viernes, 4 de febrero de 2011

Rue Dante

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Virgile dice que se llama y que me conducirá al paraíso. ¿Al paraíso?, si no ha soltado ni un franco más. Tampoco menos, me contento. Luego empiezo a temer: ¿al suyo o al mío? Porque si el fuego y las calderas y los latigazos forman parte de su cielo, para mí será el pequeño y habitual infierno. Pronto se verá, me digo por acallar las premoniciones. Sonríe embotado detrás de mí en la escalera de la pensión. Al final no será ni una cosa ni otra, eterno purgatorio de hombres que vuelcan su ternura o crueldad y desaparecen para siempre.

martes, 1 de febrero de 2011

Quai de l'horloge


Al dar la vuelta a la esquina por una calle transversal me asomo al paseo por donde he venido para verme llegar hasta allí. La multitud que me acompañaba ha seguido bulevar adelante, y la que se acerca me resulta tan desconocida como la que acabo de abandonar. No es posible que me descubra a mí mismo entre los que no estoy. Tampoco que busque mi espalda entre quienes caminaba antes de detenerme. En ningún lugar de la ciudad me encontraría, salvo que al pasar frente al escaparate de un relojero alguno de los modelos expuestos atrase los minutos perdidos.

lunes, 24 de enero de 2011

Emaús (y 7)


Y en el bolsillo arena, piedras
menudas, sin valor, estiércol
seco, matas de hierba, plásticos
viejos y la memoria estéril
de los suyos. Y en el bolsillo
muy arrugado un papel, luces
escritas con grafía extraña,
unas cuentas quizá, una carta
que nadie sabe ya leer
o un simple instante de silencio.
Y en el bolsillo poco más
—arena, piedras, matas, plásticos—,
un papel, un silencio apenas.

Ninguna hora en el bolsillo,
en tantas que llamó, tenaz,
para que no viniera nunca,
en otras que olvidó sus sombras.
Ninguna noche, ni la víspera
de la noche, del ángel ido.

jueves, 20 de enero de 2011

Primavera templada

Como el perro que ante el grito del amo hunde su cabeza en el suelo y alza la mirada desconcertado, enmudece ante la joven que le pregunta si aquella es la ruta a Emaús y si el asiento contiguo está libre. Ismael había creído siempre que el amor ha sido escrito de antemano en cada corazón y son los ojos quienes lo leen. De repente, los suyos entendían palabras hasta ahora incomprensibles. Como es la primera vez que ve a aquel tipo, Amina no sabe cómo interpretar vacilaciones y gestos, y prefiere seguir pasillo adelante en busca de otro asiento.

domingo, 16 de enero de 2011

חמת‎ Hammat

De casa sale orgulloso de sus pantalones gris franela y de su camisa negro azulado. Camina despacio para que el polvo de las calles y el barro del sendero hasta la feria dejen la ropa indemne. Con precaución, pica en algunos platos, inclinando siempre el cuerpo hacia delante para evitar el goteo. Después de recorridos los puestos, sigue en sentido inverso entre grupos que ríen, otros cantan. La celebración brilla en los rostros, el suyo ensombrece. Abandona la fiesta por el atajo a Hammat. Si en este momento llegara la muerte, así. Preferiría la vida. Y se da la vuelta.

jueves, 13 de enero de 2011

Ἐμμαούς

Para M., el poema del 13 de enero
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Cerca de Emaús se cruzó la caravana de una joven viuda que abandonaba la ciudad con el carro de un funcionario que regresaba a Jerusalén tras años en la remota provincia. Como sendos palafreneros se conocían, se detuvieron a saludarse. Dama y caballero sintieron una incómoda inquietud al cruzar sus miradas. Nada sabían uno del otro, y sin embargo sintieron que sus soledades quedaban al desnudo. Mientras los empleados seguían preguntándose por todos sus parientes, el varón inclinó la cabeza y la señora sonrió, gentil. No hubo más, nada que explicara el desasosiego que el encuentro despertaría siempre en ambos.

sábado, 8 de enero de 2011

عِمواس Imwas

Unas lonas mal atadas y una alfombra sucia. La arena del último vendaval amontonada aún en los rincones. El metal de la tetera ennegrecido, abollado, sobre un mustio fuego. La musiquilla de una radio en complicidad con el ralentí de un tráiler de la ruta de Imwas detenido en un descampado próximo. La luz inválida que un grupo electrógeno nutre. Dos camioneros somnolientos sobre los almohadones deshilados dibujan, con su charla, gestos de inocencia en la sonrisa de la mujer a la que luego harán el amor. El dorado intenso del atardecer, siempre en busca de compañía, embellece sus rostros.

martes, 4 de enero de 2011

Emmaus

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Se detiene en el arcén de la carretera a Emaús. Los camiones lo zarandean al pasar. Su estruendo ensordece durante ese instante la voz saltarina del locutor en la radio. El motor crepita bajo sus pies. Apenas fugaces manchas de color, los coches atraviesan frente al cristal parabrisas en una y otra dirección. Es todo lo que siente. Las manos reposan, una en el volante y otra en el cambio de marchas, como si hubiera decidido ya arrancar. Pero sigue detenido en el arcén de la carretera a Emaús, con los intermitentes de emergencia encendidos, sin saber cómo continuar, resucitar.

sábado, 1 de enero de 2011

Amauante

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—¿Es este el camino a Emaús?
—Si no llevara una venda lo vería por sí mismo.
—Mi caballo ve las vueltas del camino y las piedras que lo entorpecen, ¿sigo la buena dirección?
—¿Ha sufrido algún daño? ¿Le molesta el aire, el polvo, el sol?
—Por aquí, ¿llegaré a Emaús? Solo esto quiero saber.
—¿Alguien se los ha vendado, cierto? Puedo ayudarle a desatar el lazo. Tengo un cuchillo.
—Un cuchillo no. Mi caballo ve. Se asustaría. Mi caballo son mis ojos.
—Se equivoca.
—¿No es este el camino a Emaús?
—Con sus ojos lo vería.
—¿Emaús?
—Vendados, ¿por qué?

viernes, 24 de diciembre de 2010

Nubes, y 7


En el principio fue la nube. De su transparencia
nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro
RAFAEL PÉREZ ESTRADA
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Raudas, perezosas, espabiladas. Ricas, pequeñitas, estalagmitas. Rocosas, pizpiretas, elegantes. Rigurosas, punzantes, escuetas. Rameras, pamplineras, espartanas. Rabiosas, paupérrimas, enclenques. Retráctiles, puritanas, espesas. Rasantes, porteras, especiales. Rehenes, puñeteras, esternocleidomastoideas. Romanas, parisinas, espabiladas. Rugosas, perifolladas, empíricas. Respetuosas, pervertidas, enaltecidas. Renqueantes, peripatéticas, encubiertas. Risueñas, pitiminíes, empalagosas. Resabiadas, ptolemaicas, escurridizas. Reputadas, putadas, enólogas. Rompedoras, pringosas, endilgadas. Rusas, panameñas, enmascaradas. Ruidosas, pagadoras, enharinadas. Ricuras, pedestres, enjoyadas. Repipis pornográficas, épicas. Revueltas, paladeadas, endulzadas. Rimas, pecadoras, epicúreas. Rintintinas, pajiles, espeluznantes. Rábidas, porteñas, espigadas. Rezadas, palanganas, estériles. Rodadas, pezones, esperanzadas. Romboides, poliuretanas, escandalosas. Reales, preñadas, epidémicas. Rijosas, pajaritas, enveradas. Rancheras, poliédricas, espantamoscas. Ribeteadas, palatinas, exfoliadas. Ribereñas, primorosas, esponjillas. Nubes.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Nubes, 6

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He observado que existen dos maneras de que no haya nubes. El anticiclón —o nubes simpáticas— se las lleva a otra parte y deja el cielo pintado de un azul transparente, artesano, conmovedor. Con este fondo las fotografías quedan impecables. Incluso la vida da la impresión de que está a la altura de las fotografías. En la otra forma, las nubes, ahora hinchadas y ápteras, restriegan su opacidad por el suelo e impiden que al elevar la vista se vea nada. Cuando llega la niebla —la taciturna, la incómoda— la misma idea de cielo se convierte en quimera. En realidad.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Nubes, 5

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En la tarde despejada, el paso de los aviones deja el cielo atravesado por nubes imposibles. Rectilíneas. Las falsas resultan tan atractiva como las de verdad. Artificio y naturaleza han perdido definitivamente sus fronteras. En la biología, desde luego; también en la poesía, desde Pessoa. No cuesta casi nada tomar por naturales los jardines, las nectarinas y los versos. De hecho, tal vez estas cosas sean las más naturales para los humanos: son elementos que han superado el tiempo cíclico de la naturaleza y han entrado en el tiempo lineal. Como esas nubes que dejan los aviones, cuando van muriéndose.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Nubes, 4

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¿Cuándo aprendí a mirar las nubes? No es una pregunta trivial. Observo la dimensión de las manchas en el cielo y siento que las entiendo. Que sé lo que me están contando. Que comparto el desgarro del que hablan. No fue en el cielo donde aprendí a leerlas, sino en la pintura. Las formas y los trazos de los pintores abstractos que admiraba en mi juventud como la voz de mi época —¿dónde sonará la voz de esta época?— fueron los que me enseñaron a mirar las nubes. Las contemplo y emergen en mi memoria los cuadros que he comprendido.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Nubes, 3

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Le doy vueltas a la palabra «emoción» mientras contemplo los grises de acuarela que cubren el cielo en forma de prietos nubarrones. En mi juventud pensaba que el poema si algo pretendía era emocionar al lector. Hoy ya no diría lo mismo. El destino trágico de la poesía posiblemente prenda en esta creencia. La emoción, como los buñuelos, es un sentimiento hueco, sin contenido. La poesía no puede competir con las inmensas fuentes de emoción actuales: los estadios, la televisión, hasta los periódicos. No emociona la tormenta que se avecina. Ni el poema. Solo son hermosos recuerdos de la muerte.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Nubes, 2

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En ocasiones, ante un cielo nuboso, uno se pregunta: ¿son estas nubes el fruto de una geometría ignota o el mero capricho del aire? Cuestión que no se corresponde demasiado con la actitud contemplativa que exige la especulación celeste. Ni con la inocencia que demandan sus trazos infantiles, ni con la sumisión que inspira su grandeza. Pero uno mira las nubes del cielo y sigue preguntándose: ¿hay reglas que explican volúmenes y cenefas —una causa que necesariamente ha de concretarse en esta forma— o es el antojo de los vientos? Observar las nubes es, siempre, tratar de comprender el destino.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Nubes, 1


«Mira qué cielo tan impresionante» —le digo exaltado a mi hijo. «Papá, las nubes no tienen ningún interés» —responde mientras escarba entre la hojarasca en busca de larvas de cetonia. Me deja a solas con las nubes. Con mi edad. Si mi padre me hubiera pedido alguna tarde que levantara la vista del libro para ver el cielo le hubiera respondido cualquier tontería sin quitar los ojos de la página. En el altillo conservo los libros que leía entonces, ganando amarillos. Las nubes que contemplo ahora no las podré guardar. Es como si por fin dejara de ser yo mismo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Les nymphéas, et 7

Cuando la oscuridad emerge desde el fondo del estanque, enloda las aguas y sus añiles cercan la luz que aún palpita en los nenúfares, los ojos ceden. Los brazos, las manos, las piernas. Ceden los cabellos blancos, invisible caligrafía sobre las hojas que quedaron por escribir en el cuaderno. Los símbolos conocidos se acomodan al caer la tarde en una tumbona vacía que hay junto a la mía para que sienta un fugaz escalofrío y abra los ojos. Si me levanto en busca de un jersey, tal vez me retenga dentro algo —no sé, el televisor, la cena— mientras anochece.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Les nymphéas, 6

—¿Señor Monet?
—¿Sí?
—Mi nombre es Villaespesa, Francisco Villaespesa, soy poeta español.
—¿Español?
—Sí, poeta. Villaespesa. ¿Le suena?
—Ah, poeta.
—Bravo. Señor Monet, quería hacerle una pregunta, ¿sería posible?
—Poeta…¿es usted acaso el mejor poeta español?
—Lo intento. Publico mucho. Tal vez demasiado, los editores me piden libros constantemente y soy débil para decirles que no.
—Hay que aprender a decirle no al mundo.
—Es difícil, cuando se es poeta.
—Humilde oficio. Y hermoso.
—De eso quería hablarle.
—Dígame.
—De los nenúfares, también humildes y hermosos. Me pregunto de qué serán símbolo.
—¿Símbolo los nenúfares? De nada. Sólo son remordimientos.

martes, 16 de noviembre de 2010

Les nymphéas, 5

Con el gabán abrochado hasta el cuello, gorro, botas, guantes, avanza bajo la tormenta. Los copos, mínimas astillas de hielo, dibujan cenefas infantiles sobre los pliegues mientras camina. Cada ventana que cruza es el cuadro de una exposición que ha visto: una familia cena alrededor de la mesa, dos personas hablan frente al chisporroteo del hogar, una joven lee, un candil encendido en una sala vacía. La ciudad se refugia del tiempo en el tiempo. Sólo él ha salido a la intemperie. Se dirige hacia el estanque. Nieva. Sus ojos rascan, lijan la oscuridad para desvelar los colores que oculta.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Les nymphéas, 4

¿Ese? No ha de preocuparle, señor Saussez. Un chiflado, pero simpático. Aparece un día por semana. Pregunta. Se pasa la tarde mirando peces. No compra nunca, pero es buena gente. Me contó que era pintor, Manet o Monet dijo que se llamaba. Creo que no miente, porque lleva la camisa llena de manchurrones de colores. Le propuse que hablara con el dueño… con usted, vamos, como a la tienda le vendría bien una mano de pintura, quizá se le podría pagar con unos cuantos escalares y discos, que son los peces que más le gustan. Dijo que se lo pensaría.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Les nymphéas, 3

La lluvia que cuela la ventana abierta del estudio motea con esmero el apunte donde el pintor había dibujado las aguas del estanque. Las gotas que han chocado contra los cristales resbalan con indolencia, invitando a la fiesta cuanto encuentran a su paso, y se lanzan contra el papel perdido en un rincón. Los chorreones que se deslizan por la pared, empapada, chocan contra el entablado, se remansan en charcos que al crecer alcanzan la hoja y allí se ocultan. Su humedad, no obstante, los delata oscureciendo palideces. Cuando amaine la tormenta , el apunte olvidado habrá imaginado el cuadro.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Les nymphéas, 2

En el cibercafé de Rue du Colombier, Giverny, Pierre Restrepo imparte por las mañanas un curso de navegación para jubilados. Les ha enseñado a entrar en You tube y los viejecitos se pasan horas viendo vídeos: «Si hubiera conocido esto de joven». Les cobra una miseria, pero lo recupera con horas de alquiler para prácticas. La mayoría ha abierto cuentas en Facebook y se escriben recados unos a otros, en la misma sala. Menos el señor Monet que, aparte de llenar el teclado con los pelos sueltos de su barba, se pasa las horas muertas contemplando fotografías de flores acuáticas.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Les nymphéas, 1

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En la bengala que sube a los cielos
sin luna. En la corriente con arenas
y con aceites pesados del río
sin campo. En los buñuelos que cayeron
al camino y reboza el polvo. Luz
acuartelada por las nubes rojas
ya sin resuello, ya sin el perdón
que sólo puede otorgar el olvido.

Que sólo puede otorgar la llegada
del vacío a los cielos con bengalas,
a los ríos de aguas arenosas,
a los buñuelos que madre lió
pacientemente en un pañuelo rojo
que se quedó abrazado al simple hueco.
Brasero bajo la mesa camilla
cuando ya nada logras calentar.

domingo, 24 de octubre de 2010

Crepusculares, y 7

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Patea el aire, seis agujas,
seis filamentos insaciables,
insaciables los seis insomnios
que patean la noche, agujas
incansables, las seis angustias.
Escarabajo boca arriba
en el sendero. Seis insomnios.

Dos brazos, manos, dedos, dos
afluentes los dos brazos, manos,
dedos, sin número los dedos,
arroyos o torrentes, nunca
charcos, los dedos navegan,
transportan secos troncos, muertos
que llegan hasta el río y más.

Siete palabras. Cada signo
arañado a la piedra, siete
signos en orden inflexible,
arañadas palabras, siete
uñas, siete silencios, cantos
ruidosos, inflexibles cuando
se desmoronan, piedras, signos.

Senderos, ríos y poemas,
no vengáis, no riáis, no habléis.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Crepusculares, 6

Donde el fuego —el de la ira, y también el de la desidia— arrasó los signos, la memoria se ha tiznado dedos, ojos y calzado rebuscando entre ascuas los vestigios con los que reconstruir lo que se fue junto al humo. Quien ya no consigue confiar en nada, recibe con simpatía a la memoria cuando acude a jugar con él a las cartas durante el insomnio. Hemos hecho de la memoria el perfecto revulsivo de la barbarie y de la escasez. Extinguidos los fuegos, multiplicadas las construcciones, abarrotados los estantes, saciadas las preguntas, higienizados los suelos… ¿quién necesita la memoria?

sábado, 16 de octubre de 2010

Crepusculares, 5

Acudo a la biblioteca universitaria y en los estantes donde había encontrado a Petrarca y Boccaccio, a Cavalcanti, a Dante, veo otros nombres. Será, me digo, mi despiste. Los busco. Otros títulos, siempre. En el lugar donde estuvo la Vita Nuova leo en el lomo de un volumen: Dialéctica entre la empresa informativa tradicional y la empresa informativa on-line. «En dos día se lo servimos —me explica el bibliotecario—, si hace la petición». ¿Y? «Se han tenido que retirar libros a un almacén que está en las afueras —añade—, son ejemplares que llevaban tres años sin ser solicitados».

martes, 12 de octubre de 2010

Crepusculares, 4

Pongamos que uno escribe una novela, la va escribiendo durante años. Pongamos que la presenta a un premio, y que se lo dan. Piensa que es lo mejor que le puede pasar a un libro: tal vez el dinero no sea lo importante, no lo es, pero le gratifica pensar que la sociedad le premia así voluntad, desvelos. Pongamos que hace la declaración de la renta, y paga exactamente la mitad del premio. Pongamos las cosas como las ve: su esfuerzo le ha costado un ojo de la cara. Le queda otro, pero ya es tuerto. Mejor no escribir, decide.

viernes, 8 de octubre de 2010

Crepusculares, 3

Los primeros que han dejado de creer en la memoria son sus guardianes. Les interesa el escalafón: también les ha llegado la noticia de su condición mortal. Todo está en el partido: los jugadores, el público, las autoridades y ellos, los árbitros. Y cuando el estadio se haya quedado sin nadie, será un estadio vacío: batido por los murciélagos de la periferia. A los guardianes de la memoria les interesa sobre todo el fútbol: ese espejismo del arte, de la historia y de la literatura. Por eso añoran vestirse de negro y soplar un silbato. Escalafón: lo que haga falta.

lunes, 4 de octubre de 2010

Crepusculares, 2

Ciertos escritores encargaron en su agonía que sus manuscritos fueran destruidos. A veces es más importante el gesto que el hecho. Si el autor hubiera quemado sus papeles, su acción carecería de valor simbólico, y así hubiera ido a parar pronto al vertedero de la erudición. Lo convierte en inolvidable la petición, la amenaza. Es una metáfora llena de esperanza, por eso quizá siga conmoviendo la creencia de que existirá en el futuro lo que ha existido —lecturas, devoción, memoria—. Hoy resulta una solicitud imposible —todo está publicado— y redundante —tan adelantada llevamos la destrucción de la memoria—.

viernes, 1 de octubre de 2010

Crepusculares, 1

Los autores que nadie lee en su época seguirán sin ser leídos nunca o renacerán como clásicos. Nadie puede conocer el destino que aguarda a sus libros no leídos. Tampoco quienes les rodean pueden aventurar nada: las conjeturas de futuro se realizan sólo sobre autores comprendidos en su época y en general carecen de interés, puesto que valoran únicamente lo justa o injustamente que son leídos; es decir, su densidad de olvido. La memoria guarda lugar, siempre, para autores que nadie ha leído. Es el único aliciente del escritor en el margen. ¿Y si descubre que la memoria se extingue?

lunes, 27 de septiembre de 2010

La montaña, y 7


Ni bajo la quietud del mediodía.
Ni lo ocultan los cantos de los pájaros.
Ni la inocencia de la brisa amable.

No cesa, aquel estruendo, ni el remanso
de luz lo ahoga. Aquel triscar de ramas,
al principio, de árbol que se inclina,
chascar de árbol que ya no es árbol.

Tronco, astillado leño, las luciérnagas
brotarán de tu piel como de un sueño.

Y al verte ahí tumbado, yerto, emerge
del mediodía, de la brisa y el canto
el atronar de tu altura perdida.

Hundido cada vez más en la tierra,
sigo oyendo tu muerte. La indolencia del bosque.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La montaña, 6

A tus laderas escarpadas, lejanas cimas e intrincadas sendas vienen buscando, montaña, a quienes ya no son. Mientras tú seguías impertérrita y mantenías inalterables tus exigencias, los humanos inventaban mil modos de caminar sentados, alterar las condiciones del aire, ascender a los cielos o viajar por donde sólo corrían las aguas, siempre gracias a ruidos, zumbidos, estridencias. A ti llegan ahora, y, lo que resulta más chocante, emprenden con entusiasmo la caminata como si nunca hubieran existido coches, aires acondicionados, aviones, metros, imprescindibles para poder moverse. Dicen que es por la belleza, pero no es cierto. Es por tu silencio.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La montaña, 5

Hay idilios estáticos —como el que mantienen las puertas que comparten rellano— y amores dinámicos, igualmente imposibles, como el que sienten las nubes por la montaña. Desde el valle, con el carrusel del arroyo por almohada, se sigue con deleite la inagotable seducción con que las nubes la acechan: acariciándola o haciendo que la acarician. Se acerca una pequeña, juguetona; luego llegan otras, con argumentos de amor inflamado, que la cubren con su blancura dúctil y envolvente. Por la tarde el corazón de piedra de la montaña las desespera y las nubes se enfurecen, le gritan, la maldicen, echan chispas.

lunes, 13 de septiembre de 2010

La montaña, 4

A veces pienso en el despego de estos tiempos que te han convertido en una estampa, quiero decir, que sólo sirvas, montaña, para que elijan tu imagen las jovencitas y dibujen en el reverso un corazón. ¿Qué pintor hoy llegaría aquí para pintarte sin que le miraran con la condescendencia con que se trata a un jubilado? ¿Qué poeta escribiría versos aquí que pudiera ensalzar un crítico de suplemento cultural? Es más: quién acude a ti para saber. Sólo te quedan taxonomías: insectos, vegetales… ¿Qué conocimiento hoy buscan los humanos en ti, montaña? Todo ha sido trasladado a otra parte.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La montaña, 3

El camino —abrupto, áspero, angosto— sigue hacia delante: la única promesa ante el sufrimiento —la anchura del circo, el frescor del manantial, la gran cascada—, la dicha. Pensar en los símbolos es siempre más llevadero que encarnarlos. De todas formas, no está claro qué da sentido a qué, si el camino a su símbolo, o si su símbolo a la caminata. Si caminar fuera como vivir, la jornada tal vez resultara un poco más ardua: sin veredas, sin nombres, sin oriente. Creer en símbolos gratifica: simplifican los significados complejos, y complican los significados simples: ¿este mero andar, la vida?

domingo, 5 de septiembre de 2010

La montaña, 2

Cuando los humanos estaban hechos de un mismo bloque de piedra, como tú, montaña, los libros que escribían se transformaban en cada lectura; su eco variaba con los tiempos y las generaciones. Ahora son los hombres los que combinan diversas personalidades según la hora del día, o de la noche, los que comparten cuatro o cinco identidades a la vez. Los libros que escriben, sin embargo, cada vez son más uniformes, más iguales, más funcionales… como los adoquines con los que sueña el empresario al ver tus laderas. Y ya no son imprescindibles como tú, montaña, sino salidos del obrador.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La montaña, 1

La senda se abre paso por el bosque y más tarde atraviesa el claro. Donde cruza el torrente unas piedras alineadas de superficie seca indican la dimensión de la zancada. Asciende por la ladera y serpentea. La umbría descompone la luz como lo haría una bola de espejos en un baile de provincias, con la misma magia, ingenua y anticuada. A veces, la impresión de que el sendero tiene un final sólo la da el montañero de regreso que apenas alza la vista para saludar. Su gesto cansado se lee igual que un mapa. Y es ya el único anhelo.

jueves, 26 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: cou

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Musée du Louvre

La noche que Novalis dibujó
para que el cuello fuera la luciérnaga
y el abrazo las manos que la atrapan.

El cuello que Novalis ha soñado
despierto como fatuo resplandor
donde el agua se abraza a los nenúfares.

Abrazo que Novalis sentiría,
y en los labios la tenue piel de un dios,
al estrechar los hombros de la náyade.

La piel imaginada por Novalis,
azul, no blanca, entre las sombras déspotas.
Blanca en medio de la noche azul.
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Un Novalis que Novalis no vio.
Una noche que la noche no tuvo.
Un cuello que aquel cuello. Un dios. La ráfaga.

domingo, 22 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: genoux

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Musée du Louvre .

—¿Las rodillas? No puede ser.
—Lo es. No podría vivir sin acariciar sus rodillas.
—¿De rodillas?
—Jamás se ponen de rodillas las rodillas. Las ponen. Así las menosprecian.
—Ya será menos.
—Cuando las rodillas se juntan, palpito.
—¿No confundes la rodillas con los muslos?
—En absoluto. Rimbaud les pedía a sus amorcillos provincianos que entrechocaran sus rodillas. ¿Sentiría él lo mismo que siento yo?
—Nada más provinciano, en efecto, que una rodilla.
—¿Lo cosmopolita sería el muslo?
—O el pecho descubierto.
—Para ti. Donde esté el oteruelo de una rodilla. Su simpatía.
—Su simplicidad, dices.
—Quizá sí. Su casi nada.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: fesses

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Musée du Louvre
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No se ha dado la vuelta para irse, como en el poema de Leonard Cohen, ni me cruzo con ella, vestida de negro, en un semáforo de París, sino que camina por delante en el paseo, entre la muchedumbre del verano. Como dos esferas que hubiera labrado la expansión constante del Big Bang, sus nalgas, huidas de una prenda que apenas se propone señalar límites, evocan algún mundo ideal. De repente se estanca cuanto se agita en la ciudad y sólo permanece el compás exacto, dúctil, bamboleante; un lugar para ir a vivir sin posesiones, sin memoria, casi sin muerte.