lunes, 27 de febrero de 2012
El partido (Lírica vs épica)
miércoles, 22 de febrero de 2012
84
sábado, 18 de febrero de 2012
Pentagrama dickensiano
Dickens ha estado de moda estos días. Cosas del centenario. Y al pensar en Dickens se cae en la tentación de comparar sus tiempos con estos e imaginarlo como un escritor en la red. Hay paralelismos curiosos, y otros opuestos. También entonces, como ahora, el beneficio que generaban los escritores se lo embolsaban otros. La diferencia, sin embargo, es que el genio sociológico de Dickens consiguió adaptar un sistema, el folletín, para asegurarse sus derechos económicos de autor, mientras que todos nuestros esfuerzos creativos únicamente aumentan la cuenta de resultados de telefónicas y operadores. Caminamos, está claro, en sentidos opuestos.
(2)
Con ser relevante, el económico es un paralelismo trivial. De Dickens se podría decir que su escritura folletinesca desmontaba algo e ideaba algo diferente. Ponía fin a la obra. La obra es la construcción que se anhela, se presenta y se recibe como definitiva, en cualquier género. La aspiración, desde la épica hasta los grandes libros religiosos, era la escritura de la obra. Y consolidó, Dickens, el sustituto de la obra: el libro. La intuición del libro es más antigua que Dickens, y resulta inherente a ciertas ideologías, como el erasmismo, recuérdese sólo Elogio de la locura o El lazarillo.
(3)
El libro, así concebido, es la construcción contingente de un texto para su época. Si la obra se estudia y memoriza, el libro sencillamente se lee. Dickens desmoronó la concepción de obra mediante el recurso del folletín, pero no se quedó ahí, el anhelo de lectura que creó fue esencial para consolidar la nueva idea de libro como artefacto que se lee, igual que el folletín, en el momento en el que se produce y abre paso solo al deseo de un nuevo libro. A diferencia de la obra, cuyo valor tendía a la duración, antes —como elaboración— y después.
(4)
¿Y nosotros? El término «obra» se relega a los deprimidos impresores de enciclopedias y a los viejos profesores de clásicas, que aún saben ubicar una palabra griega en un canto de la Ilíada. Nuestro mundo es el de los libros, y la escritura en la red, si de verdad lo es, ha de desmembrar su valor, como Dickens hizo con la obra. De hecho, con limitarse a tirar del hilo de la modernidad ya le sirve: el fragmento, el discurso sincopado, multigenérico e interrumpido era un canon ya antes de la red. La red le añade una condición: la inmediatez.
(5)
Mejor que compararnos con Dickens, aprender de él. Dickens consolidó la dinámica del libro. ¿Y la red? Las innovaciones de la red —su libertinaje, su inmediatez— parecen ahogarla. Sus apologistas sueñan con publicar sus escritos en libro, ¿no resulta una patética contradicción? Desmoronado el libro, la red se queda con la espuma de las olas que burbujean en la arena. El presente. Lo que motivaba sabe a poco, desgana. La red, como Dickens, ha de generar una dinámica cuyo motor restituya (también tecnológicamente) la memoria. Y lo haga desde la utopía: una memoria no centralizada, ni jerárquica, ni apriorística.
martes, 14 de febrero de 2012
Cupidesca dieciséis
Pero dijo: «Vos pasás tanto tiempo sola». Ya había tenido otros pretendientes. Todos me decían: «Ven y la pasaremos bien». Para qué quiero yo un pretendiente si tengo mi trabajito en el kiosco, donde nadie me manda ni mando a nadie, mi cuarto con las cositas que me gustan, los programas nocturnos de la televisión. Para qué problemas, sueños de una noche. Vivo a gusto y me divertía con los pretendientes, tan igualitos todos, parapetada tras las neveras de los helados y los expositores de chuches, inalcanzable. Pero llegó, tan desgarbado, me lo dijo y sí, me vi tan sola.
sábado, 11 de febrero de 2012
Cupidesca quince
lunes, 6 de febrero de 2012
Cupidesca catorce
jueves, 2 de febrero de 2012
Cupidesca trece
—¿No me dices nada, Nemoroso?
—Las ovejas. Están raras.
—¿Raras, qué les ocurre?
—No balan.
—¿Están tristes, Nemoroso?
—Qué sé yo. Será cosa del tiempo.
—¿El tiempo, qué le pasa al tiempo?
—Está raro.
—¿Está como tus ovejas, Nemoroso?
—Estos calores. No pueden ser buenos.
—Pues diría que hace una temperatura estupenda.
—Quiá. Raro, el tiempo.
—Pero, Nemoroso, si hace unos días preciosos.
—Estos calores. No traen nada bueno.
—¿Y tú, qué me dices de ti?
—Raro.
—¿Cómo de raro, Nemoroso?
—Como las ovejas.
—¿Y Elisa, cómo anda?
—Rara.
—¿Rara?
—Sí, barrunto que lo que quiere es pedirme el divorcio.
domingo, 29 de enero de 2012
Willa Cather
Echado en el sofá de casa viajo en el pescante de un carruaje, con una piel de coyote sobre las piernas y una bufanda de lana en la boca. Las praderas de Nebraska, de una aridez cobriza, inmisericorde, se extienden a ambos costados como ilustraciones de un dibujante hastiado de su oficio. El camino se lo inventan los brutos al avanzar a fuerza de azotes en la grupa con el tiro. En el lateral va siempre una vara de avellano para defenderse de las serpientes de cascabel. Me ha parecido oír un crujido bajo los cojines. Mi pantorrilla, maldita sea.
viernes, 27 de enero de 2012
El descansito de media mañana
miércoles, 25 de enero de 2012
Cupidesca doce
Todo iba fantástico hasta lo de los germinados de soja. Nos conocimos en un bar, alguien nos había presentado, no sé. Inmediatamente empezamos a reír. A lo tonto. A cualquier cosa que decía, me mondaba. Le respondía, no sé, algo, y llorábamos de risa. Fue tan bonito. Tanto. Inmediatamente escribí un tuit: «Desde que le conozco no he parado de reír». Maribí me dijo que podía haberme esmerado más, que por eso no lo iba a retuitear. Luego… y después, y al día siguiente todo iba bien. Pero le puse germinados en la ensalada y gritó: «¡Qué porquería es esta!».
lunes, 23 de enero de 2012
Cupidesca once
Entre lo que desaparece en nuestra época y sólo deja rastro en las vitrinas está el enamoramiento. Enamorados habrá, pero su interés mengua y su atractivo se acerca a lo espurio. ¿Qué valor tiene que uno se enamore? El mismo que salga de fiesta. O vaya al teatro. Lo que importa no son los enamoramientos, sino las rupturas. De una vida sólo cuenta el relato de desamores. Claro que antes hubo enamoramientos, pero sólo las separaciones causan impresión, merecen respeto, palabras para ser contadas. Acaso nos enamoremos sólo para eso, por sentir un día la intensidad de una ruptura catastrófica.
viernes, 20 de enero de 2012
Cupidesca diez
Mecanógrafo del teclado, el pianista se embosca entre sus propios brazos como ausentándose. Del contrabajo parecen emanar las volutas de humo que nublan sala y ritmo. La batería salta sobre los charcos y la trompeta corre calle adelante, así un loco que solo les hablara a las farolas. La música atronadora expande las almas que chocan contra las paredes y no queda un resquicio sereno en el club salvo la ínfima cavidad que han formado tu mano y la mía al apretarse juntas. Una gotita de luz azul, huida del escenario, la ha buscado para acostarse en su dulce regazo.
martes, 17 de enero de 2012
Cupidesca nueve
—Pequeña, te quiero.
—¿Decías algo, corazón?
—Claro, pequeña, que te quiero.
—Cielo, grita un poco más, que no te oigo.
—¡Pequeña! ¡Que te quiero!
—¿Que quieres la pequeña? Qué desilusión, yo que te había comprado la grande.
—No la pequeña, no, pequeña, sólo decía pequeña.
—Ay, pesado, no ves que no te puedo oír. ¿Qué remugas a mis espaldas?
—¿Yo? Dios mío, si sólo te he dicho que te quiero.
—Y dale. Primero pasas de mí y luego refunfuñas para que no te escuche.
—¿Yo? Si sólo te he dicho ¡te quiero!
—¿Y ahora, dime qué es lo que quieres?
domingo, 15 de enero de 2012
Liber fugit
Los libros tienen su propia vida. Ahora uno es propenso a creer que se ha disparado la mortalidad infantil entre los libros. Son las cosas que se piensan como respuesta a las impresiones inmediatas. Si a uno, pongamos por caso, le flojea la suela del zapato, es el mundo que se arruga. Los libros tienen su propia vida. Yo tengo uno, por ejemplo, el más reciente, que ha elegido la clausura. En su túnica marrón vive su soledad, como un anacoreta. Me desazona que lo único que le quede sea leerse a sí mismo... De verdad, no importa —me consuela.
viernes, 13 de enero de 2012
El poema del 13 de enero
miércoles, 11 de enero de 2012
Blanca Mancha V
No puedo decir que me alegrara del deceso de la pobre mujer. Era una santa. Sólo dejaba la costura para ir a misa diaria. En una única ocasión, un domingo por la tarde, se le cruzó por el pensamiento un recuerdo, digamos, no virtuoso. El mío era un encargo tranquilo, no diré aburrido, porque este concepto no existe entre nosotros, pero sí echaba de menos alguna lucha cuerpo a cuerpo con la tentación. Lo echaba de menos, sí, antes, cuando esperaba destino, no ahora que voy arriba abajo. No sabía lo que era un gigoló. Ya lo sé, un sinvivir.
lunes, 9 de enero de 2012
Blanca Mancha IV
Es buen chico. Apenas sale de casa, con eso no me da trabajo. Va a buscar el pan y devuelve el cambio aunque le digan que se lo guarde. Con sus amigos, cuando queda, se pasa la tarde en una plazuela, sin más, es verdad que dice algunos tacos, pero con hacerse uno el sordo, cumple. Lo malo es cuando está solo y busca el cuaderno secreto. No consigo saber lo que pasa por su cabeza a la hora de ponerse a dibujar. Arriba y abajo, por todas partes lo único que le gusta es pintar cientos, miles de demonios.
sábado, 7 de enero de 2012
Blancha Mancha III
jueves, 5 de enero de 2012
Blanca Mancha II
martes, 3 de enero de 2012
Blanca Mancha I
domingo, 1 de enero de 2012
Pequeño cuento de Año Nuevo
viernes, 23 de diciembre de 2011
Mínimo cuento de Navidad
lunes, 19 de diciembre de 2011
Cupidesca ocho
viernes, 16 de diciembre de 2011
Cupidesca siete
En la ciudad las multitudes horrorizaron al pensamiento humanista. Hoy no asustan a nadie. Poetas y filósofos acuden cada domingo al estadio, tan campantes. En el poema Anfield Stadium, Bonilla escribe: «y somos una multitud de unos que suman uno». Buena reducción del horror vacui de las multitudes: suman uno con nosotros, ¿por qué temerlas? Es más, ¿por qué no amarlas, si juntos sumamos lo mismo que uno? Amemos la multitud; invitémosla a casa, a nuestro cuarto, entreguémosle el cuerpo, nuestra intimidad (¿nuestra identidad?). Porque en la ciudad a la multitud lo único que le horroriza es el pensamiento humanista.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Cupidesca seis
jueves, 8 de diciembre de 2011
Cupidesca cinco
—¿Te gusta?
—El papel es guay.
— Me pasé la tarde envolviéndola. ¿Y el lazo, no te parece lindo?
—Sí. El lazo. Está curioso.
—Y, ¿no te gusta?
—No, yo no he dicho eso.
—Pero como te fijas en el papel de fuera.
—No, no es eso. No seas mal pensada.
—Entonces, ¿te gusta?
—Bueno, sí. Lo que pasa es que.
—Es que qué.
—Pues que solo es una palabra.
—Sí, eso es, exactamente eso.
—Una palabra. Pensaba que era un regalo.
—Y lo es. Es tu regalo de aniversario.
—Ya. Una palabra: «Verano».
—Sí. ¿No te gusta?
—Si consiguiera entenderte.
domingo, 4 de diciembre de 2011
A salvo de la tormenta
jueves, 1 de diciembre de 2011
Desplazamiento
martes, 29 de noviembre de 2011
Cupidesca cuatro
La monogamia es uno de los acuerdos sociales que menos comprometen. De hecho, hoy día un escritor con un adulterio entre las manos no sabría cómo ganarse la vida. Casi ni los abogados matrimonialistas. Ahora bien, la monogamia presenta una exigencia máxima cuando el cónyuge es el poder. En doble sentido: quien lo consigue sólo acepta para sí la monogamia, y los súbditos penalizan cualquier asomo de bigamia. El poder sigue siendo monógamo, como en tiempos ancestrales. Y sin embargo, ya nadie, por sí solo, puede encarnar la sociedad actual, ni ofrecer una biografía que apasione más de diez minutos.
domingo, 27 de noviembre de 2011
Cupidesca tres
viernes, 25 de noviembre de 2011
Cupidesca dos
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Cupidesca uno
—Sólo soy una chica.
—¿Y por eso no hay nada más que hablar?
—Y usted un hombre casado.
—Pero además somos personas, y un hombre y una mujer siempre pueden inventarse a sí mismos.
—Tonterías.
—¿Por qué? Nada hay escrito. La vida está siempre por vivir.
—¿Usted se cree esas pamplinas?
—Claro que me las creo. Todo puede empezar ahora mismo. ¿Quieres probarlo?
—No soy más que una chica. Es verdad que en un momento dado puedo ser el no va más. Los momentos son así. Pero, los días son otra cosa, y la vida está llena, llena, de días.
lunes, 21 de noviembre de 2011
«Arrojar piedras», de Javier Pérez Walias, en La isla de Siltolá

sábado, 19 de noviembre de 2011
Anotación 555
jueves, 17 de noviembre de 2011
NY Nocturne (Tribute to Yvonne Jacquette)
Desde el balcón se ven a lo lejos las luces del puente, las únicas que cruzan la cinta negra del río. Por las orillas se diría que alguien ha enhebrado un hilo de resplandores a lo largo de la avenida. Las ventanas, en los bloques de oficinas, brillan como la sonrisa desdentada de un viejo. Es mi ciudad. La manta de la noche la cubre para que tenga dulces sueños. A veces me imagino, desde aquí arriba, que yo misma soy la madre que se preocupa para que las calles no se destapen. Hasta que se apague la última luz.
martes, 15 de noviembre de 2011
«Siete años», de Peter Stamm, en Acantilado

sábado, 12 de noviembre de 2011
Luna de noviembre

De todos tus meses, luna, acaso al que más quieras sea al que menos caso hacemos. El poco agraciado, el peor vestido. El que estorba: en las calles ya están colgando los racimos de luces navideñas. El mes que parece una rancia sala de espera. Y no sé por qué, luna, sospecho que este es tu mes predilecto, acaso con el que más disfruta tu frío corazón de luz desvaída. O al menos, el único mes por el que haces esto, asomarte a la ventana de mi estudio para que cada año te fotografíe, solo a ti, luna de noviembre.
jueves, 10 de noviembre de 2011
La coartada
martes, 8 de noviembre de 2011
«Tan bella, tan cerca», de José Manuel Mora Fandos, en La isla de Siltolá (díptico)
Parece que la vida cotidiana sea aquella sobre la que no vale pana decir nada, como si vivir de otra manera estuviera al alcance de cualquier prosa. José Manuel Mora Fandos se propone en este libro su elogio. Quizá más, su comprensión. Digo quizá porque el autor en ningún momento declara sus objetivos, no es un ensayo al uso. Crea un mosaico de breves, delicados y lúcidos tratados que, juntos, sugieren otra forma de entender la vida cotidiana. Compartir, leer, concretar, narrar son los verbos que vertebran la experiencia diaria, Mora Fandos los presenta, pero al lector le toca machihembrarlos.
(2)
Parece que decirlo todo —de hecho, insistir en decirlo todo— sea la única manera de decir algo. No es ya una cuestión de una pedagogía desbocada, sino patológica. Casi publicitaria. Cómo se agradece, por lo tanto, cuando alguien, al escribir, calla. Deja que sea el silencio que reina en la mente del lector quien ensamble las piezas. Así ha escrito Mora Fandos este libro, y sobre todo un capítulo, «Espacios y paisajes», pequeña colección de relatos de vida cotidiana en 3D cuya finalidad no es convencernos de nada (se agradece tanto), sino adiestrar nuestra mirada para ver más con ella.


