Con pasos precisos sobre las losas cubiertas
de nieve de la poesía del escocés John Burnside (1955), las elegantes
traducciones de Jordi Doce descubren una obra deslumbrante que emerge desde los
rincones de la realidad que suelen pasar inadvertidos para el género: el
invierno sin épica en los pueblos de montaña, puertos pesqueros de aguas sucias
y malolientes o vecinos de barrios en las afueras. Una poética que «plasma una
escritura con la nada que aprendió de memoria». Y en este diálogo con la
otredad desacreditada no olvida las desapariciones, aquellas que laceran,
humillan, o las que inquietan y fascinan.
miércoles, 13 de junio de 2012
lunes, 11 de junio de 2012
Bayas
Entre las piedras, junto a las roderas del
camino, la brisa agita un brote de galio. A sus florecillas menudas, amarillas,
diminutas solo parece apreciarlas un escarabajo feo y rechoncho, oscuro. Planta
e insecto comparten, sin embargo, cierto secreto idilio. A su alrededor la
tarde se esmera por componer la grandiosa sinfonía del crepúsculo de verano.
Las copas de los nogales resplandecen, el trigo suelta su melena dorada que los
vencejos peinan. Entre las nubes, la lluvia ha dejado un arco iris como embeleso
de un dios arcaico. Pero nada tan intenso como la fruición que leo sobre el
pedregal.
sábado, 9 de junio de 2012
Mapas
De niños, las páginas de tipografía de ciertos
libros crecieron como hojas de un cuaderno. Desde la primera a veces vigila una
fecha que ocupa el doble de espacio en la cuadrícula. Su obviedad poco a poco
desaparece y con el tiempo se convierte en una estaca clavada en un camposanto.
«1932». Algo estremece siempre en las fechas. De niños, los libros tuvieron peor
caligrafía, cuando las frases se ensanchan desde dentro, con ganchos que las
sujetan a una barra, frases que se pelean consigo mismas hasta merecerse.
Arrugados cuadernos donde la tinta con cada trazo transcribe sentido y
melancolía.
jueves, 7 de junio de 2012
Lámparas
En junio te gusta madrugar, luz, para colarte
entre los listones de las persianas que no consiguen nunca cerrar del todo.
Buscas visitar los cuartos donde los amantes se entrelazan. Aunque te gustaría
trasnochar, luz, para disfrutar con sus rostros de encandilamiento, hay un
momento en el que se te caen los ojos y los cierras, y te pierdes, tumbada en
el sofá, el argumento de la película cuyo final conoces cuando te despiertas
para infiltrarte por las ranuras. Todas estas cosas las sé, las veo, pero tengo
una duda, luz, ¿contemplas las sábanas revueltas o también lo que sueñan?
martes, 5 de junio de 2012
«Ninguno es mi nombre», de Eduardo Gil Bera, en Pre-textos
Ya en La
sentencia de las armas (2007), un estudio sobre la Ilíada, Eduardo Gil Bera (1957) atribuía la Odisea a un seguidor de Homero de la generación siguiente. Ahora
concreta el nombre del discípulo y las circunstancias de su escritura y de su
edición junto a la obra del maestro. Gil Bera resuelve de este modo un
rompecabezas, mosaico descompuesto por el autor de la Odisea con la esperanza de que alguien, poco después, lo rehiciera.
Pero desde el 581 aC nadie ha sido capaz de encajarlo hasta el presente. Y el
lector lo vive con intensidad casi policíaca.
domingo, 3 de junio de 2012
Cartas
La tarde se remansa como el arroyo que llega al lago y su ímpetu se queda en nada, apenas alguna leve onda cuando un remo
empuja una barca. Sobre su cubierta, las aguas distinguen con el espejo nublado
de su visión dos sombras. Eres tú y soy yo. La arboleda teje una densa
cenefa alrededor que solo cruza el canto eufórico de los pájaros. La embarcación
avanza lentamente, con el leve chasquido de su proa al cortar el cristal del
agua. A veces se detiene. Sobre el verdor del lago se refleja entonces la única
sombra que funde un abrazo.
viernes, 1 de junio de 2012
Agua
En la acuarela de la tarde he buscado acomodo
sobre el prado verde. Para no verme tan solitario a una margarita la he llamado
Berceo y a una amapola Garcilaso. Los tres, he pensado, podríamos entretenernos
charlando. Cuando un moscardón se acera a las flores, le grito Lárgate inmediatamente, Quevedo. Con qué
pocos trazos, apenas una aguada en verde y un poco de amarillo encima para
hacer el azul del río, unas motas blancas, un polvo de gotitas rojas, se logra
tanto significado. El sentido más hondo del vivir. Lo espiritual y lo sensual
de la mano, este prado verde.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Landas
Cuando levanté la cabeza para seguir el vuelo
apresurado del vencejo, mis ojos tropezaron con el gesto resentido de la nube. ¿No me reconoces? —como si al
preguntarme adivinara la respuesta. No sé nada sobre vuestra manera de caminar.
Cuando miro al cielo ya veo llegar otras, y sin embargo no os he visto partir.
¿Cómo voy a reconoceros, nubes? ¿Por qué
me tratas en plural? —mi afabilidad solo conseguía aumentar su malhumor— ¿Acaso te llamo yo a ti ser humano en lugar
de pronunciar tu nombre? Qué metedura de pata, pensé. Nube, déjame ir
contigo. No debería —masculló. Anda.
lunes, 28 de mayo de 2012
Guadaíra
De niño quería ser como tú, río. Primero porque eras muy divertido. Tenías una playita pasado el puente donde el verano se remansaba. Segundo porque eras oscuro. El único dios que temían de verdad los mayores. Y tercero porque te estudiábamos en la escuela y tu cauce era como un viaje. Nacías en las montañas y morías en el mar. Anduve creyéndome que tu biografía era una aventura media vida, mientras mis aguas corrían a la par que tus arroyos. Ahora querría ser como tú, Guadaíra, que al mismo tiempo naces, mueres y estás en todas las ciudades y aldeas.
viernes, 25 de mayo de 2012
de
El novelista se encuentra con sus lectoras (y
algún lector). La tarde es calurosa. Después de este ratito que pasan juntos,
empieza el verano. En verano las ventanas se quedan abiertas durante la noche y
a veces entra una brisa que refresca el sudor perlado en los cuerpos. Es
cuando aprevechan para regresan los personajes de las novelas a la mente, y se les
regaña por no haber sabido defender lo suyo. O se les espanta con un golpe de
abanico, por molestos. En verano las novelas se deshacen como el helado en la
mano del niño demasiado, demasiado lento.
jueves, 24 de mayo de 2012
Alcalá
Al astro orfebre de los crepúsculos de verano le
he preguntado si no lo hace por acercarse a los jóvenes que en ropa deportiva acumulan
cascos vacíos de cerveza en el pinar. Su luz de albero dora la indolencia de
los bebedores, ¿lo que querrías no es sentarte en su corro —insisto— a hablar
para no decir nada? Mi oficio, me explica, es solo alumbrarles. El novelista
eres tú, a ti te toca deslumbrarles. ¿A mí, si ni siquiera me leen? Pues pasemos
de largo los dos si la noche, que les es propicia, nos excluye, sentencia. Y se
va.
lunes, 21 de mayo de 2012
«Te veo triste», de Fernando Sanmartín.
«La muerte… no interesa… muchos se creen
inmortales… alguien descubrirá pronto una vacuna contra la muerte… Pero… ¿cómo
sería entonces el escaparate de la vida?». En estas frases, entresacadas de la
página 88 del libro, el lector medita con las palabras del narrador sobre la
historia que está leyendo: una hija que entra en el laberinto de su propia vida
en el momento en el que muere el padre y le deja como herencia un amor secreto.
Solo la muerte es capaz de mostrar el sentido auténtico de la vida, que siempre,
con los tucos de la edad, consigue ocultarse.
Se ensimisma. La muerte del padre es la piedra
que astilla la cúpula de cristal que recubre a la hija. Cuando ya nada puede
rectificarse. Más atenta a la reinterpretación mediante el lenguaje de la vida
cotidiana (la novela es una mínima enciclopedia de pensamientos poéticos) que a
los aburridos protocolos de la acción, la prosa diáfana y precisa de Fernando
Sanmartín compone en Te veo triste
una estremecedora elegía. Acaso el lamento no solo de una hija, sino de toda una
época que cree bastarse a sí misma, huye de sus raíces, trivializa los
sentimientos e ignora sus laberintos.
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