Al astro orfebre de los crepúsculos de verano le
he preguntado si no lo hace por acercarse a los jóvenes que en ropa deportiva acumulan
cascos vacíos de cerveza en el pinar. Su luz de albero dora la indolencia de
los bebedores, ¿lo que querrías no es sentarte en su corro —insisto— a hablar
para no decir nada? Mi oficio, me explica, es solo alumbrarles. El novelista
eres tú, a ti te toca deslumbrarles. ¿A mí, si ni siquiera me leen? Pues pasemos
de largo los dos si la noche, que les es propicia, nos excluye, sentencia. Y se
va.
lunes, 21 de mayo de 2012
«Te veo triste», de Fernando Sanmartín.
«La muerte… no interesa… muchos se creen
inmortales… alguien descubrirá pronto una vacuna contra la muerte… Pero… ¿cómo
sería entonces el escaparate de la vida?». En estas frases, entresacadas de la
página 88 del libro, el lector medita con las palabras del narrador sobre la
historia que está leyendo: una hija que entra en el laberinto de su propia vida
en el momento en el que muere el padre y le deja como herencia un amor secreto.
Solo la muerte es capaz de mostrar el sentido auténtico de la vida, que siempre,
con los tucos de la edad, consigue ocultarse.
Se ensimisma. La muerte del padre es la piedra
que astilla la cúpula de cristal que recubre a la hija. Cuando ya nada puede
rectificarse. Más atenta a la reinterpretación mediante el lenguaje de la vida
cotidiana (la novela es una mínima enciclopedia de pensamientos poéticos) que a
los aburridos protocolos de la acción, la prosa diáfana y precisa de Fernando
Sanmartín compone en Te veo triste
una estremecedora elegía. Acaso el lamento no solo de una hija, sino de toda una
época que cree bastarse a sí misma, huye de sus raíces, trivializa los
sentimientos e ignora sus laberintos.
sábado, 19 de mayo de 2012
Barcas
Nada más bajar del tren me encamino hacia la
playa. Me urge preguntarle al mar por su naturaleza. Sus olas crespas,
rugientes, frías me responden. Entiendo que se siente esa ebullición húmeda y también
un símbolo. ¿De qué?, inquiero. ¿De qué lo es para ti?, me devuelve la
réplica. Le digo entonces que su oleaje me parece las sábanas revueltas sobre
una cama en un cuarto vacío. Los amantes no están, pero su resplandor impregna
los objetos. Lo ves —musita—, un símbolo. Soy al mismo tiempo lo que estás
viendo y la habitación sin nadie donde se entrelazan los amantes.
jueves, 17 de mayo de 2012
Ramas
¿No vas
muy solo?, me preguntó con malicia la encina junto al
sendero. Qué va —le respondí—, no ves que voy de la mano con mis sueños.
Una brisa sacudió sus hojas y mientras me alejaba oí que decía algo. El castaño
de indias, un poco más arriba, insistió: ¿En
el bosque tan sin nadie? Viejo cascarrabias, te estás quedando ciego
—le espeté, y seguí mi camino. En el pinar, el arisco artesonado de sus copas
no se enteró de que recogía al paso piñones que ensuciaban mis dedos. Ni nos ven, le dije al silencio que me
acompañaba.
martes, 15 de mayo de 2012
Alas
Ha llegado la tarde a sentarse a mi lado en el
banco del parque con su rumor de tráfico en la avenida y voces de niños que se
llaman unos a otros al columpiarse. Se ha presentado como quien acompaña a la
gente mientras piensa en la cena o en un gesto que se ha desleído a fuerza de removerlo
dentro con la cucharilla del recuerdo. Cuando he mirado a los ojos azules de la
tarde para hablarle de mis cosas, me ha cogido de la mano. No me cuentes nada, me ha dicho. Lo sé todo, ha añadido, apretándomela.
domingo, 13 de mayo de 2012
Dzień w Warszawie (y 7)
Hace algunos años escribí una novela con el
nombre de esta ciudad en el título sin haber pisado nunca antes Polonia. Ahora
camino por Varsovia y me digo: menos mal que no se me ocurrió venir a
conocerla. Hubiera redactado una guía de viajes en lugar de una novela. Ahora sé
cómo mover a un personaje por el centro. Dónde sentarle a tomar un café o en
qué dirección ha de esperar un tranvía. De eso tratan las guías de viaje. Las
novelas no hablan de los nombres de los monumentos o las costumbres, sino de la
experiencia del lugar.
viernes, 11 de mayo de 2012
Dzień w Warszawie (6)
—Mikołaj, permita que abra la ventana. Florecen las hayas y regresan los correlimos.
—Al señor no le convienen aires. No se encuentra bien esta mañana.
—Mikołaj, desmiéntale. Los cielos están claros como el agua que mana de un cántaro.
—Al señor no le convienen aguas. Ha tenido fiebres durante la noche.
—Mikołaj, no queda una paletada de nieve ni siquiera en la memoria. Que abra y entre un poco de luz en la estancia.
—Al señor no le conviene la luz. Sus ojos… ¿Llaman a la puerta? ¿A estas horas?
—¿Un mensajero? Trae un bulto. ¿El tamaño de un libro?
jueves, 10 de mayo de 2012
Dzień w Warszawie (5)
Una ciudad de banderas, cartelería inflamada y
léxico obligatorio ha sido desatornillada y sustituida por otra ciudad de
neones, anuncios en fachadas enteras y la palabrería hueca de logotipos
planetarios. Ni siquiera una lengua arisca y distante tiene nada que hacer
frente al mensaje diáfano y comprensible de los centros comerciales. Resulta
difícil, para quien anda desprevenido, descubrir entre dos civilizaciones una
ciudad. Me siento en el café Flora, una pequeña construcción de madera rodeada
de yedra a las orillas de un parque, y mientras me sirven un té en el jardín me
preguntó dónde estará la ciudad que busco.
sábado, 5 de mayo de 2012
Dzień w Warszawie (4)
No tardo en extraviarme
en el laberinto de pasajes subterráneos que reparten a los peatones por las
avenidas del centro y es como si me hubiera perdido en mi memoria. Entro en los pequeños comercios de la mano de
mi madre a comprar una madeja de lana o unas bolitas de alcanfor. Algo me
susurra en una asilvestrada floristería un ramo de lirios blancos. En un
cubículo donde apenas puede mover los codos sin chocar, una joven despacha
billetes de lotería. No sé dónde está mi salida, cuando la descubro retengo la
palabra sin leerla, como si fuera un ideograma.
jueves, 3 de mayo de 2012
Dzień w Warszawie (3)
Para C.
Inclementes parpan los patos en el lago del Park Łazienkowski, sus graznidos ásperos, desangelados, se
retuercen entre los brotes de los arbustos. De repente uno emprende el
vuelo y el resto le sigue en fila. Ya solo puede verlos el castaño desde su
altura. Las aguas que reflejan el cielo plomizo quedan en silencio. Varsovia
conserva este mismo silencio en los solares vacíos, en las traseras de los
edificios, en los pequeños jardines anónimos que flanquean las calles. El
silencio que copio en tu cuaderno mientras una niña que cumple años lanza
una piedra y el lago la felicita.
martes, 1 de mayo de 2012
Dzień w Warszawie (2)
La estampa que había contemplado
Canaletto el joven en 1772 mientras preparaba los colores de su paleta ha
mirado sus cuadros para reconstruirse en el siglo XX. La vieja ciudad, el Stare
Miasto, tiene el encanto decorativo, ensimismado y olvidadizo de lo artificial.
Los reconstructores de posguerra inventaron un nuevo género de la realidad muy
aplaudido ahora, el parque temático. Pero el arte también es artificial, y
tampoco es despreciable el olvido, por eso me gusta la calle Krakowskie
Przedmieście, y más cuando atravieso un soportal y descubro, al otro lado del
pastiche, chiringuitos y grafitis de la ciudad real.
jueves, 26 de abril de 2012
Dzień w Warszawie (1)
En hilera, como soldados durante un desfile, los árboles
del parque Ogród Saski también tienen
la mirada perdida en el cielo y el semblante resignado del invierno. Severos celadores
de las ruinas, crecen para no ver los escombros que sus raíces sortean en la
memoria. Su ceguera desprecia la pareja de jóvenes que se ha sentado en el
banco a fundar sus recuerdos o la niña que corretea y baila al hula-hoop llamando al verano. Pero a finales de abril su adusta
determinación se quiebra. Curiosos por cuanto ocurre, nacen unos brotes mínimos,
limpios e intensos que quieren vivirlo todo.
viernes, 20 de abril de 2012
Y cupidesca veinticuatro
.
«Pásalo». Un folio con cinco dobleces. Cada uno alisado con índice y pulgar bien apretados. En el pequeño rectángulo que queda, un nombre. Tu nombre. Lo escribo a lápiz. En el estuche tengo colores, rotuladores y la tentación de dibujar una hoja, una mariposa. Pero no quiero delatarme. «Pásalo», le digo al de delante. Lo mira de reojo. Lo pasa. La carta empieza a circular por la clase. El profesor lee el periódico, sentado en su mesa, sobre la tarima. «Pásalo». Llega por la espalda, se mira el nombre, luego a mí, luego a ella, y se pasa hacia delante.
martes, 17 de abril de 2012
Cupidesca veintitrés
.
Cuando pienso en el amor me cuesta dar un paso más allá de donde lo dejó Garcilaso de la Vega. Quiero decir, si me pongo a pensar el amor, aparece Garcilaso en el horizonte y no veo necesidad de decir nada, me basta con recrear la hermosa paradoja que nos legó. Su obra es, en sí misma, una teoría sobre el amor. Posiblemente sea el más alto teórico del amor entre nosotros. Pero Garcilaso solo escribió para evocar circunstancias concretas, íntimas, mínimas, con el recuerdo de Isabel, a quien apenas conoció, unos pocos días a los que fue siempre fiel.
viernes, 13 de abril de 2012
Cupidesca veintidós
.
Vimos a Parménides camino del río. «Ese hombre es un sabio» —le dije, por decir algo, mientras le contemplábamos pasar. «¡Bah!» —respondió despectivo. El hombre se arremangó la túnica sobre sus sandalias de cordaje oscuro al cruzar uno de los charcos, y cuando desapareció tras los arbustos dejamos de seguirle con la vista y nos miramos a los ojos. «Yo sé hacer cosas que él ni se imagina» —me espetó, chulesco. Ahora fui yo quien exclamó —«¡Bah!»—, solo por espolearle. Sonrió malicioso: «Ni lo sueña, fíjate lo que te digo». Qué aburridos estábamos realmente antes de que pasara Parménides.
lunes, 9 de abril de 2012
Cupidesca veintiuno
.
—Lo nuestro esta noche, ¿es un diálogo?
—Qué remedio. Tú no haces más que hablar. Como si fuera de día.
—Por eso lo digo. Solo hablo yo.
—Ya sabes, se me da mal.
—¿Y qué se te da bien?
—Ya sabes.
—Sí, ya lo sé. Pero hoy tenía ganas de hablar.
—Y te he dejado. Todo lo que has querido. Hasta decir basta.
—¿Ya he dicho basta?
—Tú sabrás. Yo sigo aquí calladito.
—Como hablarle a una pared.
—No soy una pared.
—Como si lo fueras.
—Pero no lo soy.
—Pues podrías decir algo para demostrarlo.
—Algo.
—¿Un diálogo, esto?
—Lo nuestro esta noche, ¿es un diálogo?
—Qué remedio. Tú no haces más que hablar. Como si fuera de día.
—Por eso lo digo. Solo hablo yo.
—Ya sabes, se me da mal.
—¿Y qué se te da bien?
—Ya sabes.
—Sí, ya lo sé. Pero hoy tenía ganas de hablar.
—Y te he dejado. Todo lo que has querido. Hasta decir basta.
—¿Ya he dicho basta?
—Tú sabrás. Yo sigo aquí calladito.
—Como hablarle a una pared.
—No soy una pared.
—Como si lo fueras.
—Pero no lo soy.
—Pues podrías decir algo para demostrarlo.
—Algo.
—¿Un diálogo, esto?
jueves, 5 de abril de 2012
Le printemps
.
«Solo sirvo para morir, y ya ves, ni siquiera para eso valgo» —me dijo. Al otro lado de la ventana sin cortinas, en el huerto, atraía mis ojos el peral, una explosión de florecillas blancas, ansiosas de sol, que pugnaban por invadir el cielo con sus destellos nacarados; más allá, un granado aleteaba desordenado con un verdor cándido e inocente. Las lilas, en un extremo, dilapidaban color geométrico sobre la vieja tapia. Hasta en la hendidura entre las losas crecían minúsculas flores amarillas. «Véalo» —se lo señalé. Movió sus ojos nebulosos hacia mí. «¿Dónde dices que he de mirar?» —preguntó.
domingo, 1 de abril de 2012
«Barrio». Ante un serigrafía sobre plancha de zinc (11 x 17) de Ignacio Fortún
.
De hecho, no hay postales de zinc. Tampoco hay lienzos de zinc, ni serigrafías sobre zinc. De zinc sólo hay mostradores de tabernas antiguas. Y así era hasta que tú decidiste que hubiera postales de zinc. De zinc, de rojo y sombras. El zinc es el receptáculo de la luz; mejor, el alambique de la luz: la que le llega la devuelve más densa —¿más alcohólica?—. El rojo es un rectángulo que encuadra un objeto sin jerarquía, sin objeto casi de tan casual. Ventanas, balcones, algunas chimeneas, la azotea de... ¿dónde empieza el edificio, cuántos pisos, qué fachada, portal,
calle, jardincillo...? Un instante por el que la vista ha pasado sin registrar conocimiento, racionalidad, discurso. Un pequeño acaso, inexistente de puro nimio en la ciudad. Y de repente, ahí, congelado en el zinc el rojo en tiras formando un rectángulo, agujeros sin pintura, sombras de cinabrio. ¿Edificio? ¿Y por qué no un tranvía? ¿Un vagón de madera, arrastrado por una vieja y negra locomotora? Para el viaje de la vida nos subimos a pisos que son como fugaces departamentos de vagones inmóviles, nos sentamos en asientos de tranvía para ver detenida la ciudad al otro lado de un cristal.
De hecho, no hay postales de zinc. Tampoco hay lienzos de zinc, ni serigrafías sobre zinc. De zinc sólo hay mostradores de tabernas antiguas. Y así era hasta que tú decidiste que hubiera postales de zinc. De zinc, de rojo y sombras. El zinc es el receptáculo de la luz; mejor, el alambique de la luz: la que le llega la devuelve más densa —¿más alcohólica?—. El rojo es un rectángulo que encuadra un objeto sin jerarquía, sin objeto casi de tan casual. Ventanas, balcones, algunas chimeneas, la azotea de... ¿dónde empieza el edificio, cuántos pisos, qué fachada, portal,
calle, jardincillo...? Un instante por el que la vista ha pasado sin registrar conocimiento, racionalidad, discurso. Un pequeño acaso, inexistente de puro nimio en la ciudad. Y de repente, ahí, congelado en el zinc el rojo en tiras formando un rectángulo, agujeros sin pintura, sombras de cinabrio. ¿Edificio? ¿Y por qué no un tranvía? ¿Un vagón de madera, arrastrado por una vieja y negra locomotora? Para el viaje de la vida nos subimos a pisos que son como fugaces departamentos de vagones inmóviles, nos sentamos en asientos de tranvía para ver detenida la ciudad al otro lado de un cristal.
miércoles, 28 de marzo de 2012
El tranvía extraviado
En 1908, el poeta ruso Nickolái Gumiliov con 22 años escribió: «¡venga la muerte, sea como sea!», aunque en otro poema reconocía: «No digas nada: es algo excepcional / el privilegio de elegir tu muerte». Diez años después lo imaginaba así: «Y no pienso morirme en una cama… / sino desamparado en una zanja / oculta en la espesura de la hiedra». En 1921 el presagio era ya estremecedor: «En camisa roja, con cara de ubre, / rebana también mi cabeza el verdugo». Ese mismo año, el 25 de agosto, fue fusilado por la Cheka de Petrogrado. Tenía 35 años.
domingo, 25 de marzo de 2012
Recepción
.
«Ay, tengo la sinfónica aquí mismo, en el hall»— dijo, nervioso. Había oído de todo en mi vida, pero no pude por menos que mirar hacia el vestíbulo por encima de su cabeza. Vi un grupo de gente hablando. La mayoría llevaba abrigos largos. «En el hall —repitió con ansiedad—, qué hago por dios, dígame. Necesitan sus habitaciones». A diferencia del hombrecillo, me sentía cada vez más tranquilo. Volví a estirarme para contemplarlos. Más hombres que mujeres. Alguno, es verdad, sostenía la funda de un violín en la mano. El tipo estaba realmente alterado. «Parece un music-hall» —dije, conciliador.
martes, 20 de marzo de 2012
El sosiego
.
Jesús: Tu defensa del sosiego me parece un artículo espléndido. Forma parte de las vertebras del humanismo que llevan ya un siglo amenazadas de desaparición y que de repente, en esta década, paracen querer liquidar con efecto de derribo. El sosiego es una de las columnas del patio del antropocentrismo humanista: cobra su valor porque es connatural al disfrute de la poesía, del arte y del conocimiento como expresiones más altas de lo humano. Ahora bien, en el economicismo que lo sustituye, como bien ves: ¿para qué sirve el sosiego? Solo para que alguien pierda dinero. Fuera con él, pues.
Jesús: Tu defensa del sosiego me parece un artículo espléndido. Forma parte de las vertebras del humanismo que llevan ya un siglo amenazadas de desaparición y que de repente, en esta década, paracen querer liquidar con efecto de derribo. El sosiego es una de las columnas del patio del antropocentrismo humanista: cobra su valor porque es connatural al disfrute de la poesía, del arte y del conocimiento como expresiones más altas de lo humano. Ahora bien, en el economicismo que lo sustituye, como bien ves: ¿para qué sirve el sosiego? Solo para que alguien pierda dinero. Fuera con él, pues.
jueves, 15 de marzo de 2012
Cupidesca veinte
.
Hija, nieta y biznieta de nómadas, sentía la íntima necesidad del cambio. En la oficina subía los archivadores con facturas al estante superior y bajaba los libros de actas al inferior. Elegía cada semana una foto diferente como fondo de pantalla y creaba personalidades en Twitter con las que firmar frases contradictorias sobre los mismos acontecimientos. Su mayor deseo era encontrar un hombre para poder cortar después, pero ninguno le gustaba lo suficiente como para que dejarlo tuviera sentido de transformación. Empezaba a agobiarse cuando la conoció: estar con ella era como haber abandonado a todos los novios de golpe.
Hija, nieta y biznieta de nómadas, sentía la íntima necesidad del cambio. En la oficina subía los archivadores con facturas al estante superior y bajaba los libros de actas al inferior. Elegía cada semana una foto diferente como fondo de pantalla y creaba personalidades en Twitter con las que firmar frases contradictorias sobre los mismos acontecimientos. Su mayor deseo era encontrar un hombre para poder cortar después, pero ninguno le gustaba lo suficiente como para que dejarlo tuviera sentido de transformación. Empezaba a agobiarse cuando la conoció: estar con ella era como haber abandonado a todos los novios de golpe.
sábado, 10 de marzo de 2012
Cupidesca diecinueve
.
«Amores imposibles» se titula una de las series poéticas emblemáticas de la primera época de Jesús Aguado, escrita a finales de los 80. Los poemas narran breves historias de relaciones truncadas. Uno empieza así: «Su pasión era hacer el amor en lugares insólitos». Otro acaba de esta forma: «Luego metí el reloj en el bolsillo y salí de su casa». Entre inicio y final del amor nada hay que parezca imposible. Cada amante con su condición. Lo mismo que encandila y enamora, cuando actúa el tiempo, desordena y zanja. Imposible, imposible solo hay una cosa: la transformación, vuelo de mariposa.
lunes, 5 de marzo de 2012
Cupidesca dieciocho
.
Entre silencio y silencio del martinete, mientras el cantaor respiraba con la mano en alto y el sudor goteándole sobre el pecho desde la barbilla temblorosa, mis ojos prendieron en los tuyos. Guiado por ellos, aun sin conocerlos, me había dado la vuelta en el patio de las estatuas, mármol blanco todos los rostros ensimismados, por descubrir dos teas que humeaban en la nieve. Rasgó la voz el verso que aguardaba en el silencio, ni amor que no tenga fin, y el quejido me arrebató la mirada. Cuando volví a buscarlos, solo encontré un vacío: ni amor que tenga inicio.
jueves, 1 de marzo de 2012
Cupidesca diecisiete
.
—Y dice, y yo entonces, y me dice.
—Ya. ¿Y te lo dice?
—Sí. Y dice. Entonces yo le miro. Y tarda un rato.
—¿Entonces?
—Entonces dice, voy a decirte algo. Yo le miro, ¿sabes?
—¿Le miras?
—Claro. Y dice.
—Que va a decirte algo.
—Sí, eso mismo. ¿Cómo lo sabes?
—¿Y entonces?
—Y entonces es cuando le miro. Le miro y dice.
—¿Que va a decirte algo, o que quiere decirte algo?
—Ostras. No lo sé. Yo creo que dice que va a decirme algo.
—Sería más bonito decir que quiere decirte algo, ¿no?
—Sí, es verdad. Y dice.
—Y dice, y yo entonces, y me dice.
—Ya. ¿Y te lo dice?
—Sí. Y dice. Entonces yo le miro. Y tarda un rato.
—¿Entonces?
—Entonces dice, voy a decirte algo. Yo le miro, ¿sabes?
—¿Le miras?
—Claro. Y dice.
—Que va a decirte algo.
—Sí, eso mismo. ¿Cómo lo sabes?
—¿Y entonces?
—Y entonces es cuando le miro. Le miro y dice.
—¿Que va a decirte algo, o que quiere decirte algo?
—Ostras. No lo sé. Yo creo que dice que va a decirme algo.
—Sería más bonito decir que quiere decirte algo, ¿no?
—Sí, es verdad. Y dice.
lunes, 27 de febrero de 2012
El partido (Lírica vs épica)
.
El 0-0 preocupa. El 0-1 ya angustia al equipo local y a su afición, que muerde bufandas, banderas y gorros. Un gol en contra es el resbalón que les precipita en el pozo del descenso. No hay dónde agarrarse en el despropósito de balones perdidos y pases inútiles. Quienes juegan con el 0-1 no solo pierden un incentivo, también intuyen la amenaza de un bajonazo en la ficha. Y de repente, el gol. El empate. Los jugadores del banquillo saltan a abrazarse con sus compañeros. Todos alborozados, menos uno, que pregunta: «¿Qué ha pasado? ¿Cómo vamos?». Y me miran mal.
miércoles, 22 de febrero de 2012
84
.
Resulta fácil aficionarse al expendedor de sinalefas. Caben tan poquitas sílabas en el bolso de viaje de un jaiku que se echa mano de todos los compresores posibles. Por ejemplo, si se coloca dentro «un cepillo de dientes» apenas cabe «un calzoncillo», dos o tres también, pero cuatro ya no. Si echamos «dos camisetas», ya está lleno. Las sinalefas sirven para apretar las palabras dentro del verso. Gracias a la sinalefa, donde cabe un abrigo, entran también cuatro. Pequeños milagros de la dicción. Las aprecio tanto que sufro si leo uno de los brazos del jaiku donde hay seis sílabas.
sábado, 18 de febrero de 2012
Pentagrama dickensiano
(1)
Dickens ha estado de moda estos días. Cosas del centenario. Y al pensar en Dickens se cae en la tentación de comparar sus tiempos con estos e imaginarlo como un escritor en la red. Hay paralelismos curiosos, y otros opuestos. También entonces, como ahora, el beneficio que generaban los escritores se lo embolsaban otros. La diferencia, sin embargo, es que el genio sociológico de Dickens consiguió adaptar un sistema, el folletín, para asegurarse sus derechos económicos de autor, mientras que todos nuestros esfuerzos creativos únicamente aumentan la cuenta de resultados de telefónicas y operadores. Caminamos, está claro, en sentidos opuestos.
(2)
Con ser relevante, el económico es un paralelismo trivial. De Dickens se podría decir que su escritura folletinesca desmontaba algo e ideaba algo diferente. Ponía fin a la obra. La obra es la construcción que se anhela, se presenta y se recibe como definitiva, en cualquier género. La aspiración, desde la épica hasta los grandes libros religiosos, era la escritura de la obra. Y consolidó, Dickens, el sustituto de la obra: el libro. La intuición del libro es más antigua que Dickens, y resulta inherente a ciertas ideologías, como el erasmismo, recuérdese sólo Elogio de la locura o El lazarillo.
(3)
El libro, así concebido, es la construcción contingente de un texto para su época. Si la obra se estudia y memoriza, el libro sencillamente se lee. Dickens desmoronó la concepción de obra mediante el recurso del folletín, pero no se quedó ahí, el anhelo de lectura que creó fue esencial para consolidar la nueva idea de libro como artefacto que se lee, igual que el folletín, en el momento en el que se produce y abre paso solo al deseo de un nuevo libro. A diferencia de la obra, cuyo valor tendía a la duración, antes —como elaboración— y después.
(4)
¿Y nosotros? El término «obra» se relega a los deprimidos impresores de enciclopedias y a los viejos profesores de clásicas, que aún saben ubicar una palabra griega en un canto de la Ilíada. Nuestro mundo es el de los libros, y la escritura en la red, si de verdad lo es, ha de desmembrar su valor, como Dickens hizo con la obra. De hecho, con limitarse a tirar del hilo de la modernidad ya le sirve: el fragmento, el discurso sincopado, multigenérico e interrumpido era un canon ya antes de la red. La red le añade una condición: la inmediatez.
(5)
Mejor que compararnos con Dickens, aprender de él. Dickens consolidó la dinámica del libro. ¿Y la red? Las innovaciones de la red —su libertinaje, su inmediatez— parecen ahogarla. Sus apologistas sueñan con publicar sus escritos en libro, ¿no resulta una patética contradicción? Desmoronado el libro, la red se queda con la espuma de las olas que burbujean en la arena. El presente. Lo que motivaba sabe a poco, desgana. La red, como Dickens, ha de generar una dinámica cuyo motor restituya (también tecnológicamente) la memoria. Y lo haga desde la utopía: una memoria no centralizada, ni jerárquica, ni apriorística.
Dickens ha estado de moda estos días. Cosas del centenario. Y al pensar en Dickens se cae en la tentación de comparar sus tiempos con estos e imaginarlo como un escritor en la red. Hay paralelismos curiosos, y otros opuestos. También entonces, como ahora, el beneficio que generaban los escritores se lo embolsaban otros. La diferencia, sin embargo, es que el genio sociológico de Dickens consiguió adaptar un sistema, el folletín, para asegurarse sus derechos económicos de autor, mientras que todos nuestros esfuerzos creativos únicamente aumentan la cuenta de resultados de telefónicas y operadores. Caminamos, está claro, en sentidos opuestos.
(2)
Con ser relevante, el económico es un paralelismo trivial. De Dickens se podría decir que su escritura folletinesca desmontaba algo e ideaba algo diferente. Ponía fin a la obra. La obra es la construcción que se anhela, se presenta y se recibe como definitiva, en cualquier género. La aspiración, desde la épica hasta los grandes libros religiosos, era la escritura de la obra. Y consolidó, Dickens, el sustituto de la obra: el libro. La intuición del libro es más antigua que Dickens, y resulta inherente a ciertas ideologías, como el erasmismo, recuérdese sólo Elogio de la locura o El lazarillo.
(3)
El libro, así concebido, es la construcción contingente de un texto para su época. Si la obra se estudia y memoriza, el libro sencillamente se lee. Dickens desmoronó la concepción de obra mediante el recurso del folletín, pero no se quedó ahí, el anhelo de lectura que creó fue esencial para consolidar la nueva idea de libro como artefacto que se lee, igual que el folletín, en el momento en el que se produce y abre paso solo al deseo de un nuevo libro. A diferencia de la obra, cuyo valor tendía a la duración, antes —como elaboración— y después.
(4)
¿Y nosotros? El término «obra» se relega a los deprimidos impresores de enciclopedias y a los viejos profesores de clásicas, que aún saben ubicar una palabra griega en un canto de la Ilíada. Nuestro mundo es el de los libros, y la escritura en la red, si de verdad lo es, ha de desmembrar su valor, como Dickens hizo con la obra. De hecho, con limitarse a tirar del hilo de la modernidad ya le sirve: el fragmento, el discurso sincopado, multigenérico e interrumpido era un canon ya antes de la red. La red le añade una condición: la inmediatez.
(5)
Mejor que compararnos con Dickens, aprender de él. Dickens consolidó la dinámica del libro. ¿Y la red? Las innovaciones de la red —su libertinaje, su inmediatez— parecen ahogarla. Sus apologistas sueñan con publicar sus escritos en libro, ¿no resulta una patética contradicción? Desmoronado el libro, la red se queda con la espuma de las olas que burbujean en la arena. El presente. Lo que motivaba sabe a poco, desgana. La red, como Dickens, ha de generar una dinámica cuyo motor restituya (también tecnológicamente) la memoria. Y lo haga desde la utopía: una memoria no centralizada, ni jerárquica, ni apriorística.
martes, 14 de febrero de 2012
Cupidesca dieciséis
.
Pero dijo: «Vos pasás tanto tiempo sola». Ya había tenido otros pretendientes. Todos me decían: «Ven y la pasaremos bien». Para qué quiero yo un pretendiente si tengo mi trabajito en el kiosco, donde nadie me manda ni mando a nadie, mi cuarto con las cositas que me gustan, los programas nocturnos de la televisión. Para qué problemas, sueños de una noche. Vivo a gusto y me divertía con los pretendientes, tan igualitos todos, parapetada tras las neveras de los helados y los expositores de chuches, inalcanzable. Pero llegó, tan desgarbado, me lo dijo y sí, me vi tan sola.
Pero dijo: «Vos pasás tanto tiempo sola». Ya había tenido otros pretendientes. Todos me decían: «Ven y la pasaremos bien». Para qué quiero yo un pretendiente si tengo mi trabajito en el kiosco, donde nadie me manda ni mando a nadie, mi cuarto con las cositas que me gustan, los programas nocturnos de la televisión. Para qué problemas, sueños de una noche. Vivo a gusto y me divertía con los pretendientes, tan igualitos todos, parapetada tras las neveras de los helados y los expositores de chuches, inalcanzable. Pero llegó, tan desgarbado, me lo dijo y sí, me vi tan sola.
sábado, 11 de febrero de 2012
Cupidesca quince
.
Se ama con la memoria. Fiar al cuerpo el amor es como dejar a su propia responsabilidad la educación de un niño. Cederlo al alma lo arranca de la realidad. Claro que se puede vivir la vida en otra vida, a veces con mayor intensidad, pero no es el propósito del amor. Ideal y cuerpo se alían bien, sin embargo, para darle profundidad a la memoria de quien ama. Para cavar en ella los cimientos de una vida. También el desamor se origina y crece desde la memoria, por eso resulta tan doloroso, porque transforma el sentido de lo vivido.
lunes, 6 de febrero de 2012
Cupidesca catorce
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Vestidos de negro, los cuerpos que acuden al concierto abren agujeros en la luz. Rizados, largos, umbríos, los cabellos trazan repetidos eclipses de sol. Chapas, botones y broches lanzan destellos en la tiniebla. La música ruge. Las letras arañan al atravesar el cerebro. La emoción de haber ido tropieza en la sala, a empujones cae por los suelos y las botas la pisotean inclementes. La música brama. La melodía transita hacia el chillido. Las palabras zumban de uno a otro como baquetas desbocadas. En este simulacro del infierno si tú me miras con dulzura no se lo diré a nadie.
jueves, 2 de febrero de 2012
Cupidesca trece
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—¿No me dices nada, Nemoroso?
—Las ovejas. Están raras.
—¿Raras, qué les ocurre?
—No balan.
—¿Están tristes, Nemoroso?
—Qué sé yo. Será cosa del tiempo.
—¿El tiempo, qué le pasa al tiempo?
—Está raro.
—¿Está como tus ovejas, Nemoroso?
—Estos calores. No pueden ser buenos.
—Pues diría que hace una temperatura estupenda.
—Quiá. Raro, el tiempo.
—Pero, Nemoroso, si hace unos días preciosos.
—Estos calores. No traen nada bueno.
—¿Y tú, qué me dices de ti?
—Raro.
—¿Cómo de raro, Nemoroso?
—Como las ovejas.
—¿Y Elisa, cómo anda?
—Rara.
—¿Rara?
—Sí, barrunto que lo que quiere es pedirme el divorcio.
—¿No me dices nada, Nemoroso?
—Las ovejas. Están raras.
—¿Raras, qué les ocurre?
—No balan.
—¿Están tristes, Nemoroso?
—Qué sé yo. Será cosa del tiempo.
—¿El tiempo, qué le pasa al tiempo?
—Está raro.
—¿Está como tus ovejas, Nemoroso?
—Estos calores. No pueden ser buenos.
—Pues diría que hace una temperatura estupenda.
—Quiá. Raro, el tiempo.
—Pero, Nemoroso, si hace unos días preciosos.
—Estos calores. No traen nada bueno.
—¿Y tú, qué me dices de ti?
—Raro.
—¿Cómo de raro, Nemoroso?
—Como las ovejas.
—¿Y Elisa, cómo anda?
—Rara.
—¿Rara?
—Sí, barrunto que lo que quiere es pedirme el divorcio.
domingo, 29 de enero de 2012
Willa Cather
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Echado en el sofá de casa viajo en el pescante de un carruaje, con una piel de coyote sobre las piernas y una bufanda de lana en la boca. Las praderas de Nebraska, de una aridez cobriza, inmisericorde, se extienden a ambos costados como ilustraciones de un dibujante hastiado de su oficio. El camino se lo inventan los brutos al avanzar a fuerza de azotes en la grupa con el tiro. En el lateral va siempre una vara de avellano para defenderse de las serpientes de cascabel. Me ha parecido oír un crujido bajo los cojines. Mi pantorrilla, maldita sea.
Echado en el sofá de casa viajo en el pescante de un carruaje, con una piel de coyote sobre las piernas y una bufanda de lana en la boca. Las praderas de Nebraska, de una aridez cobriza, inmisericorde, se extienden a ambos costados como ilustraciones de un dibujante hastiado de su oficio. El camino se lo inventan los brutos al avanzar a fuerza de azotes en la grupa con el tiro. En el lateral va siempre una vara de avellano para defenderse de las serpientes de cascabel. Me ha parecido oír un crujido bajo los cojines. Mi pantorrilla, maldita sea.
viernes, 27 de enero de 2012
El descansito de media mañana
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Está a una calle y media. Tres minutos a paso de ida, cuatro de regreso. Un minuto pedir el café y elegir un bollito. Los hay de todo tipo: sin azúcar, sin mantequilla, integrales. Mejor minuto y medio. Dos para que se lo sirvan a uno. En treinta segundo se abre el sobrecito de azúcar y se vacía completo en la taza. Primer sorbo. Pedacito de bollito sin azúcar. Minuto y medio. Segundo sorbo. Bocado. Ultimar, minuto y medio. Pedir la cuenta. Monedero. Ver que no alcanza. Billetera. Treinta segundos. Cambio. Treinta segundos. Mirar el reloj: aún quedan cuatro minutos.
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