda en las afueras del tiempo.
miércoles, 10 de abril de 2019
# 608
Ave, también quien camina, aunque solo alce el vuelo por arduos senderos que ascienden a limitadas cumbres en el paisaje para descubrir los espacios que son suyos. Descubrir no es desplegar un mapa en blanco ni hablar de prodigios que nunca han existido. Es solo dar un sentido a lo que se ve. Que la piedra, que el árbol, que la luz, que las nubes signifiquen. Que instilen en el cuaderno de la memoria una frase no escrita. Y así el lugar se convierta en aforismo. Sea de las aves, de los insectos, del viento, de los cielos. Y propio.
sábado, 6 de abril de 2019
Maga Losnay, dietario # 607
La taza de té me mira. Taimada, sus suspiros dibujan en el aire figuras huidizas. Desde el reposo le gusta verme. A veces únicamente atisba la mano y el brazo, que pasan por encima y regresan con una galleta de avena. Otras, me ve pensando, si me quedo pensativa frente al círculo. Y me observa. También cuando me acerco con el tarro de miel y con una cuchara de dulzura que vierto. O, en invierno, al entrelazar las manos frías alrededor de la cálida porcelana. La taza me habla, igual que lo haría un espejo que reflejara solo la ausencia.
martes, 2 de abril de 2019
1927 (díptico)
Berenice Abbot, fotógrafa veinteañera, retrata a Eugène Atget,
fotógrafo septuagenario, en el que será su último invierno.
1
—¿Podría colocarse perpendicular a la cámara, monsieur Atget?
—¿De perfil lo prefiere, miss Abbott?
—Puede llamarme Berenice.
—Claro, como desee, miss Abbott.
—Sí, le haré una fotografía de perfil.
—¿Y por qué de perfil?
—No sabría decirle, monsieur Atget, ¿por pudor?
—No me haga reír, un fotógrafo tímido es un como un lanzador de jabalina manco.
—Bueno, no va a creerme si le digo que es para que no me vea hacerle la foto, pero puedo encontrar otro argumento.
—Inténtelo, miss Abbott.
—Quiero contemplarle mientras está mirando.
—¿Cómo si estuviera yo haciendo una foto, miss Abbott?
—Berenice.
—Disculpe, miss Abbott.
2
—¿Busco una cámara, miss Abbott?
—No hace falta, eso sería retórico.
—Es cierto.
—Aunque creo que la razón es otra, y usted ya la sabe.
—La luz sobre la manga del abrigo.
—¿Cómo ha sido capaz de adivinarlo?
—Hay, miss Abbott, quien me dice: Conozco esa calle, la recorría a diario con un ramillete de gardenias, ahí tuve una novia, por sus fotos parece que uno pueda volver a meterse en el portal.
—Otros ven realidad donde usted, monsieur Atget, solo ve luz, líneas, volúmenes, sombras, ángulos y texturas, ¿no es cierto?
—¿Por qué no me llama Eugène, miss Abbott?
sábado, 30 de marzo de 2019
07 | Gramática del tragaluz
Donde exista una ventana hay otras a las que nunca podrá decirles algo de cara. (País de soledad en paralelo). El lugar que contemplo, sin embargo, lo están viendo otros ojos de los que nunca sabré nada. Ni me importará no saberlo. Tampoco conozco el nombre ni las inquietudes de aquellos cuyo aliento respiro en el autobús a la hora punta. Es a lo que llaman ciudad. Un conjunto ordenado de miradas. Y lo más curioso, sin que nadie se dé cuenta. Ni siquiera yo, ahora, cuando me asomo a la ventana como un rito de paso. Hacia la cocina.
martes, 26 de marzo de 2019
06 | Gramática del tragaluz
Fuera es una manera fugaz de estar dentro. El tiempo en el que se rebasa una abertura en las cortinas. Un interior, y poco después, otro. Avanzar por la calzada es también atravesar la ciudad de sala en sala, de cuarto en cuarto (tratar un universo en un relámpago). Hay una manera ensimismada de caminar y otra aforística, que resuelve los enigmas de la realidad de un vistazo. Fuera es una manera pasajera de no estar dentro de uno por estarlo dentro de lugares desconocidos en los que, con certeza, el tiempo de rebasar una ventana se es otro ser.
jueves, 21 de marzo de 2019
05 | Gramática del tragaluz
Mínimas astillas de hielo se acumulan poco a poco en la madera y permanecen pegadas durante horas en el cristal. Tejen opacidades. Las cortinas que no hay para limitar una luz que tampoco existe. El cuadrado de cuadrados blancos. Una realidad que ha perdido su pigmentación. El invierno. A veces el viento trae la nieve hasta el círculo de luz bajo el cual abro el libro que estoy leyendo. Virutas del mismo color que el papel cubren las manchas de tinta. Esos ojos que me miran con sus significados han dejado de verme. El resto de la sala, a oscuras.
sábado, 16 de marzo de 2019
04 | Gramática del tragaluz
Una renuncia a la comodidad: dos cojines de cama en el alféizar. Al pasear por el jardín hay quien se pregunta si es lícito echar un vistazo rápido hacia el interior de una ventana entreabierta. Una fisura en el monolito de la fachada. (Existe también quien no se hace preguntas por no resultar indiscreto consigo mismo, y no es quien pasa sin mirar). Las ranuras en los muros eran la escritura del miedo. Girar la cabeza para observar dentro de la rendija es una aseveración filosófica, la de quien considera que en la realidad no todo ha sido explicado convenientemente.
lunes, 11 de marzo de 2019
03 | Gramática del tragaluz
Un poco más cada día, extiende el cuerpo y el brazo y los dedos de la mano, todo su verdor, por tratar de alcanzar. Su carácter exterior (más: su absoluta necesidad de exterior) queriendo entrar. Un gesto que carecería de importancia si no me encontrara en el interior viendo cómo no me llega la luz que al árbol le hace crecer. Se diría que se acerca en forma de hojas que arañan o acarician el cristal, inmutable perfil egipcio. Y si la abriera, la ventana entregaría a la curiosidad un interior y a mí una sombra temblando en el suelo.
miércoles, 6 de marzo de 2019
02 | Gramática del tragaluz
La geometría es una disciplina interior. Penetra por el equilibrio rectangular de una ventana y reproduce su forma de entrar en paredes y suelos. El mismo orden se advierte en los objetos, cuya disposición tiende a que pasen desapercibidos en su silencio. Nada se puede aventurar de quienes se han puesto ahora a hablar con gesticulación discreta. Desde fuera (donde escribo esta nota en mi cuaderno) es el escenario que aprovecha el aprendiz de titiritero para realizar ejercicios de dedos. Sin diálogo la viñeta permanece huérfana de historia. Mera descripción del candor geométrico del vacío. Un espejo que no mira.
viernes, 1 de marzo de 2019
01 | Gramática del tragaluz
Por decir (por empezar este poema con alguna exaltación) digo que a veces te confundo, ventana de biblioteca, con el libro que estoy leyendo dentro. También es, abierto, un rectángulo y posee, como tú, hojas. Te abre a ti el bibliotecario las mañanas de verano porque das al norte y esa referencia, que ha leído en novelas donde puede pisar la nieve sobre la que nunca ha caminado, le refresca. En invierno, la cierra, aunque ni siquiera un poco de hielo se ha tumbado nunca sobre el peinazo de los cuarterones. No es que te lea, ventanal, solo me distraes.
sábado, 23 de febrero de 2019
Becqueriana / y 154
La noche se ha quedado dormida en el sofá después de habernos oído hablar toda la noche. En mala postura, desabrigada, exhausta. Hemos tenido que recolocarla, estirarle las piernas, recogerle la melena que le caía por la cara, cubrirla con una manta por encima. Ni se ha inmutado. La noche entera pendiente de nuestra conversación, una navegación fluvial por un cauce que no quería encontrar el mar. Y al final de la noche, la noche no ha podido más y ha caído rendida. Igual que un bebé. Lo que la noche ha contemplado ahora duerme. Cuando despierte, no recordará nada.
martes, 19 de febrero de 2019
Becqueriana / 153
Viven los amantes inscritos en círculos. El día los descubre unidos saliendo del sueño que no se sueña, sino que se vive con vaho de agua caliente y aroma de café. La luz los escinde y los entrega a los redondeles diminutos. El de la o, la pe, el partido de la e y el abierto de la c. Escribirse es su modo de continuar mirándose a los ojos. Viven los amantes construyéndose en esferas. El atardecer los reúne en el aro de la taza de té y en el anillo del abrazo, y el anochecer cierra la circunferencia soñándolos.
viernes, 15 de febrero de 2019
Becqueriana / 152
Tan hermosa es la música que lo es incluso cuando no suena. Pero se la oye. Tal vez porque se lleve dentro. O quizá, no sé, porque el ritmo tenga frecuencias que el oído humano no sepa escuchar. A veces la música es capaz de redimir con su armonía donde nadie la interpreta. Impulsados por ella, saltarines en el silencio, guiados por una cadencia que está en la respiración del mundo. En otras ocasiones se siente la necesidad interior de lo rítmico. Sin un aparato cerca, ni siquiera una radio a pilas, los cuerpos se acercan y la música baila.
martes, 12 de febrero de 2019
Becqueriana / 151
Ordenados, simétricos, artificiosos son los jardines franceses. Los ingleses, desordenados, agrestes, espontáneos. Los portugueses son jardines escondidos entre tomateras y árboles frutales. Los españoles, descuidados. El jardinero fuma sentado a las puertas de la caseta mientras los setos crecen desparejados y las copas se desfiguran porque nadie las ha podado con gracia. Somos coleccionistas de jardines. Nos gustan todos. Los nórdicos abusan de las praderas. Los alemanes subrayan la tristeza de los tilos. Los marroquíes son privados, hay un vigilante en cada puerta. En todos descubrimos un banco solitario donde reencontrarnos con una lejana adolescencia sin cuarto propio, nuestro lugar.
sábado, 9 de febrero de 2019
Becqueriana / 150
Una campanilla colgada en la puerta resuena diciendo adiós al abandonar el Café. Es el último sonido de una tarde en que las palabras han hablado por los codos. En la calle sombría, se han quedado a solas los pasos y el lejano graznido de una gaviota. Por escucharlo, caminamos en silencio. Ya cerca del puente, el río resuella como alguien que durmiera entre los juncos. La mano en el hombro, el brazo por la cintura. Una furgoneta cruza emborronando el instante. Casi ni la oímos, atentos solo a los sonidos que no suenen. A veces, entre farolas, nos detenemos.
martes, 5 de febrero de 2019
Becquieriana / 149
En las cornisas más altas de la cara norte. Dentro de la enredadera que viste por completo la tapia de algún huerto. En las copas de los robles y de las encinas. A veces también en los erguidos pinos. Entre las paredes derruidas de algún viejo molino. Bajo la piedra que cierra un dolmen megalítico. En las azoteas de los edificios, a la sombra de las sábanas tendidas a secarse. En el cuenco de las antenas parabólicas. En el canal de una teja que el viento ha sacado de su lugar dándole la vuelta. Lugares donde los pájaros se aman.
viernes, 1 de febrero de 2019
Becqueriana / 148
Paseamos. La tarde también camina delante de nosotros. Aunque va con el paso más ágil. Como si tuviera prisa por llegar a la oscuridad después de una jornada de luz insegura. Es el invierno, pensamos. Ya despertará a la sensualidad de la luz cuando cambie la estación y se remansará en el paseo y aún continuará mucho después de que nosotros regresemos, cansados, a casa. Se va yendo, la tarde. Hacemos el gesto de querer alcanzarla, pero ya está pasados los árboles, donde el sendero gira. Y aquí nos deja, en un paisaje de sombras propicio a las pausas breves.
lunes, 28 de enero de 2019
Bergen suite ::::·
Con botas de goma negras, delantal y guantes de piel el día vierte el cubo de oscuridad que le ha sobrado de iluminar las horas. La masa de opacidades fluye, un curso de agua desbocado que anega en su silencio las estrechas calles de Nøstet. Las farolas bostezan hacia el suelo, avergonzadas de su somnolencia. Solo siente orgullo de la luz que emite la vela que arde solitaria en el alféizar de una ventana. El lugar que debería ocupar un jarrón con flores, una figura de cerámica o un barco de marquetería. Los signos con los que habla la vida.
viernes, 25 de enero de 2019
Bergen suite ::::
El día en el que busco el antifaz. No para salir a la calle con los ojos cerrados, ya quisiera. Tampoco para no ver la cocina, donde me aguardan todos los platos disponibles apilados en el fregadero, aunque cuando pase delante mire hacia el barco que navega la ventana. La mañana, quizá, en la que las botas de invierno me molesten en el atrio y descuelgo el plumón y pienso que debería guardarlo y después, tras acordarme de las hojas que corrían frente al portal, sentarme a escribir el poema del día en el que busco el antifaz para dormir.
lunes, 21 de enero de 2019
Bergen suite :::·
Por la calle subían las hojas. A paso ligero, girando sobre sí mismas. Como si supieran dónde iban. Más certeras que yo en su dirigirse a ninguna parte. El viento, otros días, durante décadas, las ha dispersado, pero las que recuerdo son de aquella mañana, solitaria, de domingo. También a mí me arrastraron por rutas inhabituales que me alejaban del cuarto que entonces compartía con quien, en aquel instante, tenía un destino amoroso más feliz. Justo hasta el momento en el que se abrió el portal de la casa azul y se arremolinaron todas las hojas caídas de la ciudad.
jueves, 17 de enero de 2019
Bergen suite :::
El reflejo de las luces del ferry en la superficie del agua, la dimensión el universo. El ruido del motor, la música de la oscuridad. El escaso pasaje de la hora, hundido en los asientos. Absorto cada cual en el rayo de luz que emerge de su móvil. A veces, a lo lejos, parpadea la luz de una casa. En la cubierta de popa el frío es intenso y golpea su aspereza aun pegado a la marquesina que protege la entrada, pero la belleza de la oscuridad lo hace soportable. Abro los ojos como si los mantuviera cerrados: ese consuelo.
sábado, 12 de enero de 2019
Bergen suite ::·
La sábana que ha tejido la ceniza del día y que la ventana vierte sobre la mesa, antes de que se decida a encender la lámpara, se extiende por el cuaderno que acaba de abrir. Una niebla que tacha, sobre el papel, cuanto todavía no ha sido escrito. Pero está detrás, o debajo. Mientras el tenue tintineo de las pulseras acompaña el movimiento de la mano, escribir es una manera de borrar lo que ve para que lo rayado por el presente brote. Una forma de raspar la grisura en busca de los temblores que no están en la luz.
lunes, 7 de enero de 2019
Bergen suite ::
Hay otro yo que se queda en el atrio de la casa cada día. Es mi invitado, les digo a los fantasmas que con seguridad aún permanecen por este lugar, acurrucados junto al radiador. Pero no sé muy bien si él es un doble mío o yo un doble suyo cuando me enfundo el abrigo térmico, los pantalones impermeables, el gorro de piel y las botas. Dentro debo de ser yo, pero fuera ya no estoy tan seguro. Como tampoco la nieve es la piel propia de la ciudad ni la oscuridad su cielo. El invierno disfruta siendo el Otro.
martes, 1 de enero de 2019
Pequeño cuento de Año Nuevo
Ya hemos llegado, te digo. Miras alrededor: ¿Estás seguro? No del todo. Continúas observándolo, desconfiada. Se parece en algo al anterior, me dices. Tiene un aire de familia, será la década. ¿De verdad que ya hemos llegado? Bueno, es lo que pone, te digo. ¿Lo has leído? Aún no, pero es lo que debería de poner. Ah. Solo dices Ah, pero tu mirada inquieta dice algo más. ¿Crees que todavía no hemos llegado? No es que no lo crea, me dices, es que no lo veo por ninguna parte. Cierra los ojos, te digo. Ahora sí lo veo, me dices.
sábado, 29 de diciembre de 2018
Bye, bye 2018
Iba a escribir la fecha de hoy sobre la humedad de la arena para que al llegar una ola la borrara a mis pies cuando he empezado a dudar. Por una parte, parece que hoy sea 31 y por otra estoy casi seguro de que ya es día 1. A veces pienso que es lunes, y otras creo que es martes. Tampoco el mes me cuadra. Ni siquiera el año. Trato de recordar cuándo he visto un calendario por última vez. Tampoco me lo aclara. Así que dejo que llegue la ola y se vaya sin que pueda borrar nada.
miércoles, 26 de diciembre de 2018
Bergen suite :·
Amarillean las velas, lo sé. Los cabos se sueltan, los palos se tuercen, la madera se pudre. Un desastre tras otro. En las ranuras se acumula polvo desde hace tanto que el plumero resulta inútil. Pero no soy capaz de retirarlo de la ventana. Ni sé los años que luce ahí, presidiéndola. A veces hasta doy un rodeo para llegar a casa por la calle desde donde mejor se ve. El barco en el alféizar. Ni siquiera lo considero un barco. Para mí es un día. Verano. Ni una nube. El mercadillo. Aquel viejo artesano, barbudo, que nos lo vendió.
viernes, 21 de diciembre de 2018
Bergen suite :
Si ha de jugar contra sí mismo no se siente ni de blancas ni de negras. Le reconforta el chasquido de cada pieza al ocupar su nuevo lugar en el tablero. La lluvia, que repiquetea en los cristales desde la mañana, cesa cuando el director del coro alza la mano y cierra el puño. Con la misma exactitud. Si mueve los dos bandos, no tiene favorito. Aunque le guste ganar, sabe que una parte suya saldrá perdiendo. Después de la partida, sube al desván y contempla la calle desde el ventanuco. Con las luces, la realidad parece envuelta para regalo.
domingo, 16 de diciembre de 2018
Bergen suite ·
Costras de hielo sobre las botas. La puerta de golpe ha silenciado el discurso delirante de la ventisca, a solas ya en mitad de la pelea con las luces del puerto. Al avanzar descalzo la madera le susurra frases de quien se entiende en una lengua foránea. Un montón para los calcetines, los pantalones húmedos, la camisa. La lamparilla parpadea, pero la luz está sujeta a las paredes con clavos y el recuerdo sigue amarrado al noray. En la pila vierte la bolsa de plástico donde trae los arenques para freír. Abre el grifo. Busca un cuchillo en el cajón.
martes, 11 de diciembre de 2018
# 606
Es verdad. A veces —diría incluso que cada vez más veces— lo que mis ojos están viendo no se corresponde con lo que se diría que ven. O mejor, con lo que otros ojos verían si miraran donde lo que estoy viendo ocurre. Porque lo que veo, un bosque —de hecho, son dos bosques, uno vegetal y otro aéreo, formado por cientos de pájaros que lo sobrevuelan y armonizan—, solo yo lo estoy viendo a través de la ventana. Y si otro mirara, no lo vería. Pero no importa. Lo que habla es aquello que los ojos cerrados contemplan.
jueves, 6 de diciembre de 2018
Maga Losnay, dietario # 605
El deseo es una alfombra blanca frente a una puerta a la que se llega con botas embarradas por el temporal. La duna de tierna arena donde se hunden hasta las rodillas las piernas que intentan ascender por la pendiente. Un collar de pétalos de amapola una tarde de ventisca. La torre construida con copas de cristal frente a la botella recién descorchada. Y quien un día camina con pies descalzos o se desliza pendiente abajo, luce la fragilidad o brinda con la copa en alto olvida que el deseo es aquella melodía que estuvo sonando dentro de un silencio.
sábado, 1 de diciembre de 2018
08 | El cuaderno de páginas de azogue
¿Has traído un libro?, me pregunta mientras alzo los remos, los coloco dentro de la barca y dejo que sea la tarde quien la gobierne. Sí, respondo. ¿Vas a ponerte ahora a leer?, me insiste. Claro que no —digo—, esta luz, esta calma, tu conversación, ¿crees que puedo abstraerme del momento? ¿Y entonces, por qué has traído un libro?, inquiere. La verdad, no lo sé. Creo que no sabría salir de casa sin un libro bajo el brazo. No por mí, sino por el libro, para que se tranquilice al saber que cuando no estoy leyendo también sé vivir.
miércoles, 28 de noviembre de 2018
07 | El cuaderno de páginas de azogue
En tardes de verano, viendo tejer a mi abuela junto al balcón, empecé a escribir versos. A su lado o cerca, tal vez yo estuviera sentado afuera. Pero aprendía también de ella, que contaba los nudos, las vueltas y el lugar por donde deslizar la aguja. Así, mis dedos numeraban las sílabas y distribuían los acentos. Y mientras mi abuela avanzaba en el jersey que le tejía a mi hermana menor, mis poemas se extendían por la hoja del cuaderno como un entramado de nudos y vueltas. Si me preguntan para qué sirve, aún sigo diciendo que un poema abriga.
sábado, 24 de noviembre de 2018
06 | El cuaderno de páginas de azogue
Ya no sé bien qué es un libro. Si lo que era o lo que es ahora. Lo malo del tiempo no es que le envejezca a uno, eso resulta fácilmente soportable desde una vivencia del presente, de hecho, no hay mejor edad que aquella que se disfruta en cada momento, pues las contiene todas. Lo insoportable del tiempo es que cambia la condición de cuanto existe. Aquello en lo que uno creía como sustancial no es ahora más que un pasatiempo. Así los libros. Aprendí en su carencia a necesitarlos. Los imprescindibles. En su provocativa inanidad no sé despreciarlos.
lunes, 19 de noviembre de 2018
05 | El cuaderno de páginas de azogue
Publicar ahí (o sea, aquí) es como cantar en el metro, dice. Ya quisiera, respondo pensando en un sombrero hasta arriba de monedas. De todas formas, matizo, hay una diferencia. Grandes estrellas del rock se vanaglorian de haber empezado tocando en la calle. Eso no me dice nada. Mi maestro fue Nino Mallorca. A finales de los ochenta actuaba a diario en la Avenida Gaudí con la orquesta dentro del radiocassette. A veces desplegaba delante páginas de diarios de los años 60 con grandes fotos y entrevistas. Unas cuantas. De nada vale empezar en la intemperie, hay que acabar ahí.
jueves, 15 de noviembre de 2018
04 | El cuaderno de páginas de azogue
Hubo un tiempo en el que disfrutaba con las voces. En transparencia creía verlas bajo los recursos expresivos que este o aquel vertía sobre su decir. Lo contemporáneo me dejaba boquiabierto bajo el cielo incendiado la noche de los fuegos artificiales. Deseaba estudiarlo, también. Lo peor del tiempo es que continúa a pesar del brillo de cualquier presente. Y ahora, aquel fulgor solo lo descubro en lo más remoto. Donde ni siquiera existe la noción de tropo y la poesía emerge directa no se sabe de dónde. Y en especial, en esas veladuras que son los fragmentos perdidos para siempre.
sábado, 10 de noviembre de 2018
03 | El cuaderno de páginas de azogue
Entre las pilas y cajones de libros viejos del mercado anticuario en ocasiones creo reconocerme. Rara vez doy con mi nombre, y si aparezco hago como que no me veo. Para que sea otro quien pueda reconocerse en él igual que entre cientos de títulos ajenos, tantos como rostros en las avenidas de la ciudad, me fijo en un libro, a veces maltrecho por los años de andar de un almacén a otro. Solo con asomarme a sus páginas advierto cómo se convierten en agua que dibuja cuanto la contempla. Y colocándolo en un estante, lo salvo de la sequía.
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