Nada más sonar el despertador y estirar el brazo para apagarlo lo veo, es una mancha oscura sobre la piel. Luego dos, tres acaso. Son como pequeños bultos vaporosos. Enciendo la lamparita del cuarto. Son como copitos de algodón negros. Levanto la tapa, están por todo el cuerpo. Subo la persiana. No duelen, sin embargo, estas mínimas protuberancia etéreas, de límites confusos. Con brillo betunado. Están pegadas a la piel, estiro una y se va deshilando, como un cachito de oscuridad que me fuera quitando. Luego otra, y otra, con gesto febril. Como trocitos de noche. Y otra. Como angustias.
miércoles, 4 de mayo de 2011
domingo, 1 de mayo de 2011
Buenos días, noche 1
Los postigos cerrados cuelan el tenue resplandor de un hilo de luz. Ha llegado el día y me levanto para abrirle la ventana y dejar paso a su ímpetu. El cielo ambarino, la brisa fresca, las flores de los tiestos recién salidas del obrador nocturno. Voy a regresar a la cama, y al darme la vuelta mi rodilla tropieza con un mueble que no he visto. El cuarto permanece a oscuras, con el único matiz del punto rojo del despertador en el otro extremo. Compruebo que no haya cerrado la ventana por error. Miro adentro y veo sólo oscuridad, noche.
lunes, 25 de abril de 2011
Rue Mazarine
.Azul oscuro, intensamente oscuro. El mar cuando anochece. La pared. Donde no hay una puerta. La pared contigua, donde tampoco hay una ventana. El mar que se petrifica y queda lo azul de la noche. Los párpados cuando se aprietan para evitar que los ojos vean. Los párpados cuando anhelan que no regrese la luz a la cavidad que custodian. El mar, azul oscuro, nada más que una palabra que nombra el lugar que ocupa una pared, otra. Y ya no son necesarios los párpados. Su tinta tiñe. Su tinta cae, como persiana de comercio al final de la jornada.
jueves, 21 de abril de 2011
Rue Balzac
.—¿Comedia? ¿Por qué? Antes se diría que es una tragedia perpetua.
—No del todo.
—¿Que no? No me venga con cuentos. Sangre a borbotones. Dominación a espuertas.
—Es una manera de mirarlo.
—Ah, ¿es que hay otras?
—¿Otras qué?
—Me toma el pelo.
—En absoluto. La crítica es asunto muy serio.
—¿Entones?
—Entonces.
—Entonces convendrá conmigo que impera la tragedia. Por todas partes. En todos los rincones. A cada paso que se da. Eso es lo único que merece la pena ser contado.
—¿Y lo demás?
—¿Cómo lo demás?
—Los bonos del estado, por ejemplo, están dando lo que nunca.
viernes, 15 de abril de 2011
Rue Jean-Jacques Rousseau
. —¿Quién ha tirado la tiza? ¿Has sido tú, Émile?
—No, profe.
—¿Quién me ha lanzado una tiza a la cabeza mientras escribía en la pizarra?
—La tiza no iba contra su cabeza, profe. Sólo iba.
—¿Has sido tú, Émile?
—Ya le he dicho que no.
—Entonces, ¿por qué sabes tanto sobre la tiza?
—Yo no he sido. Mire, tengo el lápiz en la mano. Copiaba los problemas.
—¿En la mano?
—Sí, aquí está, ¿no lo ve?
—¿Desde cuándo eres zurdo, Émile?
—Desde nunca.
—¡Ah! Entonces, ¿qué hace el lápiz en tu mano izquierda?
—Yo qué sé. Yo no he sido.
lunes, 11 de abril de 2011
Quai des Tuileries
. Sobre el tedio de la cola de turistas que se refugia bajo su sombra, en la copa de los tilos plantados en hilera existe otra ciudad acaso más populosa y mucho más apasionante. No la descubro yo, claro, un turista más a la espera de míticos y refinados nenúfares. «Ves estas manchitas amarillas —G señala un punto imperceptible de la corteza de un tilo—, son huevos; y en esas hojas, lo ves, —y veo unas arañitas mínimas, como párvulos en el patio— son larvas; y allá hay una pupa y esta mariquita, preciosa, brillante, acaba de nacer ahora mismo».
viernes, 8 de abril de 2011
Rue Pascal
Acecha por las noches y no cede cuando sale el sol. Aparece en la soledad del cuarto y en el alboroto de la taberna. Está entre las páginas de los libros trufada, como el pétalo que queda guardado del día que ya no está. Si la miro no la veo y sin embargo estoy siempre viéndola aunque no la contemple nunca. No existe más certeza que su incertidumbre, ni más verdad que su desconocimiento. Me habla cuando me miro la mano diestra y cuando con la misma mano tomo la pluma para describirla, ningún impulso anima a esparcir la tinta.
lunes, 4 de abril de 2011
Quai Voltaire
. En el mismo instante en el que el turista valora el encuadre de su fotografía, el perro alza la pata trasera contra la fachada del edificio histórico y lanza un chorro amarillento que le da un brillo momentáneo a la negrura de antiguos orines que acaba de olisquear, un pequeño afluente urbano cruza la acera y anega la cueva natural que había formado un paquete de tabaco arrugado, y la cucaracha que ahí se había refugiado del súbito amanecer corre aún más desorientada hacia el portal. Aprieta el disparador el turista y ufano declara: «La mejor entre todas las ciudades».
viernes, 1 de abril de 2011
Rue de l'Université
. —Tengo razón.
—Depende.
—No creo que se trate de dependencia alguna. Si tengo razón, la tengo y basta.
—Depende.
—Y dale, ¿tengo o no tengo razón? Yo digo que tengo razón. Basta que lo diga para que no se admitan matices. Usted puede decir que no tengo razón. Lo admito. Estará equivocado, pero admito que pueda estar en un error.
—Depende.
—¿De qué depende? Faltaría más que dependiera de algo. Las cosas son las que son. Caen por su propio peso.
—Bueno…
—Nada de bueno. Si está equivocado es que carece de razón.
—Depende.
—Y dale. No tiene razón, ninguna.
jueves, 24 de marzo de 2011
Rue des Pyramides
.El tiempo es una pirámide. Lo dijo Aristóteles, ¿o quizá Derrida? Quién sabe, pero alguien tuvo que decirlo para que quedara dicho; no iba a ser cosa mía. El tiempo, una pirámide. Por ella se lanzan los niños como por un tobogán, empiezan a acumular pendiente sin darse cuenta. Por ella también ascienden los ancianos, de una manera cada vez más penosa conforme se acercan a una cúspide a partir de la cual ya no queda más vertiente, más tiempo. Ahora bien, ¿ya se han puesto de acuerdo si es la misma pirámide la que unos bajan y otros suben?
sábado, 19 de marzo de 2011
51, Boulevard Saint Germain
.El verano acristala las calles y da pereza encerrarse en el metro. Este bulevar parece no tener fin, pero las horas oscuras tampoco cuentan minutos. Empezamos a andar los tres. La noche petrifica la realidad y la avenida es el tubo de prospección que se adentra en la roca para extraer muestras: en cada cruce, plaza, café, en cada local un hábitat humano diferente. El bulevar se convierte en una rara pasarela, quienes caminan por ella contemplan a los que no les miran pasar. ¿No es mejor regresar en metro? Quizá, pero la memoria sólo se nutre de estas anomalías.
martes, 15 de marzo de 2011
Rue de Seine
.Pongamos que el río que pasa a mis pies, y que contemplo acodado en la baranda del bulevar, junto al puesto de un librero que vende recuerdos para turistas, tan feliz como parece con su vida fluvial, echara de menos el agua. Sí, el agua. Se sintiera infeliz por no tener suficiente agua. Miraría entonces a sus ojos y descubriría el gesto lánguido de un filósofo o el entrecejo porcino de un banquero. También ellos son ríos que claman por lo único que tienen de sobra: tiempo el uno, dinero el otro. Curiosa enseñanza del río que nunca hemos aprendido.
viernes, 11 de marzo de 2011
Avenue Rapp
.Avenida de idas y venidas, hidra que bebe las almas con sidra. Avenida de las aves, ya sabes, aves o naves en su tumba cabes. Avenida de los novios, tan obvios, que ya se ovillan ellos como sellos, Avenida de la noria y su escoria, de los lagartos urbanos enanos. Avenida sin nombres, con pronombres, sin prohombres, con licántropos pobres. Avenida, utopía si no la lías, paraíso de pocos frisos lisos. Avenida nocturna, vas soturna; veraniega que niega hacerte friegas. Avenida funambulesca, fresca, con cerrojos en los ojos te cojo. Avenida, despierta, sorda, engordas con la nada de tu nata.
domingo, 6 de marzo de 2011
Rue Amélie
.Amélie me dijo que se llamaba. Amélie, que suena a miel. Miel, hojuelas. Hojuelas, hinojos. Hinojos, rastrojos. Vale ya de ojos. Ojos, profundos. Profundos, callejones. Callejones, cigarrillos. Cigarrillos, conversaciones. Conversaciones, sexo. Sexo, saxo. Saxo, humo. Humo, invierno. Invierno, pupitre. Pupitre, Amélie. Me dijo que se llamaba Amélie, y yo dije, le dije Te conduciré al paraíso. Paraíso, infancia. Infancia, parque. Parque, bancos. Bancos, atardecer. Atardecer, luciérnagas. Luciérnagas, sábado. Sábado, sin Amélie. Sin Amélie, domingo. Domingo, comidas y sobremesas y tardes y partidos en la radio interminables. Comidas etcétera, lunes. Lunes, Amélie. Amélie, pupitre. Me dijo, me llamo Amélie. Le dije.
viernes, 4 de marzo de 2011
Quai d’Orsay
.Cuando le llega a Bonnet echa a correr, como hace siempre, con la cabeza hundida y los ojos cerrados. Miro alrededor, nadie se toma el contraataque en serio: Se estrellará. Sin pensarlo dos veces me lanzo a su zaga. Insensato, veo que dicen los ojos de los delanteros nuestros que rebaso. Bonnet sigue avanzando hecho un ovillo con el balón. Un defensa, otro. Cómo corre, él por la banda, yo por el centro. Centra y yo estoy ahí y el portero no está y la pelota que se va derechita y cuando voy a saltar el del banderín grita: Orsai.
martes, 1 de marzo de 2011
Place de Varsovie
.Ah, ¿de Varsovia?, qué bien, qué preciosa ciudad, la plaza del mercado, ¿te gusta la plaza del mercado? Anda, también yo la conozco sólo por las fotos, pero iría ahora mismo… sobre todo si estás allí tú para enseñármela. ¿Y cómo puede ser que seas de Varsovia y no hayas estado nunca en la plaza del mercado? Ah, no exactamente de Varsovia. Ah, de una ciudad al oeste de Varsovia. Bueno, mejor así, de esta forma algún día podremos ir juntos a Varsovia. Claro que querré, me encantará. ¿Y eso queda muy al oeste? Guau, eso es bastante al oeste.
jueves, 24 de febrero de 2011
Boulevard de Clichy
Ayer Monique me preguntó por qué este bulevar en forma de cuerno quemado continuaba siendo tan feo. ¿Feo? Aterradoramente feo, dijo. Abrí los ojos que mantenía abiertos para contemplarlo. Me costó. Es un barrio que: empecé a hablar por ganar tiempo. Como cualquier otro, me cortó Monique, categórica. Por más que me esforzaba en mirarlo, no lograba ver más allá de un cigarrillo humeante entre mis dedos que ya no sabrían cómo sostenerlo. En la otra mano, la cartera escolar. La noche apremiaba, con su vestido de lentejuelas en la percha. Las mujeres, la vista clavada en otro mundo, evocándonoslo.
domingo, 20 de febrero de 2011
Rue Ronsard

Me he dedicado esta mañana de domingo a arreglar el pequeño jardín de mi balcón. He vaciado la bolsa de grava para acuarios en el parterre y la he extendido minuciosamente para que lo cubriera por entero. Luego he vaciado las macetas y las he apilado. Felizmente las había comprado todas en el mismo supermercado y han formado una perfecta columna trajana que ha quedado arrumbada en un rincón. He colocado en su lugar la antena parabólica, bien orientada al cielo. En el centro he situado la bicicleta estática y, junto a la tumbona, una mesita con libros ya leídos.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Rue Serpente
.El óxido que corroe la vida es, me di cuenta enseguida, el exceso de tiempo. La memoria le traba el vuelo con sus cajas de archivo amarillentas que comban los estantes y que los pececillos de plata roen. La razón la enjaula. Por eso al salir a la calle eché a correr, y para que no me alcanzara el tiempo, serpenteé por el barrio, pero no en dirección al río, no, fui zigzagueando por bocacalles que salían a izquierda y derecha. No me importaba el final, si llegaba sin nada conmigo, insensato como un adolescente que se revienta un forúnculo.
sábado, 12 de febrero de 2011
Rue de la Cité

Con Saint Michel inscrito en los letreros y nada más abrirse las puertas del RER descubro que me he dejado el colirio en casa. Tres gotas, tres veces. El andén se inunda de cabezas que basculan y yo, con los patines al hombro, sin saber qué hacer en la escalerilla del vagón. Como cada viernes. Toda la semana imaginando las figuras que probaré en el puente, Notre Dame curioseando al fondo. La de la tarde, dos; la de la noche, tres. Tres gotas. Nadie en la estación. Sólo mi mano, empeñada en apretar el bolsillo donde el colirio no está.
martes, 8 de febrero de 2011
Rue du Jour

Con qué modestia llega el día a la ciudad. El mismo mohín enharinado con el que el panadero, bajo su gorrita blanca, se despide de la dependienta, que ordena las barras recién horneadas en los cestos. La misma costumbre, abulia casi, con la que el conductor de la línea nocturna aparca su vehículo en el hangar. Así llega el día, y la soberbia que me nace dentro y la irritación que siento no veo de dónde vienen. Mientras enciendo el cigarrillo, con su caricia discreta la luz se ha hecho con el rostro de los mortales, no con su corazón.
viernes, 4 de febrero de 2011
Rue Dante
.Virgile dice que se llama y que me conducirá al paraíso. ¿Al paraíso?, si no ha soltado ni un franco más. Tampoco menos, me contento. Luego empiezo a temer: ¿al suyo o al mío? Porque si el fuego y las calderas y los latigazos forman parte de su cielo, para mí será el pequeño y habitual infierno. Pronto se verá, me digo por acallar las premoniciones. Sonríe embotado detrás de mí en la escalera de la pensión. Al final no será ni una cosa ni otra, eterno purgatorio de hombres que vuelcan su ternura o crueldad y desaparecen para siempre.
martes, 1 de febrero de 2011
Quai de l'horloge

Al dar la vuelta a la esquina por una calle transversal me asomo al paseo por donde he venido para verme llegar hasta allí. La multitud que me acompañaba ha seguido bulevar adelante, y la que se acerca me resulta tan desconocida como la que acabo de abandonar. No es posible que me descubra a mí mismo entre los que no estoy. Tampoco que busque mi espalda entre quienes caminaba antes de detenerme. En ningún lugar de la ciudad me encontraría, salvo que al pasar frente al escaparate de un relojero alguno de los modelos expuestos atrase los minutos perdidos.
lunes, 24 de enero de 2011
Emaús (y 7)
Y en el bolsillo arena, piedras
menudas, sin valor, estiércol
seco, matas de hierba, plásticos
viejos y la memoria estéril
de los suyos. Y en el bolsillo
muy arrugado un papel, luces
escritas con grafía extraña,
unas cuentas quizá, una carta
que nadie sabe ya leer
o un simple instante de silencio.
Y en el bolsillo poco más
—arena, piedras, matas, plásticos—,
un papel, un silencio apenas.
Ninguna hora en el bolsillo,
en tantas que llamó, tenaz,
para que no viniera nunca,
en otras que olvidó sus sombras.
Ninguna noche, ni la víspera
de la noche, del ángel ido.
jueves, 20 de enero de 2011
Primavera templada
Como el perro que ante el grito del amo hunde su cabeza en el suelo y alza la mirada desconcertado, enmudece ante la joven que le pregunta si aquella es la ruta a Emaús y si el asiento contiguo está libre. Ismael había creído siempre que el amor ha sido escrito de antemano en cada corazón y son los ojos quienes lo leen. De repente, los suyos entendían palabras hasta ahora incomprensibles. Como es la primera vez que ve a aquel tipo, Amina no sabe cómo interpretar vacilaciones y gestos, y prefiere seguir pasillo adelante en busca de otro asiento.
domingo, 16 de enero de 2011
חמת Hammat
De casa sale orgulloso de sus pantalones gris franela y de su camisa negro azulado. Camina despacio para que el polvo de las calles y el barro del sendero hasta la feria dejen la ropa indemne. Con precaución, pica en algunos platos, inclinando siempre el cuerpo hacia delante para evitar el goteo. Después de recorridos los puestos, sigue en sentido inverso entre grupos que ríen, otros cantan. La celebración brilla en los rostros, el suyo ensombrece. Abandona la fiesta por el atajo a Hammat. Si en este momento llegara la muerte, así. Preferiría la vida. Y se da la vuelta.
jueves, 13 de enero de 2011
Ἐμμαούς
Para M., el poema del 13 de enero
.
Cerca de Emaús se cruzó la caravana de una joven viuda que abandonaba la ciudad con el carro de un funcionario que regresaba a Jerusalén tras años en la remota provincia. Como sendos palafreneros se conocían, se detuvieron a saludarse. Dama y caballero sintieron una incómoda inquietud al cruzar sus miradas. Nada sabían uno del otro, y sin embargo sintieron que sus soledades quedaban al desnudo. Mientras los empleados seguían preguntándose por todos sus parientes, el varón inclinó la cabeza y la señora sonrió, gentil. No hubo más, nada que explicara el desasosiego que el encuentro despertaría siempre en ambos.
sábado, 8 de enero de 2011
عِمواس Imwas
Unas lonas mal atadas y una alfombra sucia. La arena del último vendaval amontonada aún en los rincones. El metal de la tetera ennegrecido, abollado, sobre un mustio fuego. La musiquilla de una radio en complicidad con el ralentí de un tráiler de la ruta de Imwas detenido en un descampado próximo. La luz inválida que un grupo electrógeno nutre. Dos camioneros somnolientos sobre los almohadones deshilados dibujan, con su charla, gestos de inocencia en la sonrisa de la mujer a la que luego harán el amor. El dorado intenso del atardecer, siempre en busca de compañía, embellece sus rostros.
martes, 4 de enero de 2011
Emmaus
.
Se detiene en el arcén de la carretera a Emaús. Los camiones lo zarandean al pasar. Su estruendo ensordece durante ese instante la voz saltarina del locutor en la radio. El motor crepita bajo sus pies. Apenas fugaces manchas de color, los coches atraviesan frente al cristal parabrisas en una y otra dirección. Es todo lo que siente. Las manos reposan, una en el volante y otra en el cambio de marchas, como si hubiera decidido ya arrancar. Pero sigue detenido en el arcén de la carretera a Emaús, con los intermitentes de emergencia encendidos, sin saber cómo continuar, resucitar.
sábado, 1 de enero de 2011
Amauante
.
—¿Es este el camino a Emaús?
—Si no llevara una venda lo vería por sí mismo.
—Mi caballo ve las vueltas del camino y las piedras que lo entorpecen, ¿sigo la buena dirección?
—¿Ha sufrido algún daño? ¿Le molesta el aire, el polvo, el sol?
—Por aquí, ¿llegaré a Emaús? Solo esto quiero saber.
—¿Alguien se los ha vendado, cierto? Puedo ayudarle a desatar el lazo. Tengo un cuchillo.
—Un cuchillo no. Mi caballo ve. Se asustaría. Mi caballo son mis ojos.
—Se equivoca.
—¿No es este el camino a Emaús?
—Con sus ojos lo vería.
—¿Emaús?
—Vendados, ¿por qué?
—¿Es este el camino a Emaús?
—Si no llevara una venda lo vería por sí mismo.
—Mi caballo ve las vueltas del camino y las piedras que lo entorpecen, ¿sigo la buena dirección?
—¿Ha sufrido algún daño? ¿Le molesta el aire, el polvo, el sol?
—Por aquí, ¿llegaré a Emaús? Solo esto quiero saber.
—¿Alguien se los ha vendado, cierto? Puedo ayudarle a desatar el lazo. Tengo un cuchillo.
—Un cuchillo no. Mi caballo ve. Se asustaría. Mi caballo son mis ojos.
—Se equivoca.
—¿No es este el camino a Emaús?
—Con sus ojos lo vería.
—¿Emaús?
—Vendados, ¿por qué?
viernes, 24 de diciembre de 2010
Nubes, y 7

En el principio fue la nube. De su transparencia
nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro
RAFAEL PÉREZ ESTRADA
nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro
RAFAEL PÉREZ ESTRADA
.
Raudas, perezosas, espabiladas. Ricas, pequeñitas, estalagmitas. Rocosas, pizpiretas, elegantes. Rigurosas, punzantes, escuetas. Rameras, pamplineras, espartanas. Rabiosas, paupérrimas, enclenques. Retráctiles, puritanas, espesas. Rasantes, porteras, especiales. Rehenes, puñeteras, esternocleidomastoideas. Romanas, parisinas, espabiladas. Rugosas, perifolladas, empíricas. Respetuosas, pervertidas, enaltecidas. Renqueantes, peripatéticas, encubiertas. Risueñas, pitiminíes, empalagosas. Resabiadas, ptolemaicas, escurridizas. Reputadas, putadas, enólogas. Rompedoras, pringosas, endilgadas. Rusas, panameñas, enmascaradas. Ruidosas, pagadoras, enharinadas. Ricuras, pedestres, enjoyadas. Repipis pornográficas, épicas. Revueltas, paladeadas, endulzadas. Rimas, pecadoras, epicúreas. Rintintinas, pajiles, espeluznantes. Rábidas, porteñas, espigadas. Rezadas, palanganas, estériles. Rodadas, pezones, esperanzadas. Romboides, poliuretanas, escandalosas. Reales, preñadas, epidémicas. Rijosas, pajaritas, enveradas. Rancheras, poliédricas, espantamoscas. Ribeteadas, palatinas, exfoliadas. Ribereñas, primorosas, esponjillas. Nubes.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Nubes, 6
.He observado que existen dos maneras de que no haya nubes. El anticiclón —o nubes simpáticas— se las lleva a otra parte y deja el cielo pintado de un azul transparente, artesano, conmovedor. Con este fondo las fotografías quedan impecables. Incluso la vida da la impresión de que está a la altura de las fotografías. En la otra forma, las nubes, ahora hinchadas y ápteras, restriegan su opacidad por el suelo e impiden que al elevar la vista se vea nada. Cuando llega la niebla —la taciturna, la incómoda— la misma idea de cielo se convierte en quimera. En realidad.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Nubes, 5
.En la tarde despejada, el paso de los aviones deja el cielo atravesado por nubes imposibles. Rectilíneas. Las falsas resultan tan atractiva como las de verdad. Artificio y naturaleza han perdido definitivamente sus fronteras. En la biología, desde luego; también en la poesía, desde Pessoa. No cuesta casi nada tomar por naturales los jardines, las nectarinas y los versos. De hecho, tal vez estas cosas sean las más naturales para los humanos: son elementos que han superado el tiempo cíclico de la naturaleza y han entrado en el tiempo lineal. Como esas nubes que dejan los aviones, cuando van muriéndose.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Nubes, 4
.¿Cuándo aprendí a mirar las nubes? No es una pregunta trivial. Observo la dimensión de las manchas en el cielo y siento que las entiendo. Que sé lo que me están contando. Que comparto el desgarro del que hablan. No fue en el cielo donde aprendí a leerlas, sino en la pintura. Las formas y los trazos de los pintores abstractos que admiraba en mi juventud como la voz de mi época —¿dónde sonará la voz de esta época?— fueron los que me enseñaron a mirar las nubes. Las contemplo y emergen en mi memoria los cuadros que he comprendido.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Nubes, 3
.Le doy vueltas a la palabra «emoción» mientras contemplo los grises de acuarela que cubren el cielo en forma de prietos nubarrones. En mi juventud pensaba que el poema si algo pretendía era emocionar al lector. Hoy ya no diría lo mismo. El destino trágico de la poesía posiblemente prenda en esta creencia. La emoción, como los buñuelos, es un sentimiento hueco, sin contenido. La poesía no puede competir con las inmensas fuentes de emoción actuales: los estadios, la televisión, hasta los periódicos. No emociona la tormenta que se avecina. Ni el poema. Solo son hermosos recuerdos de la muerte.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Nubes, 2
.
En ocasiones, ante un cielo nuboso, uno se pregunta: ¿son estas nubes el fruto de una geometría ignota o el mero capricho del aire? Cuestión que no se corresponde demasiado con la actitud contemplativa que exige la especulación celeste. Ni con la inocencia que demandan sus trazos infantiles, ni con la sumisión que inspira su grandeza. Pero uno mira las nubes del cielo y sigue preguntándose: ¿hay reglas que explican volúmenes y cenefas —una causa que necesariamente ha de concretarse en esta forma— o es el antojo de los vientos? Observar las nubes es, siempre, tratar de comprender el destino.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Nubes, 1

«Mira qué cielo tan impresionante» —le digo exaltado a mi hijo. «Papá, las nubes no tienen ningún interés» —responde mientras escarba entre la hojarasca en busca de larvas de cetonia. Me deja a solas con las nubes. Con mi edad. Si mi padre me hubiera pedido alguna tarde que levantara la vista del libro para ver el cielo le hubiera respondido cualquier tontería sin quitar los ojos de la página. En el altillo conservo los libros que leía entonces, ganando amarillos. Las nubes que contemplo ahora no las podré guardar. Es como si por fin dejara de ser yo mismo.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Les nymphéas, et 7
Cuando la oscuridad emerge desde el fondo del estanque, enloda las aguas y sus añiles cercan la luz que aún palpita en los nenúfares, los ojos ceden. Los brazos, las manos, las piernas. Ceden los cabellos blancos, invisible caligrafía sobre las hojas que quedaron por escribir en el cuaderno. Los símbolos conocidos se acomodan al caer la tarde en una tumbona vacía que hay junto a la mía para que sienta un fugaz escalofrío y abra los ojos. Si me levanto en busca de un jersey, tal vez me retenga dentro algo —no sé, el televisor, la cena— mientras anochece.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Les nymphéas, 6
—¿Señor Monet?
—¿Sí?
—Mi nombre es Villaespesa, Francisco Villaespesa, soy poeta español.
—¿Español?
—Sí, poeta. Villaespesa. ¿Le suena?
—Ah, poeta.
—Bravo. Señor Monet, quería hacerle una pregunta, ¿sería posible?
—Poeta…¿es usted acaso el mejor poeta español?
—Lo intento. Publico mucho. Tal vez demasiado, los editores me piden libros constantemente y soy débil para decirles que no.
—Hay que aprender a decirle no al mundo.
—Es difícil, cuando se es poeta.
—Humilde oficio. Y hermoso.
—De eso quería hablarle.
—Dígame.
—De los nenúfares, también humildes y hermosos. Me pregunto de qué serán símbolo.
—¿Símbolo los nenúfares? De nada. Sólo son remordimientos.
—¿Sí?
—Mi nombre es Villaespesa, Francisco Villaespesa, soy poeta español.
—¿Español?
—Sí, poeta. Villaespesa. ¿Le suena?
—Ah, poeta.
—Bravo. Señor Monet, quería hacerle una pregunta, ¿sería posible?
—Poeta…¿es usted acaso el mejor poeta español?
—Lo intento. Publico mucho. Tal vez demasiado, los editores me piden libros constantemente y soy débil para decirles que no.
—Hay que aprender a decirle no al mundo.
—Es difícil, cuando se es poeta.
—Humilde oficio. Y hermoso.
—De eso quería hablarle.
—Dígame.
—De los nenúfares, también humildes y hermosos. Me pregunto de qué serán símbolo.
—¿Símbolo los nenúfares? De nada. Sólo son remordimientos.
martes, 16 de noviembre de 2010
Les nymphéas, 5
Con el gabán abrochado hasta el cuello, gorro, botas, guantes, avanza bajo la tormenta. Los copos, mínimas astillas de hielo, dibujan cenefas infantiles sobre los pliegues mientras camina. Cada ventana que cruza es el cuadro de una exposición que ha visto: una familia cena alrededor de la mesa, dos personas hablan frente al chisporroteo del hogar, una joven lee, un candil encendido en una sala vacía. La ciudad se refugia del tiempo en el tiempo. Sólo él ha salido a la intemperie. Se dirige hacia el estanque. Nieva. Sus ojos rascan, lijan la oscuridad para desvelar los colores que oculta.
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