lunes, 18 de noviembre de 2013

Becqueriana / 34


Ha pasado la noche de correría y al amanecer continúa tan alegre como siempre, tan cantarín. Tan tamborilero. Bajo la fronda que alimenta y mima con su mero pasar por ahí, salta de una piedra a otra, juega al escondite, resbala por el musgo sin caerse. Cuando transita junto al puente de madera, travieso, busca cruzarlo también por encima, como hacen las personas que se detienen a escuchar su canción y a contemplar sus bailes. Chapotea las piernas de las muchachas y los brazos de los jóvenes. Eso le basta al arroyo para sentirse feliz. Como quien lo está mirando.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Humo


He vuelto a fumar, en un sueño. Golpeo con el dedo la parte superior de la cajetilla y asoma la embocadura del cigarrillo que extraigo con deleitoso gesto. Un ducados. Blanco hasta el filtro. Busco con qué encenderlo. La ruedecilla del mechero gira, pero no hay chispa. En la cocina una cerilla me proporciona una súbita llama redentora. Regreso por el pasillo exhalando el humo de una calada de mejillas hundidas. No necesito salir a la calle ni al balcón para fumar. Los cigarrillos consumidos en los sueños no dejan hedor a tabaco rancio ni grises vestigios en la alfombra.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Milagros

A Jesús Aguado 

Qué inocente, barbilampiño y cortado aquel Mauricio siempre con un libro atrapado en las axilas; cuando acertaba con la pregunta, no paraba de hablar su silencio. ¿Y Máximo?, engominado, fragancia varondandi, coleccionista de marcas comerciales; solo me quiso el día que me puse un fredperri de mi hermano. Marcos era guitarrista, guapo y tenía moto; aunque me repitiera que me amaba, ¿quién podía creerle usando ese verbo? A veces me acuerdo de cómo me divertía Miguel, tanta imaginación y gracia; solo le faltaban unos centímetros en las piernas. Matías era un artista, y pretendía pintarme desnuda. Ah, mis amores impasibles.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Micaela


En lo alto del muro, un mirlo. El aire le agita las plumas como si le levantara las faldas. Menea la cabeza contra el cuerpo antes de erguirla y echar a volar. Queda la hilera de hormigas —rúbrica del silencio sobre la piedra—, el guijarro que se me ha colado en la sandalia y el viento inoportuno, que zarandea mi vestido. Es lo único que permanece de un instante perdido. El vacío que le sigue se llena —palangana que recoge la gotera, balsa seca tras el nubazo— de agua sucia.  Ojos míos cuando miro cómo las hormigas también se alejan.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Matilde


Desde que era una cría tengo la sensación de que todo ocurre sobre un escenario. Por eso me cuesta no ponerme histriónica en las discusiones. O no lanzar miradas al más allá. Siempre imagino los focos sobre mi mejor perfil y al otro lado de la oscuridad el silencio de un público. Desde muy pequeña. Primero pensé que quería ser actriz. Luego, más desengañada, me imaginaba personaje de un drama completo. Protagonista. Doliente Antígona. Con el tiempo se ha diluido la trama y ahora, aunque todo siga ocurriendo en un teatro, solo pronuncio réplicas aisladas de obras diversas, perdidas, ininteligibles.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Milena


Me concentro en los zapatos. En los zapatos sucios. De varón. En la fatiga de la piel. Aspereza, estrías, fisuras. En las manchas. De polvo, de barro, de pintura. En el desgaste. Cordones deshilados, tacones cojos, contrafuertes torcidos. Me entretengo en la vida de los zapatos de esta época. Tampoco tienen quien los cuide, los hidrate, les regales flores. En el andén solo me preocupan ya los símbolos. Y cada cuatro minutos, el estruendo del metro alborota cualquier observación. Se cierran las puertas. Me quedo sin mis zapatos, pero con una súbita alegría. Continúo aquí sentada. Los demás, de camino.

martes, 5 de noviembre de 2013

Marta

Anne: Villaine, thou know'st nor law of God nor Man, 
No Beast so fierce, but knowes some touch of pitty. 
Richard: But I know none, and therefore am no Beast. 
 Ricardo III (I,2) 

Ana en el lecho del deforme Ricardo, tras haberle confesado el homicidio del rey, del príncipe de Gales, su marido, y de su padre. «¡Pero fue tu belleza la que me impulsó!». Aún tuvo fuerzas Ana para responderle: «¡Si creyera eso, asesino, te juro que estas uñas desgarrarían la belleza de mis mejillas!». Poco después yace junto a Ricardo, duque de Gloster, futuro rey y esposo. No veo la moraleja por ninguna parte. La vida que va tragándosela a una con el engranaje mecánico del deseo sin piedad. Del deseo ajeno y de la piedad propia. Una asimetría que devasta.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Miriam


Llego hasta la mesa. El mantel a cuadros. Un jarroncito de vidrio con un clavel en el centro. Servilletas de tela, encima los cubiertos, grandes, antiguos. Una acuarela colgada en la pared. Cielo nuboso y el mar como una manta sobre el cuerpo del hombre accidentado del que solo se ven los pies calzados. No consigo pasar de este punto. La cristalera del restaurante, que da a una calle que desemboca en la playa. Cielo despejado y el mar como una sábana verde que cubre al hombre a la salida del quirófano. Con los pies desnudos al aire. No logro.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Maite


Como un juego de los de mi hermano. Los coches. Hasta los autobuses. Las personitas. Moviéndose a saltos. Con los dedos puedo sujetar lo que quiera, un coche, un autobús, un tipo que camina con prisa. Y conducirlo. Donde yo quiera; claro, siempre que yo quiera que vaya donde va. Es el problema de los privilegios fantásticos. El mío, el balcón. Me salgo aquí a mitad de cualquier cosa. Me acodo en la barandilla. Y el movimiento me arrastra. Tantas vidas en mis manos, aquí, en las alturas. Un juego. Y sin embargo, ninguna. Pero me gusta. Eso me repito.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Margarita


Echarme a temblar es lo que haría en lugar de responder si a alguien se le ocurriera preguntármelo. ¿Por qué por allá y no por aquí? Esta calle baja directa. Aquella, por donde siempre tomo, da un rodeo. También cuando voy con prisa, o claramente atrasada, sigue dando un rodeo. Que nadie se dé cuenta, porfa. La mayor parte de los días, de cinco cuatro, digamos, daría igual una que otra. Pero no puedo saber qué día será el que hace cinco. Paso caminando, aunque vaya escopeteada, casi me detengo de tan despacio que avanzo. Miro. El taller. Lo veo.

martes, 29 de octubre de 2013

Mónica


El chorro más parlanchín que nosotros, allí sentados con el culo medio húmedo sobre el mármol de la fuente. A esta hora se está bien. De alguna ventana abierta hasta se escapan ronquidos. Si una sombra se acerca, sus pasos son un diapasón para la melodía del agua. Acompaña. Acabamos de conocernos, pero es como si nos lo hubiéramos dicho ya todo. También el silencio impone lo suyo. Quizá fuera un buen momento para besarnos, pero así de lado, no ayuda. Tampoco se atreve a proponer nada, o no sabe dónde. Y se agradece que el surtidor hable por nosotros.

domingo, 27 de octubre de 2013

Merceditas


Un pequeño arcón de madera, con cierre de gancho, feo. Cursi. Venía con polvorones. Tonto regalo de Navidad. Fue cambiando de lugar en el piso hasta aparecer un día junto al cubo de la basura. De ahí lo rescaté. Por nada. Lo dejé en un rincón del armario. De vez en cuando, si busco uno entre los leggins que amontono encima, lo veo. Veo su vacío. Su inutilidad. Ni cartas de amor, ni siquiera secretos. Jornadas idénticas, eso sí. Horarios, también. Me gusta el cine para imaginarme vidas. Pero cuando encontré aquello, enfundado, flexible, ya supe qué guardar. Qué aguardar.  

viernes, 25 de octubre de 2013

Mariluz


Solo la claridad que cuela la ranura de la ventana cerrada y la de la música, que empareja cuerpos sudorosos y ladea las cabezas inclinadas. Si al girar miro alrededor, en un rincón veo bailar el foco de la linterna sobre la caja de discos, sobre el tocadiscos. Su resplandor distorsiona los cables, que enmarañados y enormes reptan por la pared. Persigo gotitas de luz por no cerrar los ojos y encontrarme conmigo mientras sus manos recorren mi espalda. Lentamente. Y al mismo tiempo deseo, y con la misma intensidad, que ahí se detengan y que se acerquen. Al corazón.

martes, 22 de octubre de 2013

Marina

Para Javier Quiñones 

Gato remolón, el oleaje de la tarde se enrosca en los leños que sostienen las tablas del embarcadero. Quien deja caer una moneda, la pierde por alguna ranura. El brillo opaco del gasóleo se extiende y se recoge sobre la superficie del agua. Flota la colilla de un cigarrillo a medio consumir. El crepúsculo parece leer el periódico, distraído, en una lejana terraza de café colonial. En ese momento me pregunta por mis sentimientos hacia él. Los demás ríen un poco más allá, sentados, las piernas colgando. Los oigo. Le oigo. Pero pasa una barca tartamudeando y enmudece el silencio.

domingo, 20 de octubre de 2013

Caligrafías / 12


Aunque solo sea un vistazo por encima del periódico y entre el bosque de piernas del que me protege si voy sentado, al ver el nombre de esta parada regreso a la melancolía de mis quince años. Me senté en Green Park media hora antes de la hora. Apenas entraba o salía gente. Un domingo de invierno. Se hizo la hora. Me puse nervioso. ¿Qué significa quedar con alguien? Caminar, ¿hacia dónde? Tomar algo, ¿en qué lugar? Tantas cosas por pensar que ni me di cuenta de que había pasado una hora. Luego dos. Dos y media. ¿Y mi cita?

viernes, 18 de octubre de 2013

Caligrafías / 11


¿Quién dijo que era esta estación el centro del mundo? ¿Que desde aquí se podía ir a cualquier parte? Una apreciación curiosa. El gesto de quienes aguardan el metro no desvela ni un ápice de interés por un destino novedoso. Se diría que cada persona ya sabe a dónde va. Y no por vez primera. Cuando se abren las puertas de los vagones, sí es cierto que baja gente que procede de todos los rincones de la ciudad. Eso parece más sensato: aquí se llega desde cualquier parte. Como a los círculos del infierno. No de fuego, sino de horarios.

martes, 15 de octubre de 2013

Caligrafías / 10


Para sentarse, ni un hueco. Y al andén no paran de llegar. Ni el paseíto le dejan a uno. Y el estruendo que suena… de otra línea. Si hubiera combinado con la lila. Sí, es un transbordo más, pero menos estaciones. Ya estaría dentro y sin esperas. Y no se da tanta vuelta. Es más directo. Y al pasar por el centro, se liberan antes los asientos. Es otro transbordo, pero no muy largo. Aquí no deja de llenarse, ¿cómo vamos a entrar en el vagón? Cada vez estoy más convencido, debería haber tomado la otra ruta. ¿Qué hago aquí?

domingo, 13 de octubre de 2013

Becqueriana / 33


Las palabras, en el patio del texto, vagan aburridas de una esquina a otra. Si supieran jugar a las cartas, se dicen, al menos matarían el tiempo. Bostezan. A veces forman un corro para contarse secretos, pero se quedan pensativas y pronto descubren que no guardan ninguno en el cofre de sonidos con que se visten. Contemplan las ventanas de la página, aunque sus postigos cerrados les ofrecen únicamente un panorama marrón oscuro con desconchados. Solo cuando abre alguien el libro y por sus ojos se cuela en lo escrito la luz, empiezan a jugar y a divertirse, las palabras.

viernes, 11 de octubre de 2013

Becqueriana / 32


Despacio vuela. Desciende y a veces vuelve a ascender. Da giros en el aire, coqueta, y se deja llevar como compañera de compromiso en el concurso anual de bailes de salón. Tampoco le importa alejarse demasiado de casa, o no. O quedarse al pie de donde ha vivido siempre. Aletea al compás de la corriente. Remonta si sopla desde abajo, planea si el cielo la ilumina. Disfruta siempre. Saluda a quien se cruza en su camino. Es su vuelo de otoño. Con suavidad de brisa caerá sobre alguien que lee, que la guardará en el libro. La hoja de arce.

martes, 8 de octubre de 2013

Becqueriana / 31


Queda la ventana abierta para que entren el silencio y sus miradas en la estancia y hablen por nosotros. Nos dejamos seducir por el canto de un pájaro, el zumbido de un insecto o el fragor de las hojas de los árboles. Son las máscaras con las que el silencio se cubre para acercarse a nosotros sin ser notado. El roce de las ropas en el cuerpo, los latidos de un corazón, el cántico gutural de una caricia. Es la cháchara del silencio. Su manera de hablar en nosotros. Un parpadeo, un entreabrir los labios, una respiración. Así revivimos. Regresamos.

domingo, 6 de octubre de 2013

Vendimia en la ribera del Miño


Todo el azúcar del verano atrapado en la pulpa. La suavidad de la brisa le regala la textura; el río, la jugosidad. El morado último de los atardeceres ha coloreado la piel. Euclides diseñó un triángulo circular para la semilla. Aguardan en racimo el instante de entregarse por entero a la mano que las meza. Que con tanta suavidad las deposite en el cesto de mimbre. Excitadas, también, porque empieza para ellas una nueva vida. Su transformación. Efervescencia, trepidante locura en el interior de un tonel. Metamorfosis. El instante en el que el corcho lance un sonido grave, dulce, quimérico.

viernes, 4 de octubre de 2013

El silencio


No es la ausencia del ruido, sino la cualidad del espacio que permite percibir los sonidos más tenues. Los casi transparentes. El del lápiz, al caracolear sobre la tersura del papel. El susurro, cuando solo una voz tiene permitida su elevación y sin embargo no todo queda dicho. El de la respiración. La de cada uno. La de los demás. El murmullo del agua cristalina en las fuentes. El silencio es la combinación armónica, espontánea y sin jerarquías de las cadencias. La ausencia del ruido resulta tan ensordecedora como los zumbidos mecánicos. Tan empobrecedora. Tan ilusoria. Casi música, el silencio.

martes, 1 de octubre de 2013

Un barco de papel


Fulgencio: no olvides que Juan Ramón Jiménez es apreciado universalmente por Platero y yo y que Rilke vivió de los derechos del único libro del que vendió miles de ejemplares, La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke. No existe una única tradición moderna, sino dos: la dócil (la que aprecia un público mayoritario) y la que avanza en la tiniebla. JRJ y Rilke supieron escribir en ambas. La mayoría de los poetas corren por una. Solo unos pocos avanzan desorientados, buscando cuál será el siguiente paso. Son los mejores, aunque casi nadie sea capaz ya de reconocérselo. 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Erin / y 11 Cill Eruelo - Killerosmall [y 800]


Un ratito dublinés le convierte a uno el río Liffey. Pintor nocturno, se esmera con el puntillismo de las luces sobre su lienzo negro. También las bibliotecas, que conservan la madera al pie de los estantes y el austero banco que devolvía a los libros vida. Los mercadillos callejeros, donde se siguen voceando las frutas igual que en el Ulises. Deidad común también es la cerveza. Más difícil cometido tiene el pedazo de grasa que se fríe en la sartén y arrasa digestiones. La taberna como emblema. Recorro Temple Bar y solo entro en un café vacío que se traspasa.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Erin / 10 Trinity


Cada vez más las librerías parecen bares. Los libros se muestran charlatanes, ruidosos, ensordecedores. Colores tan chillones. Agresivos. Sensación de que no van a parar de hablar. Como en las discotecas, donde todos conversan lo que nadie consigue oír. Añoro las viejas librerías de libros dormidos. Polvorientos. Silenciosos. Las palabras necesitan silencio para expresar. Cuanto más silencio acumulen unos versos, mayor será el estremecimiento de quien los pronuncie. El silencio es consustancial a la palabra. Es difícil comprender esta condición, una vida rara vez da para ver la soledad que un libro necesita. Porque solo quietud y olvido otorgan densidad.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Erin / 9 Wilde 1896

Insomnio del prisionero C.3.3 en la cárcel de Reading

Como las cucarachas, el helor asciende por los muros del presidio e, igual que en mi cuartucho de estudiante del Trinity, congela desde las paredes el mismísimo aire. Nadie crea que el frío es silencioso. Berrea en la boca misma del oído su odio a la calma. Su aborrecimiento de la quietud. Aquel pasmo de ventana encarada al norte y esta gelidez de encierro, ¿entumecen igual el alma? Bajo las mantas el sueño de la vida se resumía en una frase de Symonds: It was a powerful and masculine emotion. Tantos años de vida, ahora, se reducen a una tachadura.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Erin / 8 Howth


Si al mirar por la ventana contempla una mañana despejada, el paisajista de cielos de Howth considera festivo el día. Si hay nubes, toma caballete, silla de tijera, maletín y paraguas, y se dirige hacia el puerto. Allí raras veces se le ve levantar la cabeza. Coloca en el suelo un espejo donde observa la nubosidad. Luego mezcla azules, grises y blancos que esparce en el lienzo. Cuando los ojos regresan al espejo, el modelo es otro. Rehace colores, volúmenes. Al compararlos nunca resultan iguales. Una y otra vez empieza. En ocasiones, si no sopla el viento, concluye un cuadro.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Erin / 7 Ulysses


He stood at Fleet street crossing 
J.J. 

La cristalera del restaurante de la jarley lo convierte en una pecera. Peces de alberca. Pez tigre. Primer plano de tigresa, enfundada en exacta piel, escote de bandeja de té, dándole con el tenedor, tan tierna, un pedacito de pizza al niño con pajarita de colores. Tigretón el maromo, vista perdida, deshaciéndose con el calor de la cocina, camperas de punta que se afilan para alcanzar el embrague de la moto que no alcanza. Cada mesa un remolino de peces sobre las migas que lanza un colegial desganado. Lo contrario de querer cenar cuando me detuve en la calle Fleet.

martes, 17 de septiembre de 2013

Erin / 6 Newgrange


Esculpe cada invierno un círculo de la espiral que se cierra sobre sí misma siguiendo los pasos del hilo de las horas en torno al huso. Los cielos de piedra, la ira de la tierra enjuta, el clamor de las ventiscas. Una vuelta sobre uno mismo, arropándose. Senda que se abisma en el bosque impenetrable. Golpe de viento que turba la columna de humo sobre la roca de las incineraciones. Una aflicción hasta el amanecer que ilumine el rostro de los muertos. Y cambie de sentido la espiral, una dulce claridad que ilumina desde el horizonte, abriéndose mientras se cierra.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Erin / 5 Glendalough


Sobre el lienzo de agua, la ladera vierte sus verdes directamente, sin mezclas en la paleta. No los oscurece con las sombras ni los combina con la noche. La noche ya llegará por sí misma para zanjar la sesión de pintura. Pinceladas escuetas e impregnadas de color se funden con otras dilatadas, crecientes, con los pelos casi desnudos de pintura. Cada trazo evoca la urdimbre de la fronda en el bosque. Una mancha de blancos, las paredes de la casa; un ángel rosa, sus jambas. La asimetría ordena la visión y la mirada puede prender en cualquier lugar del cuadro.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Erin / 4 Beckett


Murmullos, pasos indecisos, chasquidos de entradas que se rasgan. Un timbre. Traqueteo de butacas que se bajan. Otras que precipitadamente se suben para dejar paso. Frufrú de ropas que rozan, que se desprenden, que se doblan. Dos timbres. Carraspeos, crujir de papel que se abre, se arruga. Alguien lo lee entre susurros. Runrún sordo de respiraciones. Tres timbres. El sonsonete se interrumpe. Un instante suspendido entre el antes y el esperado después, que aún no llega. Se hace lo oscuro en la platea. En el escenario. Casi en el alma. Una tos repentina. Rumor de traseros acomodándose. Silencio. Una luz.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Erin / 3 Dublín


Nadie recoge los colores cuando se va. Si ha de irse, ni siquiera se dará la vuelta. Así se quedan los sueños. El sol los despinta. La lluvia los reblandece. El frío los arranca. Pero permanecen. Sin que les importe cubrirse con el polvo del ambiente o la indiferencia de los transeúntes. En la ciudad solo cuenta el alma de neón que parpadea sobre una fecha. El único significado es el que cruje recubierto de papel celofán. Y que solo a lo nuevo se le reconozca historia nos deja, a lo abandonado y a mí, huérfanos de nuestra única posesión.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Erin / 2 Belfast


Con su vestido nuevo de flamantes franquicias en calles peatonales Belfast gira y gira gustándose, tan guapa busca mostrarse como cualquier ciudad a donde alguien quiera ir. Los pendientes nuevos de plata que apuntan a los cuatro vientos al bailar convierten la cueva del chatarrero en un jardín. Iracunda, exasperada siempre, la grisura del cielo la otea indiferente. Llovizna, pero Belfast sigue rotando, entusiasmada frente al espejo roto de su pasado, mientras bajo las faldas que ruedan volátiles la mirada únicamente busca zurcidos de la ciudad descosida que aún late en el nombre. Los jirones también de quien la observa.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Erin / 1 Tara


La colina de Tara señorea en la llanura con el verdor de sus laderas. El idilio que mantiene el prado sin fin con los cielos de piedra eleva su altura, o quizá sean las nubes que en su tránsito se inclinan para tumbarse sobre la hierba. Como en ningún otro lugar la historia es aquí tan presente como invisible. No quedan sillares truncados ni altas cruces, solo surcos circulares donde se alzaron las empalizadas con sus signos. Un dibujo infantil sobre una cartulina arrugada. Y como niño que busca un duende, me descalzo para sumergirme en el verde, incansable, oleaje.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Septiembre


Las uvas alargan el verano. Todo el sol condensado en su azúcar. Los días de mercado lo sujetan a los palos que sostienen los toldos. Aún hay quien se empeña en comprar una camiseta de tirantes para que no escape el calor. En el poema que el muchacho escribe bajo la sombra de un castaño la tarde tiene ojos lánguidos. La mira pasar sin atreverse a decirle nada. Niñas y niños hacen cola en un columpio para imaginar que alcanzan el cielo con su tecnología. El crepúsculo deja la letra de un nombre en cada ventana abierta a su frescor.

martes, 3 de septiembre de 2013

Becqueriana / 30


Las flores se visten con tejidos leves, tan delicados, y con colores joviales, tan excelsos. Solo poseen vestuario de verano. El calor las hipnotiza. Les da intensidad, fragancia, belleza. Absorben la luz con descaro. Es su territorio. Su conquista. Por ellas, por su levedad y colorido, existe el resplandor. Lo saben. Su vida eterna —se diría— se compone de momentos efímeros. A veces brevísimos días, instantes casi fugaces que tejen unos con otros lo que permanece. También las palabras que las nombran comparten esta condición. Florecen en la mirada de quien las lee y se marchitan guardadas en los estantes.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Becqueriana / 29


A veces el río se echa el chal sobre los hombros del puente que lo cruza. La corriente desaparece. La arena de la orilla. Los juncos altivos. Los sauces bonachones. Los reflejos. No queda nada en el paisaje, salvo la lana húmeda que el cielo olvida en el valle. Es como si uno cerrara los ojos. Pero los abre con las palabras. Sobre aquella rama que hace las veces de trampolín hay posado un mirlo. Una golondrina inicia un vuelo rasante para beber. No se ve nada y se ve todo. Como si el chal dejara los hombros al descubierto.

viernes, 30 de agosto de 2013

Becqueriana / 28


Bajo el puente de las piernas fluye una corriente de versos destilados al amanecer entre los suspiros de un abrazo. Presagio de las aves que despertarán la luz sobre los prados y profecía de las manos que anhelan entrelazarse para contemplar los crepúsculos. Con la cascada de agua de una melena manan las palabras que cosquillean el papel donde han sido escritas. Su dicción transforma la ventolera del tiempo que eriza las aguas en una suave brisa que las detiene. En el valle de los brazos abiertos crece la hierba con el empeño de chiquillos que colorean dibujos. El poema.

martes, 20 de agosto de 2013

Caligrafías / 9


Ríos subterráneos cruzan las regiones interiores de las palabras. Súbitas heridas en la piel vierten su humedad, en ocasiones, al exterior. Así también las gotas que perlan la tersura de ciertos términos en verano. O la confusa sabiduría que derraman las fuentes cuando nacen en vocablos antiguos. Al contrario de lo que se cree, el silencio recupera los acuíferos del vocabulario, y su sobreexplotación merma y agota la generosidad de las palabras acotadas por cañerías de extracción. El desierto también se extiende en las frases que se pronuncian. Solo cuando se habla para no decir nada, llueve sobre las lomas.

viernes, 16 de agosto de 2013

Caligrafías / 8


Se lanza sobre sí misma para desbaratar el silencio. Entre la fronda resuenan tambores que borran trinos, ladridos y cantos de grillo. Tampoco cuando la brisa agita las copas de los árboles las hojas consiguen hacerse oír. Ni el tamborileo de la lluvia existe a su alrededor. El agua bate consigo misma y su resuello, como un rencor, la deja sola, deshabitada de cualquier otra armonía. La blanca melena entrega su belleza junto al perpetuo motor de estruendos. El clic de las cámaras fotográficas también perece, aunque es el único lugar donde el fragor de la cascada no consigue penetrar.