En tardes de levante exasperado, un solitario
camina por la costa. En el estruendo irritado del oleaje batiendo contra las
rocas lee los sonidos que jamás saldrán de su instrumento. Junto a los muros
desolados de la fábrica, sorteando desguaces e inmundicia, un paseante absorbe
el espantoso rugido de la maquinaria. Atiende a cada una de las estridencias
que nunca ha de pronunciar su instrumento. Durante las riñas obscenas de la
taberna portuaria bebe su vino déspota el músico. Estudia la partitura que no soplará
en la boquilla de su instrumento. Conociéndola preservará el dulzor y la
candidez del clarinete.
martes, 19 de junio de 2012
domingo, 17 de junio de 2012
Amarga escribe la verdad
La da un empujón un viernes cualquiera a una
mentira y la echa a rodar en un mundo con las dimensiones de un cuartel. Quien
se propone esparcirla antes acude a la peluquería, elige vestuario, combina
tonos, estrena prendas. La mentira embellece. Del pozo ciego de su carácter
extrae simpatía, ojos risueños, palabras dulces, mano en el brazo, sabe que
convencer requiere antes gustar. La mentira seduce. Aquel empujón ya es un
propósito de vida, un súbito descubrimiento que redime de la angostura. Nueva
fe, militancia, credo. Ya nada se sostiene sin las virtudes de una mentira. La
mentira consuela.
viernes, 15 de junio de 2012
Nicht schnell
Las manos del pianista chapotean sobre la
alberca alargada del teclado. Saltan notas, aquí y allá, que las hormigas
reúnen en montoncitos antes de guardarlas en sus ciudades; las distinguen bien
de otras semillas que andan por el suelo, como los adjetivos o las formas
verbales anodinas, que no son de su apetito. Nunca se equivocan, ni siquiera
cuando la cantante entona con corrección la melodía. Les disgusta todo lo que
tenga dentro significado. Para alimentarse de esta grana hay otros insectos,
nocturnos, que se confunden con las sombras. Del cosquilleo del pianista
aprenden las hormigas sus pasos de baile.
miércoles, 13 de junio de 2012
«Conjeturas y esperanza (antología 1988-2008)», de John Burnside en Pre-Textos
Con pasos precisos sobre las losas cubiertas
de nieve de la poesía del escocés John Burnside (1955), las elegantes
traducciones de Jordi Doce descubren una obra deslumbrante que emerge desde los
rincones de la realidad que suelen pasar inadvertidos para el género: el
invierno sin épica en los pueblos de montaña, puertos pesqueros de aguas sucias
y malolientes o vecinos de barrios en las afueras. Una poética que «plasma una
escritura con la nada que aprendió de memoria». Y en este diálogo con la
otredad desacreditada no olvida las desapariciones, aquellas que laceran,
humillan, o las que inquietan y fascinan.
lunes, 11 de junio de 2012
Bayas
Entre las piedras, junto a las roderas del
camino, la brisa agita un brote de galio. A sus florecillas menudas, amarillas,
diminutas solo parece apreciarlas un escarabajo feo y rechoncho, oscuro. Planta
e insecto comparten, sin embargo, cierto secreto idilio. A su alrededor la
tarde se esmera por componer la grandiosa sinfonía del crepúsculo de verano.
Las copas de los nogales resplandecen, el trigo suelta su melena dorada que los
vencejos peinan. Entre las nubes, la lluvia ha dejado un arco iris como embeleso
de un dios arcaico. Pero nada tan intenso como la fruición que leo sobre el
pedregal.
sábado, 9 de junio de 2012
Mapas
De niños, las páginas de tipografía de ciertos
libros crecieron como hojas de un cuaderno. Desde la primera a veces vigila una
fecha que ocupa el doble de espacio en la cuadrícula. Su obviedad poco a poco
desaparece y con el tiempo se convierte en una estaca clavada en un camposanto.
«1932». Algo estremece siempre en las fechas. De niños, los libros tuvieron peor
caligrafía, cuando las frases se ensanchan desde dentro, con ganchos que las
sujetan a una barra, frases que se pelean consigo mismas hasta merecerse.
Arrugados cuadernos donde la tinta con cada trazo transcribe sentido y
melancolía.
jueves, 7 de junio de 2012
Lámparas
En junio te gusta madrugar, luz, para colarte
entre los listones de las persianas que no consiguen nunca cerrar del todo.
Buscas visitar los cuartos donde los amantes se entrelazan. Aunque te gustaría
trasnochar, luz, para disfrutar con sus rostros de encandilamiento, hay un
momento en el que se te caen los ojos y los cierras, y te pierdes, tumbada en
el sofá, el argumento de la película cuyo final conoces cuando te despiertas
para infiltrarte por las ranuras. Todas estas cosas las sé, las veo, pero tengo
una duda, luz, ¿contemplas las sábanas revueltas o también lo que sueñan?
martes, 5 de junio de 2012
«Ninguno es mi nombre», de Eduardo Gil Bera, en Pre-textos
Ya en La
sentencia de las armas (2007), un estudio sobre la Ilíada, Eduardo Gil Bera (1957) atribuía la Odisea a un seguidor de Homero de la generación siguiente. Ahora
concreta el nombre del discípulo y las circunstancias de su escritura y de su
edición junto a la obra del maestro. Gil Bera resuelve de este modo un
rompecabezas, mosaico descompuesto por el autor de la Odisea con la esperanza de que alguien, poco después, lo rehiciera.
Pero desde el 581 aC nadie ha sido capaz de encajarlo hasta el presente. Y el
lector lo vive con intensidad casi policíaca.
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