Esta extensión de colinas rasuradas como cabezas de reclutas tumbados boca abajo. En verano están cosidas por la aguja e hilo de los rebaños de ovejas. En invierno el soldado envejece y la única ventana que se agita es la del hogar. Estos senderos por los valles, con umbrías que esconden la cicatriz de un arroyo y prados que se extienden sobre los tejados de piedra oscura. Estas hayas que le dictan versos al transeúnte. Era lo que buscaba en los Lagos, Dorothy, solo temblor y naturaleza. Pero me aguardaba la agreste y sucia humareda de fábrica de tu monosílabo.
lunes, 17 de septiembre de 2012
sábado, 15 de septiembre de 2012
Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura
Evoco, siempre que viene al caso, a Eduardo Moga en un baño romano de la
provincia interior, tumbado en el tepidarium de inicios del verano. Su túnica de lino
blanco descansa en una silla curul bajo la pérgola y sobre ella siempre olvida
un libro como quien fecha el manuscrito de su vida. Mientras hidrata su
sabiduría con el amargor de una cerveza lo que más me gusta compartir con Moga
es su risa de niño pequeño gigante. Y los escritores que ama. Dicen que se
acercan los nuevos bárbaros, las pantallas; nosotros continuaremos en los baños
romanos del papel.
jueves, 13 de septiembre de 2012
«Cartas del verano de 1926»
Una Europa que centrifuga a sus escritores, la admiración literaria a pesar
de las dificultades para conseguir libros,
la esperanza de un encuentro que se sabe que no se producirá jamás. Con
estos pobres ingredientes la poeta rusa Marina Tsvietáieva y el poeta («No eres alemán… No eres bohemio… No eres
austríaco… ¿significa entonces, Rainer, que acabarás siendo eslovaco?»)
Rainer Maria Rilke acaban intercambiando una breve correspondencia —Rilke
estaba ya amenazado por la enfermedad— tan intensa y fulgurante que se lee a la
misma altura que sus obras. Ni una única frase convencional, ni una palabra que
suene a hueco.
martes, 11 de septiembre de 2012
Cómo ser mejor persona
Hay espejos que
favorecen la fisonomía. Es obvio que a la gente le gusta verse reflejada donde
la muestran más atractiva. Una mañana descubrí que el reloj del aparato de
radio del baño también me mejoraba bastante más de lo imaginable. Me había
levantado con el tiempo justo. Entré en la ducha y al salir le eché un vistazo.
El reloj me devolvió un simpático guiño de complicidad. No había pasado ni un
minuto desde que había abierto el grifo. Suspiré. Recuperaba tiempo. Me
comprendía. Desde aquel día ya solo conservo en casa relojes que atrasen. A
cuál más favorable.
domingo, 9 de septiembre de 2012
Intemperie / 5
El siglo XX ha dejado sobre la mesa de su
sucesor dos cadáveres. Es decir, dos herederos. Del de la política se habla en
todas partes, pero hay otro muerto al lado que no huele tanto, el pensamiento.
Tal vez porque su dulzón beneficiario o gusta o no se entiende que disguste:
los chistes. El chiste es el sucesor de la idea en la expectativa de
pensamiento. Lo ingenioso, la farsa, la parodia, el disparate marcan el umbral
de lo que se quiere leer. De lo que se quiere escribir, por lo tanto. Una nada
divertida, es cuanto se ofrece.
viernes, 7 de septiembre de 2012
Intemperie / 4
En el arte también
está latente el encanto de su descubrimiento. Coetáneo e histórico. La obra
aguarda la llegada de quien la aprecie, a veces mucho tiempo. Esta espera a ser
comprendida la implica. Aun en el desván y arrinconada contra la pared, se
percibe el anhelo de una mano que le dé la vuelta. Así se creía que funcionaban
las cosas que el presente desbarata con su impaciencia. La obra ya no aguarda;
se planta delante, persigue, se descubre. Se excluye su silencio. Se acumula
todo para después del ruido. Obligada, quizá, porque a nadie le interese
descubrir nada.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
1574
Lee el manuscrito en pie, junto a la ventana. Un mensajero acaba de
entregárselo y a cambio le ha dado unos maravedíes. Rompe el sello de lacre
y lo desenrolla. Está nervioso. Se aproxima
a la ventana, el crepúsculo cuela reflejos rosados que atenúan lo marmóreo del
papel. Relee aquel primer verso que envió en mitad de una hoja en blanco. Un
endecasílabo prodigioso por el que andan peleándose todos los sonetos que ha
escrito desde entonces. Se lo mandó a Ella, aunque nunca se hubiera atrevido a
dirigirle la palabra cuando la veía, al otro lado de la calle,
amurallada por sus criados. Y Ella, algo que no podía ocurrir, días
después, se lo devolvió. Iba otro endecasílabo, debajo, caligrafiado con la
letra pulcra y menuda de las damas. Compuso de inmediato un tercer verso,
rimado con el que había recibido, y lo envió
con el correo de vuelta. Ahora, según lee a la luz menguante de la
tarde, la caligrafía menuda y pulcra cierra el cuarteto con la rima que él
había soñado para Ella. En sus manos, el manuscrito tiembla levemente. Cierra
los ojos y recita para sí el cuarteto que han escrito entre los dos, y
que ya está en su memoria. No es gran cosa, apenas unos versos, nada de lo
que se pueda fanfarronear en la taberna, pero su escritura a dos manos le
estremece como nunca antes un poema. Manda encender un candil, aunque aún es
temprano, y a él se acerca con el papel. Busca en el trazo de la tinta signos
que, detrás de las palabras, colmen su exaltado espíritu, mientras su
pensamiento se ordena en las once sílabas que abrirán el segundo cuarteto. Que Ella,
de eso ya está cierto, completará. Su letra delicada, primorosa. Las rimas de
los dos.
lunes, 3 de septiembre de 2012
1856
Ropa tendida en las
azoteas y unas nubes remolonas, por encima, que ensucian el cielo. Allí donde
he buscado tus montañas, gran pastor de verdades, tus caminos minerales, el
trébol al viento que me enseñaste a admirar, nada veo. Gritos de vendedor y
relincho de acémila pautan acentos en los versos de la calle. Sobre adoquines
discurren las ruedas de los carros que traquetean en el idioma. El hedor del
vino reclama en cada esquina. Busco la luz de las siemprevivas y la hondura de
las violetas en tu nombre, gran Heine, andariego, cuando alguien, quién, ha
traído la noticia.
sábado, 1 de septiembre de 2012
1763
La claridad ciega.
En estos días de verano, cuando la luz es tan generosa desde el alba, cómo
sabré si ha salido ya a reponer el agua de casa o desde el horno regresa con una
hogaza bajo el brazo. Sus sandalias solo dejan silencio sobre la arena. En los días
afortunados la sigo tres calles de Königsberg. Su moño presuroso del que
algunos mechones escapan, el faldón caído, el cordón de su blusa mal atado. Una
imagen colma. Estas mañanas inciertas añoro el invierno. Sobre la nieve leo el
sentido de sus zuecos y conozco de antemano mi felicidad.
sábado, 25 de agosto de 2012
Siete aforismos temporales para el final de agosto
El tiempo es una bebida que se consume creyendo que la
botella sigue llena en la nevera.
El tiempo se consume pensando que dejará un circulito de agua
sobre la mesa cuando alcemos el vaso para beberlo.
El tiempo nunca parece el resto de bebida que queda en el
vaso cuando se descongelan los cubitos de hielo.
El tiempo a veces se confunde con lo que falta para que
empiece el partido.
El tiempo acecha fuera del vaso y le resta frescor a la
bebida.
El tiempo agua la bebida.
El tiempo tal vez sea quien nos haya bebido ya.
martes, 21 de agosto de 2012
1773
Crepita la voz del trovador
herido de amores en la sala de armas del castillo. La oigo cuando trinan los pájaros. No veo estos tapices torpes ni estos muebles con molduras
repujadas en latón, sino las piedras en forma de espiga y la huella del escoplo
en el respaldo de la silla. Donde tintinea un cascabel sobre la zapatilla de
seda, imagino la rudeza del cuero con salpicaduras de barro y goterones de
vino. Vivo este presente inocuo y falso solo en su pasado. Desprecio la lengua jabonosa de hoy, que transformo, en mi Goetz von Berlichingen, en hierro templado.
jueves, 16 de agosto de 2012
1927
Hay quien caligrafió con una vela
encendida su nombre en las paredes. Quien arrancaba los marcos de las puertas
para quemarlos y amontonó ladrillos para sentarse. Quien lanzaba grumos de
cemento a las bombillas e impactó alrededor de cada aplique. Quien retorció
hacia arriba las manecillas del gran reloj de la sala, detenido de un balazo.
Quien orinaba sobre el papel pintando buscando las alturas. Quien arrancó los cables
eléctricos y dejó tirados los restos después de atar algún bulto. Quien a punta
de navaja dibujaba genitales obsesivamente en la tarima de los músicos. En eso
queda el espíritu moderno.
sábado, 11 de agosto de 2012
1676
El ojo miope de una sucia
claraboya cuela de vez en cuando, si no hay nubes en el cielo, los únicos
rayos de sol que entran por una esquina en el taller del orfebre, un altillo
bajo el tejado sin otro vano, ni siquiera una puerta. Una trampilla en el suelo
hace sus veces. Un candil, tan noctámbulo como él, es su única compañía. Lo
apaga antes de tumbarse en el camastro, a veces entrada la mañana. Si luce
el sol, sin llegar a verlo recoge su luz en un cuenco donde baña los anillos
o el colgante recién moldeados.
martes, 7 de agosto de 2012
1915
No sé, un desconocido; un tal
Proust —responde cuando se le señala el libraco espolvoreado de canela sobre un
estante del obrador. Sí y no —contesta al preguntarle si le gusta. No entiendo
gran cosa cuando leo mientras horneo los hojaldres, pero este tipo sí me
entiende a mí —explica quitándose el gorrito blanco para que respire el
pensamiento. La gente cree que los dulces son el disfrute del instante. Qué
poco. El chocolate es la barba del abuelo; la vainilla, lágrimas del primer
beso; la nata, un baño en el río. Su ingrediente principal no es azúcar, sino
memoria.
viernes, 3 de agosto de 2012
1732
La ventana del
taller del artesano es su muestrario de colores. El azul brumoso. La tierra
sangre. La plata de los álamos reflejada sobre el temblor del agua. Frente a su
modelo, tritura pigmentos, los mezcla con paciencia. Sobre el trípode la vieja
olla cuece materiales encontrados en el bosque. De reojo, controla el ladrillo
falso tras el que guarda el pan de oro. Teje hilos, los vierte en el cubo del
tinte, deja que el sol de la mañana los seque. Cada tarde añade un detalle al
boceto. Un día, dedos de dos manos, entrelazará la hilatura del tapiz.
miércoles, 1 de agosto de 2012
Intemperie / 3
Tiene algo de función para niños, pero al revés. El mago se quita el sombrero de copa, lo enseña —nada por aquí, nada por allá— y de repente aparece un pañuelo. Y dentro del pañuelo, una paloma. El ordenador está encima de la mesa del café, junto a los vasos vacíos, el platillo con el cambio; en el respaldo de la silla, la chaqueta. Y de repente, los vasos, el platillo, y nada más. Y nadie alrededor, ni siquiera el mago aguardando el aplauso de los niños. Así de frágil es la memoria que construimos del presente. Está, no está.
lunes, 23 de julio de 2012
Intemperie / 2
La comunicación se multiplica. Exponencialmente. La comunicación es el existir, dicen. La existencia se verifica comunicándola. De hecho, como siempre. Las variantes son las mismas: la velocidad y el medio. No varían las variantes, sino sus dimensiones. La velocidad se multiplica —es un decir—, los canales también. Luego, la existencia se multiplica. Regla obvia para aumentar la velocidad: disminuir el peso. Para los nuevos soportes: disminuir el volumen. Algo que ya inventó el cartucho de dinamita: la misma roca llega más lejos, más pequeñita. La comunicación detona la existencia para que pueda ser comunicada. Eso lo dirás tú, dicen.
jueves, 19 de julio de 2012
Intemperie / 1
El ser es su visibilidad, dicen. No importa, sin embargo, la condición de
quien mira. Mirar para otorgar ser es catapultado a una dimensión
exclusivamente estadística. Cuanto más visible sea el ser, más carismático;
literalmente: más grato a la comunidad. Lo que se pretende. Más visible, más
agradable. Dicen. Me preocupan ahora varias cosas al respecto: la opción de ser
de lo invisible, la opción de exigencia a quien mire, la opción del desagrado
en sí misma, la opción de carecer de comunidad. También que, desaparecido el
mediador, el carisma sea un filtro aún mayor. ¿Por qué preocuparte?, me preguntan.
lunes, 16 de julio de 2012
11 de enero de 1930
Los copos han revoloteando por el cielo de agua, su incierto vuelo y sus
destellos han encantado los días, encendido las noches. Sin las manos que la
agitan, las blancas ilusiones van posándose en el suelo de la bola de vidrio.
A la vista quedan las humedades del cuarto alquilado, los martillazos ante la
ventana del despacho que da a las traseras, los adoquines mal ajustados que
encharcan los zapatos las tardes de lluvia. Por más que trate de removerla, no
volverá a nevar en la libreta cuyas páginas arrancaba para escribirle. Dos
palabras —hasta pronto— mienten sobre
su negrura.
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