En su ático la memoria celebra hoy una fiestecita. Acuden los recuerdos en su versión más elegante. El maquillaje desdibuja arrugas y la seda le da encanto a aquello que no lo tuvo nunca. Les veo llegar a mi pesar, aunque cierre los ojos. Y cuando la música sube de tono insisto a la policía del sueño para que intervenga de inmediato. Inútil. Entre ellos bailan, se rozan, gritan y beben el licor de la realidad que les embota y les hace sudar. Camisas fuera de los pantalones, blusas desabrochadas, rímel corrido. Cada vez más parecidos a lo que fueron.
lunes, 29 de abril de 2013
sábado, 27 de abril de 2013
Half Moon Street
Cuando regreso a casa, a veces, entre la neblina nocturna que frecuenta el río asoma una media luna algo encogida, triste, vagabunda, a la que siempre he pensado que me parezco. Una luna cada vez más escuálida que se va de la ciudad y toma un tren cuya partida nadie acude a despedir. Un cuello encorvado que rodea sin gracia una gargantilla de humedad. Es el frío de su mirada perdida, tal vez, lo que me atrae de ella, lo que me asusta en mí misma cuando salgo del pub a medianoche y encaro la ruta hacia la luna nueva.
jueves, 25 de abril de 2013
Portobello Road
Era la única de clase que tenía que levantarme todos los domingos de madrugada. La única que, desde pequeña, ayudaba a cargar los fardos en la furgoneta, y luego los descargaba mientras padre levantaba la parada con hierros y plásticos, y madre distribuía con primor faldas a un lado, calcetines a otro, cada blusa colgada en su percha. Los domingo, en la misma esquina de Portobello. Siempre la misma ropa delante y rostros distintos que desfilaban. Así el día entero, como ven las actrices el teatro, pero sin asientos ni teatro. Sabiendo que lo vivía todo al revés. La única.
martes, 23 de abril de 2013
Cecil Court
Cecil me dijo que era su nombre. En la mano llevaba un libro. Viejo, con la sobrecubierta amarillenta y rota. Un libro de esos que al leerlos huelen a humedad, como si las palabras dentro hubieran empezado a pudrirse. ¿Eso es lo que piensas?, respondió a mi ocurrencia. Supe que había tomado la línea equivocada. A veces es difícil dar la vuelta. Cuando abren las puertas un alud humano se precipita a entrar y uno se resigna a seguir. Aunque el símbolo ya ha quedado dentro. Lo sé por las librerías de viejo que frecuento, desde entonces, en Cecil Court.
sábado, 20 de abril de 2013
Becqueriana / 12
Las paredes recién pintadas, como los versos acabados de escribir, anhelan colorear a quien pasó el rodillo por su superficie. Por eso los pintores visten camisa y pantalones blancos, que la pintura fácilmente puede impregnar con su caligrafía amorosa y casual. El caso de los versos es menos claro. Hoy ya nadie se ajusta la corbata para medir un endecasílabo, pero cómo agradecía el metro ese cosquilleo sobre la parte inferior de la hoja. Los poetas escriben vestidos de pintor, unos. Otros, de decorador. De ahí que sea tan fácil distinguir las manchas que la lavadora se apresura a borrar.
jueves, 18 de abril de 2013
Becqueriana / 11
Les dice «Ahora vuelvo, no os larguéis» y se adentra en el callejón con el gesto de quien aparta una cortina. La oscuridad es lo que busca, lo descubre mientras se desabrocha la cremallera y trata de localizar el hueco. Con cierta prisa. Había decidido beber una cerveza y lo ha cumplido tres veces. De ahí la urgencia. Se curva, hombros atrás, cintura hacia delante. Orina. Desde la esquina lo veo. Un chorro que dibuja un arco sobre la pared en la que nos habíamos apoyado para besarnos. Se sacude. Cuando vuelve, sus amigos se han marchado. Tampoco me consuela.
martes, 16 de abril de 2013
Becqueriana / 10
Escribiré algún día —me dije— un diccionario de calles. Las calles figurarán con su nombre, cómo si no podrán encontrarlas, y a cada una le adscribiré una palabra. La palabra que, cuando recorro sus aceras, cruza por mi cabeza. La cabeza no siempre está donde se ubica, con frecuencia convive con otras calles que acaso ni siquiera conozca, con otro ángulo de luz sobre el agua de los estanques, pero siempre atraviesa los dos mundos un mismo término. Tantos términos como he evocado, aun desconociéndolos, anotaré en cada entrada de mi diccionario. Los diccionarios —me dije— no sirven para nada.
domingo, 14 de abril de 2013
Margaret Street
La niebla cubre la ciudad con su ceniza. Llueve sin ganas, casi por compromiso. Con idéntico estado de ánimo he salido a comprar algo para la cena. Al cruzar Margaret Street echo un vistazo hacia la calle. Algún borrón que se mueve y al fondo, en la avenida, el paso nómada de los autobuses, enganchados como vagones. Los faros de un coche se acercan. Me quedo en esta esquina, apoyado contra la pared. No se podría decir que vea algo, pero tampoco que no vea nada. Es raro. La lluvia va haciéndose con mi gorro, mi gabardina. Todo yo niebla.
viernes, 12 de abril de 2013
Langham Street
Detrás de la iglesia, las lápidas alineadas, aunque a suficiente distancia, dejaban un corredor de hierba perfecto para jugar a fútbol. Lo peor era marcar un gol, porque si gritábamos salía el párroco de Langham dando voces y en ocasiones ni nos daba tiempo a salvar la pelota. Peor aún, sin embargo, hubiera sido celebrar un gol en silencio. Así que nuestros partidos acababan siempre uno a cero. Marcar y salir corriendo era lo mismo. Es lo único que recuerdo del lugar donde nací. Nos vinimos a Londres, debuté con el Sutton, y en el banquillo añoro nuestro cementerio.
martes, 9 de abril de 2013
Carnaby Street
«En Carnaby Street empezó todo», le oí decir un día. Yo tenía once años. Regresaba del colegio y él tocaba con sus amigos en el sótano de casa. Me llamaba, «Ven ricura», pero mi madre no quería que bajara. Luego se enfundaba su cazadora tejana, aunque estuviera nevando, y se iba. Cuatro, cinco días. Por las noches, a través de las paredes, oía sus gemidos. «Hemos andando de gira», se justificaba siempre mi padre al volver y aquella noche los dos reían hasta la madrugada. Lo recuerdo cuando estoy desecha, al salir de la tienda donde trabajo, en Carnaby Street.
domingo, 7 de abril de 2013
1960
Luis Cernuda va al cine en Coyoacán
En la parada, el tranvía traza un charco de sombra rectangular. Por ese costado se salta desde la plataforma con engaño. El empedrado hierve, pared contra pared con el infierno. Y cuando el trole empiece a echar chispas y un repentino estruendo lo aleje, el sol ya habrá anegado la avenida y la tarde. Lo veo cruzar entre carros y algún que otro vehículo que vigila de reojo. Traje de lino, camisa cruda, sombrero claro. La boca pintarrajeada del palacio del cinema está a punto de comérselo, engatusando su blancura con la grata oscuridad del tiempo sin densidad de tiempo.
viernes, 5 de abril de 2013
1913
Boris Pasternak escribe el poema «Noche de invierno»
De camino a la ciudad el tren arrastra mercancías que no pesan. La luz que parece fundir al este el sudario de nieve en los campos. Aunque la carga sea el saco de patatas colgado junto a las maletas que desprende arenilla sobre los viajeros dormidos, tampoco pesa. Ni pesan las cartas que en la ciudad he de certificar, los libros que el viejo Rabinad me habrá guardado bajo la mesa camilla, apilados encima del brasero que no enciende nunca, el balcón que reflejará el sol del crepúsculo cuando parta el tren de regreso cargado con el fardo del vacío.
miércoles, 3 de abril de 2013
1919
Juan Ramón Jiménez publica Piedra y cielo
La rosa. Y cuando se siente deseada, se sabe rosa deseada como cualquier rosa. Como la rosa que brota en otra rama. Rosa como rosa, no como ella, capaz de iluminar y rendir con su color y fragancia. Rosa sola, que lo es. Rosa sublime, que lo es. Rosa entre las rosas, su única ambición. La rosa. Y cuando el tiempo deje sobre sus pétalos la huella de sus pisadas. Y cuando una cenefa oscura marchite su esplendor, cómo seguir siendo sola, sublime, singular. Cómo continuar manteniendo su esencia de rosa, de rosa deseada por ser ella misma, ella sola.
lunes, 1 de abril de 2013
Becqueriana / 9
Durante esa hora extraña del inicio de la tarde, cuando la razón cae en un insípido duermevela y las palabras rezongan entre sí, atropellándose, crispadas, qué sé yo, entonces tomo la mano del sinsentido y la acaricio solo con las yemas de mis dedos, como levitando sobre su piel incomprensible. Es solo un momento, ese tonto de los culebrones en el televisor y de las tacitas de café con los bordes manchados sobre las mesas sin recoger en los restaurantes. Nos tomamos de la mano, lo irracional y yo, y nos lanzamos promesas con la mirada. Un instante, nada más.
sábado, 30 de marzo de 2013
Becqueriana / 8
Con un diestro giro de muñeca le da la vuelta al recorte de papel de estraza, asegura con un doblez el extremo y llena de cerezas el cucurucho que luego me entrega. De dos en dos las como entre los puestos del mercadillo hasta que una a medio morder resbala de mis labios y deja impresa sobre mi camisa su beso carmesí, jugoso de retórica y de maldad. La multitud sigue su paseo ajena a mi desgracia. El cielo diáfano, el sol que se cuela entre los toldos. Mi camisa blanca, el cucurucho a medias. Y yo, tan triste, tanto.
sábado, 23 de marzo de 2013
Becqueriana / 7
Se sientan a la mesa del Café las tardes de verano. Cuando les alcanza el ventilador giratorio melenas y rizos tiemblan un instante. Uno, con ojos inventados, explica cómo escribe la partitura para una sinfonía de la ciudad. Cuando ha de sonar una moto con el tubo de escape recortado, la dibuja en el pentagrama. Otro cuenta que se acerca con sigilo cada noche hasta su sueño para descubrirse soñando. El súbito oleaje del ventilador vuelve a erizar sus cabellos a su paso. La espuma de las cervezas consumidas, émula acaso de los artistas, graba sus abstracciones en los vasos.
martes, 19 de marzo de 2013
Hotel Literatura
—Buenos días. Encantado. Mi nombre es Natsume.
—Vaya, señor Soseki, qué emoción, veo que conoce mi
lengua.
—Sí, también a mí me alegra que hable algo de japonés.
—¿De japonés? Disculpe, pero no tengo ni idea.
—¿Entonces?
—Eso digo yo, ¿cómo es que nos entendemos?
—Sin duda hablamos el mismo idioma.
—El castellano…
—¡Ah, sí, castellano! Cervantes. Magnífico. Pero yo solo
hablo un poco de inglés.
—Igual conversamos en inglés sin darnos cuenta. Aunque mi
inglés muere tras el Hello.
—¿Entonces?
—Ya es raro, ¿verdad, señor Soseki?
—Será cosa del guionista de sueños.
—Será. No iba a atravesársele esta minucia.
sábado, 16 de marzo de 2013
Becqueriana / 6
Se arremolina la hojarasca en la escalera que conduce a la estación de metro, ansiosa acaso por utilizar su libertad para huir a otros barrios. O tal vez, solo esté escondiéndose por temor a que el viento la arrastre demasiado lejos de los árboles. Me lo pregunto mientras mis pasos conversan con su carraspeo al subir y bajar. Llego al vestíbulo y regreso a la calle. Se diría que he caído en el mismo hueco que las hojas, corran o se oculten, que no lo sé. Se diría también que espero. Abrigo largo, cabello moreno. Una cita que no tengo.
lunes, 11 de marzo de 2013
Becqueriana / 5
Coincidimos esta mañana. En realidad, la conozco de vista desde siempre, pero solo hoy empezamos a hablar. Al principio, un poco atolondrados. Ella, con precaución; yo, en manos de las sílabas saltarinas. Nos sentamos en un café con mesas antiguas y sillas de roble con respaldo semicircular. Pido un cortado y le ofrezco un sorbo de mi taza. Quiero que le guste. Nos encontramos, por fin, la palabra «luciérnaga» y yo. Le dedico un poema lleno de sutilezas. Lo escribo sintiendo los tropiezos de la pluma en las cicatrices del mármol. Vivo así nuestro idilio, sin que nadie nos vea.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Becqueriana / 4
Cuando entraste en la vieja casa de los sentimientos una capa de polvo recubría lámparas, muebles y cuadros. Te fue fácil con un dedo escribir tu nombre sobre cualquier superficie. Abriste el armario del lenguaje y de allí salieron apolilladas las palabras que había lucido cuando la vida era una pintura de Matisse. Póntelas, dijiste, y me probé aquellos pantalones que no podía abrochar y la camisa comida por los insectos. Nos reímos de frases tan ridículas. De par en par la sonrisa de las ventanas colaba el aire de la calle en las habitaciones. Se llenaban de hojas secas.
sábado, 2 de marzo de 2013
«Aracne», de José Antonio Moreno Jurado, en Paréntesis, Sevilla, 2011
Antes que una autobiografía más, Aracne es casi un manual de lo que de verdad le interesa a la literatura de una vida. El tono lírico para evocar la infancia y los hechos felices, la contundencia narrativa del relato para explicar los acontecimientos, la perspicacia para desvelar la intrahistoria de los conocimientos, no los conocimientos, y finalmente la reflexión —a veces casi ensayística, otras casi filosófica, moralista— como reflejo de la madurez, porque acaso eso sea vivir después de la vida: descubrir el sentido de lo vivido. Cada época se amolda al género literario que más le puede interesar evocarla.
miércoles, 27 de febrero de 2013
Becqueriana / 3
Las calles del
invierno, transitadas por sombras esquivas, desembocan necesariamente en un
portal. Los hay luminosos y limpios, con apliques dorados en las paredes y un
sillón de escay junto a los buzones. Su puerta no se atasca nunca y los propietarios
piden datos por el interfono. Otros portales quedan entreabiertos y una
corriente de aire los recorre inmisericorde. El yeso de las paredes se
desprende a capas, podrido de humedades, y el suelo colecciona desperdicios. Huelen
a rancio. Se oyen voces, un niño llora, las cucarachas inspeccionan. Si un
vecino entra de súbito y nos descubre, solo nos insulta.
lunes, 25 de febrero de 2013
Becqueriana / 2
La luz de la tarde deja en silencio los claveles cantarines y el dulzor de la gardenia. Se despereza el jazmín antes de su trabajo en el turno de noche. Un perro ladra endecasílabos sombríos. Por el empedrado baja el tiempo hacia el puerto con cuidado de no perder la tapa de sus tacones. Corre a una cita. Ha quedado para cenar con un marino. Al levantar los ojos de la página, en el momento de pasarla, veo la paleta del crepúsculo en sus mejillas. Le digo con la mirada que me gusta. Ni me ve. Pienso en nadie. Leo.
sábado, 23 de febrero de 2013
Becqueriana / 1
La tapa corredera del plumier descubre mi museo de maravillas. La pluma nacarada, de capuchón dorado. No la uso nunca, me digo, para conservarla siempre. La sopeso, la descubro. Hago un trazo hasta que vierte una línea de tinta. La guardo. Saco la otra. La azul, de capuchón azul, con la que anoto las palabras cuando ya estoy seguro de ellas. Antes, si dudo, las garabateo a lápiz, a propósito con mala letra. Si no sirven, que queden ilegibles. Han de ganarse la caligrafía, pienso. Cuanto pueda escribir está encerrado aquí, en esta sencilla caja de madera. Todo lo olvidado.
jueves, 21 de febrero de 2013
1975
Pier Paolo Pasolini es asesinado la noche del 2 de noviembre
El desabrido noviembre deposita sus noches con el mismo encanto que el carnicero deja caer la pieza. Acaso los cuerpos sean también, en noviembre, la masa sanguinolenta que golpea la tabla de cortar. El descampado aporta escaso entusiasmo a los encuentros. Matas y rastrojos entre las dunas que producen los camiones al volcar los escombros furtivos. Bolsas de plástico chascan en la maleza y al descubierto el lomo de una nevera cuya blancura es el único destello, encintados los cuchillos. Y aún así, el amor hierve, impulsa la ceguera del deseo. Desprecia los signos. Apaga el motor y las luces.
martes, 19 de febrero de 2013
1868
El manuscrito de Gustavo Adolfo Bécquer desaparece
—¿Vamos a algún sitio?
—¿Al Suizo?
—Está cerrado
estos días. No ganan para espejos rotos.
—Todo anda al
retortero. No importa. Hablemos en este portal.
—¿De Casta?
—¿Qué dices? No
te entiendo. Traigo una noticia que darte.
—Otra desgracia. Annus miserabilis.
—Puede. De parte
de González Bravo, el Ministro.
—¿Una bendición
suya?
—Me dice que te
diga que las hordas entraron ayer en el Ministerio.
—¿Y…?
—Sí. Asaltaron su
despacho. Le levantaron la plata. Le volcaron la mesa.
—¿Y mi…?
—Le vaciaron los
cajones. Le lanzaron los tinteros contra las pinturas.
—¿Y el libro
que…?
—Prendieron
fuego. No salvó nada.
domingo, 17 de febrero de 2013
1845
A los ocho años, Rosalía de Castro vive en una aldea
Las campanas de la iglesia de Ortoño dan las horas. Una de las vacas que va de camino al establo les responde con un mugido seco, áspero. La sotana vieja de sus sillares ni se inmuta. Un moho oscuro, ennegrecido casi, le cierra ojos y oídos a la piedra. Al ternero que se aparta para arrancar la maleza que prende junto al muro el can le ladra. Da un respingo y regresa al sendero. Con una vara la niña que conduce el rebaño se detiene y en el lodazal dibuja una palabra que no ha aprendido en la escuela: paxariño.
viernes, 15 de febrero de 2013
Intemperie / 15
—¿Has visto qué
ha hecho?
—¿Quién?
—Un insulto. Un
desprecio hacia todo y hacia todos. Inadmisible.
—Quieres decir
que…
—Claro, ¿no lo
has visto? Ante todo el mundo.
—Cuando…
—Sí, cuando yo
estaba hablando. Un insulto hacia los presentes.
—¿Por qué
insulto?
—¿No te parece
una desconsideración inadmisible que estuviera leyendo el periódico cuando yo
hablaba?
—¿Quién, él?
—Claro. ¿Quién va
a ser? Pareces tonta. ¡Él!
—Pero no era el
único. También lo leía Mario. Y Julio Villacañas.
—Imposible. ¡Solo
lo estaba leyendo él!
—Pues yo los he
visto a los tres.
—Los otros lo
ojearían. Él nos insultaba leyéndolo.
miércoles, 13 de febrero de 2013
1942
Juan Ramón Jiménez descubre el paisaje andaluz en La Florida
Avanzo muy despacio por la tarde que el horizonte incendia sobre el espejo de la marisma. Agua cárdena bajo el cuerpo de leves y anaranjadas nubes. Su pasión dicta en mí las palabras que se dicen los amantes al oído en la hora de su encuentro, pero yo no puedo escribirlas. La luz de la hoja me ciega en cuanto desenrosco el capuchón de la pluma. Mi voz balbucea, aún no formada. Acaso aún no nacida. Asisto al abrazo de cielo y tierra anegada y soy el vástago que aguarda su fecundación. De camino a cualquier parte, los patos parpan.
lunes, 11 de febrero de 2013
1915
Franz Kafka empieza a escribir una novela
Al renacer una noche de junio entre troncos apilados en el patio de la serrería, tras una plácida vida como larva, el oryctes se sorprendió al no poder alzar el vuelo y alcanzar la nube de sus iguales, quienes ya partían hacia los bosques, ansiosos por aparearse. El poder endurecido de sus élitros habíase convertido en una masa fláccida y rechoncha, inútil para volar. Sus antenas se multiplicaban en una irritante pelambrera y, al contrario, sus patas, pegadas unas a otras, se reducían a solo dos. Movió las mandíbulas y escuchó un desconcertante ruido. Suyo: Was ist mit mir geschehen?
sábado, 9 de febrero de 2013
Proustiana / 10
En un solo pergamino caligrafían los días su paso. Fruición o desgarro, la pluma los inscribe, jornada a jornada, sobre las mismas líneas escritas. Tantas veces un carácter repasa la idéntica letra que encuentra debajo como otras tantas el signo nuevo contradice aquel sobre el que extiende su trazo. A aquello se suele llamar memoria; a esto, olvido. En los márgenes de la blanda tablilla también el estilete descuidado deja una rara muesca al quedar apoyado mientras no registra vivencias —acaso solo sueños— que en el ilegible recuento de una vida será esa hendidura, al cabo, el único signo comprensible.
jueves, 7 de febrero de 2013
«Interior azul», de Anna R. Ximenos
Los filósofos suelen iniciar su obra por una historia de las ideas. Saben que antes de empezar a escribir conviene haber leído. Anna R. Ximenos (1972) arranca como narradora con una peculiar historia personal de la literatura: la evocación de algún momento en la vida de las escritoras que, desde Mary Shelley hasta Anne Sexton, forman su galaxia particular, que también lo es, por cierto, de una posible historia de las mujeres escritoras. Y al tiempo rehabilita una lección de los clásicos: asimilar un universo no es copiar sus rasgos expresivos —como se cree ahora—, sino encarnar un destino.
martes, 5 de febrero de 2013
Intemperie / 14
La información, como género coloquial, se muestra de un modo curioso ante esa dinámica de fragmentación que afecta a cualquier realidad de nuestra época. Por una parte, centrifuga. Excluye cualquier otra forma de diálogo (desde el humor hasta el análisis). Sin un ¿Sabes la última? o un Déjame que te cuente lo que pasó cada vez es más difícil hablar. Hablar es ya casi solo transmitir informaciones. Por otra parte, como la realidad obviamente no produce tanta información como necesitan los usuarios, la información inicia un proceso de segregación de lo real que tiene como primer efecto la deseada multiplicación.
Así, desligada de su origen, la información puede crecer vinculada a sí misma, replicándose constantemente, disgregándose o hinchándose según la necesidad y carácter de los interlocutores. Convertida en el único género coloquial, dos personas vinculadas por una experiencia real (trabajo, partido, club…) difícilmente podrán nutrir una conversación si entre ellas no fluyen informaciones. Informaciones cuya finalidad ya no depende de lo real, sino del propio informar, de su mera existencia como fuente de privilegio en la conversación. A nadie le preocupa enfocar el asunto del mejor modo, sino solo conocer más entresijos, existan o no existan. Sean verdad o no.
domingo, 3 de febrero de 2013
Grosziana / 1919
George Grosz
La misma telaraña mugrienta en la esquina del techo. El humo de iguales cigarros. Idéntica inflamación del vientre en la patrona y en el jefe. Una, pechos colgantes; otro, mejillas caídas, pero exacto carraspeo. Dos teatros de marionetas con los muñecos alineados al fondo —unos, lamparones en el uniforme; otras, churretes en el viso— mientras el pantomimo que les hubiera dado vida abraza la botella entre cáscaras de altramuz. Calendarios similares donde solo figuran tachadas las noches. Las mías, cada vez más parejas; unas en el burdel, otras en la comisaría. Gemelos guiñoles donde se parodia la tragedia de Berlín.
viernes, 1 de febrero de 2013
Grosziana / Gestern
George Grosz
Ayer, qué extraña palabra me repite en la cabeza, cebolla mal digerida. Esta
noche, cuando lo que me estoy diciendo es ahora,
sin más cascabeleo que aquel que las promesas otorgan. Como regüeldo, ayer, otra vez. Señor, como resabio. Y
no, no. Es ahora lo que me digo.
Señal que eriza la piel. Momento en el que la grieta cede, la cañería revienta.
Y hasta que cierren la llave de paso, manantial. O niño que corre con el
cántaro vacío justo antes de tropezar. Ay, dios, qué pesadez. Es ahora lo que digo. Es instante. Es
reventón, ¿me oyes, voz?
miércoles, 30 de enero de 2013
Grosziana / Intemperie 13
George Grosz
Los dibujos que Grosz ideó como denuncia de su época, el movimiento de la historia —por decirlo con palabras grandilocuentes— parecía haberlos convertido en arqueología. O cuando menos en piezas de una didáctica que a veces sonrojaba por su simplicidad. Su trazo los convierte en entrañables, como un viejo candil. Poco más. Con esta idea me he plantado frente a la brutalidad de un dibujo y de repente han desaparecido su don arqueológico y su discurso histórico. De pronto la historia, su movimiento, ha convertido a Grosz en un visionario. Quien retrata el futuro al que quieren conducirnos. Que añoran.
lunes, 28 de enero de 2013
Grosziana / Rooms
George Grosz
Cuando desenvuelvo el bombón que deja el servicio sobre el cenicero salta el gusano que se me ha adelantado. Al descorrer las cortinas me alcanza un ácido olor a tabaco. Con la navaja de las uñas hago una melladura en la mesita. Creí que me consolaría sentirme en la mente de alguien el huésped que se dio aquel golpe. Las sábanas, húmedas. La calefacción hace gárgaras. El retumbar de pasos sobre la madera trae el corredor hasta el centro del cuarto. La ventana da a una hilera de coches aparcados. En el parabrisas de uno cualquiera leo mi destino: «Habitaciones».
sábado, 26 de enero de 2013
Grosziana / Café nocturno
Gerorge Grosz
Humean los pecados dúctiles
del candil. Sudan las paredes
las aguas que del río huyen ávidas.
Las jarras de cerveza
deliberan
arduas cuestiones de
filosofía.
Las puertas gritan si despiden
un ápice de condolencia.
Mira la luz que mira
en ojos que te miran
mirarlos con los ojos
turbios de tu deseo.
Chisporrotea el mal tabaco,
los salivazos lacan las maderas,
Las puertas gritan si despiden
un ápice de condolencia.
Mira la luz que mira
en ojos que te miran
mirarlos con los ojos
turbios de tu deseo.
Chisporrotea el mal tabaco,
los salivazos lacan las maderas,
la gaseosa duerme sus
burbujas.
la pianola conduce el
coro
de los espejos. Otra noche
en el café. La luna, ausente.
de los espejos. Otra noche
en el café. La luna, ausente.
En ojos que te miren
turbios de algún deseo
mira que estén mirando
los ojos
que los miran.miércoles, 23 de enero de 2013
1931
María Zambrano da clase de Filosofía
—Se contempla para ser pone, ¿no?
—Yo qué sé. Es de la clase anterior. Bórralo.
—No, déjalo. Habrá que pensarlo.
—¿El qué, esa tontería? Con la batalla de
Siracusa tengo suficiente.
—¿Así lo crees, una tontería?
—La letra no parece de un profesor.
—Una pintada no veo que sea. ¿Qué tocaba
antes?
—Metafísica, creo. Quiero decir que no parece
de un hombre.
—¿No salía una mujer joven cargada de libros
el otro día?
—Es verdad, cuando llegamos, ahora que lo dices.
—Nosotros no tenemos tanta suerte.
—Nosotros solo tenemos bigotudos. Nada de
metafísica.
—Se
contempla para ser. ¿Qué querrá decir?
lunes, 21 de enero de 2013
Grosziana / Miradme al menos
George Grosz
Si mirara. A veces se lo digo a los setos que cercan las flores en el jardín público. A las begonias se lo diría. Si mirasen, al mirar. A las petunias, que proliferan porque no le dan trabajo. A cubierto, al jardinero se le va la mañana en distribuir las hebras del tabaco. Muerto de risa, el rastrillo. Si la encontrara, tal vez sentada en un banco, bajo el sol de las camelias. Pero no planta camelias. Ni se sienta en el banco que comparto conmigo. Acaso por eso. Acudo. A que me mire. A que, al mirarme, me mire.
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