sábado, 11 de febrero de 2012

Cupidesca quince

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Se ama con la memoria. Fiar al cuerpo el amor es como dejar a su propia responsabilidad la educación de un niño. Cederlo al alma lo arranca de la realidad. Claro que se puede vivir la vida en otra vida, a veces con mayor intensidad, pero no es el propósito del amor. Ideal y cuerpo se alían bien, sin embargo, para darle profundidad a la memoria de quien ama. Para cavar en ella los cimientos de una vida. También el desamor se origina y crece desde la memoria, por eso resulta tan doloroso, porque transforma el sentido de lo vivido.

lunes, 6 de febrero de 2012

Cupidesca catorce

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Vestidos de negro, los cuerpos que acuden al concierto abren agujeros en la luz. Rizados, largos, umbríos, los cabellos trazan repetidos eclipses de sol. Chapas, botones y broches lanzan destellos en la tiniebla. La música ruge. Las letras arañan al atravesar el cerebro. La emoción de haber ido tropieza en la sala, a empujones cae por los suelos y las botas la pisotean inclementes. La música brama. La melodía transita hacia el chillido. Las palabras zumban de uno a otro como baquetas desbocadas. En este simulacro del infierno si tú me miras con dulzura no se lo diré a nadie.

jueves, 2 de febrero de 2012

Cupidesca trece

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—¿No me dices nada, Nemoroso?
—Las ovejas. Están raras.
—¿Raras, qué les ocurre?
—No balan.
—¿Están tristes, Nemoroso?
—Qué sé yo. Será cosa del tiempo.
—¿El tiempo, qué le pasa al tiempo?
—Está raro.
—¿Está como tus ovejas, Nemoroso?
—Estos calores. No pueden ser buenos.
—Pues diría que hace una temperatura estupenda.
—Quiá. Raro, el tiempo.
—Pero, Nemoroso, si hace unos días preciosos.
—Estos calores. No traen nada bueno.
—¿Y tú, qué me dices de ti?
—Raro.
—¿Cómo de raro, Nemoroso?
—Como las ovejas.
—¿Y Elisa, cómo anda?
—Rara.
—¿Rara?
—Sí, barrunto que lo que quiere es pedirme el divorcio.

domingo, 29 de enero de 2012

Willa Cather

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Echado en el sofá de casa viajo en el pescante de un carruaje, con una piel de coyote sobre las piernas y una bufanda de lana en la boca. Las praderas de Nebraska, de una aridez cobriza, inmisericorde, se extienden a ambos costados como ilustraciones de un dibujante hastiado de su oficio. El camino se lo inventan los brutos al avanzar a fuerza de azotes en la grupa con el tiro. En el lateral va siempre una vara de avellano para defenderse de las serpientes de cascabel. Me ha parecido oír un crujido bajo los cojines. Mi pantorrilla, maldita sea.

viernes, 27 de enero de 2012

El descansito de media mañana

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Está a una calle y media. Tres minutos a paso de ida, cuatro de regreso. Un minuto pedir el café y elegir un bollito. Los hay de todo tipo: sin azúcar, sin mantequilla, integrales. Mejor minuto y medio. Dos para que se lo sirvan a uno. En treinta segundo se abre el sobrecito de azúcar y se vacía completo en la taza. Primer sorbo. Pedacito de bollito sin azúcar. Minuto y medio. Segundo sorbo. Bocado. Ultimar, minuto y medio. Pedir la cuenta. Monedero. Ver que no alcanza. Billetera. Treinta segundos. Cambio. Treinta segundos. Mirar el reloj: aún quedan cuatro minutos.

miércoles, 25 de enero de 2012

Cupidesca doce


Todo iba fantástico hasta lo de los germinados de soja. Nos conocimos en un bar, alguien nos había presentado, no sé. Inmediatamente empezamos a reír. A lo tonto. A cualquier cosa que decía, me mondaba. Le respondía, no sé, algo, y llorábamos de risa. Fue tan bonito. Tanto. Inmediatamente escribí un tuit: «Desde que le conozco no he parado de reír». Maribí me dijo que podía haberme esmerado más, que por eso no lo iba a retuitear. Luego… y después, y al día siguiente todo iba bien. Pero le puse germinados en la ensalada y gritó: «¡Qué porquería es esta!».

lunes, 23 de enero de 2012

Cupidesca once

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Entre lo que desaparece en nuestra época y sólo deja rastro en las vitrinas está el enamoramiento. Enamorados habrá, pero su interés mengua y su atractivo se acerca a lo espurio. ¿Qué valor tiene que uno se enamore? El mismo que salga de fiesta. O vaya al teatro. Lo que importa no son los enamoramientos, sino las rupturas. De una vida sólo cuenta el relato de desamores. Claro que antes hubo enamoramientos, pero sólo las separaciones causan impresión, merecen respeto, palabras para ser contadas. Acaso nos enamoremos sólo para eso, por sentir un día la intensidad de una ruptura catastrófica.

viernes, 20 de enero de 2012

Cupidesca diez

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Mecanógrafo del teclado, el pianista se embosca entre sus propios brazos como ausentándose. Del contrabajo parecen emanar las volutas de humo que nublan sala y ritmo. La batería salta sobre los charcos y la trompeta corre calle adelante, así un loco que solo les hablara a las farolas. La música atronadora expande las almas que chocan contra las paredes y no queda un resquicio sereno en el club salvo la ínfima cavidad que han formado tu mano y la mía al apretarse juntas. Una gotita de luz azul, huida del escenario, la ha buscado para acostarse en su dulce regazo.

martes, 17 de enero de 2012

Cupidesca nueve

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—Pequeña, te quiero.
—¿Decías algo, corazón?
—Claro, pequeña, que te quiero.
—Cielo, grita un poco más, que no te oigo.
—¡Pequeña! ¡Que te quiero!
—¿Que quieres la pequeña? Qué desilusión, yo que te había comprado la grande.
—No la pequeña, no, pequeña, sólo decía pequeña.
—Ay, pesado, no ves que no te puedo oír. ¿Qué remugas a mis espaldas?
—¿Yo? Dios mío, si sólo te he dicho que te quiero.
—Y dale. Primero pasas de mí y luego refunfuñas para que no te escuche.
—¿Yo? Si sólo te he dicho ¡te quiero!
—¿Y ahora, dime qué es lo que quieres?

domingo, 15 de enero de 2012

Liber fugit

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Los libros tienen su propia vida. Ahora uno es propenso a creer que se ha disparado la mortalidad infantil entre los libros. Son las cosas que se piensan como respuesta a las impresiones inmediatas. Si a uno, pongamos por caso, le flojea la suela del zapato, es el mundo que se arruga. Los libros tienen su propia vida. Yo tengo uno, por ejemplo, el más reciente, que ha elegido la clausura. En su túnica marrón vive su soledad, como un anacoreta. Me desazona que lo único que le quede sea leerse a sí mismo... De verdad, no importa —me consuela.

viernes, 13 de enero de 2012

El poema del 13 de enero

Para M.
Lo que aún no hemos hecho hoy. Encontrarnos bajo las sábanas y burlarnos de las gotitas de luz que filtra la persiana bajada. Luego exprimir naranjas para dos, apretar el café en la cazoleta y abrir el tarro de mermelada de jengibre. Desayunaremos con la banda sonora de la emisora que nos gusta como fondo. Habrá que poner luego una lavadora y hacer juntos la cama antes de salir a caminar. La ruta nos ha de llevar hacia el mar, elegiremos calles con escaparates que nos apetece contemplar y donde brille el sol de invierno. Y qué ganas de hacerlo.

miércoles, 11 de enero de 2012

Blanca Mancha V

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No puedo decir que me alegrara del deceso de la pobre mujer. Era una santa. Sólo dejaba la costura para ir a misa diaria. En una única ocasión, un domingo por la tarde, se le cruzó por el pensamiento un recuerdo, digamos, no virtuoso. El mío era un encargo tranquilo, no diré aburrido, porque este concepto no existe entre nosotros, pero sí echaba de menos alguna lucha cuerpo a cuerpo con la tentación. Lo echaba de menos, sí, antes, cuando esperaba destino, no ahora que voy arriba abajo. No sabía lo que era un gigoló. Ya lo sé, un sinvivir.

lunes, 9 de enero de 2012

Blanca Mancha IV

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Es buen chico. Apenas sale de casa, con eso no me da trabajo. Va a buscar el pan y devuelve el cambio aunque le digan que se lo guarde. Con sus amigos, cuando queda, se pasa la tarde en una plazuela, sin más, es verdad que dice algunos tacos, pero con hacerse uno el sordo, cumple. Lo malo es cuando está solo y busca el cuaderno secreto. No consigo saber lo que pasa por su cabeza a la hora de ponerse a dibujar. Arriba y abajo, por todas partes lo único que le gusta es pintar cientos, miles de demonios.

sábado, 7 de enero de 2012

Blancha Mancha III

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En cuanto entraron en el parque fue imposible sujetar su brazo. La mano, que había ido apoyada en la cadera durante el camino, se deslizó por la falda como un esquiador por la pista. Lo peor, sin embargo, ya imaginaba que estaba aún por pasar. Se sentaron en un banco. Y a su mano le dio por la espeleología, arriba y abajo, dentro de la blusa, allí donde no conseguía cazarla. Me desesperaba, busqué ayuda en el otro custodio y lo descubrí sobre la rama de un árbol haciendo un crucigrama. Creo seriamente que deberíamos unificar nuestros protocolos de actuación.

jueves, 5 de enero de 2012

Blanca Mancha II

Regalo de Reyes para G.
Los pasillos, demasiado estrechos para tantos acuarios, y la iluminación, excesiva. Cientos de pececillos, cientos de colorines arriba, abajo. El burbujeo de los filtros me mareaba. Lo confieso, me agobié un poco. Iba de un sitio a otro y me costaba seguirle entre la gente. Las alas chapotearon sin darme cuenta en un acuario de agua fría y la humedad se fue directa a la espalda. Me estaba poniendo enfermo aquel lugar. Pero de golpe lo vi, un indolente pez globo amarillo, cuadradito, no mayor que un taco de queso. Y mientras me quedaba embobado con aquello, se me escapó.

martes, 3 de enero de 2012

Blanca Mancha I

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No para de rascarse las alas. Que son chinches me han dicho. Los demás, en la cantina, ríen. Lo explica, y se ríen más. No lo entiendo, exclama perplejo. De reojo le miran desde otras mesas. Ingenuo, piensan. Y sonríen. ¿Cómo podía saber sus intenciones al entrar en aquella casona? Me quedé en la puerta del cuarto, sin atreverme a pasar. Aquel corredor era un museo sonoro. No paraban de circular, arriba, abajo. Para arriba, parejas. Luego hombres, mujeres solas. Abatido, me dejé caer en el suelo, entre colillas, y dormité mientras aguardaba. Y ahora, esta comezón que me mata.

domingo, 1 de enero de 2012

Pequeño cuento de Año Nuevo

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El culín que algunos dejan en las botellas de vino y de repente un aparato del que se saca meda libra de cobre, o un muslito de pollo apenas mordisqueado. La verdad, lo mejor es que la basura vaya toda al mismo cubo, y no esa tontada de echarla por separado. A nosotros nos hace la pascua. Anoche, sin ir más lejos, encontré una bola preciosa, como de billar, un poco más grande, pero de vidrio. A la luz del farol hasta se veían dentro personas, paisajes, palabras, picardías. Y nuevecita. Incluso llevaba pegada la etiqueta con el precio: «2012».

viernes, 23 de diciembre de 2011

Mínimo cuento de Navidad

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Dijo: Bu bu Navidad. No nevaba. Apenas pasaban coches por la calzada, pero no hacía ni frío. En los cuentos de Navidad nieva. Hay ángeles en las cornisas, bolas de colores en el cielo. La negrura de hulla en la suela de los zapatos que deja una sangre oscura en las hendiduras que quedan en la nieve que no hay. Y al pasar oí como decía: Fu Fu Navidad. No vi a nadie. Nadie me acompañaba que pudiera oírlo. Solo la voz y yo. Iluminadas detrás de las cortinas y visillos, las ventanas tampoco miraban. Respondí: Feliz Na Na Ná.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Cupidesca ocho

Una y otro, en ambos extremos, sujetan el tiempo que refleja el gran espejo de la sala para que no llueva sobre la barra. El bandoneón en el suelo, la orquestina se ha retirado. En el cuchitril que un letrero desdentado llama «camerino» el mate va de mano en mano, y el que fuma ha salido a la pista a pedirle un pitillo a alguna de las bailarinas. Una y otro esperan el final de ese descanso para conocerse, ahora atentos sólo a los intervalos polvorientos que pinta la luna. El contrabajista chisca el mechero. Una chica estira sus medias.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Cupidesca siete

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En la ciudad las multitudes horrorizaron al pensamiento humanista. Hoy no asustan a nadie. Poetas y filósofos acuden cada domingo al estadio, tan campantes. En el poema Anfield Stadium, Bonilla escribe: «y somos una multitud de unos que suman uno». Buena reducción del horror vacui de las multitudes: suman uno con nosotros, ¿por qué temerlas? Es más, ¿por qué no amarlas, si juntos sumamos lo mismo que uno? Amemos la multitud; invitémosla a casa, a nuestro cuarto, entreguémosle el cuerpo, nuestra intimidad (¿nuestra identidad?). Porque en la ciudad a la multitud lo único que le horroriza es el pensamiento humanista.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Cupidesca seis

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Al levantar la cerveza un círculo de humedad me observa beber mientras mis ojos viven otra vida. Con el leve crujido del velcro al despegarse el vaso ciega de nuevo aquella protuberancia de agua que las luces de neón desfiguran sobre la mesa, testigo único de un sueño. No hay más oleaje que la piel desnuda. Y al cristal sudoroso de la bebida permanece anudada la amarra que sujeta mi cuerpo al muelle de la realidad. Pero el alma, ay, las almas. Ella se da la vuelta y en la mano agita el infinito, a un paso de la epifanía.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Cupidesca cinco

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—¿Te gusta?
—El papel es guay.
— Me pasé la tarde envolviéndola. ¿Y el lazo, no te parece lindo?
—Sí. El lazo. Está curioso.
—Y, ¿no te gusta?
—No, yo no he dicho eso.
—Pero como te fijas en el papel de fuera.
—No, no es eso. No seas mal pensada.
—Entonces, ¿te gusta?
—Bueno, sí. Lo que pasa es que.
—Es que qué.
—Pues que solo es una palabra.
—Sí, eso es, exactamente eso.
—Una palabra. Pensaba que era un regalo.
—Y lo es. Es tu regalo de aniversario.
—Ya. Una palabra: «Verano».
—Sí. ¿No te gusta?
—Si consiguiera entenderte.

domingo, 4 de diciembre de 2011

A salvo de la tormenta

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José Manuel: A tu idea de sentirte con la lectura a cobijo de la helada tras los cristales le añado otra que quizá sea al mismo tiempo su opuesta y complementaria. Siendo muy joven (hoy habría pasado sin fijarme, seguro) y el Museo Dalí recién inaugurado, me impresionó una instalación con un Cadillac en el que dos o tres maniquíes (no recuerdo bien) en sus asientos, a modo de personas, soportaban un intenso aguacero, dentro del coche. Leer me produce siempre el mismo efecto: me siento a salvo de la lluvia que está cayendo delante, en las páginas del libro.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Desplazamiento

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La niebla cae sobre el valle como un fardo en el suelo del hangar. Su arpillera atrapa al insecto que corre por el polvo en busca de la semilla perdida. El comerciante hunde las manos en el saco de grano por evaluar su calidad, lo aprieta con fuerza y piensa que es agua que se escurre en mal momento. Así la rociada de la ola que salta el casco y alcanza al marinero mientras sujeta la driza de la vela mayor y ni siquiera consigue limpiarse la sal de los ojos. La mirada, que la bruma ciega y desorienta, arde.

martes, 29 de noviembre de 2011

Cupidesca cuatro

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La monogamia es uno de los acuerdos sociales que menos comprometen. De hecho, hoy día un escritor con un adulterio entre las manos no sabría cómo ganarse la vida. Casi ni los abogados matrimonialistas. Ahora bien, la monogamia presenta una exigencia máxima cuando el cónyuge es el poder. En doble sentido: quien lo consigue sólo acepta para sí la monogamia, y los súbditos penalizan cualquier asomo de bigamia. El poder sigue siendo monógamo, como en tiempos ancestrales. Y sin embargo, ya nadie, por sí solo, puede encarnar la sociedad actual, ni ofrecer una biografía que apasione más de diez minutos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Cupidesca tres

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Abre la caja de espejuelos y quiere ver dentro la mano. La cierra. Cuando de nuevo acaricia la tapa busca ver dentro los ojos, y hace por verlos. La guarda en el primer cajón de la mesilla de noche, cubierta por los pañuelos limpios. La compró en un mercadillo de artesanos durante las vacaciones, en una isla. No colocó nada en su interior, pero si la abre allí está lo que quiera contemplar. La mano, sus ojos, una palabra que le hubiera gustado escuchar aquella tarde, mientras llovía. Luego la cierra y ya no está vacía, la caja, los días.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Cupidesca dos

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Como si Amor, de blanco y con pajarita negra, fuera el barman ideal. Para aquella tarde, en la coctelera te colocó a ti, enterito, tu mejor tú, el de la botella que guarda siempre en segunda fila. Añadió un chorro de crepúsculo de verano. Generoso. Un vasito de olas rompiendo contra las rocas, y otro de brisa de levante, húmeda y sensual. Lo mezcló, cerró la coctelera y le dio un golpe seco. Volvió a abrirla para echar unas gotitas de palabras dulces y espolvoreó caricias. Cuando fue a verterlo en mi cuarto, entre su espuma apareció un desaprensivo mosquito.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cupidesca uno

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—Sólo soy una chica.
—¿Y por eso no hay nada más que hablar?
—Y usted un hombre casado.
—Pero además somos personas, y un hombre y una mujer siempre pueden inventarse a sí mismos.
—Tonterías.
—¿Por qué? Nada hay escrito. La vida está siempre por vivir.
—¿Usted se cree esas pamplinas?
—Claro que me las creo. Todo puede empezar ahora mismo. ¿Quieres probarlo?
—No soy más que una chica. Es verdad que en un momento dado puedo ser el no va más. Los momentos son así. Pero, los días son otra cosa, y la vida está llena, llena, de días.

lunes, 21 de noviembre de 2011

«Arrojar piedras», de Javier Pérez Walias, en La isla de Siltolá








Llueve en las calles, Javier Pérez Walias (1960) se ha puesto el sombrero y sale de casa. El poema extenso se titula «La ciudad» y aparece en el centro del libro como el fiel en una balanza. Camina por las calles, llueve. Cuando pasa, reconoce los lugares, pero su mirada apenas se detiene. Ve abiertas ventanas de sí mismo a las que se asoma, desde fuera, y entre las sombras distingue sus gestos, una caricia, una mano al hombro, su biografía allí escrita sobre la piel de los charcos. Escritura también, el paseo por la ciudad camino de sí mismo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Anotación 555

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Contemplo mi sapo en el terrario por comprender su humanidad, la que a diario veo me resulta tan incomprensible. Quien corta cables para encontrárselos cortados. Quien no entra para decir que no puede entrar. Quien calla delante y habla detrás. Quien se irrita con las soluciones porque le han dicho que solo hay problemas. Quien únicamente acepta lo que los suyos hacen. Quien corre a delatar el vacío de su existencia en tu nombre. Cuando se ha bajado a la sentina, ya todo el barco apesta a agua podrida y no hay donde respirar, pero ¿cómo abandonarlo en alta mar?

jueves, 17 de noviembre de 2011

NY Nocturne (Tribute to Yvonne Jacquette)

Yvonne Jacquette. East River View with Broolkyn Bridge, 1983

Desde el balcón se ven a lo lejos las luces del puente, las únicas que cruzan la cinta negra del río. Por las orillas se diría que alguien ha enhebrado un hilo de resplandores a lo largo de la avenida. Las ventanas, en los bloques de oficinas, brillan como la sonrisa desdentada de un viejo. Es mi ciudad. La manta de la noche la cubre para que tenga dulces sueños. A veces me imagino, desde aquí arriba, que yo misma soy la madre que se preocupa para que las calles no se destapen. Hasta que se apague la última luz.

martes, 15 de noviembre de 2011

«Siete años», de Peter Stamm, en Acantilado






Peter Stamm (1963) traza la biografía de un buen tipo que de vez en cuando se convierte en un canalla. No se trata del que parece bueno y resulta el malo de la película, sino del bueno que al mismo tiempo es malo. Siento predilección por estos personajes cuya ambigüedad retrata con tanta exactitud nuestra época. Es un canalla al que perdonamos porque tiene la delicadeza de desvelarnos su intimidad, eso siempre provoca empatía. Y explica cuánto sufre, cómo las circunstancias son las que le conducen y otros quienes deciden por él. El lector asiente, justifica; se muere por justificarlo.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Luna de noviembre


De todos tus meses, luna, acaso al que más quieras sea al que menos caso hacemos. El poco agraciado, el peor vestido. El que estorba: en las calles ya están colgando los racimos de luces navideñas. El mes que parece una rancia sala de espera. Y no sé por qué, luna, sospecho que este es tu mes predilecto, acaso con el que más disfruta tu frío corazón de luz desvaída. O al menos, el único mes por el que haces esto, asomarte a la ventana de mi estudio para que cada año te fotografíe, solo a ti, luna de noviembre.

jueves, 10 de noviembre de 2011

La coartada

A los catorce años empezó a preparar la coartada. Fue un día en el que se entretuvo, llegó tarde y en el instituto habían cerrado ya la puerta. Se quedó merodeando por la calle, sin hacer nada, sólo pensando. De puro aburrimiento comenzó a memorizar qué diría cuando le pillaran. A todos; a su tutor, a su padre, a sus compañeros. Al día siguiente nadie le preguntó nada, así que tuvo que añadir un apéndice: las razones de que no lo hubiera confesado la víspera. Al otro, el silencio lo complicó aún más, pero él siguió ideando justificaciones, hasta hoy.

martes, 8 de noviembre de 2011

«Tan bella, tan cerca», de José Manuel Mora Fandos, en La isla de Siltolá (díptico)


Parece que la vida cotidiana sea aquella sobre la que no vale pana decir nada, como si vivir de otra manera estuviera al alcance de cualquier prosa. José Manuel Mora Fandos se propone en este libro su elogio. Quizá más, su comprensión. Digo quizá porque el autor en ningún momento declara sus objetivos, no es un ensayo al uso. Crea un mosaico de breves, delicados y lúcidos tratados que, juntos, sugieren otra forma de entender la vida cotidiana. Compartir, leer, concretar, narrar son los verbos que vertebran la experiencia diaria, Mora Fandos los presenta, pero al lector le toca machihembrarlos.
(2)
Parece que decirlo todo —de hecho, insistir en decirlo todo— sea la única manera de decir algo. No es ya una cuestión de una pedagogía desbocada, sino patológica. Casi publicitaria. Cómo se agradece, por lo tanto, cuando alguien, al escribir, calla. Deja que sea el silencio que reina en la mente del lector quien ensamble las piezas. Así ha escrito Mora Fandos este libro, y sobre todo un capítulo, «Espacios y paisajes», pequeña colección de relatos de vida cotidiana en 3D cuya finalidad no es convencernos de nada (se agradece tanto), sino adiestrar nuestra mirada para ver más con ella.

sábado, 5 de noviembre de 2011

El silencio

Lo había dejado en alguna parte. Estaba seguro. En un bolsillo de la americana. Los fue vaciando. El mechero, un pañuelo, la cartera. O de los pantalones. Ahí descubrió doblado un billete de metro. Se le ocurrió mirar la fecha, pero no reconoció los números. Estuvo a punto de tirarlo a la papelera, aunque rectificó a tiempo. Aquella fecha, ¿qué le decía? Nada. Inmediatamente cesó la búsqueda. No lo había descuidado sobre la cómoda de la habitación, ni en los cajones del despacho. Ya lo había descubierto. Observó de nuevo la fecha y estuvo esperando. Nada, no le dijo nada.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Búfala de Palau


La primera vez que había tenido noticia de las búfalas fue hace años en un restaurante de Bolonia, donde se me presentaron en forma de mozarela. Desde entonces, uno ya se ha acostumbrado al gusto ácido de su queso y hasta las reconoce en los logotipos que lo etiquetan. Cosa distinta es seguir un sendero trufado de unas bostas descomunales, colonizadas por miles de escarabajos que patean felices, y de repente encarar en el paisaje un trazo negro e intenso y una frente bien corneada que se yergue para observarle a uno con desconocida altivez. Pausadamente, las búfalas se alejan.

martes, 1 de noviembre de 2011

«Metro», de Federico Abad (tríptico)


Federico Abad resuelve las estrofas clásicas, aún las más intricadas, con una flexibilidad que impresiona. Consigue engastar una escritura contemporánea, casi coloquial, en formas que sólo se han dominado en épocas áureas. Es una botella de oxígeno —ave fénix— para la moribunda métrica: el metro también sirve para hablar del metro. O dicho al revés, del metro también se puede hablar en metro. Y el resultado produce una sonrisa intelectual, que de hecho no procede de lo que se cuenta en los poemas, sino del modo cómo se adapta el relato poético a la tradición implícita en las formas métricas.
(2)
La ironía de este libro da un paso un poco más allá en la propia formulación de la ironía: no busca el contenido, sino la relación —casi podríamos decir hipertextual— con la memoria del lector. Reconozco que este fenómeno ocurre sólo en la memoria de lectores con alguna formación, pero me he fijado un poco más, y he visto que consigue rizar el rizo: el lector aprendiz (para quien están escritos los poemas, en apariencia) percibe inconscientemente esa ironía, al sonreír por un contenido irónico plagado de rimas y ritmos, que no reconoce, pero que no le resultan tampoco desconocidos.
(3)

Es el lenguaje quien genera lenguaje, y el poeta es un mero reponedor en las estanterías del sentido. Va ordenando el lenguaje que nace de sí mismo para que parezca que lo ha hecho él. Ahora bien, nada crea más impotencia en el lenguaje que la liberalidad. Al lenguaje hay que ponerle horario, límites, disciplina y charcos en los que no pueda mojarse. Es decir: trabas. Métrica. Cuanto más compleja la dificultad, mayor brillo tiene esa capacidad del lenguaje de sortear todos los inconvenientes para crear sentido. Y existir en él. Y esta es la lección que imparte este libro.

jueves, 27 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, y 7

Ignacio Fortún. Rural, 2007

La luz sobre el zinc transforma los colores de igual manera que el crepúsculo matiza las losas, el revocado y los ladrillos de las construcciones olvidadizas hasta que parezcan algo. La chapa metálica carece de hondura, es solo una superficie átona en la que el pintor desemboza la perspectiva con trazos en conflicto que las manchas van suturando. También es quien dota de memoria a la imagen que, sin ella, no sería nada. Y cuando el cuadro parece concluido sobre una pared, aún está todo por decidir. Hay luces que oscurecen la plancha, unas subrayan las líneas, otras las modifican.

domingo, 23 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 6

Ignacio Fortún. Puentes sobre el Gállego, 2007

Desde aquí vemos la carretera de Barcelona sobre el río, las traseras del restaurante y los bloques de pisos cuya colada, cuando sopla el cierzo, despide a quienes tienen la suerte de marcharse. Hay otros que aparcan el coche de espaldas, a mí me gusta hacerlo de cara. Es cierto que siempre hay algún mirón que trata de adivinarnos tras los vidrios empañados, pero no me importa. Me gusta contemplar este paisaje cuando aún estoy jadeante y enciendo un pitillo. El puente, las farolas y en medio unos grandes carteles de los que sólo vemos la parte sin nada escrito.