domingo, 3 de junio de 2012

Cartas


La tarde se remansa como el arroyo que llega al lago y su ímpetu se queda en nada, apenas alguna leve onda cuando un remo empuja una barca. Sobre su cubierta, las aguas distinguen con el espejo nublado de su visión dos sombras. Eres tú y soy yo. La arboleda teje una densa cenefa alrededor que solo cruza el canto eufórico de los pájaros. La embarcación avanza lentamente, con el leve chasquido de su proa al cortar el cristal del agua. A veces se detiene. Sobre el verdor del lago se refleja entonces la única sombra que funde un abrazo.

viernes, 1 de junio de 2012

Agua


En la acuarela de la tarde he buscado acomodo sobre el prado verde. Para no verme tan solitario a una margarita la he llamado Berceo y a una amapola Garcilaso. Los tres, he pensado, podríamos entretenernos charlando. Cuando un moscardón se acera a las flores, le grito Lárgate inmediatamente, Quevedo. Con qué pocos trazos, apenas una aguada en verde y un poco de amarillo encima para hacer el azul del río, unas motas blancas, un polvo de gotitas rojas, se logra tanto significado. El sentido más hondo del vivir. Lo espiritual y lo sensual de la mano, este prado verde.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Landas


Cuando levanté la cabeza para seguir el vuelo apresurado del vencejo, mis ojos tropezaron con el gesto resentido de la nube. ¿No me reconoces? —como si al preguntarme adivinara la respuesta. No sé nada sobre vuestra manera de caminar. Cuando miro al cielo ya veo llegar otras, y sin embargo no os he visto partir. ¿Cómo voy a reconoceros, nubes? ¿Por qué me tratas en plural? —mi afabilidad solo conseguía aumentar su malhumor— ¿Acaso te llamo yo a ti ser humano en lugar de pronunciar tu nombre? Qué metedura de pata, pensé. Nube, déjame ir contigo. No debería —masculló. Anda.

lunes, 28 de mayo de 2012

Guadaíra


De niño quería ser como tú, río. Primero porque eras muy divertido. Tenías una playita pasado el puente donde el verano se remansaba. Segundo porque eras oscuro. El único dios que temían de verdad los mayores. Y tercero porque te estudiábamos en la escuela y tu cauce era como un viaje. Nacías en las montañas y morías en el mar. Anduve creyéndome que tu biografía era una aventura media vida, mientras mis aguas corrían a la par que tus arroyos. Ahora querría ser como tú, Guadaíra, que al mismo tiempo naces, mueres y estás en todas las ciudades y aldeas.

viernes, 25 de mayo de 2012

de


El novelista se encuentra con sus lectoras (y algún lector). La tarde es calurosa. Después de este ratito que pasan juntos, empieza el verano. En verano las ventanas se quedan abiertas durante la noche y a veces entra una brisa que refresca el sudor perlado en los cuerpos. Es cuando aprevechan para regresan los personajes de las novelas a la mente, y se les regaña por no haber sabido defender lo suyo. O se les espanta con un golpe de abanico, por molestos. En verano las novelas se deshacen como el helado en la mano del niño demasiado, demasiado lento.

jueves, 24 de mayo de 2012

Alcalá



Al astro orfebre de los crepúsculos de verano le he preguntado si no lo hace por acercarse a los jóvenes que en ropa deportiva acumulan cascos vacíos de cerveza en el pinar. Su luz de albero dora la indolencia de los bebedores, ¿lo que querrías no es sentarte en su corro —insisto— a hablar para no decir nada? Mi oficio, me explica, es solo alumbrarles. El novelista eres tú, a ti te toca deslumbrarles. ¿A mí, si ni siquiera me leen? Pues pasemos de largo los dos si la noche, que les es propicia, nos excluye, sentencia. Y se va.  

lunes, 21 de mayo de 2012

«Te veo triste», de Fernando Sanmartín.


«La muerte… no interesa… muchos se creen inmortales… alguien descubrirá pronto una vacuna contra la muerte… Pero… ¿cómo sería entonces el escaparate de la vida?». En estas frases, entresacadas de la página 88 del libro, el lector medita con las palabras del narrador sobre la historia que está leyendo: una hija que entra en el laberinto de su propia vida en el momento en el que muere el padre y le deja como herencia un amor secreto. Solo la muerte es capaz de mostrar el sentido auténtico de la vida, que siempre, con los tucos de la edad, consigue ocultarse.

Se ensimisma. La muerte del padre es la piedra que astilla la cúpula de cristal que recubre a la hija. Cuando ya nada puede rectificarse. Más atenta a la reinterpretación mediante el lenguaje de la vida cotidiana (la novela es una mínima enciclopedia de pensamientos poéticos) que a los aburridos protocolos de la acción, la prosa diáfana y precisa de Fernando Sanmartín compone en Te veo triste una estremecedora elegía. Acaso el lamento no solo de una hija, sino de toda una época que cree bastarse a sí misma, huye de sus raíces, trivializa los sentimientos e ignora sus laberintos.

sábado, 19 de mayo de 2012

Barcas


Nada más bajar del tren me encamino hacia la playa. Me urge preguntarle al mar por su naturaleza. Sus olas crespas, rugientes, frías me responden. Entiendo que se siente esa ebullición húmeda y también un símbolo. ¿De qué?, inquiero. ¿De qué lo es para ti?, me devuelve la réplica. Le digo entonces que su oleaje me parece las sábanas revueltas sobre una cama en un cuarto vacío. Los amantes no están, pero su resplandor impregna los objetos. Lo ves —musita—, un símbolo. Soy al mismo tiempo lo que estás viendo y la habitación sin nadie donde se entrelazan los amantes.

jueves, 17 de mayo de 2012

Ramas


¿No vas muy solo?, me preguntó con malicia la encina junto al sendero. Qué va —le respondí—, no ves que voy de la mano con mis sueños. Una brisa sacudió sus hojas y mientras me alejaba oí que decía algo. El castaño de indias, un poco más arriba, insistió: ¿En el bosque tan sin nadie? Viejo cascarrabias, te estás quedando ciego —le espeté, y seguí mi camino. En el pinar, el arisco artesonado de sus copas no se enteró de que recogía al paso piñones que ensuciaban mis dedos. Ni nos ven, le dije al silencio que me acompañaba.

martes, 15 de mayo de 2012

Alas


Ha llegado la tarde a sentarse a mi lado en el banco del parque con su rumor de tráfico en la avenida y voces de niños que se llaman unos a otros al columpiarse. Se ha presentado como quien acompaña a la gente mientras piensa en la cena o en un gesto que se ha desleído a fuerza de removerlo dentro con la cucharilla del recuerdo. Cuando he mirado a los ojos azules de la tarde para hablarle de mis cosas, me ha cogido de la mano. No me cuentes nada, me ha dicho. Lo sé todo, ha añadido, apretándomela.

domingo, 13 de mayo de 2012

Dzień w Warszawie (y 7)


Hace algunos años escribí una novela con el nombre de esta ciudad en el título sin haber pisado nunca antes Polonia. Ahora camino por Varsovia y me digo: menos mal que no se me ocurrió venir a conocerla. Hubiera redactado una guía de viajes en lugar de una novela. Ahora sé cómo mover a un personaje por el centro. Dónde sentarle a tomar un café o en qué dirección ha de esperar un tranvía. De eso tratan las guías de viaje. Las novelas no hablan de los nombres de los monumentos o las costumbres, sino de la experiencia del lugar.