domingo, 4 de diciembre de 2011
A salvo de la tormenta
jueves, 1 de diciembre de 2011
Desplazamiento
martes, 29 de noviembre de 2011
Cupidesca cuatro
La monogamia es uno de los acuerdos sociales que menos comprometen. De hecho, hoy día un escritor con un adulterio entre las manos no sabría cómo ganarse la vida. Casi ni los abogados matrimonialistas. Ahora bien, la monogamia presenta una exigencia máxima cuando el cónyuge es el poder. En doble sentido: quien lo consigue sólo acepta para sí la monogamia, y los súbditos penalizan cualquier asomo de bigamia. El poder sigue siendo monógamo, como en tiempos ancestrales. Y sin embargo, ya nadie, por sí solo, puede encarnar la sociedad actual, ni ofrecer una biografía que apasione más de diez minutos.
domingo, 27 de noviembre de 2011
Cupidesca tres
viernes, 25 de noviembre de 2011
Cupidesca dos
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Cupidesca uno
—Sólo soy una chica.
—¿Y por eso no hay nada más que hablar?
—Y usted un hombre casado.
—Pero además somos personas, y un hombre y una mujer siempre pueden inventarse a sí mismos.
—Tonterías.
—¿Por qué? Nada hay escrito. La vida está siempre por vivir.
—¿Usted se cree esas pamplinas?
—Claro que me las creo. Todo puede empezar ahora mismo. ¿Quieres probarlo?
—No soy más que una chica. Es verdad que en un momento dado puedo ser el no va más. Los momentos son así. Pero, los días son otra cosa, y la vida está llena, llena, de días.
lunes, 21 de noviembre de 2011
«Arrojar piedras», de Javier Pérez Walias, en La isla de Siltolá

sábado, 19 de noviembre de 2011
Anotación 555
jueves, 17 de noviembre de 2011
NY Nocturne (Tribute to Yvonne Jacquette)
Desde el balcón se ven a lo lejos las luces del puente, las únicas que cruzan la cinta negra del río. Por las orillas se diría que alguien ha enhebrado un hilo de resplandores a lo largo de la avenida. Las ventanas, en los bloques de oficinas, brillan como la sonrisa desdentada de un viejo. Es mi ciudad. La manta de la noche la cubre para que tenga dulces sueños. A veces me imagino, desde aquí arriba, que yo misma soy la madre que se preocupa para que las calles no se destapen. Hasta que se apague la última luz.
martes, 15 de noviembre de 2011
«Siete años», de Peter Stamm, en Acantilado

sábado, 12 de noviembre de 2011
Luna de noviembre

De todos tus meses, luna, acaso al que más quieras sea al que menos caso hacemos. El poco agraciado, el peor vestido. El que estorba: en las calles ya están colgando los racimos de luces navideñas. El mes que parece una rancia sala de espera. Y no sé por qué, luna, sospecho que este es tu mes predilecto, acaso con el que más disfruta tu frío corazón de luz desvaída. O al menos, el único mes por el que haces esto, asomarte a la ventana de mi estudio para que cada año te fotografíe, solo a ti, luna de noviembre.
jueves, 10 de noviembre de 2011
La coartada
martes, 8 de noviembre de 2011
«Tan bella, tan cerca», de José Manuel Mora Fandos, en La isla de Siltolá (díptico)
Parece que la vida cotidiana sea aquella sobre la que no vale pana decir nada, como si vivir de otra manera estuviera al alcance de cualquier prosa. José Manuel Mora Fandos se propone en este libro su elogio. Quizá más, su comprensión. Digo quizá porque el autor en ningún momento declara sus objetivos, no es un ensayo al uso. Crea un mosaico de breves, delicados y lúcidos tratados que, juntos, sugieren otra forma de entender la vida cotidiana. Compartir, leer, concretar, narrar son los verbos que vertebran la experiencia diaria, Mora Fandos los presenta, pero al lector le toca machihembrarlos.
(2)
Parece que decirlo todo —de hecho, insistir en decirlo todo— sea la única manera de decir algo. No es ya una cuestión de una pedagogía desbocada, sino patológica. Casi publicitaria. Cómo se agradece, por lo tanto, cuando alguien, al escribir, calla. Deja que sea el silencio que reina en la mente del lector quien ensamble las piezas. Así ha escrito Mora Fandos este libro, y sobre todo un capítulo, «Espacios y paisajes», pequeña colección de relatos de vida cotidiana en 3D cuya finalidad no es convencernos de nada (se agradece tanto), sino adiestrar nuestra mirada para ver más con ella.
sábado, 5 de noviembre de 2011
El silencio
jueves, 3 de noviembre de 2011
Búfala de Palau

La primera vez que había tenido noticia de las búfalas fue hace años en un restaurante de Bolonia, donde se me presentaron en forma de mozarela. Desde entonces, uno ya se ha acostumbrado al gusto ácido de su queso y hasta las reconoce en los logotipos que lo etiquetan. Cosa distinta es seguir un sendero trufado de unas bostas descomunales, colonizadas por miles de escarabajos que patean felices, y de repente encarar en el paisaje un trazo negro e intenso y una frente bien corneada que se yergue para observarle a uno con desconocida altivez. Pausadamente, las búfalas se alejan.
martes, 1 de noviembre de 2011
«Metro», de Federico Abad (tríptico)

Federico Abad resuelve las estrofas clásicas, aún las más intricadas, con una flexibilidad que impresiona. Consigue engastar una escritura contemporánea, casi coloquial, en formas que sólo se han dominado en épocas áureas. Es una botella de oxígeno —ave fénix— para la moribunda métrica: el metro también sirve para hablar del metro. O dicho al revés, del metro también se puede hablar en metro. Y el resultado produce una sonrisa intelectual, que de hecho no procede de lo que se cuenta en los poemas, sino del modo cómo se adapta el relato poético a la tradición implícita en las formas métricas.
(2)
La ironía de este libro da un paso un poco más allá en la propia formulación de la ironía: no busca el contenido, sino la relación —casi podríamos decir hipertextual— con la memoria del lector. Reconozco que este fenómeno ocurre sólo en la memoria de lectores con alguna formación, pero me he fijado un poco más, y he visto que consigue rizar el rizo: el lector aprendiz (para quien están escritos los poemas, en apariencia) percibe inconscientemente esa ironía, al sonreír por un contenido irónico plagado de rimas y ritmos, que no reconoce, pero que no le resultan tampoco desconocidos.
(3)
Es el lenguaje quien genera lenguaje, y el poeta es un mero reponedor en las estanterías del sentido. Va ordenando el lenguaje que nace de sí mismo para que parezca que lo ha hecho él. Ahora bien, nada crea más impotencia en el lenguaje que la liberalidad. Al lenguaje hay que ponerle horario, límites, disciplina y charcos en los que no pueda mojarse. Es decir: trabas. Métrica. Cuanto más compleja la dificultad, mayor brillo tiene esa capacidad del lenguaje de sortear todos los inconvenientes para crear sentido. Y existir en él. Y esta es la lección que imparte este libro.
jueves, 27 de octubre de 2011
El pilón de la memoria, y 7
domingo, 23 de octubre de 2011
El pilón de la memoria, 6
Ignacio Fortún. Puentes sobre el Gállego, 2007 miércoles, 19 de octubre de 2011
El pilón de la memoria, 5
No podía ser verdad. Cuando la maestra dijo que era la representación de la belleza se me atravesó la frase. Yo había visto un reportaje en la tele sobre Picasso y me fascinó su taller. En un lugar así podría amontonarlo todo sin que madre me diera la matraca. Sería un genio. Que iba a ser pintor ya lo sabía, porque padre me había dicho que acabado el colegio, le llevaría a él los botes. Y soñaba con pasar de una pintura a la otra. Pero tenía un problema, la belleza. ¿Dónde encontraba en el barrio la belleza que representar?
viernes, 14 de octubre de 2011
El pilón de la memoria, 4
Ignacio Fortún. Retorno, 2005domingo, 9 de octubre de 2011
El pilón de la memoria, 3
Ignacio Fortún. Caracoles, 2002En la gran sala de la vieja casa se abrían tres alcobas donde dormíamos nosotras. Desde el ventanal, que se alzaba sobre los restos de la muralla, se veía nuestro patio, las eras, a lo lejos la Cuesta y el idilio entre los campos de trigo y el cielo. Teníamos las maletas ya en la calle, atadas con cordeles, cuando apareció el hombre que se lo quedó todo y le dio a padre un montón de billetes que abultaban mucho, pero no valían nada. Ahora padre cultiva un huerto, ahí abajo. Si levanta la azada, choca con la pared trasera.
martes, 4 de octubre de 2011
El pilón de la memoria, 2
Ignacio Fortún, Serie ceniza húmeda, 1992 sábado, 1 de octubre de 2011
El pilón de la memoria, 1
Ignacio Fortún. Una puta embadurnada de nivea, 1983Como las peladillas de los bautizos. Dulzonas por fuera. Azules, rosas, según el bebé. También las había blancas. Al morderlas crujía la costra del azúcar y debajo encontraba una la almendra. A veces le amargaba un poco. Así mismo hubiera dicho yo, al tuntún, que era el amor; aunque, la verdad, hay demasiadas cosas con dos sabores. Los recuerdos son un ejemplo, siempre recubren sus frutos secos con azúcar glasé. Para que brillen, digo. Pero a mí el amor me parece como las peladillas porque si venían del bautizo, a la hora de pagar, se acordaban de regalarme una bolsita.
jueves, 29 de septiembre de 2011
La corsetería de Córcega
martes, 27 de septiembre de 2011
El sueño de la metamorfosis
Como sé que la comparación es el único modo de comprender la realidad, tras ojear el periódico entretengo mi abulia con el sudoku de metáforas del tren. Se diría que es de crisálida su encapsulamiento radical en la velocidad, aunque dudo que exista transformación alguna entre quien sube en una estación y baja en otra, ambas replicantes. Acaso se anhele una alteración no del interior, sino del exterior. Se parte de la ciudad oruga para llegar a la ciudad mariposa. Es posible que esa sea su metamorfosis. En todo caso, mera sugestión, porque el tren va de gusano a gusano. domingo, 25 de septiembre de 2011
«Conversación» de Gonzalo Hidalgo Bayal, en Tusquets
En el principio del relato está la conversación, parecen afirmar los cinco cuentos conversados de Gonzalo Hidalgo Bayal (1950). Aquel personaje que cuenta el hecho fortuito que sin embargo no ha olvidado ni olvidará, aquel que habla para ocultar su tragedia, aquel que narra la vida de otro a los próximos o aquel que explica su vida a desconocidos… en estas conversaciones cotidianas, a veces casuales, parece prender la esencia misma del relato. Pero Hidalgo Bayal da un paso más, y el texto magistral que cierra el volumen encarna su final, la desarticulación de relato y conversación, el hablador solitario. viernes, 23 de septiembre de 2011
Souvenir de Zaragoza
martes, 20 de septiembre de 2011
Pequeñas travesuras del final de verano
domingo, 18 de septiembre de 2011
«Cerrar los ojos para verte», de Rodrigo Olay

Hay un poema de Rodrigo Olay (1989) donde funde con delicadeza madrigal y jaiku: «En tus ojos oscuros / anochece de pronto / pero brilla la luna». Diestro en el arte del pastiche y más acertado aún en el dominio de la cita intratexutal, el poeta convoca la tradición literaria para crear profundidad y perspectiva en la experiencia de lo vivido. No se conforma con el mero relato del final de la adolescencia y la juventud, materia de sus poemas, sino que busca inscribirlo en las corrientes más densas del pensamiento poético, la temporalidad y la reflexión sobre la existencia.
viernes, 16 de septiembre de 2011
La canción de septiembre
martes, 13 de septiembre de 2011
LaA, y 7
domingo, 11 de septiembre de 2011
LaA 6: La trama continúa
viernes, 9 de septiembre de 2011
LaA 5: De la trama
miércoles, 7 de septiembre de 2011
LaA 4: ¿Suplantar o intensificar el tiempo?
lunes, 5 de septiembre de 2011
LaA 3: El autor no es quien conduce el Trabant
viernes, 2 de septiembre de 2011
LaA 2: Las pulsiones del verbo
jueves, 1 de septiembre de 2011
LaA 1: Un inicio de novela
Tenía una razón para confiar en mí: era su hermano.
No olvido escribir. Nada más levantarme, aún antes del café, me he sentado ante una hoja en blanco y he empezado a anotar. A las 8:41 se calza las zapatillas. De una mujer delgada, sutil, parecen sus pasos por el pavimento. He contado cinco hasta que alcanza la taza del sanitario. No me hubieran despertado si mi desvelo no fuera tan pertinaz. Se sienta inmediatamente, sin que le dé tiempo a desprenderse de ninguna prenda. Siguen siendo las 8:41 cuando empieza a orinar. He cerrado los ojos y me he
miércoles, 24 de agosto de 2011
Mínima berlinesa. Los amores muertos
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Como los amantes que únicamente conservan separaciones y divorcios del intenso fulgor de sus pasiones, Berlín sólo muestra el polvo calcinado de sus febriles amores con la historia. No despreciaba don Juan a las mujeres engañadas, sino al curso de la vida, que tiene en el tiempo su esencia. Eso es don Juan, la experiencia amorosa que prescinde del tiempo. Berlín padece otro tipo de don juanismo con su pasado: la de quien ignora la lenta sucesión del tren mercancías del tiempo, y por ello todo lo brinda a la inmediatez de lo intenso, llama prodigiosa y breve, hoy calcinación.
viernes, 19 de agosto de 2011
Mínima berlinesa. Las nimiedades valiosas
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El berlinés Walter Benjamin me había enseñado que las grandes obras del presente caben en un fragmento, un artículo, una reseña. Que la vivencia de la ciudad, también, es un café, un barrio, una plaza. Desde entonces ha pasado casi un siglo. Por Berlín camino en busca de las grandes obras de este presente: encuentro valor ya sólo en lo que carece de metáfora, de sentido figurado: no la calle, sino el nombre de la calle; no el edificio, sino el número del edificio; no la plaza, sino el paraguas tirado entre la hierba; no el poema, sino las sílabas.
lunes, 15 de agosto de 2011
Mínima berlinesa. El brillo de los comercios oscuros
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Sólo queda muro en pedacitos dentro de las tiendas de recuerdos, pero Berlín sigue pensándose con una línea, aún más drástica, entre oeste y este. En el oeste el comercio anhela imponerse a la voluntad y a la experiencia del paseante, como en casi todas partes y en casi todos los órdenes de la sociedad. Por el este se camina por calles a medio hacer y sin que nada lo avise ni lo prevea, un pequeño escaparte con un delicadísimo vestido, un bolso o unos zapatos que se podrían enmarcar. Sin reclamo, sin más información que el poema en sí.



