miércoles, 28 de marzo de 2012

El tranvía extraviado


En 1908, el poeta ruso Nickolái Gumiliov con 22 años escribió: «¡venga la muerte, sea como sea!», aunque en otro poema reconocía: «No digas nada: es algo excepcional / el privilegio de elegir tu muerte». Diez años después lo imaginaba así: «Y no pienso morirme en una cama… / sino desamparado en una zanja / oculta en la espesura de la hiedra». En 1921 el presagio era ya estremecedor: «En camisa roja, con cara de ubre, / rebana también mi cabeza el verdugo». Ese mismo año, el 25 de agosto, fue fusilado por la Cheka de Petrogrado. Tenía 35 años.

domingo, 25 de marzo de 2012

Recepción

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«Ay, tengo la sinfónica aquí mismo, en el hall»— dijo, nervioso. Había oído de todo en mi vida, pero no pude por menos que mirar hacia el vestíbulo por encima de su cabeza. Vi un grupo de gente hablando. La mayoría llevaba abrigos largos. «En el hall —repitió con ansiedad—, qué hago por dios, dígame. Necesitan sus habitaciones». A diferencia del hombrecillo, me sentía cada vez más tranquilo. Volví a estirarme para contemplarlos. Más hombres que mujeres. Alguno, es verdad, sostenía la funda de un violín en la mano. El tipo estaba realmente alterado. «Parece un music-hall» —dije, conciliador.

martes, 20 de marzo de 2012

El sosiego

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Jesús: Tu defensa del sosiego me parece un artículo espléndido. Forma parte de las vertebras del humanismo que llevan ya un siglo amenazadas de desaparición y que de repente, en esta década, paracen querer liquidar con efecto de derribo. El sosiego es una de las columnas del patio del antropocentrismo humanista: cobra su valor porque es connatural al disfrute de la poesía, del arte y del conocimiento como expresiones más altas de lo humano. Ahora bien, en el economicismo que lo sustituye, como bien ves: ¿para qué sirve el sosiego? Solo para que alguien pierda dinero. Fuera con él, pues.

jueves, 15 de marzo de 2012

Cupidesca veinte

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Hija, nieta y biznieta de nómadas, sentía la íntima necesidad del cambio. En la oficina subía los archivadores con facturas al estante superior y bajaba los libros de actas al inferior. Elegía cada semana una foto diferente como fondo de pantalla y creaba personalidades en Twitter con las que firmar frases contradictorias sobre los mismos acontecimientos. Su mayor deseo era encontrar un hombre para poder cortar después, pero ninguno le gustaba lo suficiente como para que dejarlo tuviera sentido de transformación. Empezaba a agobiarse cuando la conoció: estar con ella era como haber abandonado a todos los novios de golpe.

sábado, 10 de marzo de 2012

Cupidesca diecinueve

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«Amores imposibles» se titula una de las series poéticas emblemáticas de la primera época de Jesús Aguado, escrita a finales de los 80. Los poemas narran breves historias de relaciones truncadas. Uno empieza así: «Su pasión era hacer el amor en lugares insólitos». Otro acaba de esta forma: «Luego metí el reloj en el bolsillo y salí de su casa». Entre inicio y final del amor nada hay que parezca imposible. Cada amante con su condición. Lo mismo que encandila y enamora, cuando actúa el tiempo, desordena y zanja. Imposible, imposible solo hay una cosa: la transformación, vuelo de mariposa.

lunes, 5 de marzo de 2012

Cupidesca dieciocho

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Entre silencio y silencio del martinete, mientras el cantaor respiraba con la mano en alto y el sudor goteándole sobre el pecho desde la barbilla temblorosa, mis ojos prendieron en los tuyos. Guiado por ellos, aun sin conocerlos, me había dado la vuelta en el patio de las estatuas, mármol blanco todos los rostros ensimismados, por descubrir dos teas que humeaban en la nieve. Rasgó la voz el verso que aguardaba en el silencio, ni amor que no tenga fin, y el quejido me arrebató la mirada. Cuando volví a buscarlos, solo encontré un vacío: ni amor que tenga inicio.

jueves, 1 de marzo de 2012

Cupidesca diecisiete

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—Y dice, y yo entonces, y me dice.
—Ya. ¿Y te lo dice?
—Sí. Y dice. Entonces yo le miro. Y tarda un rato.
—¿Entonces?
—Entonces dice, voy a decirte algo. Yo le miro, ¿sabes?
—¿Le miras?
—Claro. Y dice.
—Que va a decirte algo.
—Sí, eso mismo. ¿Cómo lo sabes?
—¿Y entonces?
—Y entonces es cuando le miro. Le miro y dice.
—¿Que va a decirte algo, o que quiere decirte algo?
—Ostras. No lo sé. Yo creo que dice que va a decirme algo.
—Sería más bonito decir que quiere decirte algo, ¿no?
—Sí, es verdad. Y dice.

lunes, 27 de febrero de 2012

El partido (Lírica vs épica)

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El 0-0 preocupa. El 0-1 ya angustia al equipo local y a su afición, que muerde bufandas, banderas y gorros. Un gol en contra es el resbalón que les precipita en el pozo del descenso. No hay dónde agarrarse en el despropósito de balones perdidos y pases inútiles. Quienes juegan con el 0-1 no solo pierden un incentivo, también intuyen la amenaza de un bajonazo en la ficha. Y de repente, el gol. El empate. Los jugadores del banquillo saltan a abrazarse con sus compañeros. Todos alborozados, menos uno, que pregunta: «¿Qué ha pasado? ¿Cómo vamos?». Y me miran mal.

miércoles, 22 de febrero de 2012

84

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Resulta fácil aficionarse al expendedor de sinalefas. Caben tan poquitas sílabas en el bolso de viaje de un jaiku que se echa mano de todos los compresores posibles. Por ejemplo, si se coloca dentro «un cepillo de dientes» apenas cabe «un calzoncillo», dos o tres también, pero cuatro ya no. Si echamos «dos camisetas», ya está lleno. Las sinalefas sirven para apretar las palabras dentro del verso. Gracias a la sinalefa, donde cabe un abrigo, entran también cuatro. Pequeños milagros de la dicción. Las aprecio tanto que sufro si leo uno de los brazos del jaiku donde hay seis sílabas.

sábado, 18 de febrero de 2012

Pentagrama dickensiano

(1)
Dickens ha estado de moda estos días. Cosas del centenario. Y al pensar en Dickens se cae en la tentación de comparar sus tiempos con estos e imaginarlo como un escritor en la red. Hay paralelismos curiosos, y otros opuestos. También entonces, como ahora, el beneficio que generaban los escritores se lo embolsaban otros. La diferencia, sin embargo, es que el genio sociológico de Dickens consiguió adaptar un sistema, el folletín, para asegurarse sus derechos económicos de autor, mientras que todos nuestros esfuerzos creativos únicamente aumentan la cuenta de resultados de telefónicas y operadores. Caminamos, está claro, en sentidos opuestos.
(2)
Con ser relevante, el económico es un paralelismo trivial. De Dickens se podría decir que su escritura folletinesca desmontaba algo e ideaba algo diferente. Ponía fin a la obra. La obra es la construcción que se anhela, se presenta y se recibe como definitiva, en cualquier género. La aspiración, desde la épica hasta los grandes libros religiosos, era la escritura de la obra. Y consolidó, Dickens, el sustituto de la obra: el libro. La intuición del libro es más antigua que Dickens, y resulta inherente a ciertas ideologías, como el erasmismo, recuérdese sólo Elogio de la locura o El lazarillo.
(3)
El libro, así concebido, es la construcción contingente de un texto para su época. Si la obra se estudia y memoriza, el libro sencillamente se lee. Dickens desmoronó la concepción de obra mediante el recurso del folletín, pero no se quedó ahí, el anhelo de lectura que creó fue esencial para consolidar la nueva idea de libro como artefacto que se lee, igual que el folletín, en el momento en el que se produce y abre paso solo al deseo de un nuevo libro. A diferencia de la obra, cuyo valor tendía a la duración, antes —como elaboración— y después.
(4)
¿Y nosotros? El término «obra» se relega a los deprimidos impresores de enciclopedias y a los viejos profesores de clásicas, que aún saben ubicar una palabra griega en un canto de la Ilíada. Nuestro mundo es el de los libros, y la escritura en la red, si de verdad lo es, ha de desmembrar su valor, como Dickens hizo con la obra. De hecho, con limitarse a tirar del hilo de la modernidad ya le sirve: el fragmento, el discurso sincopado, multigenérico e interrumpido era un canon ya antes de la red. La red le añade una condición: la inmediatez.
(5)
Mejor que compararnos con Dickens, aprender de él. Dickens consolidó la dinámica del libro. ¿Y la red? Las innovaciones de la red —su libertinaje, su inmediatez— parecen ahogarla. Sus apologistas sueñan con publicar sus escritos en libro, ¿no resulta una patética contradicción? Desmoronado el libro, la red se queda con la espuma de las olas que burbujean en la arena. El presente. Lo que motivaba sabe a poco, desgana. La red, como Dickens, ha de generar una dinámica cuyo motor restituya (también tecnológicamente) la memoria. Y lo haga desde la utopía: una memoria no centralizada, ni jerárquica, ni apriorística.

martes, 14 de febrero de 2012

Cupidesca dieciséis

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Pero dijo: «Vos pasás tanto tiempo sola». Ya había tenido otros pretendientes. Todos me decían: «Ven y la pasaremos bien». Para qué quiero yo un pretendiente si tengo mi trabajito en el kiosco, donde nadie me manda ni mando a nadie, mi cuarto con las cositas que me gustan, los programas nocturnos de la televisión. Para qué problemas, sueños de una noche. Vivo a gusto y me divertía con los pretendientes, tan igualitos todos, parapetada tras las neveras de los helados y los expositores de chuches, inalcanzable. Pero llegó, tan desgarbado, me lo dijo y sí, me vi tan sola.

sábado, 11 de febrero de 2012

Cupidesca quince

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Se ama con la memoria. Fiar al cuerpo el amor es como dejar a su propia responsabilidad la educación de un niño. Cederlo al alma lo arranca de la realidad. Claro que se puede vivir la vida en otra vida, a veces con mayor intensidad, pero no es el propósito del amor. Ideal y cuerpo se alían bien, sin embargo, para darle profundidad a la memoria de quien ama. Para cavar en ella los cimientos de una vida. También el desamor se origina y crece desde la memoria, por eso resulta tan doloroso, porque transforma el sentido de lo vivido.

lunes, 6 de febrero de 2012

Cupidesca catorce

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Vestidos de negro, los cuerpos que acuden al concierto abren agujeros en la luz. Rizados, largos, umbríos, los cabellos trazan repetidos eclipses de sol. Chapas, botones y broches lanzan destellos en la tiniebla. La música ruge. Las letras arañan al atravesar el cerebro. La emoción de haber ido tropieza en la sala, a empujones cae por los suelos y las botas la pisotean inclementes. La música brama. La melodía transita hacia el chillido. Las palabras zumban de uno a otro como baquetas desbocadas. En este simulacro del infierno si tú me miras con dulzura no se lo diré a nadie.

jueves, 2 de febrero de 2012

Cupidesca trece

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—¿No me dices nada, Nemoroso?
—Las ovejas. Están raras.
—¿Raras, qué les ocurre?
—No balan.
—¿Están tristes, Nemoroso?
—Qué sé yo. Será cosa del tiempo.
—¿El tiempo, qué le pasa al tiempo?
—Está raro.
—¿Está como tus ovejas, Nemoroso?
—Estos calores. No pueden ser buenos.
—Pues diría que hace una temperatura estupenda.
—Quiá. Raro, el tiempo.
—Pero, Nemoroso, si hace unos días preciosos.
—Estos calores. No traen nada bueno.
—¿Y tú, qué me dices de ti?
—Raro.
—¿Cómo de raro, Nemoroso?
—Como las ovejas.
—¿Y Elisa, cómo anda?
—Rara.
—¿Rara?
—Sí, barrunto que lo que quiere es pedirme el divorcio.

domingo, 29 de enero de 2012

Willa Cather

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Echado en el sofá de casa viajo en el pescante de un carruaje, con una piel de coyote sobre las piernas y una bufanda de lana en la boca. Las praderas de Nebraska, de una aridez cobriza, inmisericorde, se extienden a ambos costados como ilustraciones de un dibujante hastiado de su oficio. El camino se lo inventan los brutos al avanzar a fuerza de azotes en la grupa con el tiro. En el lateral va siempre una vara de avellano para defenderse de las serpientes de cascabel. Me ha parecido oír un crujido bajo los cojines. Mi pantorrilla, maldita sea.

viernes, 27 de enero de 2012

El descansito de media mañana

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Está a una calle y media. Tres minutos a paso de ida, cuatro de regreso. Un minuto pedir el café y elegir un bollito. Los hay de todo tipo: sin azúcar, sin mantequilla, integrales. Mejor minuto y medio. Dos para que se lo sirvan a uno. En treinta segundo se abre el sobrecito de azúcar y se vacía completo en la taza. Primer sorbo. Pedacito de bollito sin azúcar. Minuto y medio. Segundo sorbo. Bocado. Ultimar, minuto y medio. Pedir la cuenta. Monedero. Ver que no alcanza. Billetera. Treinta segundos. Cambio. Treinta segundos. Mirar el reloj: aún quedan cuatro minutos.

miércoles, 25 de enero de 2012

Cupidesca doce


Todo iba fantástico hasta lo de los germinados de soja. Nos conocimos en un bar, alguien nos había presentado, no sé. Inmediatamente empezamos a reír. A lo tonto. A cualquier cosa que decía, me mondaba. Le respondía, no sé, algo, y llorábamos de risa. Fue tan bonito. Tanto. Inmediatamente escribí un tuit: «Desde que le conozco no he parado de reír». Maribí me dijo que podía haberme esmerado más, que por eso no lo iba a retuitear. Luego… y después, y al día siguiente todo iba bien. Pero le puse germinados en la ensalada y gritó: «¡Qué porquería es esta!».

lunes, 23 de enero de 2012

Cupidesca once

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Entre lo que desaparece en nuestra época y sólo deja rastro en las vitrinas está el enamoramiento. Enamorados habrá, pero su interés mengua y su atractivo se acerca a lo espurio. ¿Qué valor tiene que uno se enamore? El mismo que salga de fiesta. O vaya al teatro. Lo que importa no son los enamoramientos, sino las rupturas. De una vida sólo cuenta el relato de desamores. Claro que antes hubo enamoramientos, pero sólo las separaciones causan impresión, merecen respeto, palabras para ser contadas. Acaso nos enamoremos sólo para eso, por sentir un día la intensidad de una ruptura catastrófica.

viernes, 20 de enero de 2012

Cupidesca diez

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Mecanógrafo del teclado, el pianista se embosca entre sus propios brazos como ausentándose. Del contrabajo parecen emanar las volutas de humo que nublan sala y ritmo. La batería salta sobre los charcos y la trompeta corre calle adelante, así un loco que solo les hablara a las farolas. La música atronadora expande las almas que chocan contra las paredes y no queda un resquicio sereno en el club salvo la ínfima cavidad que han formado tu mano y la mía al apretarse juntas. Una gotita de luz azul, huida del escenario, la ha buscado para acostarse en su dulce regazo.

martes, 17 de enero de 2012

Cupidesca nueve

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—Pequeña, te quiero.
—¿Decías algo, corazón?
—Claro, pequeña, que te quiero.
—Cielo, grita un poco más, que no te oigo.
—¡Pequeña! ¡Que te quiero!
—¿Que quieres la pequeña? Qué desilusión, yo que te había comprado la grande.
—No la pequeña, no, pequeña, sólo decía pequeña.
—Ay, pesado, no ves que no te puedo oír. ¿Qué remugas a mis espaldas?
—¿Yo? Dios mío, si sólo te he dicho que te quiero.
—Y dale. Primero pasas de mí y luego refunfuñas para que no te escuche.
—¿Yo? Si sólo te he dicho ¡te quiero!
—¿Y ahora, dime qué es lo que quieres?

domingo, 15 de enero de 2012

Liber fugit

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Los libros tienen su propia vida. Ahora uno es propenso a creer que se ha disparado la mortalidad infantil entre los libros. Son las cosas que se piensan como respuesta a las impresiones inmediatas. Si a uno, pongamos por caso, le flojea la suela del zapato, es el mundo que se arruga. Los libros tienen su propia vida. Yo tengo uno, por ejemplo, el más reciente, que ha elegido la clausura. En su túnica marrón vive su soledad, como un anacoreta. Me desazona que lo único que le quede sea leerse a sí mismo... De verdad, no importa —me consuela.

viernes, 13 de enero de 2012

El poema del 13 de enero

Para M.
Lo que aún no hemos hecho hoy. Encontrarnos bajo las sábanas y burlarnos de las gotitas de luz que filtra la persiana bajada. Luego exprimir naranjas para dos, apretar el café en la cazoleta y abrir el tarro de mermelada de jengibre. Desayunaremos con la banda sonora de la emisora que nos gusta como fondo. Habrá que poner luego una lavadora y hacer juntos la cama antes de salir a caminar. La ruta nos ha de llevar hacia el mar, elegiremos calles con escaparates que nos apetece contemplar y donde brille el sol de invierno. Y qué ganas de hacerlo.

miércoles, 11 de enero de 2012

Blanca Mancha V

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No puedo decir que me alegrara del deceso de la pobre mujer. Era una santa. Sólo dejaba la costura para ir a misa diaria. En una única ocasión, un domingo por la tarde, se le cruzó por el pensamiento un recuerdo, digamos, no virtuoso. El mío era un encargo tranquilo, no diré aburrido, porque este concepto no existe entre nosotros, pero sí echaba de menos alguna lucha cuerpo a cuerpo con la tentación. Lo echaba de menos, sí, antes, cuando esperaba destino, no ahora que voy arriba abajo. No sabía lo que era un gigoló. Ya lo sé, un sinvivir.

lunes, 9 de enero de 2012

Blanca Mancha IV

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Es buen chico. Apenas sale de casa, con eso no me da trabajo. Va a buscar el pan y devuelve el cambio aunque le digan que se lo guarde. Con sus amigos, cuando queda, se pasa la tarde en una plazuela, sin más, es verdad que dice algunos tacos, pero con hacerse uno el sordo, cumple. Lo malo es cuando está solo y busca el cuaderno secreto. No consigo saber lo que pasa por su cabeza a la hora de ponerse a dibujar. Arriba y abajo, por todas partes lo único que le gusta es pintar cientos, miles de demonios.

sábado, 7 de enero de 2012

Blancha Mancha III

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En cuanto entraron en el parque fue imposible sujetar su brazo. La mano, que había ido apoyada en la cadera durante el camino, se deslizó por la falda como un esquiador por la pista. Lo peor, sin embargo, ya imaginaba que estaba aún por pasar. Se sentaron en un banco. Y a su mano le dio por la espeleología, arriba y abajo, dentro de la blusa, allí donde no conseguía cazarla. Me desesperaba, busqué ayuda en el otro custodio y lo descubrí sobre la rama de un árbol haciendo un crucigrama. Creo seriamente que deberíamos unificar nuestros protocolos de actuación.

jueves, 5 de enero de 2012

Blanca Mancha II

Regalo de Reyes para G.
Los pasillos, demasiado estrechos para tantos acuarios, y la iluminación, excesiva. Cientos de pececillos, cientos de colorines arriba, abajo. El burbujeo de los filtros me mareaba. Lo confieso, me agobié un poco. Iba de un sitio a otro y me costaba seguirle entre la gente. Las alas chapotearon sin darme cuenta en un acuario de agua fría y la humedad se fue directa a la espalda. Me estaba poniendo enfermo aquel lugar. Pero de golpe lo vi, un indolente pez globo amarillo, cuadradito, no mayor que un taco de queso. Y mientras me quedaba embobado con aquello, se me escapó.

martes, 3 de enero de 2012

Blanca Mancha I

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No para de rascarse las alas. Que son chinches me han dicho. Los demás, en la cantina, ríen. Lo explica, y se ríen más. No lo entiendo, exclama perplejo. De reojo le miran desde otras mesas. Ingenuo, piensan. Y sonríen. ¿Cómo podía saber sus intenciones al entrar en aquella casona? Me quedé en la puerta del cuarto, sin atreverme a pasar. Aquel corredor era un museo sonoro. No paraban de circular, arriba, abajo. Para arriba, parejas. Luego hombres, mujeres solas. Abatido, me dejé caer en el suelo, entre colillas, y dormité mientras aguardaba. Y ahora, esta comezón que me mata.

domingo, 1 de enero de 2012

Pequeño cuento de Año Nuevo

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El culín que algunos dejan en las botellas de vino y de repente un aparato del que se saca meda libra de cobre, o un muslito de pollo apenas mordisqueado. La verdad, lo mejor es que la basura vaya toda al mismo cubo, y no esa tontada de echarla por separado. A nosotros nos hace la pascua. Anoche, sin ir más lejos, encontré una bola preciosa, como de billar, un poco más grande, pero de vidrio. A la luz del farol hasta se veían dentro personas, paisajes, palabras, picardías. Y nuevecita. Incluso llevaba pegada la etiqueta con el precio: «2012».

viernes, 23 de diciembre de 2011

Mínimo cuento de Navidad

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Dijo: Bu bu Navidad. No nevaba. Apenas pasaban coches por la calzada, pero no hacía ni frío. En los cuentos de Navidad nieva. Hay ángeles en las cornisas, bolas de colores en el cielo. La negrura de hulla en la suela de los zapatos que deja una sangre oscura en las hendiduras que quedan en la nieve que no hay. Y al pasar oí como decía: Fu Fu Navidad. No vi a nadie. Nadie me acompañaba que pudiera oírlo. Solo la voz y yo. Iluminadas detrás de las cortinas y visillos, las ventanas tampoco miraban. Respondí: Feliz Na Na Ná.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Cupidesca ocho

Una y otro, en ambos extremos, sujetan el tiempo que refleja el gran espejo de la sala para que no llueva sobre la barra. El bandoneón en el suelo, la orquestina se ha retirado. En el cuchitril que un letrero desdentado llama «camerino» el mate va de mano en mano, y el que fuma ha salido a la pista a pedirle un pitillo a alguna de las bailarinas. Una y otro esperan el final de ese descanso para conocerse, ahora atentos sólo a los intervalos polvorientos que pinta la luna. El contrabajista chisca el mechero. Una chica estira sus medias.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Cupidesca siete

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En la ciudad las multitudes horrorizaron al pensamiento humanista. Hoy no asustan a nadie. Poetas y filósofos acuden cada domingo al estadio, tan campantes. En el poema Anfield Stadium, Bonilla escribe: «y somos una multitud de unos que suman uno». Buena reducción del horror vacui de las multitudes: suman uno con nosotros, ¿por qué temerlas? Es más, ¿por qué no amarlas, si juntos sumamos lo mismo que uno? Amemos la multitud; invitémosla a casa, a nuestro cuarto, entreguémosle el cuerpo, nuestra intimidad (¿nuestra identidad?). Porque en la ciudad a la multitud lo único que le horroriza es el pensamiento humanista.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Cupidesca seis

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Al levantar la cerveza un círculo de humedad me observa beber mientras mis ojos viven otra vida. Con el leve crujido del velcro al despegarse el vaso ciega de nuevo aquella protuberancia de agua que las luces de neón desfiguran sobre la mesa, testigo único de un sueño. No hay más oleaje que la piel desnuda. Y al cristal sudoroso de la bebida permanece anudada la amarra que sujeta mi cuerpo al muelle de la realidad. Pero el alma, ay, las almas. Ella se da la vuelta y en la mano agita el infinito, a un paso de la epifanía.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Cupidesca cinco

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—¿Te gusta?
—El papel es guay.
— Me pasé la tarde envolviéndola. ¿Y el lazo, no te parece lindo?
—Sí. El lazo. Está curioso.
—Y, ¿no te gusta?
—No, yo no he dicho eso.
—Pero como te fijas en el papel de fuera.
—No, no es eso. No seas mal pensada.
—Entonces, ¿te gusta?
—Bueno, sí. Lo que pasa es que.
—Es que qué.
—Pues que solo es una palabra.
—Sí, eso es, exactamente eso.
—Una palabra. Pensaba que era un regalo.
—Y lo es. Es tu regalo de aniversario.
—Ya. Una palabra: «Verano».
—Sí. ¿No te gusta?
—Si consiguiera entenderte.

domingo, 4 de diciembre de 2011

A salvo de la tormenta

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José Manuel: A tu idea de sentirte con la lectura a cobijo de la helada tras los cristales le añado otra que quizá sea al mismo tiempo su opuesta y complementaria. Siendo muy joven (hoy habría pasado sin fijarme, seguro) y el Museo Dalí recién inaugurado, me impresionó una instalación con un Cadillac en el que dos o tres maniquíes (no recuerdo bien) en sus asientos, a modo de personas, soportaban un intenso aguacero, dentro del coche. Leer me produce siempre el mismo efecto: me siento a salvo de la lluvia que está cayendo delante, en las páginas del libro.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Desplazamiento

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La niebla cae sobre el valle como un fardo en el suelo del hangar. Su arpillera atrapa al insecto que corre por el polvo en busca de la semilla perdida. El comerciante hunde las manos en el saco de grano por evaluar su calidad, lo aprieta con fuerza y piensa que es agua que se escurre en mal momento. Así la rociada de la ola que salta el casco y alcanza al marinero mientras sujeta la driza de la vela mayor y ni siquiera consigue limpiarse la sal de los ojos. La mirada, que la bruma ciega y desorienta, arde.

martes, 29 de noviembre de 2011

Cupidesca cuatro

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La monogamia es uno de los acuerdos sociales que menos comprometen. De hecho, hoy día un escritor con un adulterio entre las manos no sabría cómo ganarse la vida. Casi ni los abogados matrimonialistas. Ahora bien, la monogamia presenta una exigencia máxima cuando el cónyuge es el poder. En doble sentido: quien lo consigue sólo acepta para sí la monogamia, y los súbditos penalizan cualquier asomo de bigamia. El poder sigue siendo monógamo, como en tiempos ancestrales. Y sin embargo, ya nadie, por sí solo, puede encarnar la sociedad actual, ni ofrecer una biografía que apasione más de diez minutos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Cupidesca tres

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Abre la caja de espejuelos y quiere ver dentro la mano. La cierra. Cuando de nuevo acaricia la tapa busca ver dentro los ojos, y hace por verlos. La guarda en el primer cajón de la mesilla de noche, cubierta por los pañuelos limpios. La compró en un mercadillo de artesanos durante las vacaciones, en una isla. No colocó nada en su interior, pero si la abre allí está lo que quiera contemplar. La mano, sus ojos, una palabra que le hubiera gustado escuchar aquella tarde, mientras llovía. Luego la cierra y ya no está vacía, la caja, los días.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Cupidesca dos

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Como si Amor, de blanco y con pajarita negra, fuera el barman ideal. Para aquella tarde, en la coctelera te colocó a ti, enterito, tu mejor tú, el de la botella que guarda siempre en segunda fila. Añadió un chorro de crepúsculo de verano. Generoso. Un vasito de olas rompiendo contra las rocas, y otro de brisa de levante, húmeda y sensual. Lo mezcló, cerró la coctelera y le dio un golpe seco. Volvió a abrirla para echar unas gotitas de palabras dulces y espolvoreó caricias. Cuando fue a verterlo en mi cuarto, entre su espuma apareció un desaprensivo mosquito.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cupidesca uno

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—Sólo soy una chica.
—¿Y por eso no hay nada más que hablar?
—Y usted un hombre casado.
—Pero además somos personas, y un hombre y una mujer siempre pueden inventarse a sí mismos.
—Tonterías.
—¿Por qué? Nada hay escrito. La vida está siempre por vivir.
—¿Usted se cree esas pamplinas?
—Claro que me las creo. Todo puede empezar ahora mismo. ¿Quieres probarlo?
—No soy más que una chica. Es verdad que en un momento dado puedo ser el no va más. Los momentos son así. Pero, los días son otra cosa, y la vida está llena, llena, de días.

lunes, 21 de noviembre de 2011

«Arrojar piedras», de Javier Pérez Walias, en La isla de Siltolá








Llueve en las calles, Javier Pérez Walias (1960) se ha puesto el sombrero y sale de casa. El poema extenso se titula «La ciudad» y aparece en el centro del libro como el fiel en una balanza. Camina por las calles, llueve. Cuando pasa, reconoce los lugares, pero su mirada apenas se detiene. Ve abiertas ventanas de sí mismo a las que se asoma, desde fuera, y entre las sombras distingue sus gestos, una caricia, una mano al hombro, su biografía allí escrita sobre la piel de los charcos. Escritura también, el paseo por la ciudad camino de sí mismo.