domingo, 4 de diciembre de 2011

A salvo de la tormenta

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José Manuel: A tu idea de sentirte con la lectura a cobijo de la helada tras los cristales le añado otra que quizá sea al mismo tiempo su opuesta y complementaria. Siendo muy joven (hoy habría pasado sin fijarme, seguro) y el Museo Dalí recién inaugurado, me impresionó una instalación con un Cadillac en el que dos o tres maniquíes (no recuerdo bien) en sus asientos, a modo de personas, soportaban un intenso aguacero, dentro del coche. Leer me produce siempre el mismo efecto: me siento a salvo de la lluvia que está cayendo delante, en las páginas del libro.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Desplazamiento

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La niebla cae sobre el valle como un fardo en el suelo del hangar. Su arpillera atrapa al insecto que corre por el polvo en busca de la semilla perdida. El comerciante hunde las manos en el saco de grano por evaluar su calidad, lo aprieta con fuerza y piensa que es agua que se escurre en mal momento. Así la rociada de la ola que salta el casco y alcanza al marinero mientras sujeta la driza de la vela mayor y ni siquiera consigue limpiarse la sal de los ojos. La mirada, que la bruma ciega y desorienta, arde.

martes, 29 de noviembre de 2011

Cupidesca cuatro

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La monogamia es uno de los acuerdos sociales que menos comprometen. De hecho, hoy día un escritor con un adulterio entre las manos no sabría cómo ganarse la vida. Casi ni los abogados matrimonialistas. Ahora bien, la monogamia presenta una exigencia máxima cuando el cónyuge es el poder. En doble sentido: quien lo consigue sólo acepta para sí la monogamia, y los súbditos penalizan cualquier asomo de bigamia. El poder sigue siendo monógamo, como en tiempos ancestrales. Y sin embargo, ya nadie, por sí solo, puede encarnar la sociedad actual, ni ofrecer una biografía que apasione más de diez minutos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Cupidesca tres

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Abre la caja de espejuelos y quiere ver dentro la mano. La cierra. Cuando de nuevo acaricia la tapa busca ver dentro los ojos, y hace por verlos. La guarda en el primer cajón de la mesilla de noche, cubierta por los pañuelos limpios. La compró en un mercadillo de artesanos durante las vacaciones, en una isla. No colocó nada en su interior, pero si la abre allí está lo que quiera contemplar. La mano, sus ojos, una palabra que le hubiera gustado escuchar aquella tarde, mientras llovía. Luego la cierra y ya no está vacía, la caja, los días.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Cupidesca dos

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Como si Amor, de blanco y con pajarita negra, fuera el barman ideal. Para aquella tarde, en la coctelera te colocó a ti, enterito, tu mejor tú, el de la botella que guarda siempre en segunda fila. Añadió un chorro de crepúsculo de verano. Generoso. Un vasito de olas rompiendo contra las rocas, y otro de brisa de levante, húmeda y sensual. Lo mezcló, cerró la coctelera y le dio un golpe seco. Volvió a abrirla para echar unas gotitas de palabras dulces y espolvoreó caricias. Cuando fue a verterlo en mi cuarto, entre su espuma apareció un desaprensivo mosquito.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cupidesca uno

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—Sólo soy una chica.
—¿Y por eso no hay nada más que hablar?
—Y usted un hombre casado.
—Pero además somos personas, y un hombre y una mujer siempre pueden inventarse a sí mismos.
—Tonterías.
—¿Por qué? Nada hay escrito. La vida está siempre por vivir.
—¿Usted se cree esas pamplinas?
—Claro que me las creo. Todo puede empezar ahora mismo. ¿Quieres probarlo?
—No soy más que una chica. Es verdad que en un momento dado puedo ser el no va más. Los momentos son así. Pero, los días son otra cosa, y la vida está llena, llena, de días.

lunes, 21 de noviembre de 2011

«Arrojar piedras», de Javier Pérez Walias, en La isla de Siltolá








Llueve en las calles, Javier Pérez Walias (1960) se ha puesto el sombrero y sale de casa. El poema extenso se titula «La ciudad» y aparece en el centro del libro como el fiel en una balanza. Camina por las calles, llueve. Cuando pasa, reconoce los lugares, pero su mirada apenas se detiene. Ve abiertas ventanas de sí mismo a las que se asoma, desde fuera, y entre las sombras distingue sus gestos, una caricia, una mano al hombro, su biografía allí escrita sobre la piel de los charcos. Escritura también, el paseo por la ciudad camino de sí mismo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Anotación 555

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Contemplo mi sapo en el terrario por comprender su humanidad, la que a diario veo me resulta tan incomprensible. Quien corta cables para encontrárselos cortados. Quien no entra para decir que no puede entrar. Quien calla delante y habla detrás. Quien se irrita con las soluciones porque le han dicho que solo hay problemas. Quien únicamente acepta lo que los suyos hacen. Quien corre a delatar el vacío de su existencia en tu nombre. Cuando se ha bajado a la sentina, ya todo el barco apesta a agua podrida y no hay donde respirar, pero ¿cómo abandonarlo en alta mar?

jueves, 17 de noviembre de 2011

NY Nocturne (Tribute to Yvonne Jacquette)

Yvonne Jacquette. East River View with Broolkyn Bridge, 1983

Desde el balcón se ven a lo lejos las luces del puente, las únicas que cruzan la cinta negra del río. Por las orillas se diría que alguien ha enhebrado un hilo de resplandores a lo largo de la avenida. Las ventanas, en los bloques de oficinas, brillan como la sonrisa desdentada de un viejo. Es mi ciudad. La manta de la noche la cubre para que tenga dulces sueños. A veces me imagino, desde aquí arriba, que yo misma soy la madre que se preocupa para que las calles no se destapen. Hasta que se apague la última luz.

martes, 15 de noviembre de 2011

«Siete años», de Peter Stamm, en Acantilado






Peter Stamm (1963) traza la biografía de un buen tipo que de vez en cuando se convierte en un canalla. No se trata del que parece bueno y resulta el malo de la película, sino del bueno que al mismo tiempo es malo. Siento predilección por estos personajes cuya ambigüedad retrata con tanta exactitud nuestra época. Es un canalla al que perdonamos porque tiene la delicadeza de desvelarnos su intimidad, eso siempre provoca empatía. Y explica cuánto sufre, cómo las circunstancias son las que le conducen y otros quienes deciden por él. El lector asiente, justifica; se muere por justificarlo.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Luna de noviembre


De todos tus meses, luna, acaso al que más quieras sea al que menos caso hacemos. El poco agraciado, el peor vestido. El que estorba: en las calles ya están colgando los racimos de luces navideñas. El mes que parece una rancia sala de espera. Y no sé por qué, luna, sospecho que este es tu mes predilecto, acaso con el que más disfruta tu frío corazón de luz desvaída. O al menos, el único mes por el que haces esto, asomarte a la ventana de mi estudio para que cada año te fotografíe, solo a ti, luna de noviembre.

jueves, 10 de noviembre de 2011

La coartada

A los catorce años empezó a preparar la coartada. Fue un día en el que se entretuvo, llegó tarde y en el instituto habían cerrado ya la puerta. Se quedó merodeando por la calle, sin hacer nada, sólo pensando. De puro aburrimiento comenzó a memorizar qué diría cuando le pillaran. A todos; a su tutor, a su padre, a sus compañeros. Al día siguiente nadie le preguntó nada, así que tuvo que añadir un apéndice: las razones de que no lo hubiera confesado la víspera. Al otro, el silencio lo complicó aún más, pero él siguió ideando justificaciones, hasta hoy.

martes, 8 de noviembre de 2011

«Tan bella, tan cerca», de José Manuel Mora Fandos, en La isla de Siltolá (díptico)


Parece que la vida cotidiana sea aquella sobre la que no vale pana decir nada, como si vivir de otra manera estuviera al alcance de cualquier prosa. José Manuel Mora Fandos se propone en este libro su elogio. Quizá más, su comprensión. Digo quizá porque el autor en ningún momento declara sus objetivos, no es un ensayo al uso. Crea un mosaico de breves, delicados y lúcidos tratados que, juntos, sugieren otra forma de entender la vida cotidiana. Compartir, leer, concretar, narrar son los verbos que vertebran la experiencia diaria, Mora Fandos los presenta, pero al lector le toca machihembrarlos.
(2)
Parece que decirlo todo —de hecho, insistir en decirlo todo— sea la única manera de decir algo. No es ya una cuestión de una pedagogía desbocada, sino patológica. Casi publicitaria. Cómo se agradece, por lo tanto, cuando alguien, al escribir, calla. Deja que sea el silencio que reina en la mente del lector quien ensamble las piezas. Así ha escrito Mora Fandos este libro, y sobre todo un capítulo, «Espacios y paisajes», pequeña colección de relatos de vida cotidiana en 3D cuya finalidad no es convencernos de nada (se agradece tanto), sino adiestrar nuestra mirada para ver más con ella.

sábado, 5 de noviembre de 2011

El silencio

Lo había dejado en alguna parte. Estaba seguro. En un bolsillo de la americana. Los fue vaciando. El mechero, un pañuelo, la cartera. O de los pantalones. Ahí descubrió doblado un billete de metro. Se le ocurrió mirar la fecha, pero no reconoció los números. Estuvo a punto de tirarlo a la papelera, aunque rectificó a tiempo. Aquella fecha, ¿qué le decía? Nada. Inmediatamente cesó la búsqueda. No lo había descuidado sobre la cómoda de la habitación, ni en los cajones del despacho. Ya lo había descubierto. Observó de nuevo la fecha y estuvo esperando. Nada, no le dijo nada.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Búfala de Palau


La primera vez que había tenido noticia de las búfalas fue hace años en un restaurante de Bolonia, donde se me presentaron en forma de mozarela. Desde entonces, uno ya se ha acostumbrado al gusto ácido de su queso y hasta las reconoce en los logotipos que lo etiquetan. Cosa distinta es seguir un sendero trufado de unas bostas descomunales, colonizadas por miles de escarabajos que patean felices, y de repente encarar en el paisaje un trazo negro e intenso y una frente bien corneada que se yergue para observarle a uno con desconocida altivez. Pausadamente, las búfalas se alejan.

martes, 1 de noviembre de 2011

«Metro», de Federico Abad (tríptico)


Federico Abad resuelve las estrofas clásicas, aún las más intricadas, con una flexibilidad que impresiona. Consigue engastar una escritura contemporánea, casi coloquial, en formas que sólo se han dominado en épocas áureas. Es una botella de oxígeno —ave fénix— para la moribunda métrica: el metro también sirve para hablar del metro. O dicho al revés, del metro también se puede hablar en metro. Y el resultado produce una sonrisa intelectual, que de hecho no procede de lo que se cuenta en los poemas, sino del modo cómo se adapta el relato poético a la tradición implícita en las formas métricas.
(2)
La ironía de este libro da un paso un poco más allá en la propia formulación de la ironía: no busca el contenido, sino la relación —casi podríamos decir hipertextual— con la memoria del lector. Reconozco que este fenómeno ocurre sólo en la memoria de lectores con alguna formación, pero me he fijado un poco más, y he visto que consigue rizar el rizo: el lector aprendiz (para quien están escritos los poemas, en apariencia) percibe inconscientemente esa ironía, al sonreír por un contenido irónico plagado de rimas y ritmos, que no reconoce, pero que no le resultan tampoco desconocidos.
(3)

Es el lenguaje quien genera lenguaje, y el poeta es un mero reponedor en las estanterías del sentido. Va ordenando el lenguaje que nace de sí mismo para que parezca que lo ha hecho él. Ahora bien, nada crea más impotencia en el lenguaje que la liberalidad. Al lenguaje hay que ponerle horario, límites, disciplina y charcos en los que no pueda mojarse. Es decir: trabas. Métrica. Cuanto más compleja la dificultad, mayor brillo tiene esa capacidad del lenguaje de sortear todos los inconvenientes para crear sentido. Y existir en él. Y esta es la lección que imparte este libro.

jueves, 27 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, y 7

Ignacio Fortún. Rural, 2007

La luz sobre el zinc transforma los colores de igual manera que el crepúsculo matiza las losas, el revocado y los ladrillos de las construcciones olvidadizas hasta que parezcan algo. La chapa metálica carece de hondura, es solo una superficie átona en la que el pintor desemboza la perspectiva con trazos en conflicto que las manchas van suturando. También es quien dota de memoria a la imagen que, sin ella, no sería nada. Y cuando el cuadro parece concluido sobre una pared, aún está todo por decidir. Hay luces que oscurecen la plancha, unas subrayan las líneas, otras las modifican.

domingo, 23 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 6

Ignacio Fortún. Puentes sobre el Gállego, 2007

Desde aquí vemos la carretera de Barcelona sobre el río, las traseras del restaurante y los bloques de pisos cuya colada, cuando sopla el cierzo, despide a quienes tienen la suerte de marcharse. Hay otros que aparcan el coche de espaldas, a mí me gusta hacerlo de cara. Es cierto que siempre hay algún mirón que trata de adivinarnos tras los vidrios empañados, pero no me importa. Me gusta contemplar este paisaje cuando aún estoy jadeante y enciendo un pitillo. El puente, las farolas y en medio unos grandes carteles de los que sólo vemos la parte sin nada escrito.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 5

Ignacio Fortún. Protección oficial, 2002
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No podía ser verdad. Cuando la maestra dijo que era la representación de la belleza se me atravesó la frase. Yo había visto un reportaje en la tele sobre Picasso y me fascinó su taller. En un lugar así podría amontonarlo todo sin que madre me diera la matraca. Sería un genio. Que iba a ser pintor ya lo sabía, porque padre me había dicho que acabado el colegio, le llevaría a él los botes. Y soñaba con pasar de una pintura a la otra. Pero tenía un problema, la belleza. ¿Dónde encontraba en el barrio la belleza que representar?

viernes, 14 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 4

Ignacio Fortún. Retorno, 2005

El proceso creativo de Ignacio Fortún empieza ante una plancha de zinc, con su resplandor mate intacto. Sobre ella, con un punzón, realiza incisiones y rayados sin ninguna orientación previa. Reproduce sobre la plancha, a continuación, un pequeño boceto, figurativo, realizado antes de elegirla. A partir de este momento empieza el arduo trabajo pictórico, reelaborando formas y colores hasta conseguir la integración de las incisiones expresionistas con el dibujo figurativo. Se diría que no renuncia a ninguna tradición artística. A este proceso plástico Fortún le añade otra secuencia, su constante reflexión, lírica, sobre la memoria. Como un escritor de trazos.

domingo, 9 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 3

Ignacio Fortún. Caracoles, 2002
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En la gran sala de la vieja casa se abrían tres alcobas donde dormíamos nosotras. Desde el ventanal, que se alzaba sobre los restos de la muralla, se veía nuestro patio, las eras, a lo lejos la Cuesta y el idilio entre los campos de trigo y el cielo. Teníamos las maletas ya en la calle, atadas con cordeles, cuando apareció el hombre que se lo quedó todo y le dio a padre un montón de billetes que abultaban mucho, pero no valían nada. Ahora padre cultiva un huerto, ahí abajo. Si levanta la azada, choca con la pared trasera.

martes, 4 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 2

Ignacio Fortún, Serie ceniza húmeda, 1992

Sobre los pilares, la autopista dicen que lleva hacia el mar. El mar será, imagino, como este campo seco y pedregoso; igual de llano, más grande, menos áspero. Nunca he visto la cara de quienes van al mar. El viaducto cruza esto por arriba. A veces creo que conducen con los ojos cerrados. Yo al menos así lo haría. Cerraría los ojos para adelantar el momento de tumbarme en una playa. Dicen que la autopista lleva a esos sueños, pero a nosotros sólo nos llega el ronquido incesante y de vez en cuando una colilla que nos calcina nuestro mar.

sábado, 1 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 1

Ignacio Fortún. Una puta embadurnada de nivea, 1983
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Como las peladillas de los bautizos. Dulzonas por fuera. Azules, rosas, según el bebé. También las había blancas. Al morderlas crujía la costra del azúcar y debajo encontraba una la almendra. A veces le amargaba un poco. Así mismo hubiera dicho yo, al tuntún, que era el amor; aunque, la verdad, hay demasiadas cosas con dos sabores. Los recuerdos son un ejemplo, siempre recubren sus frutos secos con azúcar glasé. Para que brillen, digo. Pero a mí el amor me parece como las peladillas porque si venían del bautizo, a la hora de pagar, se acordaban de regalarme una bolsita.

jueves, 29 de septiembre de 2011

La corsetería de Córcega

Una mesa, un ordenador, un póster en la pared y un empleado, eso era todo en el local que una aseguradora tenía en la calle Córcega. Tal vez no necesitara más para vender miedo. Pero los negocios cambian. Hoy paso y veo que han abierto una corsetería. Aleluya: algo que mirar en ese instante del recorrido. Me llaman la atención los maniquíes, aunque carezcan de cabeza, brazos y piernas, dan la impresión de no hacerle ascos a una buena paella. Luego las fotos, el anverso de la anorexia. Y lo comprendo. Quieren vender sujetadores a mujeres reales: otra vez aleluya.

martes, 27 de septiembre de 2011

El sueño de la metamorfosis

Como sé que la comparación es el único modo de comprender la realidad, tras ojear el periódico entretengo mi abulia con el sudoku de metáforas del tren. Se diría que es de crisálida su encapsulamiento radical en la velocidad, aunque dudo que exista transformación alguna entre quien sube en una estación y baja en otra, ambas replicantes. Acaso se anhele una alteración no del interior, sino del exterior. Se parte de la ciudad oruga para llegar a la ciudad mariposa. Es posible que esa sea su metamorfosis. En todo caso, mera sugestión, porque el tren va de gusano a gusano.

domingo, 25 de septiembre de 2011

«Conversación» de Gonzalo Hidalgo Bayal, en Tusquets

En el principio del relato está la conversación, parecen afirmar los cinco cuentos conversados de Gonzalo Hidalgo Bayal (1950). Aquel personaje que cuenta el hecho fortuito que sin embargo no ha olvidado ni olvidará, aquel que habla para ocultar su tragedia, aquel que narra la vida de otro a los próximos o aquel que explica su vida a desconocidos… en estas conversaciones cotidianas, a veces casuales, parece prender la esencia misma del relato. Pero Hidalgo Bayal da un paso más, y el texto magistral que cierra el volumen encarna su final, la desarticulación de relato y conversación, el hablador solitario.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Souvenir de Zaragoza


En las ciudades que crecen hacia el límite del desierto la luz de las ventanas no se apaga en la noche, las calles ocultan recuerdos tras los montoncitos de arena que acumula el viento del norte en el pavimento y los hoteles se niegan a alojar solitarios que piden una habitación doble. En el desierto que se extiende casi hasta el extremo de la ciudad a veces se encienden a lo lejos luces de vehículos aparcados en ninguna parte. En la mísera vegetación de sus dunas se enzarzan envoltorios de caramelos infantiles que complican el paso a los escarabajos peloteros.

martes, 20 de septiembre de 2011

Pequeñas travesuras del final de verano

Como un gran sombrero mexicano, al que de repente le cubriera una sombra, se sitúa la nube sobre el paseo. En el restaurante, bajo la lona que protege del sol ausente, la vida descree del parte meteorológico. Sin embargo el chaparrón, indiferente y casi despiadado, irrumpe con el aperitivo. Súbitos chorreones se despeñan de los toldos para colmar las conchas negras de los mejillones y las copas con trazos de carmín. Los clientes abandonan sus posesiones y los camareros vacían el agua acumulada sobre la cubierta con palos de escoba. Una pareja aprovecha un improvisado cobijo del aguacero para besarse.

domingo, 18 de septiembre de 2011

«Cerrar los ojos para verte», de Rodrigo Olay


Hay un poema de Rodrigo Olay (1989) donde funde con delicadeza madrigal y jaiku: «En tus ojos oscuros / anochece de pronto / pero brilla la luna». Diestro en el arte del pastiche y más acertado aún en el dominio de la cita intratexutal, el poeta convoca la tradición literaria para crear profundidad y perspectiva en la experiencia de lo vivido. No se conforma con el mero relato del final de la adolescencia y la juventud, materia de sus poemas, sino que busca inscribirlo en las corrientes más densas del pensamiento poético, la temporalidad y la reflexión sobre la existencia.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La canción de septiembre

El sol de primera hora de la tarde se derrama sobre la ciudad como metal incandescente. Sólo los tres amigos se atreven a cruzar la plaza por el centro, sin el cobijo de los árboles. Avanzan al amparo de sus gorras y de una estrofa que repiten con el ritmo sincopado con el que la aprendieron. Se la cantan entre ellos para decirse cuanto tienen que contarse, que nunca es mucho. El sol se desploma sobre las calles cegándolo todo con su claridad. Las torres de ventilación atruenan. Nada que oír, nada que ver. Los tres amigos y una estrofa.

martes, 13 de septiembre de 2011

LaA, y 7

Una novela no ha de hablar de poética, ni de generaciones, ni del destino, pero sin una idea implícita de esas tres cosas, ¿para qué leerla? O mejor, ¿para qué escribirla? Los informes del confidente político se parecen a los poemas: revelan lo oculto, pero a nadie le interesa leerlos. Acaso haya demasiados delatores y lo único de verdad desconocido sea la claridad. Si descubre que aquello que da sentido a su vida no es suyo, sino del hermano mayor, acaso confunda las líneas que separan realidad y vacío. Su memoria se convierte así en un puesto de baratijas, áptera.

domingo, 11 de septiembre de 2011

LaA 6: La trama continúa

Dos hermanos. Pongamos que la traición, durante años un gesto inútil, por casualidad ha dinamitado los signos que, colocados por el hermano mayor, trazaban sus vidas. Todo aquello en lo que le habían hecho creer —su bienestar, el tocadiscos, la máquina de afeitar, sus privilegios e ideas del mundo— se lo ha llevado la nube de escombros que deja a su espalda. También al hermano, que acaso ya sólo piense en matarlo. Escapa y continúa huyendo cuando la distancia entre ambos parece insalvable. Sin símbolos antes ni delante, la huida se convierte en su única vida propia. Razón de ser.

viernes, 9 de septiembre de 2011

LaA 5: De la trama

Dos hermanos. Pongamos que el mayor ha descubierto las fisuras de un régimen autocrático para ubicarse en él, placenteramente. Le ha señalado el camino al menor, que disfruta de la vida ideada por su hermano a la sombra de la legalidad. En la DDR su apartamento tiene los mismos objetos que en cualquier piso de Berlín Oeste. Trata de disfrutarlos, como si le dijeran algo. Trata de que todo aquello tenga sentido, sin lograrlo. Cuanto más los llena, más vacuos le parecen los días. Sólo se vislumbra a sí mismo al otro lado de la traición. Que persigue en vano.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

LaA 4: ¿Suplantar o intensificar el tiempo?

Los libros alteran la percepción del tiempo inmediato. Los hay que lo suplantan. Por fuera y por dentro. Calzado para su suelo áspero e impostación de una trama. Leo una novela policiaca y la tarde se me va en ello, sin más, mi cabeza sumida en la fantasmagoría creada por un autor. No son mejores ni peores, sí exitosos. En otros, la afectación del tiempo no borra el agraz de quien lo lee, lo acentúa, la tarde camina por el mismo sendero escarpado por donde se aventuraba y el pensamiento gira, como las aspas de una hélice, sobre sí mismo.

lunes, 5 de septiembre de 2011

LaA 3: El autor no es quien conduce el Trabant

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Me gusta documentar las novelas a posteriori, una vez escritas. Con tal fin entro en el Museo de la DDR de Berlín. Allí reproducen un típico comedor obrero: muebles de fórmica, sofá de eskai y detrás, un cuadro con caballos desbocados por el bosque, el televisor presidiendo… los mismos comedores de mi adolescencia. Disfruto más subiéndome al Trabant que exponen. Me sitúo en la experiencia del protagonista y repaso con él su desesperado viaje desde el este hacia el sur. El trabbi transmite una extraña comodidad y, curiosamente, amplitud. El cambio de marchas es complicado; para mí, no para él.

viernes, 2 de septiembre de 2011

LaA 2: Las pulsiones del verbo

La narración ha de elegir su temporalidad entre las diversas pulsiones del verbo. Así, Ladridos al amanecer se conjuga en tres tiempos y un cuarto implícito. En primer lugar está el presente, que se trenza cuando la trama cobra consciencia de su inanidad, callejón sin salida incapaz de generar memoria. Por su parte, el pasado se bifurca, contradiciéndose. Del remoto, la infancia, emana afectividad, admiración, credibilidad. Del reciente, la madurez, la crecida de la indiferencia, el desmoronamiento. La narración entrevera estampas de estas tres épocas, aunque amenazadas siempre por un tiempo que sin haber llegado todo lo condiciona, el miedo.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LaA 1: Un inicio de novela


Tenía una razón para confiar en mí: era su hermano.
No olvido escribir. Nada más levantarme, aún antes del café, me he sentado ante una hoja en blanco y he empezado a anotar. A las 8:41 se calza las zapatillas. De una mujer delgada, sutil, parecen sus pasos por el pavimento. He contado cinco hasta que alcanza la taza del sanitario. No me hubieran despertado si mi desvelo no fuera tan pertinaz. Se sienta inmediatamente, sin que le dé tiempo a desprenderse de ninguna prenda. Siguen siendo las 8:41 cuando empieza a orinar. He cerrado los ojos y me he

miércoles, 24 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Los amores muertos

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Como los amantes que únicamente conservan separaciones y divorcios del intenso fulgor de sus pasiones, Berlín sólo muestra el polvo calcinado de sus febriles amores con la historia. No despreciaba don Juan a las mujeres engañadas, sino al curso de la vida, que tiene en el tiempo su esencia. Eso es don Juan, la experiencia amorosa que prescinde del tiempo. Berlín padece otro tipo de don juanismo con su pasado: la de quien ignora la lenta sucesión del tren mercancías del tiempo, y por ello todo lo brinda a la inmediatez de lo intenso, llama prodigiosa y breve, hoy calcinación.

viernes, 19 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Las nimiedades valiosas

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El berlinés Walter Benjamin me había enseñado que las grandes obras del presente caben en un fragmento, un artículo, una reseña. Que la vivencia de la ciudad, también, es un café, un barrio, una plaza. Desde entonces ha pasado casi un siglo. Por Berlín camino en busca de las grandes obras de este presente: encuentro valor ya sólo en lo que carece de metáfora, de sentido figurado: no la calle, sino el nombre de la calle; no el edificio, sino el número del edificio; no la plaza, sino el paraguas tirado entre la hierba; no el poema, sino las sílabas.

lunes, 15 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. El brillo de los comercios oscuros

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Sólo queda muro en pedacitos dentro de las tiendas de recuerdos, pero Berlín sigue pensándose con una línea, aún más drástica, entre oeste y este. En el oeste el comercio anhela imponerse a la voluntad y a la experiencia del paseante, como en casi todas partes y en casi todos los órdenes de la sociedad. Por el este se camina por calles a medio hacer y sin que nada lo avise ni lo prevea, un pequeño escaparte con un delicadísimo vestido, un bolso o unos zapatos que se podrían enmarcar. Sin reclamo, sin más información que el poema en sí.