sábado, 18 de enero de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 3


El pájaro se acerca al charco a saltitos, con precaución. Picotea su borde para asegurarse de que no es lo que su superficie dibuja, una nube aburrida en un día de sol. Cuando tiene la certeza de que la alfombra en medio del camino es de agua, extiende un poco las alas, como para sobrevolarlo, pero se adentra de un brinco y sumerge un instante el pico. Lo saca tan rápidamente como ágiles son sus movimientos para sacudirse las gotas. Extiende, ahora sí, las alas y echa a volar. Poco a poco la nube regresa a la mirada del charco.

jueves, 16 de enero de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 2


Los días sombríos, osco el cielo y la luz sucia, alguien parece enfadado con nosotros por algo que no somos conscientes de haber hecho. Nada hay que se realice a gusto, nada que se emprenda por placer. Los huesos sienten nostalgia de su futuro y se abandonan. Los músculos no soportan esa cháchara de pensionistas. El alfiler de la humedad teje su desangelado hábitat con el hilo de la incomprensión hacia las aspiraciones de los mortales: el paseo hasta el parque, la araña entre los setos, el vocerío de los niños, el chasquear de las páginas del periódico al pasarlas.

lunes, 13 de enero de 2014

El poema del trece de enero

Para M.
Las calles recitan cada día su poema. Para quienes no lo conocen y pasan por allí al acaso de una gestión, es una única salmodia. La canción de todas las calles. El tránsito, los comercios, las marquesinas en las paradas de los autobuses, el debate de los semáforos. Para quienes transitan todos los días, sin embargo, nada hay tan diferente a una palabra como la misma palabras pronunciada en otro tono, leída en otra frase. Nada tan distinto como la melodía que recita cada día la misma calle. La incidencia de la luz sobre las paredes, cristaleras, miradas. Su convicción.  

sábado, 11 de enero de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 1


Abro el cuaderno. El salitre en el fondo del recipiente que contuvo un pensamiento. La luz del día despejado después de la nevada. Las letras dejan su huella de botas altas que avanzan por la página descubriendo objetos, realidades, en los bultos blancos. Ahí los asientos del parque, el seto, un arbusto, la fuente. Los pasos alrededor, contemplándolos, los descubren. Los describen. Su materia, sus colores, el tacto, las fisuras, ahora ocultos, aparecen de súbito ante la mirada de quien, en la página escrita, les pasa la mano enfundada en un guante por encima para retirar la nieve cuando lee.

jueves, 9 de enero de 2014

«Las ruinas del cielo», de Christian Bobin, en Sibirana Ed. de Zaragoza


Al leer las frases de Christian Bobin se percibe el frufrú de la pluma al escribirlas en el cuaderno. El tacto verjurado del papel, la prestancia de las tapas de cartón duro. Desde su cocina llega el olor de la cafetera y se oye un coro de gorriones desafinados al otro lado de su ventana. Cada página es un libro entero. Cada libro, una biblioteca. Los aforismos de Bobin se imprimen acompañados por la luz de la estancia donde se leen. Y donde la mirada queda enmarañada de palabras. Sus fragmentos, sutiles e incisivos, por el lápiz que los señala.

martes, 7 de enero de 2014

La facilidad de los poetas difíciles


Eugenia: En su época Pessoa era considerado un poeta ininteligible. No le comprendían. Así que él mismo se hizo a la idea de que nadie puede ser entendido por sus coetáneos, se necesita que llegue la generación siguiente. Pasolini lo dijo con más crueldad: igual que una película se hace en la sala de montaje, una vida solo puede ser comprendida tras la muerte. Y en el caso de Pessoa es descorazonadoramente cierto. La muerte empezó a tejer para los demás la vida deshilada que había llevado siempre. Y a trenzar una metáfora que no ha dejado de crecer aún.

domingo, 5 de enero de 2014

Pequeño Auto de los Reyes Magos


—¿Y eso?
—Nada, cosas mías.
—¿Un martillo? ¿No será peligroso?
—Qué va. Ya sé utilizarlo. ¿No te lo crees?
—¿Y ese paquetito?
—Clavos. Para el martillo. ¿Qué hace un martillo sin clavos?
—No había caído. ¿Y los listones?
—Cuando se clava algo, algo hay que clavar, ¿no?
—¿Listones?
—Sí. Lo vi en un reportaje del Katrina.
—¿Del huracán?
—Sirven para que las ventanas no se abran.
—¿Y para qué quieres sellarlas precisamente hoy? ¿Será que no quieres que entren los Reyes Magos?
—No exactamente. Es para que no se vayan mis padres a comprarme juguetes y se queden aquí conmigo.

viernes, 3 de enero de 2014

1926

Al amanecer del 29 de diciembre muere Rainer Maria Rilke 

La persiana cuela algunas migas de la mañana. Despejado día de invierno. El sol resbala sobre la capa de hielo del estanque, tropieza con las gotas petrificadas en la boca del bajante, se remansa en la lona que cubre la leña bajo el cobertizo. La luz se desmenuza y pasa también por las ranuras, entre los listones de madera que ciegan la ventana. Dentro, no ve pétalos a los que iluminar. Una semana antes pidió que las retiraran. Que no le trajeran más flores. Más recuerdos. No encuentra ojos a los que seducir. Se esparce por las losas, agua derramada.

miércoles, 1 de enero de 2014

Pequeño cuento (corporativo) de Año Nuevo


En la vida me he visto en tal aprieto. Los cuento y suman quince. No puede ser. Es: he convertido el primer terceto en el tercer cuarteto. Puedo quitar un verso, pero ese uno arrastra a otro. Y entonces son trece. Trato de arreglarlo, pero todo lo que se me ocurre se acentúa en quinta. Lo puedo dejar así. Nadie ha de saber lo que he querido escribir; claro, después de que le haya quitado el título, «Soneto de Año Nuevo». Puedo borrar la mención al soneto, pero pierdo el juego con el año. ¿Me entiendes? Catorce, catorce. No quince.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Bye, bye 2013


Cuando tantos coinciden en alegrarse de que por fin te largues, 13, a mí me gustaría que no te marcharas tan pronto. Aunque solo sea porque me he acostumbrado a tu número. O porque tu esencia se queda corta al cabo de solo doce meses. O porque son tantos los que hablan mal de ti que dan ganas de no acercarse a ese catorce adonde todos quieren ir. Qué bueno sería quedarse un poco más a solas, año 13, prescindir del calendario, amparado en tu humildad de combinación fea, de fila ausente, de piso que no existe. Contigo. Y solos. 

sábado, 28 de diciembre de 2013

La caligrafía de la luz

                                                                                                       Foto Susana Solano

Para Susana Solano 

La luz de la mañana aprende a escribir aforismos sobre el zócalo enlucido en el edificio de la Universidad. Como un estudiante más, desde muy temprano se sienta en la hierba a caligrafiar las mismas palabras cada día, que borrará cada día la oscuridad al anochecer. Le gusta que el metal le guíe el trazo con su firmeza. Que los árboles jueguen sobre sus letras al teatro de sombras. Que el crepúsculo le añada matices violáceos con su paleta de acuarelista. Y disfruta descubriendo inauditos sentidos a las palabras que escribe en la pared cada mañana con su lápiz diáfano.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Pequeño cuento de Navidad


Oigo voces en la calleja. No hay nadie en la avenida. Voy directo a donde me dirijo, cabizbajo. Imagino que esta noche los contenedores estarán llenos. De sobras exquisitas. Me llaman. Cuatro cocineros chinos vestidos de negro, con gorro, fuman sentados a la puerta de las cocinas. Lo dudo solo un momento. «¿En China también se come tanto?» «No China, Birmania, ¿fumar cigarrillo?» Lo acepto. «Me llamo Joseph». Sonríen. Me dejan un hueco en el escalón. «Nosotros, no Navidad», me dicen. «Yo tampoco. No dinero». Ríen. Decimos no qué sé yo cuántas cosas. Y a cada no, más nos reímos. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra / Hotel Tívoli


Es curioso que una cama revuelta y sin nadie muestre un bulto mayor que una cama ocupada por un cuerpo. Dormido, su relieve apenas muestra volumen en la estepa nevada —o florida, depende de la estética— de la colcha. Inmóvil se diría que se acomoda en el espacio con la discreción de quien se ha marchado. Pero cuando se va deja constancia fehaciente y crecida de que ha estado. Allí donde apenas tuvo conciencia de estar. Es curioso. Cuánta importancia le damos a perpetuar pompas donde fuimos apenas contorno. Cuánto empeño para que vean lo que ya no podremos ver.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra \ Loja das Meias

A Fernando Sanmartín 

Un retrato es un espejo frente a quien lo contempla. Si se trata de un retrato antiguo, refleja solo lo que quien mira sabe. Ante un doncel renacentista no ve su sosería sino lo ideal del perfil. Ante una vieja barroca no le repudia la fealdad, sino el paso del tiempo. Por eso gustan los retratos antiguos, muestran solo el rostro de Narciso haciendo la lista de sus conocimientos. Los retratos contemporáneos son el rostro exacto de quien los observa. Solo emocionan, sin embargo, si concilian sus ideas estéticas y la época. Si no, los juzga fotografía de una mueca.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra \ Às claras


Niña aplicada que hace los deberes en la mesa del comedor mientras su hermana sestea en el sofá, la mañana dibuja rectángulos sobre paredes, muebles y objetos. Y los pinta con el lápiz de la luz del día hasta que, tras contemplarlos a cierta distancia, ve que le han quedado perfectos. Cuando guarde los colores en el plumier y recoja los libros y cuadernos, sus rectángulos irán bailando por todos los rincones de la vida. Hasta que su hermana se despierte y con las ojeras de un mal sueño vaya borrándolos uno a uno. Un juego que entretiene los silencios.

martes, 17 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra \ Beco dos Prazeres


—¿Te has escapado de la escuela?
—No. La verdad. Pasaba.
—¿Por aquí, muchacho? Por aquí no se va a ninguna parte donde se vaya.
—No. La verdad. No sabía.
—¿O sí sabías y no quieres decírmelo?
—No. La verdad. Ya me iba.
—No tan rápido, mozalbete. Antes tenemos que hablar tú y yo.
—¿Y yo?
—Sí. Y tú. Aún no me has contado qué has venido a buscar por aquí.
—No. La verdad. Nada.
—¿Nada o quizá algo?
—No. Nada. La verdad.
—¿Y no quieres subir conmigo? Es el amor. Es dulce. Hace bien.
—No, no. La verdad. Digo, sí. 

sábado, 14 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra \ «Desaparecido»


No es esta que tengo en las manos la edición que elogió Pessoa, ni siquiera la que pudo ver en vida Carlos Queiroz, pues la Bertrand la imprimió dos meses después. Tampoco podría pagar aquella, pero esta sí, que tiene un retrato de poeta muy peinado y una cubierta a dos tintas de sobria tipografía. Leo: E a tua boca sabe a amanhecer! Ahora, cuando la época pide que se encomien los libros, diré solo que su cansancio e imperfección acogen. Y que su sueño se parece tanto al de la muerte: que un día alguien abra sus tapas duras.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra \ 1313


Padre Agostinho, padre Agostinho. Ni lo oigo aunque lo oiga, que me llamen sordo y sordera parecerá, si no de oído, de mollera. Lo que digan siempre será mejor que sentirlo ahora. No quiero oír lo que ya sé que voy a escuchar. Y darme la vuelta, y encarar el refectorio e intervenir en el debate y dejar que los razonamientos me arrastren como tronco en la crecida, sin saber contra qué roca astillaré mi entereza. Padre Agosti…. Haldean las piernas como campanas en día de fiesta. Mi celda. El silencio. Este pergamino. Secreto. La sordera. Que digan, cuando llegue.

martes, 10 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra \ Janela


Voy como quien va de un sitio a otro. Paso la mañana soleada dando paseos, aunque sé que no me muevo en el espacio, sino en el tiempo. Voy desde quien soy a quien fui. Prefiero pasar por lugares que recuerdo a seguir calles desconocidas. A cada paso coloco en su emplazamiento una tesela del mosaico descompuesto de la memoria. Regreso a donde estuve solo para certificar con su existencia la mía. Un espejismo. Se diría que no escribo, sino que simplemente copio citas. No leo; sobre una página en blanco palpo solo la tinta corrida que quedó en mí.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra \ Lua de Novembro


Sentada bajo la marquesina en la parada del autobús con traje de lentejuelas, chal y medias oscuras, la luna diurna disimula su disonancia. Vestida para la noche, siempre llegan el antojo de la luz y sus acólitos ocultos en bufandas y gorros de lana para zanjar un territorio de tan exigua extensión. Acaso, ahora que con los colores las sombras pierden encanto, un espejismo. Un poco más, si hubiera durado la noche un poco más el aire indiferente de la luna hubiese enamorado al joven, despeinado e indeciso, con el que se ha cruzado tantas veces y sin embargo ninguna.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Diário de Coimbra \ Mondego


Sosegado río. Humildes palabras lo navegan. Las que se dicen los estudiantes ennoviados en el espolón a la caída de la tarde. Vida pequeña, la del trajín del saber aún no aprendido en casillas idénticas; tan importantes las manías y portes evocados de quienes, de tan importantes, serán olvidados nada más subir al tren. Río menudo, tonada desprovista de grandeza, ese zarandeo de lo conocido por conocer que tanto ocupa, con números, en las conversaciones de los enamorados bajo los plátanos centenarios. Al caer el sol, silencioso, y subir la humedad como un chantaje en el latido de la hojarasca.

martes, 3 de diciembre de 2013

Callejón de la fragua


Aun en los días de mayor frío fumaba en la puerta, sudoroso, con la camiseta azul sin mangas pegada al cuerpo, viéndonos pasar. El hollín le vestía más que a los demás la lana. Abría el paquete de tabaco por debajo, para sacar los pitillos por la punta y encenderlos por donde sus dedos habían dejado negro el papel blanco. Los brazos fuertes, casi de héroe de tebeo, la barba descuidada, los cabellos ensortijados. Temible. Quizá fuera la primera noticia que tuve de la mitología clásica. Y siempre imaginé que en aquel antro era donde un dios fabricaba el verano.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Callejón de la carpintería


Aquel hombre seco y oscuro, un cacho de cecina con patas, feo y casi tartamudo, caminaba sin embargo sobre un suelo de nubes. Y nubes se creaban con solo soplar sobre los blandos montones de serrín. Tomaba un listón, lo alargaba como lanza en los cromos del Cid, guiñaba un ojo y algo veía. Qué. Yo cerraba un ojo y el otro le seguía, y el día que quise acercarme a una madera para descubrir los ángeles que el carpintero vislumbraba, se me clavó una astilla en la nariz. Madre me soltó, encima, un tortazo que hizo reír a todos.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Callejón del batanero


Ni siquiera el maestro con su vara de avellano y su malhumor perpetuo conseguía zurrarnos tan seguido. Al pie de la cuesta, una especie de segundero de despertador. Solo dos veces cada jornada su insistencia se detenía para que el batanero cambiara de posición  mantas y paños. Y enseguida, de nuevo el tableteo, que de puro constante ya ni se oía. Qué habrá quedado, a veces me pregunto, de tal tenacidad. ¿Seguirán los palmoteos sonando por la atmósfera, perdidos en el espacio? Su métrica tan exacta, ¿acompañará memorias que valga la pena recordar? O, ¿qué significa ahora la palabra recuerdo?

martes, 26 de noviembre de 2013

Callejón del estanco


Fumaba padre. Sentado en el zaguán. Antes de quitarse las botas, de atar el macho, de dar de comer a los perros, de arrancarse las costras de barro de los pantalones y dejarlas amontonadas junto a la puerta. En la silla de enea, cabizbajo. La embocadura del cigarro brillaba entre las sombra con la humedad de la saliva. Antes de peinarse con agua de colonia el pelo revuelto y de abrocharse la camisa hasta el cuello. Antes de tomar el camino de la taberna. Y yo, un chiquillo, aguardaba en pie. Que le faltara y me enviase a por tabaco.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Callejón del agua


El olvido deja su cesta de silencios a la puerta cada madrugada. Pero al amanecer bajan los mulos resbalando por el empedrado húmedo de rocío y sus chasquidos patalean el sueño. En las terrazas ya sacuden las mantas con palmoteos enérgicos y por las ventanas huyen los estribillos de las canciones de moda que suenan y resuenan. La chiquillería pasa alborotando a la hora de la escuela y cuando dan las nueve, el afilador inicia su serenata de chifla y el repartidor de butano la suya de taconeo. Ningún ruido te despierta en mí, pero abro el grifo. Y apareces.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Becqueriana / 36


Piedrecitas de cuarzo en el sendero, las luciérnagas trazan al anochecer caminos imposibles. Vías que jamás regresan a lugar alguno ni emprenden búsqueda que acabe con acierto. Una estrategia baldía para cartografiar el bosque. Un desvarío de la razón. Un despropósito para cualquier tránsito. Quizá por eso mismo, en la tiniebla del día y entre los laberintos de la espesura nos atrae tanto orientarnos únicamente a través de la errática señal de los insectos de la luz. Su caótica guía nos conforta. Cada vez más perdidos en la intimidad de la fronda, vagando por la maleza, llegamos certeros a nosotros.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Becqueriana / 35


Los habitantes de la noche se reconocen por los aromas cultivados en la piel durante el día. El vaho agreste del té, la fragancia de las camelias, el salitre del abrazo. Se descubren en la oscuridad por el tacto. El cuenco de las manos se colma con el dulzor de las mejillas, la levedad del cuello, la tersura de unos brazos. Los transeúntes de la noche identifican su compañía en el exacto eco de las pisadas que queda flotando sobre la gravilla del sendero. En el rumor de una respiración que se aproxima. En las palabras que no necesitan pronunciarse. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

Becqueriana / 34


Ha pasado la noche de correría y al amanecer continúa tan alegre como siempre, tan cantarín. Tan tamborilero. Bajo la fronda que alimenta y mima con su mero pasar por ahí, salta de una piedra a otra, juega al escondite, resbala por el musgo sin caerse. Cuando transita junto al puente de madera, travieso, busca cruzarlo también por encima, como hacen las personas que se detienen a escuchar su canción y a contemplar sus bailes. Chapotea las piernas de las muchachas y los brazos de los jóvenes. Eso le basta al arroyo para sentirse feliz. Como quien lo está mirando.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Humo


He vuelto a fumar, en un sueño. Golpeo con el dedo la parte superior de la cajetilla y asoma la embocadura del cigarrillo que extraigo con deleitoso gesto. Un ducados. Blanco hasta el filtro. Busco con qué encenderlo. La ruedecilla del mechero gira, pero no hay chispa. En la cocina una cerilla me proporciona una súbita llama redentora. Regreso por el pasillo exhalando el humo de una calada de mejillas hundidas. No necesito salir a la calle ni al balcón para fumar. Los cigarrillos consumidos en los sueños no dejan hedor a tabaco rancio ni grises vestigios en la alfombra.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Milagros

A Jesús Aguado 

Qué inocente, barbilampiño y cortado aquel Mauricio siempre con un libro atrapado en las axilas; cuando acertaba con la pregunta, no paraba de hablar su silencio. ¿Y Máximo?, engominado, fragancia varondandi, coleccionista de marcas comerciales; solo me quiso el día que me puse un fredperri de mi hermano. Marcos era guitarrista, guapo y tenía moto; aunque me repitiera que me amaba, ¿quién podía creerle usando ese verbo? A veces me acuerdo de cómo me divertía Miguel, tanta imaginación y gracia; solo le faltaban unos centímetros en las piernas. Matías era un artista, y pretendía pintarme desnuda. Ah, mis amores impasibles.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Micaela


En lo alto del muro, un mirlo. El aire le agita las plumas como si le levantara las faldas. Menea la cabeza contra el cuerpo antes de erguirla y echar a volar. Queda la hilera de hormigas —rúbrica del silencio sobre la piedra—, el guijarro que se me ha colado en la sandalia y el viento inoportuno, que zarandea mi vestido. Es lo único que permanece de un instante perdido. El vacío que le sigue se llena —palangana que recoge la gotera, balsa seca tras el nubazo— de agua sucia.  Ojos míos cuando miro cómo las hormigas también se alejan.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Matilde


Desde que era una cría tengo la sensación de que todo ocurre sobre un escenario. Por eso me cuesta no ponerme histriónica en las discusiones. O no lanzar miradas al más allá. Siempre imagino los focos sobre mi mejor perfil y al otro lado de la oscuridad el silencio de un público. Desde muy pequeña. Primero pensé que quería ser actriz. Luego, más desengañada, me imaginaba personaje de un drama completo. Protagonista. Doliente Antígona. Con el tiempo se ha diluido la trama y ahora, aunque todo siga ocurriendo en un teatro, solo pronuncio réplicas aisladas de obras diversas, perdidas, ininteligibles.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Milena


Me concentro en los zapatos. En los zapatos sucios. De varón. En la fatiga de la piel. Aspereza, estrías, fisuras. En las manchas. De polvo, de barro, de pintura. En el desgaste. Cordones deshilados, tacones cojos, contrafuertes torcidos. Me entretengo en la vida de los zapatos de esta época. Tampoco tienen quien los cuide, los hidrate, les regales flores. En el andén solo me preocupan ya los símbolos. Y cada cuatro minutos, el estruendo del metro alborota cualquier observación. Se cierran las puertas. Me quedo sin mis zapatos, pero con una súbita alegría. Continúo aquí sentada. Los demás, de camino.

martes, 5 de noviembre de 2013

Marta

Anne: Villaine, thou know'st nor law of God nor Man, 
No Beast so fierce, but knowes some touch of pitty. 
Richard: But I know none, and therefore am no Beast. 
 Ricardo III (I,2) 

Ana en el lecho del deforme Ricardo, tras haberle confesado el homicidio del rey, del príncipe de Gales, su marido, y de su padre. «¡Pero fue tu belleza la que me impulsó!». Aún tuvo fuerzas Ana para responderle: «¡Si creyera eso, asesino, te juro que estas uñas desgarrarían la belleza de mis mejillas!». Poco después yace junto a Ricardo, duque de Gloster, futuro rey y esposo. No veo la moraleja por ninguna parte. La vida que va tragándosela a una con el engranaje mecánico del deseo sin piedad. Del deseo ajeno y de la piedad propia. Una asimetría que devasta.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Miriam


Llego hasta la mesa. El mantel a cuadros. Un jarroncito de vidrio con un clavel en el centro. Servilletas de tela, encima los cubiertos, grandes, antiguos. Una acuarela colgada en la pared. Cielo nuboso y el mar como una manta sobre el cuerpo del hombre accidentado del que solo se ven los pies calzados. No consigo pasar de este punto. La cristalera del restaurante, que da a una calle que desemboca en la playa. Cielo despejado y el mar como una sábana verde que cubre al hombre a la salida del quirófano. Con los pies desnudos al aire. No logro.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Maite


Como un juego de los de mi hermano. Los coches. Hasta los autobuses. Las personitas. Moviéndose a saltos. Con los dedos puedo sujetar lo que quiera, un coche, un autobús, un tipo que camina con prisa. Y conducirlo. Donde yo quiera; claro, siempre que yo quiera que vaya donde va. Es el problema de los privilegios fantásticos. El mío, el balcón. Me salgo aquí a mitad de cualquier cosa. Me acodo en la barandilla. Y el movimiento me arrastra. Tantas vidas en mis manos, aquí, en las alturas. Un juego. Y sin embargo, ninguna. Pero me gusta. Eso me repito.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Margarita


Echarme a temblar es lo que haría en lugar de responder si a alguien se le ocurriera preguntármelo. ¿Por qué por allá y no por aquí? Esta calle baja directa. Aquella, por donde siempre tomo, da un rodeo. También cuando voy con prisa, o claramente atrasada, sigue dando un rodeo. Que nadie se dé cuenta, porfa. La mayor parte de los días, de cinco cuatro, digamos, daría igual una que otra. Pero no puedo saber qué día será el que hace cinco. Paso caminando, aunque vaya escopeteada, casi me detengo de tan despacio que avanzo. Miro. El taller. Lo veo.

martes, 29 de octubre de 2013

Mónica


El chorro más parlanchín que nosotros, allí sentados con el culo medio húmedo sobre el mármol de la fuente. A esta hora se está bien. De alguna ventana abierta hasta se escapan ronquidos. Si una sombra se acerca, sus pasos son un diapasón para la melodía del agua. Acompaña. Acabamos de conocernos, pero es como si nos lo hubiéramos dicho ya todo. También el silencio impone lo suyo. Quizá fuera un buen momento para besarnos, pero así de lado, no ayuda. Tampoco se atreve a proponer nada, o no sabe dónde. Y se agradece que el surtidor hable por nosotros.

domingo, 27 de octubre de 2013

Merceditas


Un pequeño arcón de madera, con cierre de gancho, feo. Cursi. Venía con polvorones. Tonto regalo de Navidad. Fue cambiando de lugar en el piso hasta aparecer un día junto al cubo de la basura. De ahí lo rescaté. Por nada. Lo dejé en un rincón del armario. De vez en cuando, si busco uno entre los leggins que amontono encima, lo veo. Veo su vacío. Su inutilidad. Ni cartas de amor, ni siquiera secretos. Jornadas idénticas, eso sí. Horarios, también. Me gusta el cine para imaginarme vidas. Pero cuando encontré aquello, enfundado, flexible, ya supe qué guardar. Qué aguardar.