domingo, 24 de octubre de 2010

Crepusculares, y 7

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Patea el aire, seis agujas,
seis filamentos insaciables,
insaciables los seis insomnios
que patean la noche, agujas
incansables, las seis angustias.
Escarabajo boca arriba
en el sendero. Seis insomnios.

Dos brazos, manos, dedos, dos
afluentes los dos brazos, manos,
dedos, sin número los dedos,
arroyos o torrentes, nunca
charcos, los dedos navegan,
transportan secos troncos, muertos
que llegan hasta el río y más.

Siete palabras. Cada signo
arañado a la piedra, siete
signos en orden inflexible,
arañadas palabras, siete
uñas, siete silencios, cantos
ruidosos, inflexibles cuando
se desmoronan, piedras, signos.

Senderos, ríos y poemas,
no vengáis, no riáis, no habléis.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Crepusculares, 6

Donde el fuego —el de la ira, y también el de la desidia— arrasó los signos, la memoria se ha tiznado dedos, ojos y calzado rebuscando entre ascuas los vestigios con los que reconstruir lo que se fue junto al humo. Quien ya no consigue confiar en nada, recibe con simpatía a la memoria cuando acude a jugar con él a las cartas durante el insomnio. Hemos hecho de la memoria el perfecto revulsivo de la barbarie y de la escasez. Extinguidos los fuegos, multiplicadas las construcciones, abarrotados los estantes, saciadas las preguntas, higienizados los suelos… ¿quién necesita la memoria?

sábado, 16 de octubre de 2010

Crepusculares, 5

Acudo a la biblioteca universitaria y en los estantes donde había encontrado a Petrarca y Boccaccio, a Cavalcanti, a Dante, veo otros nombres. Será, me digo, mi despiste. Los busco. Otros títulos, siempre. En el lugar donde estuvo la Vita Nuova leo en el lomo de un volumen: Dialéctica entre la empresa informativa tradicional y la empresa informativa on-line. «En dos día se lo servimos —me explica el bibliotecario—, si hace la petición». ¿Y? «Se han tenido que retirar libros a un almacén que está en las afueras —añade—, son ejemplares que llevaban tres años sin ser solicitados».

martes, 12 de octubre de 2010

Crepusculares, 4

Pongamos que uno escribe una novela, la va escribiendo durante años. Pongamos que la presenta a un premio, y que se lo dan. Piensa que es lo mejor que le puede pasar a un libro: tal vez el dinero no sea lo importante, no lo es, pero le gratifica pensar que la sociedad le premia así voluntad, desvelos. Pongamos que hace la declaración de la renta, y paga exactamente la mitad del premio. Pongamos las cosas como las ve: su esfuerzo le ha costado un ojo de la cara. Le queda otro, pero ya es tuerto. Mejor no escribir, decide.

viernes, 8 de octubre de 2010

Crepusculares, 3

Los primeros que han dejado de creer en la memoria son sus guardianes. Les interesa el escalafón: también les ha llegado la noticia de su condición mortal. Todo está en el partido: los jugadores, el público, las autoridades y ellos, los árbitros. Y cuando el estadio se haya quedado sin nadie, será un estadio vacío: batido por los murciélagos de la periferia. A los guardianes de la memoria les interesa sobre todo el fútbol: ese espejismo del arte, de la historia y de la literatura. Por eso añoran vestirse de negro y soplar un silbato. Escalafón: lo que haga falta.

lunes, 4 de octubre de 2010

Crepusculares, 2

Ciertos escritores encargaron en su agonía que sus manuscritos fueran destruidos. A veces es más importante el gesto que el hecho. Si el autor hubiera quemado sus papeles, su acción carecería de valor simbólico, y así hubiera ido a parar pronto al vertedero de la erudición. Lo convierte en inolvidable la petición, la amenaza. Es una metáfora llena de esperanza, por eso quizá siga conmoviendo la creencia de que existirá en el futuro lo que ha existido —lecturas, devoción, memoria—. Hoy resulta una solicitud imposible —todo está publicado— y redundante —tan adelantada llevamos la destrucción de la memoria—.

viernes, 1 de octubre de 2010

Crepusculares, 1

Los autores que nadie lee en su época seguirán sin ser leídos nunca o renacerán como clásicos. Nadie puede conocer el destino que aguarda a sus libros no leídos. Tampoco quienes les rodean pueden aventurar nada: las conjeturas de futuro se realizan sólo sobre autores comprendidos en su época y en general carecen de interés, puesto que valoran únicamente lo justa o injustamente que son leídos; es decir, su densidad de olvido. La memoria guarda lugar, siempre, para autores que nadie ha leído. Es el único aliciente del escritor en el margen. ¿Y si descubre que la memoria se extingue?

lunes, 27 de septiembre de 2010

La montaña, y 7


Ni bajo la quietud del mediodía.
Ni lo ocultan los cantos de los pájaros.
Ni la inocencia de la brisa amable.

No cesa, aquel estruendo, ni el remanso
de luz lo ahoga. Aquel triscar de ramas,
al principio, de árbol que se inclina,
chascar de árbol que ya no es árbol.

Tronco, astillado leño, las luciérnagas
brotarán de tu piel como de un sueño.

Y al verte ahí tumbado, yerto, emerge
del mediodía, de la brisa y el canto
el atronar de tu altura perdida.

Hundido cada vez más en la tierra,
sigo oyendo tu muerte. La indolencia del bosque.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La montaña, 6

A tus laderas escarpadas, lejanas cimas e intrincadas sendas vienen buscando, montaña, a quienes ya no son. Mientras tú seguías impertérrita y mantenías inalterables tus exigencias, los humanos inventaban mil modos de caminar sentados, alterar las condiciones del aire, ascender a los cielos o viajar por donde sólo corrían las aguas, siempre gracias a ruidos, zumbidos, estridencias. A ti llegan ahora, y, lo que resulta más chocante, emprenden con entusiasmo la caminata como si nunca hubieran existido coches, aires acondicionados, aviones, metros, imprescindibles para poder moverse. Dicen que es por la belleza, pero no es cierto. Es por tu silencio.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La montaña, 5

Hay idilios estáticos —como el que mantienen las puertas que comparten rellano— y amores dinámicos, igualmente imposibles, como el que sienten las nubes por la montaña. Desde el valle, con el carrusel del arroyo por almohada, se sigue con deleite la inagotable seducción con que las nubes la acechan: acariciándola o haciendo que la acarician. Se acerca una pequeña, juguetona; luego llegan otras, con argumentos de amor inflamado, que la cubren con su blancura dúctil y envolvente. Por la tarde el corazón de piedra de la montaña las desespera y las nubes se enfurecen, le gritan, la maldicen, echan chispas.

lunes, 13 de septiembre de 2010

La montaña, 4

A veces pienso en el despego de estos tiempos que te han convertido en una estampa, quiero decir, que sólo sirvas, montaña, para que elijan tu imagen las jovencitas y dibujen en el reverso un corazón. ¿Qué pintor hoy llegaría aquí para pintarte sin que le miraran con la condescendencia con que se trata a un jubilado? ¿Qué poeta escribiría versos aquí que pudiera ensalzar un crítico de suplemento cultural? Es más: quién acude a ti para saber. Sólo te quedan taxonomías: insectos, vegetales… ¿Qué conocimiento hoy buscan los humanos en ti, montaña? Todo ha sido trasladado a otra parte.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La montaña, 3

El camino —abrupto, áspero, angosto— sigue hacia delante: la única promesa ante el sufrimiento —la anchura del circo, el frescor del manantial, la gran cascada—, la dicha. Pensar en los símbolos es siempre más llevadero que encarnarlos. De todas formas, no está claro qué da sentido a qué, si el camino a su símbolo, o si su símbolo a la caminata. Si caminar fuera como vivir, la jornada tal vez resultara un poco más ardua: sin veredas, sin nombres, sin oriente. Creer en símbolos gratifica: simplifican los significados complejos, y complican los significados simples: ¿este mero andar, la vida?

domingo, 5 de septiembre de 2010

La montaña, 2

Cuando los humanos estaban hechos de un mismo bloque de piedra, como tú, montaña, los libros que escribían se transformaban en cada lectura; su eco variaba con los tiempos y las generaciones. Ahora son los hombres los que combinan diversas personalidades según la hora del día, o de la noche, los que comparten cuatro o cinco identidades a la vez. Los libros que escriben, sin embargo, cada vez son más uniformes, más iguales, más funcionales… como los adoquines con los que sueña el empresario al ver tus laderas. Y ya no son imprescindibles como tú, montaña, sino salidos del obrador.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La montaña, 1

La senda se abre paso por el bosque y más tarde atraviesa el claro. Donde cruza el torrente unas piedras alineadas de superficie seca indican la dimensión de la zancada. Asciende por la ladera y serpentea. La umbría descompone la luz como lo haría una bola de espejos en un baile de provincias, con la misma magia, ingenua y anticuada. A veces, la impresión de que el sendero tiene un final sólo la da el montañero de regreso que apenas alza la vista para saludar. Su gesto cansado se lee igual que un mapa. Y es ya el único anhelo.

jueves, 26 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: cou

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Musée du Louvre

La noche que Novalis dibujó
para que el cuello fuera la luciérnaga
y el abrazo las manos que la atrapan.

El cuello que Novalis ha soñado
despierto como fatuo resplandor
donde el agua se abraza a los nenúfares.

Abrazo que Novalis sentiría,
y en los labios la tenue piel de un dios,
al estrechar los hombros de la náyade.

La piel imaginada por Novalis,
azul, no blanca, entre las sombras déspotas.
Blanca en medio de la noche azul.
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Un Novalis que Novalis no vio.
Una noche que la noche no tuvo.
Un cuello que aquel cuello. Un dios. La ráfaga.

domingo, 22 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: genoux

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Musée du Louvre .

—¿Las rodillas? No puede ser.
—Lo es. No podría vivir sin acariciar sus rodillas.
—¿De rodillas?
—Jamás se ponen de rodillas las rodillas. Las ponen. Así las menosprecian.
—Ya será menos.
—Cuando las rodillas se juntan, palpito.
—¿No confundes la rodillas con los muslos?
—En absoluto. Rimbaud les pedía a sus amorcillos provincianos que entrechocaran sus rodillas. ¿Sentiría él lo mismo que siento yo?
—Nada más provinciano, en efecto, que una rodilla.
—¿Lo cosmopolita sería el muslo?
—O el pecho descubierto.
—Para ti. Donde esté el oteruelo de una rodilla. Su simpatía.
—Su simplicidad, dices.
—Quizá sí. Su casi nada.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: fesses

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Musée du Louvre
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No se ha dado la vuelta para irse, como en el poema de Leonard Cohen, ni me cruzo con ella, vestida de negro, en un semáforo de París, sino que camina por delante en el paseo, entre la muchedumbre del verano. Como dos esferas que hubiera labrado la expansión constante del Big Bang, sus nalgas, huidas de una prenda que apenas se propone señalar límites, evocan algún mundo ideal. De repente se estanca cuanto se agita en la ciudad y sólo permanece el compás exacto, dúctil, bamboleante; un lugar para ir a vivir sin posesiones, sin memoria, casi sin muerte.

domingo, 15 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: cheveux

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Musée du Louvre

La gacela mira tras las ramas y los rizos de las hojas que la brisa mece desvelan su belleza velada a quien la observa de la mano de Ibn Arabi. Se diría que se oculta tras las trenzas de los troncos o que su pelaje asoma entre mechones que invitan a ser peinados. La túnica de su desnudez desarbola la geometría que se aprende en las escuelas. Tan próxima e inalcanzable como distante y ahí. Flequillo que cierra ojos abiertos. De la mano de Ibn Arabi. Sin este celaje de opuestos, ¿cómo el amor, el único, remontaría su viscosidad animal?

jueves, 12 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: pieds

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Musée du Louvre

El gesto de quitarse los zapatos —sin calcetines, los calcetines rara vez ocupan un lugar en la imaginería amorosa— deja a los pies indefensos, como un niño que sale a jugar desnudo. Así lo escribió Anne Sexton en el poema «Barefoot» para que existiera una imagen con la que comprender desde dónde arranca el deseo —exactamente my hunger mark—. Los pies tienen apariencia de asalariados frente a los órganos aristocráticos: las tímidas y lunáticas plantas, la difícil belleza de los dedos extraños, la provocación de los tobillos: olvidada esa pendiente de colina, la noche se encamina hacia donde quiera.

domingo, 8 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: mains

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Musée du Louvre
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Bécquer las había pensado como avanzadilla que explora y aprueba las condiciones de paso del grueso de los sentimientos. Pero las manos rara vez van al frente y cuando lo hacen fundan la parodia. Las manos son la retaguardia del amor: sólo llegan al campamento cuando la luna está muy alta y capitanes y soldados duermen junto a las brasas de lo que fue calor, cocina y memoria. Se reparten sin chistar las sobras de la cena y viendo rendidos al sueño los vigías y extenuadas las palabras, ellas, las manos, se convierten en las únicas centinelas de lo ocurrido.

domingo, 1 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: yeux

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Musée du Louvre

Algo dejó sin aclarar Petrarca sobre los ojos: ¿los que aman con tanta intensidad son los mismos ojos que el labriego entorna cuando aventa el grano sin impedir que el polvo del cascabillo los seque e irrite? ¿Los mismos que acarician sobre el pergamino el nombre de la amada son aquellos que en la era giran al sol, atados a la abrupta geografía de costras que cubre la grupa del mulo? Los ojos sacian, dijo Petrarca, y a pies juntillas le creo mientras quien sube a la cabina de la cosechadora protege sus ojos con unas gafas. El mirar colma.

domingo, 25 de julio de 2010

Via delle Vergini

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En una calleja medieval, donde sólo mueren tapias de antiguos conventos convertidas en traseras de almacén y junto a las que se apilan maderas, cartones y aparatos inservibles que reciben resignados la orina de los transeúntes solitarios, descubrí el amor. En la intimidad del abandono desabotonó la blusa que me había puesto para él y sentí cómo mis caricias transformaban su espalda en un piano de silencios. Regresamos, más tarde, a la avenida, que los turistas anhelaban captar —con la cámara de unos ojos a los que no se les había retirado el protector del objetivo— y que nosotros olvidábamos.

martes, 20 de julio de 2010

Vicolo d'Orfeo

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Cuando llegó al piso la señora le advirtió que no entrara nunca en aquella habitación del fondo, donde descansaba su marido, muy enfermo. La puerta siempre cerrada y el silencio que se cernía sobre el cuarto prohibido fueron echando leña al fuego recién encendido de la curiosidad. Un domingo, después de que la señora hubiera salido a misa y no quedaran otros inquilinos en sus aposentos, empujó la puerta. Una cama vacía y un gran armario. Llegó a abrirlo por ver si estaba encerrado allí el moribundo. Nada, como en los signos. El misterio de aquel misterio acababa de empezar.

viernes, 16 de julio de 2010

Vicolo della Tinta

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Rara vez la página en blanco produce vértigos: las primeras frases se componen en la cabeza y se copian de memoria. La verdadera zozobra se presenta cuando la pluma de súbito rasca la página y nada queda grabado en ella. Los dedos, entonces, bailan un garabato nervioso como quien improvisa un masaje cardiaco. El trueno de la desaparición definitiva de la escritura resuena en el cielo ennegrecido del miedo. Un cartucho, un tintero. Y a mitad del trazo de prueba, regresa la tinta, humor caprichoso y enigmático que a veces da cuerpo a los sueños y otras les da alma.

martes, 13 de julio de 2010

Via del Boschetto

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La arboleda dulcifica el verano. Lo desmiente con su derroche de ramas que se extienden y alzan las manos como voces de un coro en lo más álgido de la nota. El verdor oculta el cielo y protege de sus designios y vigilancias. Igual que el colegial que corre al rincón discreto, en la hora del patio, para encender el cigarrillo contrario a las normas. La arboleda disimula prohibiciones, atenúa rigores. Resulta más humano el viandante desconocido al que se saluda. Parece más próximo el momento, acaso al principio inadvertido, que con el tiempo, para esclarecerse, reclame la palabra «milagro».

viernes, 9 de julio de 2010

Vicolo del Puttarello

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Se sientan en las escaleras de la fuente y con la mano hunden la falda entre sus piernas de mármol blanco. Las chicas se miran y sonríen entre ellas, o a sí mismas cuando sacan del bolso un espejito nacarado. El chapoteo del caño sobre el agua acompasa las bromas a las que nadie más está invitado. Las chicas no miran, pero las agujas de su atención tejen tránsitos y gestos. Los chicos, giróvagos de la tarde de los domingos, clavan la vista y no ven nada. Quien se ríe de esta inocencia daría el alma por creer en ella.

martes, 6 de julio de 2010

Via Leopardi

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Igual que ciertos hombres llevan su oficio engastado entre las uñas, las cartas que baraja el poeta antes de repartir no disimulan el sudor de los veranos, el alcohol o las motas de sangre en noches aciagas. Son humores verdaderos y cada tizne o rasguño corresponde a una experiencia que recuerda y nombra con el emblema del envés. Por esos rastros grasientos conoce el color que cada naipe esconde en manos de cualquier jugador. Y era lícito su engaño cuando se juntaban en una mesa. Ahora, solitario, lanza sus cartas de bordes ennegrecidos únicamente al chorro de las fuentes públicas.

sábado, 3 de julio de 2010

Via della Lupa

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Entre legañas, quistes y llagas en los ojos de la perra vieja se abre paso la tumefacción de la melancolía. Tantas veces como dio a luz cachorros suaves y hermosos, sanos, juguetones, cuanto aprendieron entre sus piernas y bajo sus ubres llegado el día les sirvió para destrozar a dentelladas el cuello de un igual, cuando no de su propio hermano. Ningún valor tuvieron las horas que pasaba lamiendo sus cuerpos, con ternura, mostrándoles afecto, si luego aparecía el padre y, antes de partir nuevamente, ufano les mostraba los dientes ensangrentados, y sólo ese instante se convertía en la realidad.

miércoles, 30 de junio de 2010

Palabras, palabritas, palabrotas

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En el puesto de las palabras, el quincallero gramatical las amontona por el metal del que están hechas: a este lado, cerquita de la silla donde dormita su perpetuo enfado con los gobernantes, las de plata; luego, las de cobre; más allá, las de hierro. Cuando le llega una palabra de la que se desprende una viejecita cuya pensión se agota antes que el mes, paga unas monedas, echa un vistazo a su morfema y la lanza al montón correspondiente. De vez en cuando le compro palabras sueltas, anticuadas. Me las deja baratas. Son siempre inservibles. «Petróleo / carbón / leña: / amor».

martes, 29 de junio de 2010

Canción de amor (y 14)

Amores, Mari Trini
«He descubierto un blog con canciones de amor», grita desde su bicicleta Julio como quien aplica las nuevas tecnologías a pretextos antiguos. «Vamos a verlo», acepta subir Ana a su habitación en la residencia. Mientras el aparato arranca entre quejas y balbuceos, él le muestra un yogurt de coco: «¿Te apetece? Es lo único que tengo, está fresquito». La luz entra por detrás, y sobre la pantalla encendida Ana no mira las palabras que Julio pronuncia, sino sus ojos pendientes de leerlas. «A esta canción le falta algo» —dice maliciosa. Y es el blog, ahora, el que descubre el amor.

miércoles, 23 de junio de 2010

A vueltas con los géneros literarios (tríptico)

Los géneros literarios son, como las bicicletas, un entrañable anacronismo. El único género literario funcional del presente es el periodismo. La escritura periodística se caracteriza por el sincretismo estilístico y la ubicación del tema en el ámbito sociológico. Su camuflaje es perfecto: crónicas deportivas llenas de figuras poéticas y poemas discursivos como columnas. La sociología, por otra parte, ofrece el impecable espejismo de un significado: el lector identifica siempre el contenido. Poemas, novelas, ensayos, periódicos están escritos en este archigénero. Y a la literatura lo único que la define es la distancia que tome con él. Su tránsito hacia nadie.
(2)
El camino hacia nadie el escritor no puede realizarlo solo. Es una de las paradojas más abruptas de la literatura: en la esencia de lo escrito late la aquiescencia y comprensión de otro. Quien diga «Escribo para mí» abre la brecha insoportable de la vanidad. De ahí que la obsesión de los novelistas por las ventas, de los poetas por las reseñas y de los dramaturgos por las subvenciones no sean más que síntomas veniales de una ansiedad de mayor calado: ¿quién en nuestra época será ese otro? Los tradicionales —editores, críticos, profesores, eruditos, estudiosos— son figuras en penosa decadencia.
(3)
El modelo más diáfano de refrendo para una actividad artística es el de la música. Se aprende música para enseñarla, y en ese tránsito, en el que rara vez intervienen las variantes sociales, los músicos aseguran la pervivencia —la eternidad— de la Música, y a su vez reciben la legitimación de su actividad. Un solo discípulo justifica el saber de un músico. De algo parecido disfrutó la literatura. Así lo creyeron los poetas cuando pensaban en el lector como maratoniano portador de la antorcha. Hoy esa imagen les da risa: la magnitud sociológica del lector les empuja al archigénero periodístico.

lunes, 21 de junio de 2010

เพลงความรัก

Luj Yaj
Cuando Phailin alzó la mirada, aún con el agua de coco ascendiendo por la pajita hacia sus labios, Kovit sorbía cabizbajo, sin ver del día nada más que su rostro desfigurado y cada vez más pequeño conforme menguaba el líquido en la cáscara partida, lo mismo que ella había tenido delante hasta entonces. Le dio tiempo a contemplar, dentro de la imagen, cómo un avión escribía en la pizarra del cielo un mensaje incomprensible y en qué tronco un perro iba a levantar la pata. Todo eso no lo vendían con el agua de coco, pero Phailin sí lo compraba.

sábado, 19 de junio de 2010

Lembrança

A plomo cae la luz sobre las fachadas esta mañana blanca de junio camino de la panadería. La vivencia puede que sea mía, quién sabe, pero la frase con que la comprendo no, la aprendí en Eugénio de Andrade. Dudo que coincida con algún verso suyo, pero esa manera de derramarse la luz sobre la ciudad transformándola en un regalo recién desenvuelto o en la primera caricia de la persona largamente ansiada no es mía. Quiero decir, ya es mía porque me la dejó en herencia Eugénio de Andrade. Sin él, el paseo por las calles hoy carecería de imagen.

jueves, 17 de junio de 2010

«Verano», de J.M. Coetzee, en Mondadori








Hay en el último Coetzee una desazón por alterar las convenciones narrativas. Diario de un mal año era un ejemplo y la biografía a través del espejo de Verano sigue la línea, tibiamente abierta con Infancia, unas memorias en tercera persona. Da qué pensar esta necesidad de rejuvenecer su prosa con marcas externas. No las necesitó el mejor Coetzee, que supo sabotear todas las expectativas de una historia, hasta arrasar el corazón del lector, desde un marco narrativo convencional. De hecho, lo más intenso de Verano resulta lo que nada tiene que ver con el juego planteado: los fragmentos diarísticos.

martes, 15 de junio de 2010

Lisboa


Aquel taxi desde la estación de Santa Apolónia —ventanas abiertas, trapeo de camisas— en la mañana de un domingo de verano por una ciudad desierta queda en la memoria como un desperdicio no lo suficientemente diluido cuyo paso al sumidero —por donde se fueron viaje, víspera y estancia— impide la rejilla. Los taxis que le sucedieron, desde la estación de trenes, de autobuses o de aviones, cobraron en la tarifa también su olvido. Tal vez por eso se reverencie la primera vez: desconcierto e inexperiencia es el único cromo que me queda en el bolsillo para cambiarlo por la nada.

domingo, 13 de junio de 2010

սիրո երգը

Siranush Harutyunyan
El nubarrón sobre el barrio de Nork se fragmenta en caprichosos triángulos cuando se mira en los cristales de la estación abandonada del teleférico. Bedros arranca con la punta de la zapatilla, en el peldaño donde están sentados, un trozo de hormigón. «Aquí hay más arena que cemento, no me extraña que todo se venga abajo». «¿Cuándo me llevará este fantástico albañil a beber una agua de Jermuk?» —aprovecha Lucine el comentario profesional. Bedros levanta la vista, admira sus ojos oscuros, sonríe: «Para ti construiré un teleférico de hormigón armado que suba hasta la cima nevada desde aquí mismito».

viernes, 11 de junio de 2010

«Mientras viva el doliente», de Antonio Daganzo, en Vitruvio





Antonio Daganzo (1976) sugiere al lector lo vanas que resultan las viejas disputas sobre si la poesía es comunicación o conocimiento. Ni una cosa ni otra: la poesía es comprensión. La única manera de comprender lo inexplicable. Cuanto más incomprensible sea aquello a lo que la poesía se enfrente, más sobrecogedor será el resultado de su esfuerzo de comprensión. Es lo que me ha parecido este libro: una búsqueda de sentido donde sólo existe el sinsentido: en la enfermedad. También en la niñez, no entendida de la bobalicona manera que hoy se muestra, sino trazada como esta exigencia de comprensión.

miércoles, 9 de junio de 2010

Premonición del blog 3: «Oceanografía del tedio», de Eugeni d’Ors

Si alguien hubiera disfrutado con un blog es Eugeni d’Ors. Su bitácora en papel tenía título y espíritu de blog, sólo le faltó la tecnología: en lugar de cuartillas, un teclado y conexión. Se piensa hoy en día que el soporte es la esencia. En esta época, con esas ideas, todo parece posible. Pero Eugeni d’Ors descubrió las profundidades del tiempo vacío, la seducción de los rincones, el abismo que se agazapa en lo inane. Y lo fue cartografiando en prosas precisas, matemáticamente exactas. La tarde de verano, la siesta: ahí donde los demás no ven nada; el blog descubre.

lunes, 7 de junio de 2010

El túnel

Can Macià. Òdena
A diferencia de los laberintos que dibuja la oscuridad en la noche con el apoyo de cuantas figuras retóricas tiene a mano —el rastro de un animal en la hojarasca o los zarandeos del viento—, la negritud del túnel sirve únicamente para avanzar. O acaso para retroceder, si es que realmente existe una diferencia entre ambas acciones. Propicio a las metamorfosis —fermentación o crisálida— el túnel exige, sin embargo, parálisis, letargo. La indefinición sobre el sentido verdadero de la marcha favorece el estancamiento. Con la duda —la cabeza que mira a un lado y a otro—arranca la transformación.

sábado, 5 de junio de 2010

Aşk şarkisi

Na'at
Es verdad que no tenemos gran cosa, Orhan, aquí junto al río, entretenidos sólo con la pelea entre la niebla baja y las luces fugaces que cruzan el puente Boğaziçi. A veces me pregunto: ¿qué más quieres, Dilara? Nuestro es el chirrido de los tranvías, el canto de los vendedores de boza, el frío y la humedad de la noche. ¿Qué más quieres, Dilara? Nuestro el dialecto del cielo que no comprendemos y la acuarela de la ciudad que el gran charlatán dibuja en la pizarra de las aguas. ¿Qué más podemos desear, Orhan, cuando tu mano aprieta la mía?