jueves, 3 de noviembre de 2011

Búfala de Palau


La primera vez que había tenido noticia de las búfalas fue hace años en un restaurante de Bolonia, donde se me presentaron en forma de mozarela. Desde entonces, uno ya se ha acostumbrado al gusto ácido de su queso y hasta las reconoce en los logotipos que lo etiquetan. Cosa distinta es seguir un sendero trufado de unas bostas descomunales, colonizadas por miles de escarabajos que patean felices, y de repente encarar en el paisaje un trazo negro e intenso y una frente bien corneada que se yergue para observarle a uno con desconocida altivez. Pausadamente, las búfalas se alejan.

martes, 1 de noviembre de 2011

«Metro», de Federico Abad (tríptico)


Federico Abad resuelve las estrofas clásicas, aún las más intricadas, con una flexibilidad que impresiona. Consigue engastar una escritura contemporánea, casi coloquial, en formas que sólo se han dominado en épocas áureas. Es una botella de oxígeno —ave fénix— para la moribunda métrica: el metro también sirve para hablar del metro. O dicho al revés, del metro también se puede hablar en metro. Y el resultado produce una sonrisa intelectual, que de hecho no procede de lo que se cuenta en los poemas, sino del modo cómo se adapta el relato poético a la tradición implícita en las formas métricas.
(2)
La ironía de este libro da un paso un poco más allá en la propia formulación de la ironía: no busca el contenido, sino la relación —casi podríamos decir hipertextual— con la memoria del lector. Reconozco que este fenómeno ocurre sólo en la memoria de lectores con alguna formación, pero me he fijado un poco más, y he visto que consigue rizar el rizo: el lector aprendiz (para quien están escritos los poemas, en apariencia) percibe inconscientemente esa ironía, al sonreír por un contenido irónico plagado de rimas y ritmos, que no reconoce, pero que no le resultan tampoco desconocidos.
(3)

Es el lenguaje quien genera lenguaje, y el poeta es un mero reponedor en las estanterías del sentido. Va ordenando el lenguaje que nace de sí mismo para que parezca que lo ha hecho él. Ahora bien, nada crea más impotencia en el lenguaje que la liberalidad. Al lenguaje hay que ponerle horario, límites, disciplina y charcos en los que no pueda mojarse. Es decir: trabas. Métrica. Cuanto más compleja la dificultad, mayor brillo tiene esa capacidad del lenguaje de sortear todos los inconvenientes para crear sentido. Y existir en él. Y esta es la lección que imparte este libro.

jueves, 27 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, y 7

Ignacio Fortún. Rural, 2007

La luz sobre el zinc transforma los colores de igual manera que el crepúsculo matiza las losas, el revocado y los ladrillos de las construcciones olvidadizas hasta que parezcan algo. La chapa metálica carece de hondura, es solo una superficie átona en la que el pintor desemboza la perspectiva con trazos en conflicto que las manchas van suturando. También es quien dota de memoria a la imagen que, sin ella, no sería nada. Y cuando el cuadro parece concluido sobre una pared, aún está todo por decidir. Hay luces que oscurecen la plancha, unas subrayan las líneas, otras las modifican.

domingo, 23 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 6

Ignacio Fortún. Puentes sobre el Gállego, 2007

Desde aquí vemos la carretera de Barcelona sobre el río, las traseras del restaurante y los bloques de pisos cuya colada, cuando sopla el cierzo, despide a quienes tienen la suerte de marcharse. Hay otros que aparcan el coche de espaldas, a mí me gusta hacerlo de cara. Es cierto que siempre hay algún mirón que trata de adivinarnos tras los vidrios empañados, pero no me importa. Me gusta contemplar este paisaje cuando aún estoy jadeante y enciendo un pitillo. El puente, las farolas y en medio unos grandes carteles de los que sólo vemos la parte sin nada escrito.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 5

Ignacio Fortún. Protección oficial, 2002
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No podía ser verdad. Cuando la maestra dijo que era la representación de la belleza se me atravesó la frase. Yo había visto un reportaje en la tele sobre Picasso y me fascinó su taller. En un lugar así podría amontonarlo todo sin que madre me diera la matraca. Sería un genio. Que iba a ser pintor ya lo sabía, porque padre me había dicho que acabado el colegio, le llevaría a él los botes. Y soñaba con pasar de una pintura a la otra. Pero tenía un problema, la belleza. ¿Dónde encontraba en el barrio la belleza que representar?

viernes, 14 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 4

Ignacio Fortún. Retorno, 2005

El proceso creativo de Ignacio Fortún empieza ante una plancha de zinc, con su resplandor mate intacto. Sobre ella, con un punzón, realiza incisiones y rayados sin ninguna orientación previa. Reproduce sobre la plancha, a continuación, un pequeño boceto, figurativo, realizado antes de elegirla. A partir de este momento empieza el arduo trabajo pictórico, reelaborando formas y colores hasta conseguir la integración de las incisiones expresionistas con el dibujo figurativo. Se diría que no renuncia a ninguna tradición artística. A este proceso plástico Fortún le añade otra secuencia, su constante reflexión, lírica, sobre la memoria. Como un escritor de trazos.

domingo, 9 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 3

Ignacio Fortún. Caracoles, 2002
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En la gran sala de la vieja casa se abrían tres alcobas donde dormíamos nosotras. Desde el ventanal, que se alzaba sobre los restos de la muralla, se veía nuestro patio, las eras, a lo lejos la Cuesta y el idilio entre los campos de trigo y el cielo. Teníamos las maletas ya en la calle, atadas con cordeles, cuando apareció el hombre que se lo quedó todo y le dio a padre un montón de billetes que abultaban mucho, pero no valían nada. Ahora padre cultiva un huerto, ahí abajo. Si levanta la azada, choca con la pared trasera.

martes, 4 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 2

Ignacio Fortún, Serie ceniza húmeda, 1992

Sobre los pilares, la autopista dicen que lleva hacia el mar. El mar será, imagino, como este campo seco y pedregoso; igual de llano, más grande, menos áspero. Nunca he visto la cara de quienes van al mar. El viaducto cruza esto por arriba. A veces creo que conducen con los ojos cerrados. Yo al menos así lo haría. Cerraría los ojos para adelantar el momento de tumbarme en una playa. Dicen que la autopista lleva a esos sueños, pero a nosotros sólo nos llega el ronquido incesante y de vez en cuando una colilla que nos calcina nuestro mar.

sábado, 1 de octubre de 2011

El pilón de la memoria, 1

Ignacio Fortún. Una puta embadurnada de nivea, 1983
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Como las peladillas de los bautizos. Dulzonas por fuera. Azules, rosas, según el bebé. También las había blancas. Al morderlas crujía la costra del azúcar y debajo encontraba una la almendra. A veces le amargaba un poco. Así mismo hubiera dicho yo, al tuntún, que era el amor; aunque, la verdad, hay demasiadas cosas con dos sabores. Los recuerdos son un ejemplo, siempre recubren sus frutos secos con azúcar glasé. Para que brillen, digo. Pero a mí el amor me parece como las peladillas porque si venían del bautizo, a la hora de pagar, se acordaban de regalarme una bolsita.

jueves, 29 de septiembre de 2011

La corsetería de Córcega

Una mesa, un ordenador, un póster en la pared y un empleado, eso era todo en el local que una aseguradora tenía en la calle Córcega. Tal vez no necesitara más para vender miedo. Pero los negocios cambian. Hoy paso y veo que han abierto una corsetería. Aleluya: algo que mirar en ese instante del recorrido. Me llaman la atención los maniquíes, aunque carezcan de cabeza, brazos y piernas, dan la impresión de no hacerle ascos a una buena paella. Luego las fotos, el anverso de la anorexia. Y lo comprendo. Quieren vender sujetadores a mujeres reales: otra vez aleluya.

martes, 27 de septiembre de 2011

El sueño de la metamorfosis

Como sé que la comparación es el único modo de comprender la realidad, tras ojear el periódico entretengo mi abulia con el sudoku de metáforas del tren. Se diría que es de crisálida su encapsulamiento radical en la velocidad, aunque dudo que exista transformación alguna entre quien sube en una estación y baja en otra, ambas replicantes. Acaso se anhele una alteración no del interior, sino del exterior. Se parte de la ciudad oruga para llegar a la ciudad mariposa. Es posible que esa sea su metamorfosis. En todo caso, mera sugestión, porque el tren va de gusano a gusano.

domingo, 25 de septiembre de 2011

«Conversación» de Gonzalo Hidalgo Bayal, en Tusquets

En el principio del relato está la conversación, parecen afirmar los cinco cuentos conversados de Gonzalo Hidalgo Bayal (1950). Aquel personaje que cuenta el hecho fortuito que sin embargo no ha olvidado ni olvidará, aquel que habla para ocultar su tragedia, aquel que narra la vida de otro a los próximos o aquel que explica su vida a desconocidos… en estas conversaciones cotidianas, a veces casuales, parece prender la esencia misma del relato. Pero Hidalgo Bayal da un paso más, y el texto magistral que cierra el volumen encarna su final, la desarticulación de relato y conversación, el hablador solitario.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Souvenir de Zaragoza


En las ciudades que crecen hacia el límite del desierto la luz de las ventanas no se apaga en la noche, las calles ocultan recuerdos tras los montoncitos de arena que acumula el viento del norte en el pavimento y los hoteles se niegan a alojar solitarios que piden una habitación doble. En el desierto que se extiende casi hasta el extremo de la ciudad a veces se encienden a lo lejos luces de vehículos aparcados en ninguna parte. En la mísera vegetación de sus dunas se enzarzan envoltorios de caramelos infantiles que complican el paso a los escarabajos peloteros.

martes, 20 de septiembre de 2011

Pequeñas travesuras del final de verano

Como un gran sombrero mexicano, al que de repente le cubriera una sombra, se sitúa la nube sobre el paseo. En el restaurante, bajo la lona que protege del sol ausente, la vida descree del parte meteorológico. Sin embargo el chaparrón, indiferente y casi despiadado, irrumpe con el aperitivo. Súbitos chorreones se despeñan de los toldos para colmar las conchas negras de los mejillones y las copas con trazos de carmín. Los clientes abandonan sus posesiones y los camareros vacían el agua acumulada sobre la cubierta con palos de escoba. Una pareja aprovecha un improvisado cobijo del aguacero para besarse.

domingo, 18 de septiembre de 2011

«Cerrar los ojos para verte», de Rodrigo Olay


Hay un poema de Rodrigo Olay (1989) donde funde con delicadeza madrigal y jaiku: «En tus ojos oscuros / anochece de pronto / pero brilla la luna». Diestro en el arte del pastiche y más acertado aún en el dominio de la cita intratexutal, el poeta convoca la tradición literaria para crear profundidad y perspectiva en la experiencia de lo vivido. No se conforma con el mero relato del final de la adolescencia y la juventud, materia de sus poemas, sino que busca inscribirlo en las corrientes más densas del pensamiento poético, la temporalidad y la reflexión sobre la existencia.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La canción de septiembre

El sol de primera hora de la tarde se derrama sobre la ciudad como metal incandescente. Sólo los tres amigos se atreven a cruzar la plaza por el centro, sin el cobijo de los árboles. Avanzan al amparo de sus gorras y de una estrofa que repiten con el ritmo sincopado con el que la aprendieron. Se la cantan entre ellos para decirse cuanto tienen que contarse, que nunca es mucho. El sol se desploma sobre las calles cegándolo todo con su claridad. Las torres de ventilación atruenan. Nada que oír, nada que ver. Los tres amigos y una estrofa.

martes, 13 de septiembre de 2011

LaA, y 7

Una novela no ha de hablar de poética, ni de generaciones, ni del destino, pero sin una idea implícita de esas tres cosas, ¿para qué leerla? O mejor, ¿para qué escribirla? Los informes del confidente político se parecen a los poemas: revelan lo oculto, pero a nadie le interesa leerlos. Acaso haya demasiados delatores y lo único de verdad desconocido sea la claridad. Si descubre que aquello que da sentido a su vida no es suyo, sino del hermano mayor, acaso confunda las líneas que separan realidad y vacío. Su memoria se convierte así en un puesto de baratijas, áptera.

domingo, 11 de septiembre de 2011

LaA 6: La trama continúa

Dos hermanos. Pongamos que la traición, durante años un gesto inútil, por casualidad ha dinamitado los signos que, colocados por el hermano mayor, trazaban sus vidas. Todo aquello en lo que le habían hecho creer —su bienestar, el tocadiscos, la máquina de afeitar, sus privilegios e ideas del mundo— se lo ha llevado la nube de escombros que deja a su espalda. También al hermano, que acaso ya sólo piense en matarlo. Escapa y continúa huyendo cuando la distancia entre ambos parece insalvable. Sin símbolos antes ni delante, la huida se convierte en su única vida propia. Razón de ser.

viernes, 9 de septiembre de 2011

LaA 5: De la trama

Dos hermanos. Pongamos que el mayor ha descubierto las fisuras de un régimen autocrático para ubicarse en él, placenteramente. Le ha señalado el camino al menor, que disfruta de la vida ideada por su hermano a la sombra de la legalidad. En la DDR su apartamento tiene los mismos objetos que en cualquier piso de Berlín Oeste. Trata de disfrutarlos, como si le dijeran algo. Trata de que todo aquello tenga sentido, sin lograrlo. Cuanto más los llena, más vacuos le parecen los días. Sólo se vislumbra a sí mismo al otro lado de la traición. Que persigue en vano.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

LaA 4: ¿Suplantar o intensificar el tiempo?

Los libros alteran la percepción del tiempo inmediato. Los hay que lo suplantan. Por fuera y por dentro. Calzado para su suelo áspero e impostación de una trama. Leo una novela policiaca y la tarde se me va en ello, sin más, mi cabeza sumida en la fantasmagoría creada por un autor. No son mejores ni peores, sí exitosos. En otros, la afectación del tiempo no borra el agraz de quien lo lee, lo acentúa, la tarde camina por el mismo sendero escarpado por donde se aventuraba y el pensamiento gira, como las aspas de una hélice, sobre sí mismo.

lunes, 5 de septiembre de 2011

LaA 3: El autor no es quien conduce el Trabant

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Me gusta documentar las novelas a posteriori, una vez escritas. Con tal fin entro en el Museo de la DDR de Berlín. Allí reproducen un típico comedor obrero: muebles de fórmica, sofá de eskai y detrás, un cuadro con caballos desbocados por el bosque, el televisor presidiendo… los mismos comedores de mi adolescencia. Disfruto más subiéndome al Trabant que exponen. Me sitúo en la experiencia del protagonista y repaso con él su desesperado viaje desde el este hacia el sur. El trabbi transmite una extraña comodidad y, curiosamente, amplitud. El cambio de marchas es complicado; para mí, no para él.

viernes, 2 de septiembre de 2011

LaA 2: Las pulsiones del verbo

La narración ha de elegir su temporalidad entre las diversas pulsiones del verbo. Así, Ladridos al amanecer se conjuga en tres tiempos y un cuarto implícito. En primer lugar está el presente, que se trenza cuando la trama cobra consciencia de su inanidad, callejón sin salida incapaz de generar memoria. Por su parte, el pasado se bifurca, contradiciéndose. Del remoto, la infancia, emana afectividad, admiración, credibilidad. Del reciente, la madurez, la crecida de la indiferencia, el desmoronamiento. La narración entrevera estampas de estas tres épocas, aunque amenazadas siempre por un tiempo que sin haber llegado todo lo condiciona, el miedo.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LaA 1: Un inicio de novela


Tenía una razón para confiar en mí: era su hermano.
No olvido escribir. Nada más levantarme, aún antes del café, me he sentado ante una hoja en blanco y he empezado a anotar. A las 8:41 se calza las zapatillas. De una mujer delgada, sutil, parecen sus pasos por el pavimento. He contado cinco hasta que alcanza la taza del sanitario. No me hubieran despertado si mi desvelo no fuera tan pertinaz. Se sienta inmediatamente, sin que le dé tiempo a desprenderse de ninguna prenda. Siguen siendo las 8:41 cuando empieza a orinar. He cerrado los ojos y me he

miércoles, 24 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Los amores muertos

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Como los amantes que únicamente conservan separaciones y divorcios del intenso fulgor de sus pasiones, Berlín sólo muestra el polvo calcinado de sus febriles amores con la historia. No despreciaba don Juan a las mujeres engañadas, sino al curso de la vida, que tiene en el tiempo su esencia. Eso es don Juan, la experiencia amorosa que prescinde del tiempo. Berlín padece otro tipo de don juanismo con su pasado: la de quien ignora la lenta sucesión del tren mercancías del tiempo, y por ello todo lo brinda a la inmediatez de lo intenso, llama prodigiosa y breve, hoy calcinación.

viernes, 19 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Las nimiedades valiosas

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El berlinés Walter Benjamin me había enseñado que las grandes obras del presente caben en un fragmento, un artículo, una reseña. Que la vivencia de la ciudad, también, es un café, un barrio, una plaza. Desde entonces ha pasado casi un siglo. Por Berlín camino en busca de las grandes obras de este presente: encuentro valor ya sólo en lo que carece de metáfora, de sentido figurado: no la calle, sino el nombre de la calle; no el edificio, sino el número del edificio; no la plaza, sino el paraguas tirado entre la hierba; no el poema, sino las sílabas.

lunes, 15 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. El brillo de los comercios oscuros

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Sólo queda muro en pedacitos dentro de las tiendas de recuerdos, pero Berlín sigue pensándose con una línea, aún más drástica, entre oeste y este. En el oeste el comercio anhela imponerse a la voluntad y a la experiencia del paseante, como en casi todas partes y en casi todos los órdenes de la sociedad. Por el este se camina por calles a medio hacer y sin que nada lo avise ni lo prevea, un pequeño escaparte con un delicadísimo vestido, un bolso o unos zapatos que se podrían enmarcar. Sin reclamo, sin más información que el poema en sí.

viernes, 12 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. El paseo insulso

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En Kurfürstendamm una placa cuenta que allí Joseph Roth escribió Radetzkymarsch en 1932. He visto fotos de la avenida y entonces era un lugar elegante, con una fila de coches aparcados junto a la acera. Tal vez por eso Joseph Roth, cuando la recorría, se pegaba a las paredes «como los perros» y envidiaba la libertad y la rapidez de los tranvías. A estos les sembraban verde y exuberante hierba para su tránsito; a él, sólo señores con abrigo de paño y sombrero caro. Es la realidad que leo; la que veo: comercios iguales y multitudes idénticas de distintos orígenes.

domingo, 7 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. El aperitivo hierático

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Se llega a Berlín con ansias cosmopolitas y se descubren poco a poco los deleites de la capital de provincias que fue y acaso nunca deje de ser. Provinciana librería, junto a la gran avenida comercial del oeste, donde ordenan los libros por editoriales en unos estantes verdes, de noble madera, llenos de encanto. Se cruza Berlín en busca del fragor moderno y se anota en la memoria el nombre de los cafés que convidan a perder la tarde charlando. Berlín, ninfa hierática que se quita el zapato para pinchar con su tacón una aceituna en el platillo del aperitivo.

jueves, 4 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Los tranvías gamberros


Desde la casa en la que vivieron juntos unos meses en Berlín Dora Diamant y Franz Kafka, en 1923, se oye el paso de los tranvías que suben y bajan por Munzstraβe. El edificio, situado en una calle tranquila y discreta, tiene planta baja, tres pisos y buhardillas. En su fachada se abren siete ventanales por nivel, coronados en el primero —éste también más alto— y segundo por una moldura rectilínea y escalonada, muy elegante. Observo estos detalles mientras oigo que pasan los tranvías «con groseros ruidos de viento, y sonando como relojes estropeados». Así los describió Kafka en 1910.

lunes, 1 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Los paraguas muertos

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Un día de viento y lluvia en Berlín deja las calles llenas de paraguas muertos. Cuento siete en el cubo de la basura del empleado municipal que los ha recogido y yo fotografío otros tantos. Los berlineses, que diligentes llevan entre los dedos el papel del caramelo que acaban de meterse en la boca hasta la distante papelera, abandonan a su suerte en cualquier sitio su paraguas cuando la varilla se rompe o no se abre. Parece una metáfora del desamparo del dueño del paraguas tras el incidente. Acaso se quede en mera paradoja: el resguardo perdido, a la intemperie.

lunes, 25 de julio de 2011

Descalzo por el bosque, y 7

Del país de los Néma poco se sabía hasta que se divulgaron los prodigiosos escritos de Radbeck Perksio Éada y se tuvo noticia de sus intrincadas expediciones por esta región cuya geografía desconocen los mitógrafos. Una malformación genética, al parecer extendida desde antiguo, había impedido que los Néma desarrollaran el habla, y es posible incluso que quienes pudieran hablar no tuviesen quien les enseñara. Desarrollaron, sin embargo, un complejo sistema de signos basado en la mirada y en la caricia con el que, según observación del maestro Radbeck, «nada dejaba de ser dicho, y al atardecer se mostraban incluso locuaces».

martes, 19 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 6

En cierta ocasión, según relatan los anales pictóricos de los reinos tétricos, se presentaron ante el monarca dos súbditos que se atacaban con idénticas acusaciones. Tetros IV miraba a uno y otro alternativamente para escuchar siempre las mismas palabras que acababa de oír. Mandó que pasaran los testigos, y la escena se reprodujo con estos. Quienes defendían a uno lo hacían como si hablaran ante las aguas quietas del lago, que respondían con los mismos gestos. Ordenó un torneo entre ambos, y los dos luchadores cayeron al suelo en el mismo golpe. A la vez vomitaron sangre y juntos perecieron.

sábado, 16 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 5

Se acercan al fuego. Han calzado los carros con pedruscos y las acémilas arrancan la escasa hierba de la planicie con su habitual escepticismo. La hojarasca crepita sobre los troncos, por prenderlos, y las llamas impetuosas se abrazan a los pies ennegrecidos de la trébede, que sostendrá la olla cuando el cocinero vierta en el agua los rábanos pelados. La luz se acuesta sobre las colinas occidentales, a su espalda. Enfrente oscurece el territorio ignoto. Nada saben de él, pero si algo convierte las incertidumbres en certeza es la guerra. Un palafrenero cuenta una historia, se echan a reír todos.

martes, 12 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 4

La ciudadela de Pious Gobón se alza señorial sobre un escarpado promontorio en mitad de la llanura. Sólo las cabras ascienden por sus laderas. Sus guerreros, con el paso de las generaciones, compartieron la inexistente tarea defensiva con otros oficios. Unos fabricaban quesos, otros practicaron la oración como garantía de la paz que disfrutaban. Con el tiempo, los soldados queseros abandonaron la peña agreste para estimular la venta de sus productos, y los orantes salieron en busca de nuevos beatos para sus creencias. Y las calles de la fortificación, nunca conquistada, quedaron sólo a merced de perros y de ratas.

viernes, 8 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 3

Por la cuenca del río Po se extende el territorio que absorbió a los descendientes del rey Fricǎ. Como los pájaros al atardecer, llegaron en bloque, sucios y sedientos. Huían de las montañas. Pasaron tres días seguidos en las aguas, comiendo los frutos de los árboles ribereños que arrastraba la corriente. Luego se esparcieron por la comarca. La mayoría perdió la lengua de sus muertos al paso que apilaba piedras para levantar una casa. Su piel dejó de ser blanca y los ojos de sus hijos nunca fueron tan claros. Sólo una breve desazón al anochecer les recordaba su identidad.

lunes, 4 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 2

El general de los ejércitos mokradíes, cuando atravesaba estas tierras exultante por sus victorias, erigió una ciudad en lo que hoy son los suburbios de la gran metrópoli de Suchý. Apenas quedan en pie dos columnas del templo fundacional. Sobre sus gastados capiteles una familia ha extendido una lona protectora, y de fuste a fuste hay atados alambres donde cuelgan sus pertenencias. Con un poco de atención se puede descubrir cómo algún ciego reposa a la sombra sobre un sillar geométricamente tallado. Conviene, no obstante, regresar temprano al centro de Suchý, porque con el anochecer la vieja Mokradí se anega.

viernes, 1 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 1

Se cuenta de los habitantes de Toprak que mantienen desde antiguo la costumbre de levitar cuando amanece. Se alzan del suelo durante unos segundos en honor al soldado que fundó su imperio y que pervive en el nombre de la ciudad. Tras un salto imposible sobre la tierra que le había visto nacer como hijo de vagabundos, Toprak situó su cuchillo por encima del escudo de su enemigo, el temible rey Arazi, y se mantuvo en el aire el tiempo necesario para esquivar la espada y devolverle un golpe mortal en el cuello. Levitan, devotos, como quien no se afeita.

domingo, 26 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude, et 7

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En la juventud uno cree que la vida es como un barracón de feria. Tras la última jarana, se madruga, se quitan las estacas, las maderas quedan apilados en la caja del camión y junto al rectángulo de lo que fue la experiencia sólo se ven las manchas oscuras de la orina en el suelo. Uno se siente nómada de feria en feria, a cuestas con la provisionalidad de la juerga y basta. Pero la vida tiene días, y cada día es un sólido sillar que se asienta sobre la piedra del día anterior y crece dejándole a uno dentro.

lunes, 20 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 6

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Una casa solariega en lo alto de una calle, con vistas a las eras. Que la antigua muralla pasa por el corral lo certifican algunos sillares aún colocados en su lugar. Cerca hay una fuente y pasan las mujeres arriba y abajo con cántaros en la cadera. Las contemplo desde el ventanal. No sé muy bien cómo es por dentro la casa ni qué hago en ella. Durante años soñé esta escena, luego dejé de soñarla y acaso quedaron cerradas sus contraventanas para siempre. Ahora distingo las losas o la puerta con bastante más nitidez que aquello que he vivido.

jueves, 16 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 5

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Una maceta de claveles rojos, los visillos con un barco bordado que parecía navegar en mitad del azul de sus jambas, la luz de una lamparilla de pie al caer la tarde. No miraba porque sí aquella ventana cada día camino del colegio, de regreso, dándole mordiscos a la merienda o patadas a un balón. La observaba detenidamente por captar el paso fugaz de una sombra. Sólo era un niño, y la viuda, aquella mujer enigmática de la que se decían tantas cosas. Ante su ventana, hoy, no me pregunto qué será de ella, sino qué ha sido de mí.