miércoles, 8 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 3


Los días, el miedo, la nómina, qué se yo, los horarios fueron apilándose a mi alrededor como sillares de un muro cada vez más alto, y la sombra que proyectaba acabó por secar la hierba y las flores que habían nacido en mi piel con sus caricias. Y lo que construí como defensa —¿de qué?, de la soledad, de las compañías desconocidas— se convirtió, con los años, en el auténtico enemigo. Fue entonces cuando la descubrí, estrecha aspillera abierta en la rutina para admirar el mundo con la belleza desnuda de sus pocos centímetros, y me devolvió a mí misma.

sábado, 4 de junio de 2011

Fenêtres d'Aude 2

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Sobre las mesas el viento ha acumulado un dedo de arena que nadie retira. Las sillas caídas, desparejadas, que nadie alinea. Una alfombra de hojas que no barre nadie acaso en años. Y el silencio, sobre todo, que el vuelo impetuoso de algún gorrión no consigue acallar. Por un boquete abierto entre los sillares de la memoria he querido contemplar hoy el recuerdo de aquella tarde. Tarde de inicios del verano, calurosa bajo la sombra de las acacias, en el patio del restaurante, con los platos del postre sucios aún sobre el mantel y las copas, las risas, las palabras.

miércoles, 1 de junio de 2011

Fenêtres d’Aude 1

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Mi cuarto está en el primer piso de la casa de mis padres. A la derecha, el corredor conduce hasta una ventana que da a la calle. A la izquierda, la escalera acaba delante de la puerta de entrada. La casa de mis padres ya no es mi casa, desde que dejé de ser una niña. Pero es donde sigo viviendo. Stéphane salió una mañana del pueblo y no ha regresado ni en verano. Es cuando más trabajo hay, dice. Aquel día subí al castillo y miré los campos. Cada mañana, al salir del cuarto, dudo si ventana o puerta.

martes, 24 de mayo de 2011

Buenos días, noche y 7

Toman la luz de donde venga, de noche de las farolas tímidas y de día les gusta por su gama de dorados el sol de la tarde. Sólo gracias a esta artesanía del brillo las vías tranviarias soportan la terca racionalidad de su trazado. Aprendo con su euforia, observándolas, y me digo que también la vida, de horarios y hábitos tan rectilíneos, ha de manejar como un espejo los destellos que le alcanzan. Sobre todo ahora que ya no circulan los tranvías y han empezado a asfaltar el empedrado desde la avenida con una destreza que me deja sin metáforas.

viernes, 20 de mayo de 2011

Buenos días, noche 6

Necesitaba saber quién era Heráclito. Lo creí explicado en un libro de tapas azules que aguarda sobre la mesa desde hace tiempo, pero cómo abrirlo delante de tantas miradas, cómo repantignarse así en la lectura. Quiero saber algo sobre Heráclito acaso también para contárselo y en mi libreta de notas encuentro unos garabatos ilegibles que no he escrito ni conozco quién sea su autor. Abro el libro de tapas azules sin ver sus páginas y cuando la confianza me lo permite miro, y ante mis ojos el papel se cristaliza; láminas brillantes, negras, que absorben la luz y devuelven tinta.

lunes, 16 de mayo de 2011

Buenos días, noche 5

Así el día, igual que se busca el urinario dentro de un sueño. Y no se piensa en otra cosa y alegra encontrar un pasaje comercial donde ha de existir por fuerza un retrete. Y uno entra y mira a las alturas para descubrir la pareja de monigotes con la que indican el camino que ha de seguir su ya único deseo. Y recorre las galerías, desatento a su pesar a tantos escaparates brillantes, seductores. Y gira a un lado y a otro, y avanza guiado por la sensación de inmediatez, aunque sepa que sólo cuando despierte dará con él.

jueves, 12 de mayo de 2011

Buenos días, noche 4

La llegada del día es como el pantalón extraviado en el armario hace años que uno encuentra al ir en busca de los calcetines y le alegra tanto haberlo descubierto que no duda en quitarse el que ya se había puesto para que con la prenda reviva el recuerdo de los tiempos en los que lo lucía y le gustaba lucirlo, pero cuando introduce la pierna derecha no logra que el pie aparezca al cabo de la pernera y aun así precipita la pierna izquierda en el tubo correspondiente y patalea y gesticula por forzar el camino que no halla.

domingo, 8 de mayo de 2011

Buenos días, noche 3

Siento la euforia de quien anoche escribió el pedacito quinientos de este mosaico y se despierta ansioso por colgarlo en la red, antes de desayunar y aun de peinarse. Le doy a los botones y aguardo. No sé muy bien qué significa haber escrito quinientas astillas de un madero triturado, quinientos trocitos de nada, pero estoy contento. No se ha podido establecer conexión con Internet —dice la pantalla. Me levanto: el módem parpadea, plaf, plaf, plaf y luego se enciende la luz roja. Una y otra vez. ¿Y mi aniversario? ¿Y mi charco? ¿Mi rinconcito? No se ha podido establecer.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Buenos días, noche 2

Nada más sonar el despertador y estirar el brazo para apagarlo lo veo, es una mancha oscura sobre la piel. Luego dos, tres acaso. Son como pequeños bultos vaporosos. Enciendo la lamparita del cuarto. Son como copitos de algodón negros. Levanto la tapa, están por todo el cuerpo. Subo la persiana. No duelen, sin embargo, estas mínimas protuberancia etéreas, de límites confusos. Con brillo betunado. Están pegadas a la piel, estiro una y se va deshilando, como un cachito de oscuridad que me fuera quitando. Luego otra, y otra, con gesto febril. Como trocitos de noche. Y otra. Como angustias.

domingo, 1 de mayo de 2011

Buenos días, noche 1

Los postigos cerrados cuelan el tenue resplandor de un hilo de luz. Ha llegado el día y me levanto para abrirle la ventana y dejar paso a su ímpetu. El cielo ambarino, la brisa fresca, las flores de los tiestos recién salidas del obrador nocturno. Voy a regresar a la cama, y al darme la vuelta mi rodilla tropieza con un mueble que no he visto. El cuarto permanece a oscuras, con el único matiz del punto rojo del despertador en el otro extremo. Compruebo que no haya cerrado la ventana por error. Miro adentro y veo sólo oscuridad, noche.

lunes, 25 de abril de 2011

Rue Mazarine

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Azul oscuro, intensamente oscuro. El mar cuando anochece. La pared. Donde no hay una puerta. La pared contigua, donde tampoco hay una ventana. El mar que se petrifica y queda lo azul de la noche. Los párpados cuando se aprietan para evitar que los ojos vean. Los párpados cuando anhelan que no regrese la luz a la cavidad que custodian. El mar, azul oscuro, nada más que una palabra que nombra el lugar que ocupa una pared, otra. Y ya no son necesarios los párpados. Su tinta tiñe. Su tinta cae, como persiana de comercio al final de la jornada.

jueves, 21 de abril de 2011

Rue Balzac

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—¿Comedia? ¿Por qué? Antes se diría que es una tragedia perpetua.
—No del todo.
—¿Que no? No me venga con cuentos. Sangre a borbotones. Dominación a espuertas.

—Es una manera de mirarlo.
—Ah, ¿es que hay otras?
—¿Otras qué?
—Me toma el pelo.
—En absoluto. La crítica es asunto muy serio.
—¿Entones?
—Entonces.
—Entonces convendrá conmigo que impera la tragedia. Por todas partes. En todos los rincones. A cada paso que se da. Eso es lo único que merece la pena ser contado.
—¿Y lo demás?
—¿Cómo lo demás?
—Los bonos del estado, por ejemplo, están dando lo que nunca.

viernes, 15 de abril de 2011

Rue Jean-Jacques Rousseau

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—¿Quién ha tirado la tiza? ¿Has sido tú, Émile?
—No, profe.
—¿Quién me ha lanzado una tiza a la cabeza mientras escribía en la pizarra?
—La tiza no iba contra su cabeza, profe. Sólo iba.
—¿Has sido tú, Émile?
—Ya le he dicho que no.
—Entonces, ¿por qué sabes tanto sobre la tiza?
—Yo no he sido. Mire, tengo el lápiz en la mano. Copiaba los problemas.
—¿En la mano?
—Sí, aquí está, ¿no lo ve?
—¿Desde cuándo eres zurdo, Émile?
—Desde nunca.
—¡Ah! Entonces, ¿qué hace el lápiz en tu mano izquierda?
—Yo qué sé. Yo no he sido.

lunes, 11 de abril de 2011

Quai des Tuileries

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Sobre el tedio de la cola de turistas que se refugia bajo su sombra, en la copa de los tilos plantados en hilera existe otra ciudad acaso más populosa y mucho más apasionante. No la descubro yo, claro, un turista más a la espera de míticos y refinados nenúfares. «Ves estas manchitas amarillas —G señala un punto imperceptible de la corteza de un tilo—, son huevos; y en esas hojas, lo ves, —y veo unas arañitas mínimas, como párvulos en el patio— son larvas; y allá hay una pupa y esta mariquita, preciosa, brillante, acaba de nacer ahora mismo».

viernes, 8 de abril de 2011

Rue Pascal


Acecha por las noches y no cede cuando sale el sol. Aparece en la soledad del cuarto y en el alboroto de la taberna. Está entre las páginas de los libros trufada, como el pétalo que queda guardado del día que ya no está. Si la miro no la veo y sin embargo estoy siempre viéndola aunque no la contemple nunca. No existe más certeza que su incertidumbre, ni más verdad que su desconocimiento. Me habla cuando me miro la mano diestra y cuando con la misma mano tomo la pluma para describirla, ningún impulso anima a esparcir la tinta.

lunes, 4 de abril de 2011

Quai Voltaire

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En el mismo instante en el que el turista valora el encuadre de su fotografía, el perro alza la pata trasera contra la fachada del edificio histórico y lanza un chorro amarillento que le da un brillo momentáneo a la negrura de antiguos orines que acaba de olisquear, un pequeño afluente urbano cruza la acera y anega la cueva natural que había formado un paquete de tabaco arrugado, y la cucaracha que ahí se había refugiado del súbito amanecer corre aún más desorientada hacia el portal. Aprieta el disparador el turista y ufano declara: «La mejor entre todas las ciudades».

viernes, 1 de abril de 2011

Rue de l'Université

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—Tengo razón.
—Depende.
—No creo que se trate de dependencia alguna. Si tengo razón, la tengo y basta.
—Depende.
—Y dale, ¿tengo o no tengo razón? Yo digo que tengo razón. Basta que lo diga para que no se admitan matices. Usted puede decir que no tengo razón. Lo admito. Estará equivocado, pero admito que pueda estar en un error.
—Depende.
—¿De qué depende? Faltaría más que dependiera de algo. Las cosas son las que son. Caen por su propio peso.
—Bueno…
—Nada de bueno. Si está equivocado es que carece de razón.
—Depende.
—Y dale. No tiene razón, ninguna.

jueves, 24 de marzo de 2011

Rue des Pyramides

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El tiempo es una pirámide. Lo dijo Aristóteles, ¿o quizá Derrida? Quién sabe, pero alguien tuvo que decirlo para que quedara dicho; no iba a ser cosa mía. El tiempo, una pirámide. Por ella se lanzan los niños como por un tobogán, empiezan a acumular pendiente sin darse cuenta. Por ella también ascienden los ancianos, de una manera cada vez más penosa conforme se acercan a una cúspide a partir de la cual ya no queda más vertiente, más tiempo. Ahora bien, ¿ya se han puesto de acuerdo si es la misma pirámide la que unos bajan y otros suben?

sábado, 19 de marzo de 2011

51, Boulevard Saint Germain

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El verano acristala las calles y da pereza encerrarse en el metro. Este bulevar parece no tener fin, pero las horas oscuras tampoco cuentan minutos. Empezamos a andar los tres. La noche petrifica la realidad y la avenida es el tubo de prospección que se adentra en la roca para extraer muestras: en cada cruce, plaza, café, en cada local un hábitat humano diferente. El bulevar se convierte en una rara pasarela, quienes caminan por ella contemplan a los que no les miran pasar. ¿No es mejor regresar en metro? Quizá, pero la memoria sólo se nutre de estas anomalías.

martes, 15 de marzo de 2011

Rue de Seine

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Pongamos que el río que pasa a mis pies, y que contemplo acodado en la baranda del bulevar, junto al puesto de un librero que vende recuerdos para turistas, tan feliz como parece con su vida fluvial, echara de menos el agua. Sí, el agua. Se sintiera infeliz por no tener suficiente agua. Miraría entonces a sus ojos y descubriría el gesto lánguido de un filósofo o el entrecejo porcino de un banquero. También ellos son ríos que claman por lo único que tienen de sobra: tiempo el uno, dinero el otro. Curiosa enseñanza del río que nunca hemos aprendido.

viernes, 11 de marzo de 2011

Avenue Rapp

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Avenida de idas y venidas, hidra que bebe las almas con sidra. Avenida de las aves, ya sabes, aves o naves en su tumba cabes. Avenida de los novios, tan obvios, que ya se ovillan ellos como sellos, Avenida de la noria y su escoria, de los lagartos urbanos enanos. Avenida sin nombres, con pronombres, sin prohombres, con licántropos pobres. Avenida, utopía si no la lías, paraíso de pocos frisos lisos. Avenida nocturna, vas soturna; veraniega que niega hacerte friegas. Avenida funambulesca, fresca, con cerrojos en los ojos te cojo. Avenida, despierta, sorda, engordas con la nada de tu nata.

domingo, 6 de marzo de 2011

Rue Amélie

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Amélie me dijo que se llamaba. Amélie, que suena a miel. Miel, hojuelas. Hojuelas, hinojos. Hinojos, rastrojos. Vale ya de ojos. Ojos, profundos. Profundos, callejones. Callejones, cigarrillos. Cigarrillos, conversaciones. Conversaciones, sexo. Sexo, saxo. Saxo, humo. Humo, invierno. Invierno, pupitre. Pupitre, Amélie. Me dijo que se llamaba Amélie, y yo dije, le dije Te conduciré al paraíso. Paraíso, infancia. Infancia, parque. Parque, bancos. Bancos, atardecer. Atardecer, luciérnagas. Luciérnagas, sábado. Sábado, sin Amélie. Sin Amélie, domingo. Domingo, comidas y sobremesas y tardes y partidos en la radio interminables. Comidas etcétera, lunes. Lunes, Amélie. Amélie, pupitre. Me dijo, me llamo Amélie. Le dije.

viernes, 4 de marzo de 2011

Quai d’Orsay

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Cuando le llega a Bonnet echa a correr, como hace siempre, con la cabeza hundida y los ojos cerrados. Miro alrededor, nadie se toma el contraataque en serio: Se estrellará. Sin pensarlo dos veces me lanzo a su zaga. Insensato, veo que dicen los ojos de los delanteros nuestros que rebaso. Bonnet sigue avanzando hecho un ovillo con el balón. Un defensa, otro. Cómo corre, él por la banda, yo por el centro. Centra y yo estoy ahí y el portero no está y la pelota que se va derechita y cuando voy a saltar el del banderín grita: Orsai.

martes, 1 de marzo de 2011

Place de Varsovie

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Ah, ¿de Varsovia?, qué bien, qué preciosa ciudad, la plaza del mercado, ¿te gusta la plaza del mercado? Anda, también yo la conozco sólo por las fotos, pero iría ahora mismo… sobre todo si estás allí tú para enseñármela. ¿Y cómo puede ser que seas de Varsovia y no hayas estado nunca en la plaza del mercado? Ah, no exactamente de Varsovia. Ah, de una ciudad al oeste de Varsovia. Bueno, mejor así, de esta forma algún día podremos ir juntos a Varsovia. Claro que querré, me encantará. ¿Y eso queda muy al oeste? Guau, eso es bastante al oeste.

jueves, 24 de febrero de 2011

Boulevard de Clichy

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Ayer Monique me preguntó por qué este bulevar en forma de cuerno quemado continuaba siendo tan feo. ¿Feo? Aterradoramente feo, dijo. Abrí los ojos que mantenía abiertos para contemplarlo. Me costó. Es un barrio que: empecé a hablar por ganar tiempo. Como cualquier otro, me cortó Monique, categórica. Por más que me esforzaba en mirarlo, no lograba ver más allá de un cigarrillo humeante entre mis dedos que ya no sabrían cómo sostenerlo. En la otra mano, la cartera escolar. La noche apremiaba, con su vestido de lentejuelas en la percha. Las mujeres, la vista clavada en otro mundo, evocándonoslo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Rue Ronsard


Me he dedicado esta mañana de domingo a arreglar el pequeño jardín de mi balcón. He vaciado la bolsa de grava para acuarios en el parterre y la he extendido minuciosamente para que lo cubriera por entero. Luego he vaciado las macetas y las he apilado. Felizmente las había comprado todas en el mismo supermercado y han formado una perfecta columna trajana que ha quedado arrumbada en un rincón. He colocado en su lugar la antena parabólica, bien orientada al cielo. En el centro he situado la bicicleta estática y, junto a la tumbona, una mesita con libros ya leídos.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Rue Serpente

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El óxido que corroe la vida es, me di cuenta enseguida, el exceso de tiempo. La memoria le traba el vuelo con sus cajas de archivo amarillentas que comban los estantes y que los pececillos de plata roen. La razón la enjaula. Por eso al salir a la calle eché a correr, y para que no me alcanzara el tiempo, serpenteé por el barrio, pero no en dirección al río, no, fui zigzagueando por bocacalles que salían a izquierda y derecha. No me importaba el final, si llegaba sin nada conmigo, insensato como un adolescente que se revienta un forúnculo.

sábado, 12 de febrero de 2011

Rue de la Cité


Con Saint Michel inscrito en los letreros y nada más abrirse las puertas del RER descubro que me he dejado el colirio en casa. Tres gotas, tres veces. El andén se inunda de cabezas que basculan y yo, con los patines al hombro, sin saber qué hacer en la escalerilla del vagón. Como cada viernes. Toda la semana imaginando las figuras que probaré en el puente, Notre Dame curioseando al fondo. La de la tarde, dos; la de la noche, tres. Tres gotas. Nadie en la estación. Sólo mi mano, empeñada en apretar el bolsillo donde el colirio no está.

martes, 8 de febrero de 2011

Rue du Jour


Con qué modestia llega el día a la ciudad. El mismo mohín enharinado con el que el panadero, bajo su gorrita blanca, se despide de la dependienta, que ordena las barras recién horneadas en los cestos. La misma costumbre, abulia casi, con la que el conductor de la línea nocturna aparca su vehículo en el hangar. Así llega el día, y la soberbia que me nace dentro y la irritación que siento no veo de dónde vienen. Mientras enciendo el cigarrillo, con su caricia discreta la luz se ha hecho con el rostro de los mortales, no con su corazón.

viernes, 4 de febrero de 2011

Rue Dante

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Virgile dice que se llama y que me conducirá al paraíso. ¿Al paraíso?, si no ha soltado ni un franco más. Tampoco menos, me contento. Luego empiezo a temer: ¿al suyo o al mío? Porque si el fuego y las calderas y los latigazos forman parte de su cielo, para mí será el pequeño y habitual infierno. Pronto se verá, me digo por acallar las premoniciones. Sonríe embotado detrás de mí en la escalera de la pensión. Al final no será ni una cosa ni otra, eterno purgatorio de hombres que vuelcan su ternura o crueldad y desaparecen para siempre.

martes, 1 de febrero de 2011

Quai de l'horloge


Al dar la vuelta a la esquina por una calle transversal me asomo al paseo por donde he venido para verme llegar hasta allí. La multitud que me acompañaba ha seguido bulevar adelante, y la que se acerca me resulta tan desconocida como la que acabo de abandonar. No es posible que me descubra a mí mismo entre los que no estoy. Tampoco que busque mi espalda entre quienes caminaba antes de detenerme. En ningún lugar de la ciudad me encontraría, salvo que al pasar frente al escaparate de un relojero alguno de los modelos expuestos atrase los minutos perdidos.

lunes, 24 de enero de 2011

Emaús (y 7)


Y en el bolsillo arena, piedras
menudas, sin valor, estiércol
seco, matas de hierba, plásticos
viejos y la memoria estéril
de los suyos. Y en el bolsillo
muy arrugado un papel, luces
escritas con grafía extraña,
unas cuentas quizá, una carta
que nadie sabe ya leer
o un simple instante de silencio.
Y en el bolsillo poco más
—arena, piedras, matas, plásticos—,
un papel, un silencio apenas.

Ninguna hora en el bolsillo,
en tantas que llamó, tenaz,
para que no viniera nunca,
en otras que olvidó sus sombras.
Ninguna noche, ni la víspera
de la noche, del ángel ido.

jueves, 20 de enero de 2011

Primavera templada

Como el perro que ante el grito del amo hunde su cabeza en el suelo y alza la mirada desconcertado, enmudece ante la joven que le pregunta si aquella es la ruta a Emaús y si el asiento contiguo está libre. Ismael había creído siempre que el amor ha sido escrito de antemano en cada corazón y son los ojos quienes lo leen. De repente, los suyos entendían palabras hasta ahora incomprensibles. Como es la primera vez que ve a aquel tipo, Amina no sabe cómo interpretar vacilaciones y gestos, y prefiere seguir pasillo adelante en busca de otro asiento.

domingo, 16 de enero de 2011

חמת‎ Hammat

De casa sale orgulloso de sus pantalones gris franela y de su camisa negro azulado. Camina despacio para que el polvo de las calles y el barro del sendero hasta la feria dejen la ropa indemne. Con precaución, pica en algunos platos, inclinando siempre el cuerpo hacia delante para evitar el goteo. Después de recorridos los puestos, sigue en sentido inverso entre grupos que ríen, otros cantan. La celebración brilla en los rostros, el suyo ensombrece. Abandona la fiesta por el atajo a Hammat. Si en este momento llegara la muerte, así. Preferiría la vida. Y se da la vuelta.

jueves, 13 de enero de 2011

Ἐμμαούς

Para M., el poema del 13 de enero
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Cerca de Emaús se cruzó la caravana de una joven viuda que abandonaba la ciudad con el carro de un funcionario que regresaba a Jerusalén tras años en la remota provincia. Como sendos palafreneros se conocían, se detuvieron a saludarse. Dama y caballero sintieron una incómoda inquietud al cruzar sus miradas. Nada sabían uno del otro, y sin embargo sintieron que sus soledades quedaban al desnudo. Mientras los empleados seguían preguntándose por todos sus parientes, el varón inclinó la cabeza y la señora sonrió, gentil. No hubo más, nada que explicara el desasosiego que el encuentro despertaría siempre en ambos.

sábado, 8 de enero de 2011

عِمواس Imwas

Unas lonas mal atadas y una alfombra sucia. La arena del último vendaval amontonada aún en los rincones. El metal de la tetera ennegrecido, abollado, sobre un mustio fuego. La musiquilla de una radio en complicidad con el ralentí de un tráiler de la ruta de Imwas detenido en un descampado próximo. La luz inválida que un grupo electrógeno nutre. Dos camioneros somnolientos sobre los almohadones deshilados dibujan, con su charla, gestos de inocencia en la sonrisa de la mujer a la que luego harán el amor. El dorado intenso del atardecer, siempre en busca de compañía, embellece sus rostros.

martes, 4 de enero de 2011

Emmaus

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Se detiene en el arcén de la carretera a Emaús. Los camiones lo zarandean al pasar. Su estruendo ensordece durante ese instante la voz saltarina del locutor en la radio. El motor crepita bajo sus pies. Apenas fugaces manchas de color, los coches atraviesan frente al cristal parabrisas en una y otra dirección. Es todo lo que siente. Las manos reposan, una en el volante y otra en el cambio de marchas, como si hubiera decidido ya arrancar. Pero sigue detenido en el arcén de la carretera a Emaús, con los intermitentes de emergencia encendidos, sin saber cómo continuar, resucitar.

sábado, 1 de enero de 2011

Amauante

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—¿Es este el camino a Emaús?
—Si no llevara una venda lo vería por sí mismo.
—Mi caballo ve las vueltas del camino y las piedras que lo entorpecen, ¿sigo la buena dirección?
—¿Ha sufrido algún daño? ¿Le molesta el aire, el polvo, el sol?
—Por aquí, ¿llegaré a Emaús? Solo esto quiero saber.
—¿Alguien se los ha vendado, cierto? Puedo ayudarle a desatar el lazo. Tengo un cuchillo.
—Un cuchillo no. Mi caballo ve. Se asustaría. Mi caballo son mis ojos.
—Se equivoca.
—¿No es este el camino a Emaús?
—Con sus ojos lo vería.
—¿Emaús?
—Vendados, ¿por qué?

viernes, 24 de diciembre de 2010

Nubes, y 7


En el principio fue la nube. De su transparencia
nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro
RAFAEL PÉREZ ESTRADA
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Raudas, perezosas, espabiladas. Ricas, pequeñitas, estalagmitas. Rocosas, pizpiretas, elegantes. Rigurosas, punzantes, escuetas. Rameras, pamplineras, espartanas. Rabiosas, paupérrimas, enclenques. Retráctiles, puritanas, espesas. Rasantes, porteras, especiales. Rehenes, puñeteras, esternocleidomastoideas. Romanas, parisinas, espabiladas. Rugosas, perifolladas, empíricas. Respetuosas, pervertidas, enaltecidas. Renqueantes, peripatéticas, encubiertas. Risueñas, pitiminíes, empalagosas. Resabiadas, ptolemaicas, escurridizas. Reputadas, putadas, enólogas. Rompedoras, pringosas, endilgadas. Rusas, panameñas, enmascaradas. Ruidosas, pagadoras, enharinadas. Ricuras, pedestres, enjoyadas. Repipis pornográficas, épicas. Revueltas, paladeadas, endulzadas. Rimas, pecadoras, epicúreas. Rintintinas, pajiles, espeluznantes. Rábidas, porteñas, espigadas. Rezadas, palanganas, estériles. Rodadas, pezones, esperanzadas. Romboides, poliuretanas, escandalosas. Reales, preñadas, epidémicas. Rijosas, pajaritas, enveradas. Rancheras, poliédricas, espantamoscas. Ribeteadas, palatinas, exfoliadas. Ribereñas, primorosas, esponjillas. Nubes.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Nubes, 6

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He observado que existen dos maneras de que no haya nubes. El anticiclón —o nubes simpáticas— se las lleva a otra parte y deja el cielo pintado de un azul transparente, artesano, conmovedor. Con este fondo las fotografías quedan impecables. Incluso la vida da la impresión de que está a la altura de las fotografías. En la otra forma, las nubes, ahora hinchadas y ápteras, restriegan su opacidad por el suelo e impiden que al elevar la vista se vea nada. Cuando llega la niebla —la taciturna, la incómoda— la misma idea de cielo se convierte en quimera. En realidad.