lunes, 28 de mayo de 2012

Guadaíra


De niño quería ser como tú, río. Primero porque eras muy divertido. Tenías una playita pasado el puente donde el verano se remansaba. Segundo porque eras oscuro. El único dios que temían de verdad los mayores. Y tercero porque te estudiábamos en la escuela y tu cauce era como un viaje. Nacías en las montañas y morías en el mar. Anduve creyéndome que tu biografía era una aventura media vida, mientras mis aguas corrían a la par que tus arroyos. Ahora querría ser como tú, Guadaíra, que al mismo tiempo naces, mueres y estás en todas las ciudades y aldeas.

viernes, 25 de mayo de 2012

de


El novelista se encuentra con sus lectoras (y algún lector). La tarde es calurosa. Después de este ratito que pasan juntos, empieza el verano. En verano las ventanas se quedan abiertas durante la noche y a veces entra una brisa que refresca el sudor perlado en los cuerpos. Es cuando aprevechan para regresan los personajes de las novelas a la mente, y se les regaña por no haber sabido defender lo suyo. O se les espanta con un golpe de abanico, por molestos. En verano las novelas se deshacen como el helado en la mano del niño demasiado, demasiado lento.

jueves, 24 de mayo de 2012

Alcalá



Al astro orfebre de los crepúsculos de verano le he preguntado si no lo hace por acercarse a los jóvenes que en ropa deportiva acumulan cascos vacíos de cerveza en el pinar. Su luz de albero dora la indolencia de los bebedores, ¿lo que querrías no es sentarte en su corro —insisto— a hablar para no decir nada? Mi oficio, me explica, es solo alumbrarles. El novelista eres tú, a ti te toca deslumbrarles. ¿A mí, si ni siquiera me leen? Pues pasemos de largo los dos si la noche, que les es propicia, nos excluye, sentencia. Y se va.  

lunes, 21 de mayo de 2012

«Te veo triste», de Fernando Sanmartín.


«La muerte… no interesa… muchos se creen inmortales… alguien descubrirá pronto una vacuna contra la muerte… Pero… ¿cómo sería entonces el escaparate de la vida?». En estas frases, entresacadas de la página 88 del libro, el lector medita con las palabras del narrador sobre la historia que está leyendo: una hija que entra en el laberinto de su propia vida en el momento en el que muere el padre y le deja como herencia un amor secreto. Solo la muerte es capaz de mostrar el sentido auténtico de la vida, que siempre, con los tucos de la edad, consigue ocultarse.

Se ensimisma. La muerte del padre es la piedra que astilla la cúpula de cristal que recubre a la hija. Cuando ya nada puede rectificarse. Más atenta a la reinterpretación mediante el lenguaje de la vida cotidiana (la novela es una mínima enciclopedia de pensamientos poéticos) que a los aburridos protocolos de la acción, la prosa diáfana y precisa de Fernando Sanmartín compone en Te veo triste una estremecedora elegía. Acaso el lamento no solo de una hija, sino de toda una época que cree bastarse a sí misma, huye de sus raíces, trivializa los sentimientos e ignora sus laberintos.

sábado, 19 de mayo de 2012

Barcas


Nada más bajar del tren me encamino hacia la playa. Me urge preguntarle al mar por su naturaleza. Sus olas crespas, rugientes, frías me responden. Entiendo que se siente esa ebullición húmeda y también un símbolo. ¿De qué?, inquiero. ¿De qué lo es para ti?, me devuelve la réplica. Le digo entonces que su oleaje me parece las sábanas revueltas sobre una cama en un cuarto vacío. Los amantes no están, pero su resplandor impregna los objetos. Lo ves —musita—, un símbolo. Soy al mismo tiempo lo que estás viendo y la habitación sin nadie donde se entrelazan los amantes.

jueves, 17 de mayo de 2012

Ramas


¿No vas muy solo?, me preguntó con malicia la encina junto al sendero. Qué va —le respondí—, no ves que voy de la mano con mis sueños. Una brisa sacudió sus hojas y mientras me alejaba oí que decía algo. El castaño de indias, un poco más arriba, insistió: ¿En el bosque tan sin nadie? Viejo cascarrabias, te estás quedando ciego —le espeté, y seguí mi camino. En el pinar, el arisco artesonado de sus copas no se enteró de que recogía al paso piñones que ensuciaban mis dedos. Ni nos ven, le dije al silencio que me acompañaba.

martes, 15 de mayo de 2012

Alas


Ha llegado la tarde a sentarse a mi lado en el banco del parque con su rumor de tráfico en la avenida y voces de niños que se llaman unos a otros al columpiarse. Se ha presentado como quien acompaña a la gente mientras piensa en la cena o en un gesto que se ha desleído a fuerza de removerlo dentro con la cucharilla del recuerdo. Cuando he mirado a los ojos azules de la tarde para hablarle de mis cosas, me ha cogido de la mano. No me cuentes nada, me ha dicho. Lo sé todo, ha añadido, apretándomela.

domingo, 13 de mayo de 2012

Dzień w Warszawie (y 7)


Hace algunos años escribí una novela con el nombre de esta ciudad en el título sin haber pisado nunca antes Polonia. Ahora camino por Varsovia y me digo: menos mal que no se me ocurrió venir a conocerla. Hubiera redactado una guía de viajes en lugar de una novela. Ahora sé cómo mover a un personaje por el centro. Dónde sentarle a tomar un café o en qué dirección ha de esperar un tranvía. De eso tratan las guías de viaje. Las novelas no hablan de los nombres de los monumentos o las costumbres, sino de la experiencia del lugar.

viernes, 11 de mayo de 2012

Dzień w Warszawie (6)


—Mikołaj, permita que abra la ventana. Florecen las hayas y regresan los correlimos. 
—Al señor no le convienen aires. No se encuentra bien esta mañana. 
—Mikołaj, desmiéntale. Los cielos están claros como el agua que mana de un cántaro. 
—Al señor no le convienen aguas. Ha tenido fiebres durante la noche.
—Mikołaj, no queda una paletada de nieve ni siquiera en la memoria. Que abra y entre un poco de luz en la estancia. 
—Al señor no le conviene la luz. Sus ojos… ¿Llaman a la puerta? ¿A estas horas? 
—¿Un mensajero? Trae un bulto. ¿El tamaño de un libro?

jueves, 10 de mayo de 2012

Dzień w Warszawie (5)


Una ciudad de banderas, cartelería inflamada y léxico obligatorio ha sido desatornillada y sustituida por otra ciudad de neones, anuncios en fachadas enteras y la palabrería hueca de logotipos planetarios. Ni siquiera una lengua arisca y distante tiene nada que hacer frente al mensaje diáfano y comprensible de los centros comerciales. Resulta difícil, para quien anda desprevenido, descubrir entre dos civilizaciones una ciudad. Me siento en el café Flora, una pequeña construcción de madera rodeada de yedra a las orillas de un parque, y mientras me sirven un té en el jardín me preguntó dónde estará la ciudad que busco.

sábado, 5 de mayo de 2012

Dzień w Warszawie (4)



No tardo en extraviarme en el laberinto de pasajes subterráneos que reparten a los peatones por las avenidas del centro y es como si me hubiera perdido en mi memoria.  Entro en los pequeños comercios de la mano de mi madre a comprar una madeja de lana o unas bolitas de alcanfor. Algo me susurra en una asilvestrada floristería un ramo de lirios blancos. En un cubículo donde apenas puede mover los codos sin chocar, una joven despacha billetes de lotería. No sé dónde está mi salida, cuando la descubro retengo la palabra sin leerla, como si fuera un ideograma.

jueves, 3 de mayo de 2012

Dzień w Warszawie (3)

Para C.
Inclementes parpan los patos en el lago del Park Łazienkowski, sus graznidos ásperos, desangelados, se retuercen entre los brotes de los arbustos. De repente uno emprende el vuelo y el resto le sigue en fila. Ya solo puede verlos el castaño desde su altura. Las aguas que reflejan el cielo plomizo quedan en silencio. Varsovia conserva este mismo silencio en los solares vacíos, en las traseras de los edificios, en los pequeños jardines anónimos que flanquean las calles. El silencio que copio en tu cuaderno mientras una niña que cumple años lanza una piedra y el lago la felicita.

martes, 1 de mayo de 2012

Dzień w Warszawie (2)



La estampa que había contemplado Canaletto el joven en 1772 mientras preparaba los colores de su paleta ha mirado sus cuadros para reconstruirse en el siglo XX. La vieja ciudad, el Stare Miasto, tiene el encanto decorativo, ensimismado y olvidadizo de lo artificial. Los reconstructores de posguerra inventaron un nuevo género de la realidad muy aplaudido ahora, el parque temático. Pero el arte también es artificial, y tampoco es despreciable el olvido, por eso me gusta la calle Krakowskie Przedmieście, y más cuando atravieso un soportal y descubro, al otro lado del pastiche, chiringuitos y grafitis de la ciudad real.

jueves, 26 de abril de 2012

Dzień w Warszawie (1)



En hilera, como soldados durante un desfile, los árboles del parque Ogród Saski también tienen la mirada perdida en el cielo y el semblante resignado del invierno. Severos celadores de las ruinas, crecen para no ver los escombros que sus raíces sortean en la memoria. Su ceguera desprecia la pareja de jóvenes que se ha sentado en el banco a fundar sus recuerdos o la niña que corretea y baila al hula-hoop llamando al verano. Pero a finales de abril su adusta determinación se quiebra. Curiosos por cuanto ocurre, nacen unos brotes mínimos, limpios e intensos que quieren vivirlo todo.

viernes, 20 de abril de 2012

Y cupidesca veinticuatro

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«Pásalo». Un folio con cinco dobleces. Cada uno alisado con índice y pulgar bien apretados. En el pequeño rectángulo que queda, un nombre. Tu nombre. Lo escribo a lápiz. En el estuche tengo colores, rotuladores y la tentación de dibujar una hoja, una mariposa. Pero no quiero delatarme. «Pásalo», le digo al de delante. Lo mira de reojo. Lo pasa. La carta empieza a circular por la clase. El profesor lee el periódico, sentado en su mesa, sobre la tarima. «Pásalo». Llega por la espalda, se mira el nombre, luego a mí, luego a ella, y se pasa hacia delante.

martes, 17 de abril de 2012

Cupidesca veintitrés

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Cuando pienso en el amor me cuesta dar un paso más allá de donde lo dejó Garcilaso de la Vega. Quiero decir, si me pongo a pensar el amor, aparece Garcilaso en el horizonte y no veo necesidad de decir nada, me basta con recrear la hermosa paradoja que nos legó. Su obra es, en sí misma, una teoría sobre el amor. Posiblemente sea el más alto teórico del amor entre nosotros. Pero Garcilaso solo escribió para evocar circunstancias concretas, íntimas, mínimas, con el recuerdo de Isabel, a quien apenas conoció, unos pocos días a los que fue siempre fiel.

viernes, 13 de abril de 2012

Cupidesca veintidós

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Vimos a Parménides camino del río. «Ese hombre es un sabio» —le dije, por decir algo, mientras le contemplábamos pasar. «¡Bah!» —respondió despectivo. El hombre se arremangó la túnica sobre sus sandalias de cordaje oscuro al cruzar uno de los charcos, y cuando desapareció tras los arbustos dejamos de seguirle con la vista y nos miramos a los ojos. «Yo sé hacer cosas que él ni se imagina» —me espetó, chulesco. Ahora fui yo quien exclamó —«¡Bah!»—, solo por espolearle. Sonrió malicioso: «Ni lo sueña, fíjate lo que te digo». Qué aburridos estábamos realmente antes de que pasara Parménides.

lunes, 9 de abril de 2012

Cupidesca veintiuno

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—Lo nuestro esta noche, ¿es un diálogo?
—Qué remedio. Tú no haces más que hablar. Como si fuera de día.
—Por eso lo digo. Solo hablo yo.
—Ya sabes, se me da mal.
—¿Y qué se te da bien?
—Ya sabes.
—Sí, ya lo sé. Pero hoy tenía ganas de hablar.
—Y te he dejado. Todo lo que has querido. Hasta decir basta.
—¿Ya he dicho basta?
—Tú sabrás. Yo sigo aquí calladito.
—Como hablarle a una pared.
—No soy una pared.
—Como si lo fueras.
—Pero no lo soy.
—Pues podrías decir algo para demostrarlo.
—Algo.
—¿Un diálogo, esto?

jueves, 5 de abril de 2012

Le printemps

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«Solo sirvo para morir, y ya ves, ni siquiera para eso valgo» —me dijo. Al otro lado de la ventana sin cortinas, en el huerto, atraía mis ojos el peral, una explosión de florecillas blancas, ansiosas de sol, que pugnaban por invadir el cielo con sus destellos nacarados; más allá, un granado aleteaba desordenado con un verdor cándido e inocente. Las lilas, en un extremo, dilapidaban color geométrico sobre la vieja tapia. Hasta en la hendidura entre las losas crecían minúsculas flores amarillas. «Véalo» —se lo señalé. Movió sus ojos nebulosos hacia mí. «¿Dónde dices que he de mirar?» —preguntó.

domingo, 1 de abril de 2012

«Barrio». Ante un serigrafía sobre plancha de zinc (11 x 17) de Ignacio Fortún

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De hecho, no hay postales de zinc. Tampoco hay lienzos de zinc, ni serigrafías sobre zinc. De zinc sólo hay mostradores de tabernas antiguas. Y así era hasta que tú decidiste que hubiera postales de zinc. De zinc, de rojo y sombras. El zinc es el receptáculo de la luz; mejor, el alambique de la luz: la que le llega la devuelve más densa —¿más alcohólica?—. El rojo es un rectángulo que encuadra un objeto sin jerarquía, sin objeto casi de tan casual. Ventanas, balcones, algunas chimeneas, la azotea de... ¿dónde empieza el edificio, cuántos pisos, qué fachada, portal,

calle, jardincillo...? Un instante por el que la vista ha pasado sin registrar conocimiento, racionalidad, discurso. Un pequeño acaso, inexistente de puro nimio en la ciudad. Y de repente, ahí, congelado en el zinc el rojo en tiras formando un rectángulo, agujeros sin pintura, sombras de cinabrio. ¿Edificio? ¿Y por qué no un tranvía? ¿Un vagón de madera, arrastrado por una vieja y negra locomotora? Para el viaje de la vida nos subimos a pisos que son como fugaces departamentos de vagones inmóviles, nos sentamos en asientos de tranvía para ver detenida la ciudad al otro lado de un cristal.

miércoles, 28 de marzo de 2012

El tranvía extraviado


En 1908, el poeta ruso Nickolái Gumiliov con 22 años escribió: «¡venga la muerte, sea como sea!», aunque en otro poema reconocía: «No digas nada: es algo excepcional / el privilegio de elegir tu muerte». Diez años después lo imaginaba así: «Y no pienso morirme en una cama… / sino desamparado en una zanja / oculta en la espesura de la hiedra». En 1921 el presagio era ya estremecedor: «En camisa roja, con cara de ubre, / rebana también mi cabeza el verdugo». Ese mismo año, el 25 de agosto, fue fusilado por la Cheka de Petrogrado. Tenía 35 años.

domingo, 25 de marzo de 2012

Recepción

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«Ay, tengo la sinfónica aquí mismo, en el hall»— dijo, nervioso. Había oído de todo en mi vida, pero no pude por menos que mirar hacia el vestíbulo por encima de su cabeza. Vi un grupo de gente hablando. La mayoría llevaba abrigos largos. «En el hall —repitió con ansiedad—, qué hago por dios, dígame. Necesitan sus habitaciones». A diferencia del hombrecillo, me sentía cada vez más tranquilo. Volví a estirarme para contemplarlos. Más hombres que mujeres. Alguno, es verdad, sostenía la funda de un violín en la mano. El tipo estaba realmente alterado. «Parece un music-hall» —dije, conciliador.

martes, 20 de marzo de 2012

El sosiego

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Jesús: Tu defensa del sosiego me parece un artículo espléndido. Forma parte de las vertebras del humanismo que llevan ya un siglo amenazadas de desaparición y que de repente, en esta década, paracen querer liquidar con efecto de derribo. El sosiego es una de las columnas del patio del antropocentrismo humanista: cobra su valor porque es connatural al disfrute de la poesía, del arte y del conocimiento como expresiones más altas de lo humano. Ahora bien, en el economicismo que lo sustituye, como bien ves: ¿para qué sirve el sosiego? Solo para que alguien pierda dinero. Fuera con él, pues.

jueves, 15 de marzo de 2012

Cupidesca veinte

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Hija, nieta y biznieta de nómadas, sentía la íntima necesidad del cambio. En la oficina subía los archivadores con facturas al estante superior y bajaba los libros de actas al inferior. Elegía cada semana una foto diferente como fondo de pantalla y creaba personalidades en Twitter con las que firmar frases contradictorias sobre los mismos acontecimientos. Su mayor deseo era encontrar un hombre para poder cortar después, pero ninguno le gustaba lo suficiente como para que dejarlo tuviera sentido de transformación. Empezaba a agobiarse cuando la conoció: estar con ella era como haber abandonado a todos los novios de golpe.

sábado, 10 de marzo de 2012

Cupidesca diecinueve

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«Amores imposibles» se titula una de las series poéticas emblemáticas de la primera época de Jesús Aguado, escrita a finales de los 80. Los poemas narran breves historias de relaciones truncadas. Uno empieza así: «Su pasión era hacer el amor en lugares insólitos». Otro acaba de esta forma: «Luego metí el reloj en el bolsillo y salí de su casa». Entre inicio y final del amor nada hay que parezca imposible. Cada amante con su condición. Lo mismo que encandila y enamora, cuando actúa el tiempo, desordena y zanja. Imposible, imposible solo hay una cosa: la transformación, vuelo de mariposa.

lunes, 5 de marzo de 2012

Cupidesca dieciocho

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Entre silencio y silencio del martinete, mientras el cantaor respiraba con la mano en alto y el sudor goteándole sobre el pecho desde la barbilla temblorosa, mis ojos prendieron en los tuyos. Guiado por ellos, aun sin conocerlos, me había dado la vuelta en el patio de las estatuas, mármol blanco todos los rostros ensimismados, por descubrir dos teas que humeaban en la nieve. Rasgó la voz el verso que aguardaba en el silencio, ni amor que no tenga fin, y el quejido me arrebató la mirada. Cuando volví a buscarlos, solo encontré un vacío: ni amor que tenga inicio.

jueves, 1 de marzo de 2012

Cupidesca diecisiete

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—Y dice, y yo entonces, y me dice.
—Ya. ¿Y te lo dice?
—Sí. Y dice. Entonces yo le miro. Y tarda un rato.
—¿Entonces?
—Entonces dice, voy a decirte algo. Yo le miro, ¿sabes?
—¿Le miras?
—Claro. Y dice.
—Que va a decirte algo.
—Sí, eso mismo. ¿Cómo lo sabes?
—¿Y entonces?
—Y entonces es cuando le miro. Le miro y dice.
—¿Que va a decirte algo, o que quiere decirte algo?
—Ostras. No lo sé. Yo creo que dice que va a decirme algo.
—Sería más bonito decir que quiere decirte algo, ¿no?
—Sí, es verdad. Y dice.

lunes, 27 de febrero de 2012

El partido (Lírica vs épica)

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El 0-0 preocupa. El 0-1 ya angustia al equipo local y a su afición, que muerde bufandas, banderas y gorros. Un gol en contra es el resbalón que les precipita en el pozo del descenso. No hay dónde agarrarse en el despropósito de balones perdidos y pases inútiles. Quienes juegan con el 0-1 no solo pierden un incentivo, también intuyen la amenaza de un bajonazo en la ficha. Y de repente, el gol. El empate. Los jugadores del banquillo saltan a abrazarse con sus compañeros. Todos alborozados, menos uno, que pregunta: «¿Qué ha pasado? ¿Cómo vamos?». Y me miran mal.

miércoles, 22 de febrero de 2012

84

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Resulta fácil aficionarse al expendedor de sinalefas. Caben tan poquitas sílabas en el bolso de viaje de un jaiku que se echa mano de todos los compresores posibles. Por ejemplo, si se coloca dentro «un cepillo de dientes» apenas cabe «un calzoncillo», dos o tres también, pero cuatro ya no. Si echamos «dos camisetas», ya está lleno. Las sinalefas sirven para apretar las palabras dentro del verso. Gracias a la sinalefa, donde cabe un abrigo, entran también cuatro. Pequeños milagros de la dicción. Las aprecio tanto que sufro si leo uno de los brazos del jaiku donde hay seis sílabas.