viernes, 2 de septiembre de 2011

LaA 2: Las pulsiones del verbo

La narración ha de elegir su temporalidad entre las diversas pulsiones del verbo. Así, Ladridos al amanecer se conjuga en tres tiempos y un cuarto implícito. En primer lugar está el presente, que se trenza cuando la trama cobra consciencia de su inanidad, callejón sin salida incapaz de generar memoria. Por su parte, el pasado se bifurca, contradiciéndose. Del remoto, la infancia, emana afectividad, admiración, credibilidad. Del reciente, la madurez, la crecida de la indiferencia, el desmoronamiento. La narración entrevera estampas de estas tres épocas, aunque amenazadas siempre por un tiempo que sin haber llegado todo lo condiciona, el miedo.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LaA 1: Un inicio de novela


Tenía una razón para confiar en mí: era su hermano.
No olvido escribir. Nada más levantarme, aún antes del café, me he sentado ante una hoja en blanco y he empezado a anotar. A las 8:41 se calza las zapatillas. De una mujer delgada, sutil, parecen sus pasos por el pavimento. He contado cinco hasta que alcanza la taza del sanitario. No me hubieran despertado si mi desvelo no fuera tan pertinaz. Se sienta inmediatamente, sin que le dé tiempo a desprenderse de ninguna prenda. Siguen siendo las 8:41 cuando empieza a orinar. He cerrado los ojos y me he

miércoles, 24 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Los amores muertos

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Como los amantes que únicamente conservan separaciones y divorcios del intenso fulgor de sus pasiones, Berlín sólo muestra el polvo calcinado de sus febriles amores con la historia. No despreciaba don Juan a las mujeres engañadas, sino al curso de la vida, que tiene en el tiempo su esencia. Eso es don Juan, la experiencia amorosa que prescinde del tiempo. Berlín padece otro tipo de don juanismo con su pasado: la de quien ignora la lenta sucesión del tren mercancías del tiempo, y por ello todo lo brinda a la inmediatez de lo intenso, llama prodigiosa y breve, hoy calcinación.

viernes, 19 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Las nimiedades valiosas

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El berlinés Walter Benjamin me había enseñado que las grandes obras del presente caben en un fragmento, un artículo, una reseña. Que la vivencia de la ciudad, también, es un café, un barrio, una plaza. Desde entonces ha pasado casi un siglo. Por Berlín camino en busca de las grandes obras de este presente: encuentro valor ya sólo en lo que carece de metáfora, de sentido figurado: no la calle, sino el nombre de la calle; no el edificio, sino el número del edificio; no la plaza, sino el paraguas tirado entre la hierba; no el poema, sino las sílabas.

lunes, 15 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. El brillo de los comercios oscuros

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Sólo queda muro en pedacitos dentro de las tiendas de recuerdos, pero Berlín sigue pensándose con una línea, aún más drástica, entre oeste y este. En el oeste el comercio anhela imponerse a la voluntad y a la experiencia del paseante, como en casi todas partes y en casi todos los órdenes de la sociedad. Por el este se camina por calles a medio hacer y sin que nada lo avise ni lo prevea, un pequeño escaparte con un delicadísimo vestido, un bolso o unos zapatos que se podrían enmarcar. Sin reclamo, sin más información que el poema en sí.

viernes, 12 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. El paseo insulso

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En Kurfürstendamm una placa cuenta que allí Joseph Roth escribió Radetzkymarsch en 1932. He visto fotos de la avenida y entonces era un lugar elegante, con una fila de coches aparcados junto a la acera. Tal vez por eso Joseph Roth, cuando la recorría, se pegaba a las paredes «como los perros» y envidiaba la libertad y la rapidez de los tranvías. A estos les sembraban verde y exuberante hierba para su tránsito; a él, sólo señores con abrigo de paño y sombrero caro. Es la realidad que leo; la que veo: comercios iguales y multitudes idénticas de distintos orígenes.

domingo, 7 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. El aperitivo hierático

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Se llega a Berlín con ansias cosmopolitas y se descubren poco a poco los deleites de la capital de provincias que fue y acaso nunca deje de ser. Provinciana librería, junto a la gran avenida comercial del oeste, donde ordenan los libros por editoriales en unos estantes verdes, de noble madera, llenos de encanto. Se cruza Berlín en busca del fragor moderno y se anota en la memoria el nombre de los cafés que convidan a perder la tarde charlando. Berlín, ninfa hierática que se quita el zapato para pinchar con su tacón una aceituna en el platillo del aperitivo.

jueves, 4 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Los tranvías gamberros


Desde la casa en la que vivieron juntos unos meses en Berlín Dora Diamant y Franz Kafka, en 1923, se oye el paso de los tranvías que suben y bajan por Munzstraβe. El edificio, situado en una calle tranquila y discreta, tiene planta baja, tres pisos y buhardillas. En su fachada se abren siete ventanales por nivel, coronados en el primero —éste también más alto— y segundo por una moldura rectilínea y escalonada, muy elegante. Observo estos detalles mientras oigo que pasan los tranvías «con groseros ruidos de viento, y sonando como relojes estropeados». Así los describió Kafka en 1910.

lunes, 1 de agosto de 2011

Mínima berlinesa. Los paraguas muertos

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Un día de viento y lluvia en Berlín deja las calles llenas de paraguas muertos. Cuento siete en el cubo de la basura del empleado municipal que los ha recogido y yo fotografío otros tantos. Los berlineses, que diligentes llevan entre los dedos el papel del caramelo que acaban de meterse en la boca hasta la distante papelera, abandonan a su suerte en cualquier sitio su paraguas cuando la varilla se rompe o no se abre. Parece una metáfora del desamparo del dueño del paraguas tras el incidente. Acaso se quede en mera paradoja: el resguardo perdido, a la intemperie.

lunes, 25 de julio de 2011

Descalzo por el bosque, y 7

Del país de los Néma poco se sabía hasta que se divulgaron los prodigiosos escritos de Radbeck Perksio Éada y se tuvo noticia de sus intrincadas expediciones por esta región cuya geografía desconocen los mitógrafos. Una malformación genética, al parecer extendida desde antiguo, había impedido que los Néma desarrollaran el habla, y es posible incluso que quienes pudieran hablar no tuviesen quien les enseñara. Desarrollaron, sin embargo, un complejo sistema de signos basado en la mirada y en la caricia con el que, según observación del maestro Radbeck, «nada dejaba de ser dicho, y al atardecer se mostraban incluso locuaces».

martes, 19 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 6

En cierta ocasión, según relatan los anales pictóricos de los reinos tétricos, se presentaron ante el monarca dos súbditos que se atacaban con idénticas acusaciones. Tetros IV miraba a uno y otro alternativamente para escuchar siempre las mismas palabras que acababa de oír. Mandó que pasaran los testigos, y la escena se reprodujo con estos. Quienes defendían a uno lo hacían como si hablaran ante las aguas quietas del lago, que respondían con los mismos gestos. Ordenó un torneo entre ambos, y los dos luchadores cayeron al suelo en el mismo golpe. A la vez vomitaron sangre y juntos perecieron.

sábado, 16 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 5

Se acercan al fuego. Han calzado los carros con pedruscos y las acémilas arrancan la escasa hierba de la planicie con su habitual escepticismo. La hojarasca crepita sobre los troncos, por prenderlos, y las llamas impetuosas se abrazan a los pies ennegrecidos de la trébede, que sostendrá la olla cuando el cocinero vierta en el agua los rábanos pelados. La luz se acuesta sobre las colinas occidentales, a su espalda. Enfrente oscurece el territorio ignoto. Nada saben de él, pero si algo convierte las incertidumbres en certeza es la guerra. Un palafrenero cuenta una historia, se echan a reír todos.

martes, 12 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 4

La ciudadela de Pious Gobón se alza señorial sobre un escarpado promontorio en mitad de la llanura. Sólo las cabras ascienden por sus laderas. Sus guerreros, con el paso de las generaciones, compartieron la inexistente tarea defensiva con otros oficios. Unos fabricaban quesos, otros practicaron la oración como garantía de la paz que disfrutaban. Con el tiempo, los soldados queseros abandonaron la peña agreste para estimular la venta de sus productos, y los orantes salieron en busca de nuevos beatos para sus creencias. Y las calles de la fortificación, nunca conquistada, quedaron sólo a merced de perros y de ratas.

viernes, 8 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 3

Por la cuenca del río Po se extende el territorio que absorbió a los descendientes del rey Fricǎ. Como los pájaros al atardecer, llegaron en bloque, sucios y sedientos. Huían de las montañas. Pasaron tres días seguidos en las aguas, comiendo los frutos de los árboles ribereños que arrastraba la corriente. Luego se esparcieron por la comarca. La mayoría perdió la lengua de sus muertos al paso que apilaba piedras para levantar una casa. Su piel dejó de ser blanca y los ojos de sus hijos nunca fueron tan claros. Sólo una breve desazón al anochecer les recordaba su identidad.

lunes, 4 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 2

El general de los ejércitos mokradíes, cuando atravesaba estas tierras exultante por sus victorias, erigió una ciudad en lo que hoy son los suburbios de la gran metrópoli de Suchý. Apenas quedan en pie dos columnas del templo fundacional. Sobre sus gastados capiteles una familia ha extendido una lona protectora, y de fuste a fuste hay atados alambres donde cuelgan sus pertenencias. Con un poco de atención se puede descubrir cómo algún ciego reposa a la sombra sobre un sillar geométricamente tallado. Conviene, no obstante, regresar temprano al centro de Suchý, porque con el anochecer la vieja Mokradí se anega.

viernes, 1 de julio de 2011

Descalzo por el bosque 1

Se cuenta de los habitantes de Toprak que mantienen desde antiguo la costumbre de levitar cuando amanece. Se alzan del suelo durante unos segundos en honor al soldado que fundó su imperio y que pervive en el nombre de la ciudad. Tras un salto imposible sobre la tierra que le había visto nacer como hijo de vagabundos, Toprak situó su cuchillo por encima del escudo de su enemigo, el temible rey Arazi, y se mantuvo en el aire el tiempo necesario para esquivar la espada y devolverle un golpe mortal en el cuello. Levitan, devotos, como quien no se afeita.

domingo, 26 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude, et 7

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En la juventud uno cree que la vida es como un barracón de feria. Tras la última jarana, se madruga, se quitan las estacas, las maderas quedan apilados en la caja del camión y junto al rectángulo de lo que fue la experiencia sólo se ven las manchas oscuras de la orina en el suelo. Uno se siente nómada de feria en feria, a cuestas con la provisionalidad de la juerga y basta. Pero la vida tiene días, y cada día es un sólido sillar que se asienta sobre la piedra del día anterior y crece dejándole a uno dentro.

lunes, 20 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 6

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Una casa solariega en lo alto de una calle, con vistas a las eras. Que la antigua muralla pasa por el corral lo certifican algunos sillares aún colocados en su lugar. Cerca hay una fuente y pasan las mujeres arriba y abajo con cántaros en la cadera. Las contemplo desde el ventanal. No sé muy bien cómo es por dentro la casa ni qué hago en ella. Durante años soñé esta escena, luego dejé de soñarla y acaso quedaron cerradas sus contraventanas para siempre. Ahora distingo las losas o la puerta con bastante más nitidez que aquello que he vivido.

jueves, 16 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 5

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Una maceta de claveles rojos, los visillos con un barco bordado que parecía navegar en mitad del azul de sus jambas, la luz de una lamparilla de pie al caer la tarde. No miraba porque sí aquella ventana cada día camino del colegio, de regreso, dándole mordiscos a la merienda o patadas a un balón. La observaba detenidamente por captar el paso fugaz de una sombra. Sólo era un niño, y la viuda, aquella mujer enigmática de la que se decían tantas cosas. Ante su ventana, hoy, no me pregunto qué será de ella, sino qué ha sido de mí.

lunes, 13 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 4

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La vida son los cielos —nos dice el embaucador del castillo al atardecer—, las montañas a lo lejos, los campos en flor, los bosques, el vuelo del cernícalo. Eso es la vida —clama y su voz retumba en el patio de armas y se posa en la arena—, las ardillas que corretean por el camino, las mariposas que lo embellecen. Al amanecer me acurruco en el alféizar de la tronera y aunque el aire que su hueco cuela me hiele la mirada observo todo por ver cuánta razón lleva: las nubes, los pájaros, la vida de los demás.

miércoles, 8 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 3


Los días, el miedo, la nómina, qué se yo, los horarios fueron apilándose a mi alrededor como sillares de un muro cada vez más alto, y la sombra que proyectaba acabó por secar la hierba y las flores que habían nacido en mi piel con sus caricias. Y lo que construí como defensa —¿de qué?, de la soledad, de las compañías desconocidas— se convirtió, con los años, en el auténtico enemigo. Fue entonces cuando la descubrí, estrecha aspillera abierta en la rutina para admirar el mundo con la belleza desnuda de sus pocos centímetros, y me devolvió a mí misma.

sábado, 4 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 2

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Sobre las mesas el viento ha acumulado un dedo de arena que nadie retira. Las sillas caídas, desparejadas, que nadie alinea. Una alfombra de hojas que no barre nadie acaso en años. Y el silencio, sobre todo, que el vuelo impetuoso de algún gorrión no consigue acallar. Por un boquete abierto entre los sillares de la memoria he querido contemplar hoy el recuerdo de aquella tarde. Tarde de inicios del verano, calurosa bajo la sombra de las acacias, en el patio del restaurante, con los platos del postre sucios aún sobre el mantel y las copas, las risas, las palabras.

miércoles, 1 de junio de 2011

Fenêtres d’Aude 1

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Mi cuarto está en el primer piso de la casa de mis padres. A la derecha, el corredor conduce hasta una ventana que da a la calle. A la izquierda, la escalera acaba delante de la puerta de entrada. La casa de mis padres ya no es mi casa, desde que dejé de ser una niña. Pero es donde sigo viviendo. Stéphane salió una mañana del pueblo y no ha regresado ni en verano. Es cuando más trabajo hay, dice. Aquel día subí al castillo y miré los campos. Cada mañana, al salir del cuarto, dudo si ventana o puerta.

martes, 24 de mayo de 2011

Buenos días, noche y 7

Toman la luz de donde venga, de noche de las farolas tímidas y de día les gusta por su gama de dorados el sol de la tarde. Sólo gracias a esta artesanía del brillo las vías tranviarias soportan la terca racionalidad de su trazado. Aprendo con su euforia, observándolas, y me digo que también la vida, de horarios y hábitos tan rectilíneos, ha de manejar como un espejo los destellos que le alcanzan. Sobre todo ahora que ya no circulan los tranvías y han empezado a asfaltar el empedrado desde la avenida con una destreza que me deja sin metáforas.

viernes, 20 de mayo de 2011

Buenos días, noche 6

Necesitaba saber quién era Heráclito. Lo creí explicado en un libro de tapas azules que aguarda sobre la mesa desde hace tiempo, pero cómo abrirlo delante de tantas miradas, cómo repantignarse así en la lectura. Quiero saber algo sobre Heráclito acaso también para contárselo y en mi libreta de notas encuentro unos garabatos ilegibles que no he escrito ni conozco quién sea su autor. Abro el libro de tapas azules sin ver sus páginas y cuando la confianza me lo permite miro, y ante mis ojos el papel se cristaliza; láminas brillantes, negras, que absorben la luz y devuelven tinta.

lunes, 16 de mayo de 2011

Buenos días, noche 5

Así el día, igual que se busca el urinario dentro de un sueño. Y no se piensa en otra cosa y alegra encontrar un pasaje comercial donde ha de existir por fuerza un retrete. Y uno entra y mira a las alturas para descubrir la pareja de monigotes con la que indican el camino que ha de seguir su ya único deseo. Y recorre las galerías, desatento a su pesar a tantos escaparates brillantes, seductores. Y gira a un lado y a otro, y avanza guiado por la sensación de inmediatez, aunque sepa que sólo cuando despierte dará con él.

jueves, 12 de mayo de 2011

Buenos días, noche 4

La llegada del día es como el pantalón extraviado en el armario hace años que uno encuentra al ir en busca de los calcetines y le alegra tanto haberlo descubierto que no duda en quitarse el que ya se había puesto para que con la prenda reviva el recuerdo de los tiempos en los que lo lucía y le gustaba lucirlo, pero cuando introduce la pierna derecha no logra que el pie aparezca al cabo de la pernera y aun así precipita la pierna izquierda en el tubo correspondiente y patalea y gesticula por forzar el camino que no halla.

domingo, 8 de mayo de 2011

Buenos días, noche 3

Siento la euforia de quien anoche escribió el pedacito quinientos de este mosaico y se despierta ansioso por colgarlo en la red, antes de desayunar y aun de peinarse. Le doy a los botones y aguardo. No sé muy bien qué significa haber escrito quinientas astillas de un madero triturado, quinientos trocitos de nada, pero estoy contento. No se ha podido establecer conexión con Internet —dice la pantalla. Me levanto: el módem parpadea, plaf, plaf, plaf y luego se enciende la luz roja. Una y otra vez. ¿Y mi aniversario? ¿Y mi charco? ¿Mi rinconcito? No se ha podido establecer.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Buenos días, noche 2

Nada más sonar el despertador y estirar el brazo para apagarlo lo veo, es una mancha oscura sobre la piel. Luego dos, tres acaso. Son como pequeños bultos vaporosos. Enciendo la lamparita del cuarto. Son como copitos de algodón negros. Levanto la tapa, están por todo el cuerpo. Subo la persiana. No duelen, sin embargo, estas mínimas protuberancia etéreas, de límites confusos. Con brillo betunado. Están pegadas a la piel, estiro una y se va deshilando, como un cachito de oscuridad que me fuera quitando. Luego otra, y otra, con gesto febril. Como trocitos de noche. Y otra. Como angustias.

domingo, 1 de mayo de 2011

Buenos días, noche 1

Los postigos cerrados cuelan el tenue resplandor de un hilo de luz. Ha llegado el día y me levanto para abrirle la ventana y dejar paso a su ímpetu. El cielo ambarino, la brisa fresca, las flores de los tiestos recién salidas del obrador nocturno. Voy a regresar a la cama, y al darme la vuelta mi rodilla tropieza con un mueble que no he visto. El cuarto permanece a oscuras, con el único matiz del punto rojo del despertador en el otro extremo. Compruebo que no haya cerrado la ventana por error. Miro adentro y veo sólo oscuridad, noche.

lunes, 25 de abril de 2011

Rue Mazarine

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Azul oscuro, intensamente oscuro. El mar cuando anochece. La pared. Donde no hay una puerta. La pared contigua, donde tampoco hay una ventana. El mar que se petrifica y queda lo azul de la noche. Los párpados cuando se aprietan para evitar que los ojos vean. Los párpados cuando anhelan que no regrese la luz a la cavidad que custodian. El mar, azul oscuro, nada más que una palabra que nombra el lugar que ocupa una pared, otra. Y ya no son necesarios los párpados. Su tinta tiñe. Su tinta cae, como persiana de comercio al final de la jornada.

jueves, 21 de abril de 2011

Rue Balzac

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—¿Comedia? ¿Por qué? Antes se diría que es una tragedia perpetua.
—No del todo.
—¿Que no? No me venga con cuentos. Sangre a borbotones. Dominación a espuertas.

—Es una manera de mirarlo.
—Ah, ¿es que hay otras?
—¿Otras qué?
—Me toma el pelo.
—En absoluto. La crítica es asunto muy serio.
—¿Entones?
—Entonces.
—Entonces convendrá conmigo que impera la tragedia. Por todas partes. En todos los rincones. A cada paso que se da. Eso es lo único que merece la pena ser contado.
—¿Y lo demás?
—¿Cómo lo demás?
—Los bonos del estado, por ejemplo, están dando lo que nunca.

viernes, 15 de abril de 2011

Rue Jean-Jacques Rousseau

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—¿Quién ha tirado la tiza? ¿Has sido tú, Émile?
—No, profe.
—¿Quién me ha lanzado una tiza a la cabeza mientras escribía en la pizarra?
—La tiza no iba contra su cabeza, profe. Sólo iba.
—¿Has sido tú, Émile?
—Ya le he dicho que no.
—Entonces, ¿por qué sabes tanto sobre la tiza?
—Yo no he sido. Mire, tengo el lápiz en la mano. Copiaba los problemas.
—¿En la mano?
—Sí, aquí está, ¿no lo ve?
—¿Desde cuándo eres zurdo, Émile?
—Desde nunca.
—¡Ah! Entonces, ¿qué hace el lápiz en tu mano izquierda?
—Yo qué sé. Yo no he sido.

lunes, 11 de abril de 2011

Quai des Tuileries

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Sobre el tedio de la cola de turistas que se refugia bajo su sombra, en la copa de los tilos plantados en hilera existe otra ciudad acaso más populosa y mucho más apasionante. No la descubro yo, claro, un turista más a la espera de míticos y refinados nenúfares. «Ves estas manchitas amarillas —G señala un punto imperceptible de la corteza de un tilo—, son huevos; y en esas hojas, lo ves, —y veo unas arañitas mínimas, como párvulos en el patio— son larvas; y allá hay una pupa y esta mariquita, preciosa, brillante, acaba de nacer ahora mismo».

viernes, 8 de abril de 2011

Rue Pascal


Acecha por las noches y no cede cuando sale el sol. Aparece en la soledad del cuarto y en el alboroto de la taberna. Está entre las páginas de los libros trufada, como el pétalo que queda guardado del día que ya no está. Si la miro no la veo y sin embargo estoy siempre viéndola aunque no la contemple nunca. No existe más certeza que su incertidumbre, ni más verdad que su desconocimiento. Me habla cuando me miro la mano diestra y cuando con la misma mano tomo la pluma para describirla, ningún impulso anima a esparcir la tinta.

lunes, 4 de abril de 2011

Quai Voltaire

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En el mismo instante en el que el turista valora el encuadre de su fotografía, el perro alza la pata trasera contra la fachada del edificio histórico y lanza un chorro amarillento que le da un brillo momentáneo a la negrura de antiguos orines que acaba de olisquear, un pequeño afluente urbano cruza la acera y anega la cueva natural que había formado un paquete de tabaco arrugado, y la cucaracha que ahí se había refugiado del súbito amanecer corre aún más desorientada hacia el portal. Aprieta el disparador el turista y ufano declara: «La mejor entre todas las ciudades».

viernes, 1 de abril de 2011

Rue de l'Université

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—Tengo razón.
—Depende.
—No creo que se trate de dependencia alguna. Si tengo razón, la tengo y basta.
—Depende.
—Y dale, ¿tengo o no tengo razón? Yo digo que tengo razón. Basta que lo diga para que no se admitan matices. Usted puede decir que no tengo razón. Lo admito. Estará equivocado, pero admito que pueda estar en un error.
—Depende.
—¿De qué depende? Faltaría más que dependiera de algo. Las cosas son las que son. Caen por su propio peso.
—Bueno…
—Nada de bueno. Si está equivocado es que carece de razón.
—Depende.
—Y dale. No tiene razón, ninguna.

jueves, 24 de marzo de 2011

Rue des Pyramides

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El tiempo es una pirámide. Lo dijo Aristóteles, ¿o quizá Derrida? Quién sabe, pero alguien tuvo que decirlo para que quedara dicho; no iba a ser cosa mía. El tiempo, una pirámide. Por ella se lanzan los niños como por un tobogán, empiezan a acumular pendiente sin darse cuenta. Por ella también ascienden los ancianos, de una manera cada vez más penosa conforme se acercan a una cúspide a partir de la cual ya no queda más vertiente, más tiempo. Ahora bien, ¿ya se han puesto de acuerdo si es la misma pirámide la que unos bajan y otros suben?

sábado, 19 de marzo de 2011

51, Boulevard Saint Germain

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El verano acristala las calles y da pereza encerrarse en el metro. Este bulevar parece no tener fin, pero las horas oscuras tampoco cuentan minutos. Empezamos a andar los tres. La noche petrifica la realidad y la avenida es el tubo de prospección que se adentra en la roca para extraer muestras: en cada cruce, plaza, café, en cada local un hábitat humano diferente. El bulevar se convierte en una rara pasarela, quienes caminan por ella contemplan a los que no les miran pasar. ¿No es mejor regresar en metro? Quizá, pero la memoria sólo se nutre de estas anomalías.

martes, 15 de marzo de 2011

Rue de Seine

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Pongamos que el río que pasa a mis pies, y que contemplo acodado en la baranda del bulevar, junto al puesto de un librero que vende recuerdos para turistas, tan feliz como parece con su vida fluvial, echara de menos el agua. Sí, el agua. Se sintiera infeliz por no tener suficiente agua. Miraría entonces a sus ojos y descubriría el gesto lánguido de un filósofo o el entrecejo porcino de un banquero. También ellos son ríos que claman por lo único que tienen de sobra: tiempo el uno, dinero el otro. Curiosa enseñanza del río que nunca hemos aprendido.