domingo, 4 de abril de 2010

Canzone d’amore

Musiche di Paolo Conte
Un café de barrio no es lugar para perder una tarde de sábado. Cocetta lo que quiere es pasear por el Corso, aunque haya que ir en autobús. Recorrer tiendas, no sé, tomar un helado en Piazza del Popolo. Tiene la ilusión de sentir la mano de Orazio de repente sobre la suya en mitad de los sonidos imposibles con los que se hablan los turistas. La ilusión de que los escaparates la contemplen cuando acaricie su cabello suelto. La ilusión de acabar muerta en la parada y allí de pie que no importe que no pase nunca el suyo.

jueves, 1 de abril de 2010

SC

—La sentencia.
—Pero...
—¿Cómo que pero? Aquí tiene la sentencia.
—¿Y el...?
—¿El qué? Esas zarandajas ya las cumplimentará mi subordinado más tarde. Tiene un mes para hacerlo.
—Pero...
—¿Qué pero? La sentencia. Ahí la tiene.
—La defensa.
—Eso háblelo con mi subordinado.
—Los hechos.
—Los hechos, en efecto, son de la máxima gravedad.
—Tal vez...
—No hay tal vez que valga. Sólo la sentencia.
—¿Y la sentencia...?
—La dicto yo. El resto trátelo con mi subordinado. A mí no me importa.
—Y si...
—¿Y si qué? Hable.
—¿Y si la razón...?
—¿La razón, dice? Será maleducado, cuestionar mi autoridad.

viernes, 26 de marzo de 2010

Love song

Tom Waits: Vocals
El engarce entre listones de la persiana bajada dibuja tumores amarillos sobre el mármol. El polvo de la taberna baila, como al son de una pianola, en el rayo que los provoca. Molly y Jimmy se sirven el licor en una taza de café cuyo borde mancha una aureola oscura. Por las ventanas abiertas se cuela la megafonía de la estación que hay enfrente, acaso escondiéndose de su propio destino. Como si fueran copas, desprecian el asa cuando alzan las tazas para brindar. Luego vuelven a llenarlas y miran hacia la cristalera donde, echado el toldo, se reflejan sus besos.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Fotografías póstumas

No sé si al antiguo propietario de esta colección de cámaras fotográficas —de variada época y condición— los familiares que la han vendido le reservaron una para dejársela entre las manos dentro del ataúd, por lo que pudiera pasar. En todo caso el dueño actual del lote lo expone en los Encantes con cuidado infrecuente: sobre una sábana blanca, extendidas y agrupadas por parecidos. Tampoco sé si estaría satisfecho con este mimo o inquieto, como el visitante que se sitúa delante del puesto y contempla el centenar de objetivos apuntándole, sin que nadie, sin embrago, intente inmortalizar ese instante mortal.

lunes, 22 de marzo de 2010

Μεταφορές

A: sé de tu afición a cambiar de casa constantemente. Llegas a un piso, sales al balcón, y cuando sientes que los libros reposan plácidamente sobre los anaqueles, te incorporas: ¡otra mudanza! Peor fue cuando decidiste cambiar de dirección electrónica. Eso sí que me tuvo al borde del histerismo. Cada diez minutos una nueva. Había que correr a responderte porque si me demoraba, el mensaje no te encontraría nunca. Menos mal que sosegaste aquel ímpetu y lo encaminaste hacia la realidad. Ahora, felizmente, veas lo que veas por la ventana, la pantalla del ordenador se abre en el mismo enlace.

sábado, 20 de marzo de 2010

Fábula de las férulas

La helada nocturna, tras la nevada de la víspera, deja un corsé bien prieto sobre las ramas de los árboles, la maleza y la agitación polvorienta de los caminos. El helor mismo de la madrugada cristaliza el hilillo de humo que se aventura en alguna chimenea. Donde alguien se empeñó en guardar el carro, se amonta nieve oscura en un rincón y las piedras del adoquinado brillan lascivas. El vaho ciega las ventanas que no han ocultado los postigos. Parece una realidad pensada a propósito para que nadie la habite, salvo ese gorrión que aletea de un tejadillo a otro.

jueves, 18 de marzo de 2010

Llegando al nuevo club

andrajo de ti mismo, con cincuenta
JUANA CASTRO

Los libros se apresuran a celebrarlo. En Novela once, obra dieciocho, Dag Solstad habla de su personaje: «Porque tenía que admitir el hecho de que pronto cumpliría cincuenta años y empezaría el declive». Vaya. Poco antes había escrito: «La cantidad de maldades que puede idear un empleado de unos cincuenta años... que se considera víctima de una jugarreta al no haber ascendido... es indescriptible». Menuda imagen. Pero en Fabian, de Erich Kästner, la cosa empeora: «Cornelia estaba en la cama con un hombre de cincuenta años, cerrando los ojos con resignación». ¿En qué diabólico y tan detestado club ingresaré mañana?

martes, 16 de marzo de 2010

Mar de invierno

Jadea cansado. Su lengua de agua hace lo posible por alcanzar los zapatos de quien lo contempla, para devolverle acaso la caricia sobre su gran lomo de solitario. No tiene amigos ni acepta tratos. Tantas cosas se cuentan sobre el mar que acaban enterrándose unas a otras; dejan a quien va a escribir áptero. Gruñe enfurecido, a veces. Su zarpa arrastra. Su mirada enfría las palabras de quien se dispone a describirlo. Huye siempre. Resulta difícil decir algo de él que no sea esto: Cuando uno se acerca a su orilla, sabe que va a llegar; luego, que ha llegado.

domingo, 14 de marzo de 2010

Solo Castigos



Al poco de publicarse, El lazarillo obtuvo un lugar destacado en el índice de libros prohibidos por la inquisición. Se entiende, rezumaba erasmismo por los cuatro costados. Pero el libro ya había estado en la calle y los lectores suelen ser más tercos que los inquisidores. A estos sólo se les ocurrió una solución: El lazarillo castigado, es decir, «emendado». El castigo siempre tiene esta dirección: enmendar lo incómodo. Comparte siempre la misma jerarquía del desprecio: el tribunal que abre y cierra decisiones. Persigue parejos fines: extirpar la realidad de la realidad. Ensimisma y ciega a quien lo impone, siempre.

viernes, 12 de marzo de 2010

SC

—¡Eh, tú!, ¿no sabes cómo se camina por un pasillo?
—¿Yo?
—Sí, tú, ¿nadie te ha enseñado que no se puede caminar tan lento? Muévete.
—Pero...
—¿No me has oído? Que te muevas. Que avances.
—Yo...
—No me contestes, ¿eh? Que te conozco bien. Me han dicho muchas cosas de ti. Ya veo que tenían razón en todo. Ni caminar por un pasillo sabes.
—Si yo...
—¡Te quieres callar, impertinente! Eres un impresentable. ¡Camina, he dicho!
—¡Ay!... Y no me insulte.
—¿Yo te he insultado? Encima mentiroso.
—¿Y si le dijera a usted lo que me ha dicho, qué pensaría?

miércoles, 10 de marzo de 2010

SC

—¿No saca buenas notas?
—¿Y qué importa eso? Se las bajaremos. Mucho. Podemos hacerlo.
—¿Valdrá la pena?
—Claro. Es un alumno que molesta. Siempre.
—¿Siempre?
—Pregunta. Constantemente.
—¿No se puede preguntar?
—También cuando está callado molesta.
—¿Si?
—Es un maleducado. Se cree que sabe más que el profesor. No respeta a nadie.
—Increíble.
—Peor que eso. ¿Cómo te lo diría? Pone en entredicho la autoridad. Nuestra autoridad de profesores. Es terrible.
—¿Y qué se puede hacer?
—Echarlo. Borrarlo de las listas. Acabar con él.
—¿Tanto?
—Es poco. Se ha equivocado de lugar.
—¿Por qué?
—Porque no es de los nuestros.

lunes, 8 de marzo de 2010

La neige tombe

Sobre la ciudad boquiabierta, la nieve extiende un sudario con el que juegan los muchachos al salir del instituto como si fueran niños. Todo lo iguala la nieve: tejados, árboles y colores. Su democracia blanda y fría no conoce excepciones, ni siquiera donde el paso de los vehículos abre roderas y la ensucia. Incansable va depositando su minucia, la única que deforma los trazados de la razón. Todo lo abraza la nieve, como ocurre en el sueño del adolescente que lanza bolas en la calle e ignora el asterisco que amenaza su cabeza porque no piensa en la lengua apropiada.

domingo, 7 de marzo de 2010

Sesión de tarde en el Lliure (díptico)

Cuando tenían veinte años, los poetas coetáneos de la mayor parte de espectadores de la sesión de tarde ensalzaron los referentes culturales como emblema del significado poético. Gimferrer (1945) publicó Arde el mar en 1966. Aunque el culturalismo hubiera nacido un siglo antes, en toda Europa esta generación lo abrazó como seña de identidad. Cincuenta años después —eso suele tardar una idea innovadora en divulgarse—, la sociedad se ha acostumbrado a pensar los significados simbólicos en clave histórica y cultural. De hecho, es lo que prefiere: basta ver la lista de novelas de la temporada. Vivimos una cultura culturalista.
(2)
De ahí, también, que en absoluto se haya equivocado el programador teatral al pensar que el público disfrutaría y entendería tan bien el intrincado diálogo entre Descartes y Pascal joven. Un Descartes que rebosa sentido común —incluso pragmatismo— y un Pascal obcecado por el fanatismo religioso. Un Descartes que siente el fétido aliento de la muerte acercarse, y lo acepta; un Pascal ebrio de retórica funeraria, que se revuelve en el ataúd de su propia vida. ¿Y quien nunca creyó que el mar ardiera...? Sucumbe ante la seducción de los nombres y sus símbolos; vive un culturalismo sin soñar alternativas.

viernes, 5 de marzo de 2010

Hilario J. Rodríguez presenta «Otro mundo»


Una veintena de sillas en un pasillo de la librería y quien no ha encontrado asiento, de pie. En pie también el novelista, ahora contándonos la vida de Elizabeth Bishop. Una vida que no guarda demasiado parecido con la biografía que estuve leyendo este verano, y sin embargo refleja en el rostro de los asistentes el mismo entusiasmo que provocan los poemas de la Bishop. Luego, el padre del novelista y sus libros. Y el libro aquel donde aparecía la fotografía del edificio hundido por una bomba en el que sólo se mantenían erguidas dos paredes: la biblioteca. La literatura.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Busque, busque

Aún perplejo por la colección de figuritas de elefante que he visto, al abandonar los Encantes me llama la atención un puesto con ajetreo. El vendedor ha volcado sobre el suelo todo cuanto tenía, formando una montonera de objetos variados en la que escarba frenéticamente una docena de ancianos. Una señora, de peluquería, pregunta: «¿No tendrá una llave de paso del gas?» «¡Cómo no! Busque, busque». «¿Y una lamparita de noche? —otra de abrigo bueno— que se me rompió la que tenía». «Lo que me sobran son lamparitas de noche. Busque, busque». Cómo aburren a nuestros mayores las normativas europeas.

lunes, 1 de marzo de 2010

«El ganso salvaje» de Ogai Mori (1862-1922), en Acantilado

Esta sutil historia oriental de amores asimétricos podría servir como paradigma a muchos pensadores occidentales del presente: el paso que la protagonista da hacia su subjetividad («decidió sepultar en su corazón toda la angustia») le proporcionará individualismo, ironía, indiferencia y desinhibición; atributos con los que la filosofía piensa al ser contemporáneo. Y proporciona una metáfora magnífica: el ganso salvaje que muere tras haber recibido una pedrada al azar, sin voluntad ni motivo. Escrita con múltiples puntos de vista, esta entrañable historia muestra cuánta casualidad, capricho e irracionalidad hay en el amor, empeñado siempre en encarar a quien no le mira.

viernes, 26 de febrero de 2010

Tríptico valenciano (y 3)

Para don J.L.S.G.
Nel mezzo del cammin di nostra vita
Perdido en el laberinto de la subjetividad —lo que fue liberación romántica es hoy, ay, la estación previa al narcisismo— y desorientado por la súbita desafección de la naturaleza y del mundo, camina el ser contemporáneo sin moverse de sitio como el trébede cojo que arrinconaron porque sus dos patas restantes no aseguran ya el perol sobre el fuego. Tres, se necesitan tres pies para sostener las sartenes y ollas del pensamiento. El don trinitario que forja el aro de las convicciones. Tres pilares. ¿Y el tercero? Será porque a mi alrededor sólo encuentro las certidumbres de la luna menguante.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Tríptico valenciano (2)

Por más que se esmere en desordenarla, esparciendo sus escasas ropas de viajero fugaz sobre la cama, la habitación de una sola noche no deja de mirar con desdén al huésped. Y no dejan de tratarle con despego los cuadros, moqueta y cortinajes por más que confíe sus posesiones más custodiadas —la cartera, la cámara, el móvil— al amparo de la mesita de noche, junto al mando del televisor, y por más que le mienta sentándose al escritorio y garabateando en una hoja con sello de hotel estas frases... como una ofrenda que otorgue —alguna suerte o espejismo de— eternidad.

martes, 23 de febrero de 2010

Tríptico valenciano (1)

Es cierto que las distancias menguan. Incluso más de lo que señalan los horarios ferroviarios: diseñan vagones que repelen el poco tiempo que el usuario pasará dentro, como si viajar sólo fuera un tránsito en el interior de un cable eléctrico. Los cristales reflectantes hacia el interior exterminan el último argumento de la temporalidad: el paisaje. Cuando uno se esfuerza por contemplar, se ve a sí mismo contemplando. La televisión nos ha acostumbrado a ver imágenes en el rostro de quien las presenta. Los trenes regalan ahora la experiencia a los mortales: mirarse al espejo mirando son las únicas vistas.

domingo, 21 de febrero de 2010

Escribir bodegones

Giorgio Morandi (1890-1964). Natura morta con vasi e bottiglie, 1958
De Bolonia me acuerdo siempre del museo y la casa Morandi. No sé si había grandes obras allí; lo que recuerdo son unas pinturas de juventud que evocaban tapias y caminos de tierra bajo el sol del verano o calles solitarias de un pueblo. Y la colección de jarrones y tarros que Morandi utilizaba en sus composiciones. Igual que en el barroco, la intensidad del bodegón no está en lo que refleja, sino en lo que renuncia a pintar. Los grandes ideales, los barrocos; la gran desesperanza, Morandi. Algo así pasa con esta escritura —ensimismada en lo inmediato— del blog.

viernes, 19 de febrero de 2010

«Fanfarria» de Lorenzo Gomis, en Pre-Textos

Leo el libro póstumo de Lorenzo Gomis con tristeza al principio, pero con sonrisas al final. Hay poemas en la primera sección cuyas palabras ya son signos: «Dame alegría para dar el salto...». Pero lentamente las páginas lo vencen hacia otro lado: con colores —una fiesta de palabras—, con cuadros —magistralmente contemplados— y con la irrupción súbita de la vida, a borbotones. Hasta el final fue descubriéndola y maravillándose como hacen solo los niños —ahí están los animales encarnados que dan voz al niño que juega—. Es un acierto devolver esta fanfarria al lugar donde nació, la vida.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Hoy se vende infancia

El niño había adaptado unas bandejas para que albergaran, ordenada por colores y modelos, su colección de coches en miniatura. Baratos, sin otro encanto que el de volver una tarde de diario, tras el paseo, con uno nuevo a casa. El niño tuvo muchos cochecitos. Disfrutaba, se nota. Por el tipo de juguete, la suya fue una infancia en los noventa. Era cuidadoso y los dejó a buen recaudo —como buen coleccionista— para la eternidad. Pero un piso pequeño, un nacimiento, quién sabe, le obligó a perderlos. Ahí está en los Encantes también el niño que he dejado de ser.

lunes, 15 de febrero de 2010

Exposición «A través del bosque», de Rodney Graham, en el MACBA, visitada el 14 de febrero con entrada gratuita

RheinmetallVictoria 8. 2003. Installation 35mm film (color, silent), Cinemeccanica Victoria 8 projector. Gift of Jo Carole and Ronald S. Lauder. © 2007 Rodney Graham
Se da por supuesto que quien escribe sobre un artista es porque lo ha comprendido. Tras visitar la exposición de Rodney Graham (1949) me siento tan desorientado que no consigo renunciar a hablar. Graham llena los bosques de camiones con proyectores y se queja amargamente —él— de que para disfrutar del bosque lo llena de potentes luces y ruidos. Esto sólo me divierte. Lo que me enfada un poco es su trabajo con libros: diseña estantes para las obras de Freud, clona ediciones decimonónicas, enharina máquinas de escribir y proclama que con ello entierra la literatura. No sé qué pensar.

domingo, 14 de febrero de 2010

«Los cuadernos del escolar», de Antonio García Rodríguez, en Islavaria



Gracias al empeño del poeta Guillermo López Lacomba por conservar la memoria y la obra de Antonio García Rodríguez (1949-2006), ésta se ha publicado en una pequeña editorial onubense. García Rodríguez es un caso ejemplar de autor oculto por el paso de las generaciones —sólo publicó dos títulos en los 70— sin el que no se podrá escribir la historia literaria de su época. Cuanto se da por novedad en la poesía de la experiencia en los 80, está ya en estos versos, que fueron, a contracorriente, coloquiales, figurativos y sentimentales en los 70; herméticos y culturalistas en los 90.

sábado, 13 de febrero de 2010

Desde la escalera de incendios

Ruth Carroll. Elevated Station, 1929
Lo cambié todo por este cigarrillo que me fumo en el rellano de la escalera de incendios después del almuerzo. La abubilla traviesa, el vuelo del azor, el inquieto herrerillo. Los oigo aún entre chirridos del tranvía al dar la curva, ronquidos del toro mecánico al elevar la carga hasta el furgón e insistencias de vendedores ambulantes. ¿No vas a volver?, me pregunta Madre cuando le escribo. ¿Estos cielos, estos bosques —insiste—, no los echas de menos? Cada día, cuando me siento en el escalón y enciendo el cigarro. Por eso me quedo: para guardar su pureza de recuerdo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Mañana de sol radiante

Las copas que el nadador ha merecido en su juventud, el vendedor de los Encantes las junta sobre una mesita de café, donde se asoman al corredor de los compradores como entusiastas en un balcón el día del desfile. Grandes unas, otras menudas. Las cuento, son veinte. Más algunas medallas. Casi todas llevan el emblema labrado de un brazo saliendo del agua con ánimo de avanzar. El metal de las copas se ve entristecido, taciturno, no se sabe si por la nostalgia o por su mala aleación. Se niega a devolver, por ejemplo, los destellos del sol de la mañana.

domingo, 7 de febrero de 2010

Lectura de San Juan de la Cruz





A Vicente Valero
Algunas reses habían bajado desde el monte hasta el cauce del río. Iba a amanecer. Sus cabezas asomaron entre la maleza y avanzaron, muy juntos y ligeros, hacia un ribazo descubierto donde el agua se amansaba como un animal cansado. Nerviosos nos pasábamos los únicos prismáticos que teníamos para contemplar la escena. Inclinaban sus patas delanteras para acercar el hocico a la humedad. La neblina tendía sus visillos leves en el claro de luna. Se podría decir que gritábamos en silencio por la emoción revuelta con el miedo a que los venados huyeran al mínimo ruido. Ahora, que habían llegado.

jueves, 4 de febrero de 2010

¿Regresan?

La luz entra en el aula tras una ardua pelea con el polvo antiguo del ventanal. El viento, sin embargo, se desliza con agrado entre las cavidades abiertas en los marcos por la carcoma. Los niños escriben en sus cuadernos. El frufrú desacompasado e inhábil de las plumas, que pasea de la mano con la ingravidez del ambiente, se rompe de súbito por el niño que, en pie, chilla: «Chaím está judío». Chaím, unas mesas más allá, empieza a llorar. El maestro reprende al que ha clamado: «¡Se dice es!». «Chaím es judío», grita de nuevo. El maestro sonríe, satisfecho.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Diez euros

Hoy no encuentro, en el suelo de los Encantes, la biblioteca de quien fuera juez o médico con más o menos gusto por otras lecturas. El muerto es el humanismo. Los libros se agolpan, mal alineados unos y amontonados otros; han perdido el amparo de un humanista: clásicos latinos en francés, italiano o inglés, ediciones de referencia siempre, títulos emblemáticos de filosofía, libros literarios, ciertos caprichos: Horacio en polaco. Sólo desentona algún volumen de tapa dura y premio —regalo de compromiso, sin duda—. Elijo tres títulos, pago 10€ y peno por esta biblioteca que nadie soñaría, ay, reunir hoy.

lunes, 1 de febrero de 2010

«Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión» Eduardo Moga

Era una furgoneta, sí, la que se llevó por delante al niño que salía corriendo frente a mí, otro niño también, acaso un poco mayor, camino del colegio, de hecho, frente a sus puertas, en el cruce de San Juan Bosco y la plaza Artós. Se apresuró a cruzar quién sabe si aún en rojo, si ya en verde. Me adelantó un instante antes de que viera cómo tropezaba, asustado ante la desmesura del vehículo, justo para que le golpeara el parachoques en la cabeza. Acabó de caer, hecho un ovillo, inerte. Así, desde entonces, me dejó a mí, paralizado.

jueves, 28 de enero de 2010

Crítica de la razón pura

ESCENA I
—No quiero volver a ponérmelo.
—No digas bobadas, Immanuel, si es un anorak fantástico.
—Pues en mi clase dicen que es de chica. No quiero hacer el ridículo.
—Immanuel, por favor. Ven y dime: ¿en qué lado están los botones?
—En el derecho.
—Claro, como que es de hombre. Mira mi blusa: ¿en qué lado están los botones?
—En el izquierdo.
—Las prendas de hombres y mujeres se abrochan hacia lados distintos.
—No lo sabía.
—Pues ya los sabes. ¿Te convences ahora de que es un anorak de hombre?
—Les contaré a los de mi clase lo de los botones.
.
ESCENA II
—No quiero volver a ponérmelo.
—Immanuel, pero si lo compramos anteayer y te gustaba tanto.
—Pues no quiero ponérmelo.
—Y ahora ¿qué le pasa a tu anorak?
—Que en mi clase dicen que es de chica.
—¿Les habrás explicado lo de los botones, no?
—Claro que se lo he explicado.
—¿Y no lo han entendido? ¿Tan cortitos son?
—Sí, creo que lo han entendido.
—¿Entonces?
—No quiero ponérmelo más.
—¿Por qué?
—Porque es de chica.
—No digas tonterías.
—Pues en mi clase han dicho que lo de los botones les importa un pito, que es de niña y ya está.

miércoles, 27 de enero de 2010

Trazados

Ramón: entiendo mejor lo que me cuentas de tus viajes: Murcia, Cádiz, Lisboa: la ruta periférica parece trazada por una de esas figuras geométricas que estudias con tanto secreto. Y si el final está en Lisboa, sin duda un dictado hermético mueve el argumento que te conduce hasta sus adoquines exasperados. Sí, es verdad, Lisboa fue mi ciudad en 1983 y en 1984. Ya estaba a punto de escribir que no sé dónde andará aquella ciudad casi medieval que fue la mía, y sin embargo lo que debería decir es que no sé dónde estará aquel joven que fue suyo.

lunes, 25 de enero de 2010

«Dar la espalda», de Jordi Bonells






Sobre el género de su libro, Jordi Bonells (1951) escribe: «esto que no sé cómo llamar, si novela, autobiografía, ensayo, poema, drama, culebrón o farsa», y de hecho, de todo hay en este libro que también le «da la espalda» a todos estos géneros. A la autobiografía, mediante las historias de fantasmas que contiene; a la novela, con los interesantes datos sobre los nazis en Barcelona; al ensayo, con el ingenioso pastiche de un Gombrowicz reencarnado en cartonero. Quizá sólo no satisfaga la extensión; Bonells le ha dado a su novela muchas más páginas de las que la historia necesitaba.

sábado, 23 de enero de 2010

Crónica de un latrocinio

Sólo el helor de mañana de invierno sin nubes deambula por las calles tan temprano. Dos gaviotas se detienen en mitad de la calzada sin que ningún vehículo las espante. Luego emprenden el vuelo y al desplegar las alas empequeñecen los edificios. No es gran cosa lo que veo, pero es mío. De repente, envidiosa tal vez, la alarma de un comercio inunda el aire con su desesperación sonora. Sus ondas persiguen el frío con descaro. Las gaviotas no son ya ni un recuerdo. El timbre desproporcionado impone su prepotencia. Se queda con la gelidez, con las imágenes, con todo.

jueves, 21 de enero de 2010

El sueño del monstruo engendra emociones (Cortometraje 1’40’’)

Plano detalle 12’’: Mano de varón blanco, uñas de impecable manicura, dedos gruesos, de persona obesa, y ligeramente peludos, en el anular un gran anillo de oro con sello; entre el corazón y el índice sostiene un puro humeante. Gran plano general 18’’: distrito de negocios de una ciudad occidental vista desde el interior acristalado de un piso alto en un rascacielos. Un hilo de humo cruza el plano de abajo hacia arriba. Plano detalle en movimiento ascendente 8’’: manga de un buen traje. Plano medio contrapicado 12’’: joven muy delgado, ojos claros, dulce sonrisa, franca, que mira al frente.

Plano detalle 6’’: nudo de corbata bajo el traje bueno abrochado sobre una barriga prominente. Plano general 6’’: despacho enmoquetado, madera, sin objetos sobre la mesa salvo un marco de plata con una fotografía. Plano detalle en movimiento descendiente 6’’: pernera de pantalón de traje bueno, calcetín de seda semitransparente, pierna gruesa, de persona obesa, zapato pequeño, brillante. Plano contrapicado 10’’: el joven delgado, sonriendo, dice: «Haití». Contraplano detalle picado 10’’: nariz gruesa donde un grueso dedo entra y hurga. Voz ambiente: «Sí». Pausa. «No es mala idea». Plano medio 12’’: joven delgado, bondadoso: «De hecho, no es una idea».

martes, 19 de enero de 2010

Ante los precedentes





Algún día se verá que los blogs han creado un género literario propio. Género que, como todo en literatura, ya existía antes de se inventaran los blogs. Sospechaba que los microgramas de Robert Walser eran un buen precedente, pero Ante la pintura no admite conjeturas: es un auténtico blog. Ahí está la mezcla y revuelto de géneros, la intimidad textual, la opinión espontánea, el juego con el presente, la combinación de conocimientos, el lenguaje tumbado a echar una siesta, la confesión de ignorancia, el almuerzo recién acabado, la imaginación, el artículo perdido, la pereza. Y hasta la ilustración del post.

domingo, 17 de enero de 2010

Subamos al tranvía

John Sloan (1871-1951. Gloucester Trolley, 1916
Hay un célebre lienzo de John French Sloan, «Sol y viento en la azotea», de 1915, donde una mujer tiende la colada en Nueva York, que siempre me ha parecido una inquietante metáfora de la vida que nos aguardaba en las ciudades del siglo XX. Es lo que suele ocurrir con los cronistas urbanos: anécdota trivial y símbolo sobrecogedor comparten imagen. En «Gloucester Trolley», de 1916, se revela el encanto infantil de los tranvías, su carácter festivo y transgresor: mágico invento que destruía la imposición de la distancia entre el centro y los suburbios. Espejismo y añoranza de otra vida.

viernes, 15 de enero de 2010

«Ciudad iluminada», de Juan Antonio Marín, en Vitruvio

A diferencia del verso, el poema en prosa carece del inacabable juego de moldes que la tradición acumula en la alacena de la escritura. A diferencia del relato, el poema en prosa se resiste a ser amasado con los hábitos narrativos, por humildes que sean. El poema en prosa presenta siempre una exigencia de género antes incluso de ser escrito: la búsqueda de su forma de ser expresión. O eso, o seguir por roderas. Ciudad iluminada es, en sí mismo, un tratadillo del poema en prosa, o como lo llama Juan Antonio Marín (1968), «un rato de voz sin estrategia».

miércoles, 13 de enero de 2010

Banda sonora del poema del 13 de enero (día de playa)


Cuando esta tarde tu mano esté entre las mías, en el aparato tal vez cante Helpless Neil Young con guitarra acústica y armónica, los Housemartins nos encandilen con The light is always green o Paolo Conte entone un himno devastado como Azzurro. Quizá elijamos Motives for writing de Wim Mertens, un disco de Michel Nyman, las piezas para piano de Philip Glass o Different trains de Steve Reich. La sala posiblemente se colme con los sonidos de La lontananza nostalgica utopica futura de Luigi Nono, de la Rothko chapel de Morton Feldman o con John Cage y su sobrecogedor Thirteen.

domingo, 10 de enero de 2010

Manos

Viajan con nosotros y nuestras maletas casi sin darnos cuenta. Comen para nosotros y nuestras apetencias como un cubierto más. Aman por nosotros cuando más amamos, y también cuando menos. Las utilizamos impunemente para acciones restringidas a la intimidad, como hurgarse la nariz o rascarse la espalda. Escriben nuestros versos al dictado, teclean nuestros pensamientos sin equivocarse. Cuando se equivocan, saben rectificar. La cartelería—«No tocar»— nos previene de su carácter insumiso; aunque, acostumbrados a su obediencia, raras veces prestamos atención a este temperamento rebelde. Ni se nos ocurre pensar que sean las manos las que gobiernan, nosotros sus súbditos.