
nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro
RAFAEL PÉREZ ESTRADA
Bloc de notas misceláneas de José Ángel Cilleruelo

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A tus laderas escarpadas, lejanas cimas e intrincadas sendas vienen buscando, montaña, a quienes ya no son. Mientras tú seguías impertérrita y mantenías inalterables tus exigencias, los humanos inventaban mil modos de caminar sentados, alterar las condiciones del aire, ascender a los cielos o viajar por donde sólo corrían las aguas, siempre gracias a ruidos, zumbidos, estridencias. A ti llegan ahora, y, lo que resulta más chocante, emprenden con entusiasmo la caminata como si nunca hubieran existido coches, aires acondicionados, aviones, metros, imprescindibles para poder moverse. Dicen que es por la belleza, pero no es cierto. Es por tu silencio.
Hay idilios estáticos —como el que mantienen las puertas que comparten rellano— y amores dinámicos, igualmente imposibles, como el que sienten las nubes por la montaña. Desde el valle, con el carrusel del arroyo por almohada, se sigue con deleite la inagotable seducción con que las nubes la acechan: acariciándola o haciendo que la acarician. Se acerca una pequeña, juguetona; luego llegan otras, con argumentos de amor inflamado, que la cubren con su blancura dúctil y envolvente. Por la tarde el corazón de piedra de la montaña las desespera y las nubes se enfurecen, le gritan, la maldicen, echan chispas.
El camino —abrupto, áspero, angosto— sigue hacia delante: la única promesa ante el sufrimiento —la anchura del circo, el frescor del manantial, la gran cascada—, la dicha. Pensar en los símbolos es siempre más llevadero que encarnarlos. De todas formas, no está claro qué da sentido a qué, si el camino a su símbolo, o si su símbolo a la caminata. Si caminar fuera como vivir, la jornada tal vez resultara un poco más ardua: sin veredas, sin nombres, sin oriente. Creer en símbolos gratifica: simplifican los significados complejos, y complican los significados simples: ¿este mero andar, la vida?
Cuando los humanos estaban hechos de un mismo bloque de piedra, como tú, montaña, los libros que escribían se transformaban en cada lectura; su eco variaba con los tiempos y las generaciones. Ahora son los hombres los que combinan diversas personalidades según la hora del día, o de la noche, los que comparten cuatro o cinco identidades a la vez. Los libros que escriben, sin embargo, cada vez son más uniformes, más iguales, más funcionales… como los adoquines con los que sueña el empresario al ver tus laderas. Y ya no son imprescindibles como tú, montaña, sino salidos del obrador.
Musée du Louvre
Musée du Louvre . —¿Las rodillas? No puede ser.
—Lo es. No podría vivir sin acariciar sus rodillas.
—¿De rodillas?
—Jamás se ponen de rodillas las rodillas. Las ponen. Así las menosprecian.
—Ya será menos.
—Cuando las rodillas se juntan, palpito.
—¿No confundes la rodillas con los muslos?
—En absoluto. Rimbaud les pedía a sus amorcillos provincianos que entrechocaran sus rodillas. ¿Sentiría él lo mismo que siento yo?
—Nada más provinciano, en efecto, que una rodilla.
—¿Lo cosmopolita sería el muslo?
—O el pecho descubierto.
—Para ti. Donde esté el oteruelo de una rodilla. Su simpatía.
—Su simplicidad, dices.
—Quizá sí. Su casi nada.
Musée du LouvreLa gacela mira tras las ramas y los rizos de las hojas que la brisa mece desvelan su belleza velada a quien la observa de la mano de Ibn Arabi. Se diría que se oculta tras las trenzas de los troncos o que su pelaje asoma entre mechones que invitan a ser peinados. La túnica de su desnudez desarbola la geometría que se aprende en las escuelas. Tan próxima e inalcanzable como distante y ahí. Flequillo que cierra ojos abiertos. De la mano de Ibn Arabi. Sin este celaje de opuestos, ¿cómo el amor, el único, remontaría su viscosidad animal?
Musée du LouvreEl gesto de quitarse los zapatos —sin calcetines, los calcetines rara vez ocupan un lugar en la imaginería amorosa— deja a los pies indefensos, como un niño que sale a jugar desnudo. Así lo escribió Anne Sexton en el poema «Barefoot» para que existiera una imagen con la que comprender desde dónde arranca el deseo —exactamente my hunger mark—. Los pies tienen apariencia de asalariados frente a los órganos aristocráticos: las tímidas y lunáticas plantas, la difícil belleza de los dedos extraños, la provocación de los tobillos: olvidada esa pendiente de colina, la noche se encamina hacia donde quiera.
Musée du Louvre
Algo dejó sin aclarar Petrarca sobre los ojos: ¿los que aman con tanta intensidad son los mismos ojos que el labriego entorna cuando aventa el grano sin impedir que el polvo del cascabillo los seque e irrite? ¿Los mismos que acarician sobre el pergamino el nombre de la amada son aquellos que en la era giran al sol, atados a la abrupta geografía de costras que cubre la grupa del mulo? Los ojos sacian, dijo Petrarca, y a pies juntillas le creo mientras quien sube a la cabina de la cosechadora protege sus ojos con unas gafas. El mirar colma.