Aún perplejo por la colección de figuritas de elefante que he visto, al abandonar los Encantes me llama la atención un puesto con ajetreo. El vendedor ha volcado sobre el suelo todo cuanto tenía, formando una montonera de objetos variados en la que escarba frenéticamente una docena de ancianos. Una señora, de peluquería, pregunta: «¿No tendrá una llave de paso del gas?» «¡Cómo no! Busque, busque». «¿Y una lamparita de noche? —otra de abrigo bueno— que se me rompió la que tenía». «Lo que me sobran son lamparitas de noche. Busque, busque». Cómo aburren a nuestros mayores las normativas europeas.
miércoles, 3 de marzo de 2010
lunes, 1 de marzo de 2010
«El ganso salvaje» de Ogai Mori (1862-1922), en Acantilado
Esta sutil historia oriental de amores asimétricos podría servir como paradigma a muchos pensadores occidentales del presente: el paso que la protagonista da hacia su subjetividad («decidió sepultar en su corazón toda la angustia») le proporcionará individualismo, ironía, indiferencia y desinhibición; atributos con los que la filosofía piensa al ser contemporáneo. Y proporciona una metáfora magnífica: el ganso salvaje que muere tras haber recibido una pedrada al azar, sin voluntad ni motivo. Escrita con múltiples puntos de vista, esta entrañable historia muestra cuánta casualidad, capricho e irracionalidad hay en el amor, empeñado siempre en encarar a quien no le mira.viernes, 26 de febrero de 2010
Tríptico valenciano (y 3)
Para don J.L.S.G.
Nel mezzo del cammin di nostra vita
Perdido en el laberinto de la subjetividad —lo que fue liberación romántica es hoy, ay, la estación previa al narcisismo— y desorientado por la súbita desafección de la naturaleza y del mundo, camina el ser contemporáneo sin moverse de sitio como el trébede cojo que arrinconaron porque sus dos patas restantes no aseguran ya el perol sobre el fuego. Tres, se necesitan tres pies para sostener las sartenes y ollas del pensamiento. El don trinitario que forja el aro de las convicciones. Tres pilares. ¿Y el tercero? Será porque a mi alrededor sólo encuentro las certidumbres de la luna menguante.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Tríptico valenciano (2)
martes, 23 de febrero de 2010
Tríptico valenciano (1)
domingo, 21 de febrero de 2010
Escribir bodegones
Giorgio Morandi (1890-1964). Natura morta con vasi e bottiglie, 1958De Bolonia me acuerdo siempre del museo y la casa Morandi. No sé si había grandes obras allí; lo que recuerdo son unas pinturas de juventud que evocaban tapias y caminos de tierra bajo el sol del verano o calles solitarias de un pueblo. Y la colección de jarrones y tarros que Morandi utilizaba en sus composiciones. Igual que en el barroco, la intensidad del bodegón no está en lo que refleja, sino en lo que renuncia a pintar. Los grandes ideales, los barrocos; la gran desesperanza, Morandi. Algo así pasa con esta escritura —ensimismada en lo inmediato— del blog.
viernes, 19 de febrero de 2010
«Fanfarria» de Lorenzo Gomis, en Pre-Textos
Leo el libro póstumo de Lorenzo Gomis con tristeza al principio, pero con sonrisas al final. Hay poemas en la primera sección cuyas palabras ya son signos: «Dame alegría para dar el salto...». Pero lentamente las páginas lo vencen hacia otro lado: con colores —una fiesta de palabras—, con cuadros —magistralmente contemplados— y con la irrupción súbita de la vida, a borbotones. Hasta el final fue descubriéndola y maravillándose como hacen solo los niños —ahí están los animales encarnados que dan voz al niño que juega—. Es un acierto devolver esta fanfarria al lugar donde nació, la vida.miércoles, 17 de febrero de 2010
Hoy se vende infancia
El niño había adaptado unas bandejas para que albergaran, ordenada por colores y modelos, su colección de coches en miniatura. Baratos, sin otro encanto que el de volver una tarde de diario, tras el paseo, con uno nuevo a casa. El niño tuvo muchos cochecitos. Disfrutaba, se nota. Por el tipo de juguete, la suya fue una infancia en los noventa. Era cuidadoso y los dejó a buen recaudo —como buen coleccionista— para la eternidad. Pero un piso pequeño, un nacimiento, quién sabe, le obligó a perderlos. Ahí está en los Encantes también el niño que he dejado de ser.
lunes, 15 de febrero de 2010
Exposición «A través del bosque», de Rodney Graham, en el MACBA, visitada el 14 de febrero con entrada gratuita
RheinmetallVictoria 8. 2003. Installation 35mm film (color, silent), Cinemeccanica Victoria 8 projector. Gift of Jo Carole and Ronald S. Lauder. © 2007 Rodney GrahamSe da por supuesto que quien escribe sobre un artista es porque lo ha comprendido. Tras visitar la exposición de Rodney Graham (1949) me siento tan desorientado que no consigo renunciar a hablar. Graham llena los bosques de camiones con proyectores y se queja amargamente —él— de que para disfrutar del bosque lo llena de potentes luces y ruidos. Esto sólo me divierte. Lo que me enfada un poco es su trabajo con libros: diseña estantes para las obras de Freud, clona ediciones decimonónicas, enharina máquinas de escribir y proclama que con ello entierra la literatura. No sé qué pensar.
domingo, 14 de febrero de 2010
«Los cuadernos del escolar», de Antonio García Rodríguez, en Islavaria

Gracias al empeño del poeta Guillermo López Lacomba por conservar la memoria y la obra de Antonio García Rodríguez (1949-2006), ésta se ha publicado en una pequeña editorial onubense. García Rodríguez es un caso ejemplar de autor oculto por el paso de las generaciones —sólo publicó dos títulos en los 70— sin el que no se podrá escribir la historia literaria de su época. Cuanto se da por novedad en la poesía de la experiencia en los 80, está ya en estos versos, que fueron, a contracorriente, coloquiales, figurativos y sentimentales en los 70; herméticos y culturalistas en los 90.
sábado, 13 de febrero de 2010
Desde la escalera de incendios
Lo cambié todo por este cigarrillo que me fumo en el rellano de la escalera de incendios después del almuerzo. La abubilla traviesa, el vuelo del azor, el inquieto herrerillo. Los oigo aún entre chirridos del tranvía al dar la curva, ronquidos del toro mecánico al elevar la carga hasta el furgón e insistencias de vendedores ambulantes. ¿No vas a volver?, me pregunta Madre cuando le escribo. ¿Estos cielos, estos bosques —insiste—, no los echas de menos? Cada día, cuando me siento en el escalón y enciendo el cigarro. Por eso me quedo: para guardar su pureza de recuerdo.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Mañana de sol radiante
Las copas que el nadador ha merecido en su juventud, el vendedor de los Encantes las junta sobre una mesita de café, donde se asoman al corredor de los compradores como entusiastas en un balcón el día del desfile. Grandes unas, otras menudas. Las cuento, son veinte. Más algunas medallas. Casi todas llevan el emblema labrado de un brazo saliendo del agua con ánimo de avanzar. El metal de las copas se ve entristecido, taciturno, no se sabe si por la nostalgia o por su mala aleación. Se niega a devolver, por ejemplo, los destellos del sol de la mañana.
domingo, 7 de febrero de 2010
Lectura de San Juan de la Cruz

A Vicente Valero
Algunas reses habían bajado desde el monte hasta el cauce del río. Iba a amanecer. Sus cabezas asomaron entre la maleza y avanzaron, muy juntos y ligeros, hacia un ribazo descubierto donde el agua se amansaba como un animal cansado. Nerviosos nos pasábamos los únicos prismáticos que teníamos para contemplar la escena. Inclinaban sus patas delanteras para acercar el hocico a la humedad. La neblina tendía sus visillos leves en el claro de luna. Se podría decir que gritábamos en silencio por la emoción revuelta con el miedo a que los venados huyeran al mínimo ruido. Ahora, que habían llegado.
jueves, 4 de febrero de 2010
¿Regresan?
La luz entra en el aula tras una ardua pelea con el polvo antiguo del ventanal. El viento, sin embargo, se desliza con agrado entre las cavidades abiertas en los marcos por la carcoma. Los niños escriben en sus cuadernos. El frufrú desacompasado e inhábil de las plumas, que pasea de la mano con la ingravidez del ambiente, se rompe de súbito por el niño que, en pie, chilla: «Chaím está judío». Chaím, unas mesas más allá, empieza a llorar. El maestro reprende al que ha clamado: «¡Se dice es!». «Chaím es judío», grita de nuevo. El maestro sonríe, satisfecho.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Diez euros
Hoy no encuentro, en el suelo de los Encantes, la biblioteca de quien fuera juez o médico con más o menos gusto por otras lecturas. El muerto es el humanismo. Los libros se agolpan, mal alineados unos y amontonados otros; han perdido el amparo de un humanista: clásicos latinos en francés, italiano o inglés, ediciones de referencia siempre, títulos emblemáticos de filosofía, libros literarios, ciertos caprichos: Horacio en polaco. Sólo desentona algún volumen de tapa dura y premio —regalo de compromiso, sin duda—. Elijo tres títulos, pago 10€ y peno por esta biblioteca que nadie soñaría, ay, reunir hoy.
lunes, 1 de febrero de 2010
«Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión» Eduardo Moga
Era una furgoneta, sí, la que se llevó por delante al niño que salía corriendo frente a mí, otro niño también, acaso un poco mayor, camino del colegio, de hecho, frente a sus puertas, en el cruce de San Juan Bosco y la plaza Artós. Se apresuró a cruzar quién sabe si aún en rojo, si ya en verde. Me adelantó un instante antes de que viera cómo tropezaba, asustado ante la desmesura del vehículo, justo para que le golpeara el parachoques en la cabeza. Acabó de caer, hecho un ovillo, inerte. Así, desde entonces, me dejó a mí, paralizado.
jueves, 28 de enero de 2010
Crítica de la razón pura
ESCENA I
—No quiero volver a ponérmelo.
—No digas bobadas, Immanuel, si es un anorak fantástico.
—Pues en mi clase dicen que es de chica. No quiero hacer el ridículo.
—Immanuel, por favor. Ven y dime: ¿en qué lado están los botones?
—En el derecho.
—Claro, como que es de hombre. Mira mi blusa: ¿en qué lado están los botones?
—En el izquierdo.
—Las prendas de hombres y mujeres se abrochan hacia lados distintos.
—No lo sabía.
—Pues ya los sabes. ¿Te convences ahora de que es un anorak de hombre?
—Les contaré a los de mi clase lo de los botones.
—No digas bobadas, Immanuel, si es un anorak fantástico.
—Pues en mi clase dicen que es de chica. No quiero hacer el ridículo.
—Immanuel, por favor. Ven y dime: ¿en qué lado están los botones?
—En el derecho.
—Claro, como que es de hombre. Mira mi blusa: ¿en qué lado están los botones?
—En el izquierdo.
—Las prendas de hombres y mujeres se abrochan hacia lados distintos.
—No lo sabía.
—Pues ya los sabes. ¿Te convences ahora de que es un anorak de hombre?
—Les contaré a los de mi clase lo de los botones.
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ESCENA II
ESCENA II
—No quiero volver a ponérmelo.
—Immanuel, pero si lo compramos anteayer y te gustaba tanto.
—Pues no quiero ponérmelo.
—Y ahora ¿qué le pasa a tu anorak?
—Que en mi clase dicen que es de chica.
—¿Les habrás explicado lo de los botones, no?
—Claro que se lo he explicado.
—¿Y no lo han entendido? ¿Tan cortitos son?
—Sí, creo que lo han entendido.
—¿Entonces?
—No quiero ponérmelo más.
—¿Por qué?
—Porque es de chica.
—No digas tonterías.
—Pues en mi clase han dicho que lo de los botones les importa un pito, que es de niña y ya está.
—Immanuel, pero si lo compramos anteayer y te gustaba tanto.
—Pues no quiero ponérmelo.
—Y ahora ¿qué le pasa a tu anorak?
—Que en mi clase dicen que es de chica.
—¿Les habrás explicado lo de los botones, no?
—Claro que se lo he explicado.
—¿Y no lo han entendido? ¿Tan cortitos son?
—Sí, creo que lo han entendido.
—¿Entonces?
—No quiero ponérmelo más.
—¿Por qué?
—Porque es de chica.
—No digas tonterías.
—Pues en mi clase han dicho que lo de los botones les importa un pito, que es de niña y ya está.
miércoles, 27 de enero de 2010
Trazados
Ramón: entiendo mejor lo que me cuentas de tus viajes: Murcia, Cádiz, Lisboa: la ruta periférica parece trazada por una de esas figuras geométricas que estudias con tanto secreto. Y si el final está en Lisboa, sin duda un dictado hermético mueve el argumento que te conduce hasta sus adoquines exasperados. Sí, es verdad, Lisboa fue mi ciudad en 1983 y en 1984. Ya estaba a punto de escribir que no sé dónde andará aquella ciudad casi medieval que fue la mía, y sin embargo lo que debería decir es que no sé dónde estará aquel joven que fue suyo.lunes, 25 de enero de 2010
«Dar la espalda», de Jordi Bonells

Sobre el género de su libro, Jordi Bonells (1951) escribe: «esto que no sé cómo llamar, si novela, autobiografía, ensayo, poema, drama, culebrón o farsa», y de hecho, de todo hay en este libro que también le «da la espalda» a todos estos géneros. A la autobiografía, mediante las historias de fantasmas que contiene; a la novela, con los interesantes datos sobre los nazis en Barcelona; al ensayo, con el ingenioso pastiche de un Gombrowicz reencarnado en cartonero. Quizá sólo no satisfaga la extensión; Bonells le ha dado a su novela muchas más páginas de las que la historia necesitaba.
sábado, 23 de enero de 2010
Crónica de un latrocinio
jueves, 21 de enero de 2010
El sueño del monstruo engendra emociones (Cortometraje 1’40’’)
Plano detalle 12’’: Mano de varón blanco, uñas de impecable manicura, dedos gruesos, de persona obesa, y ligeramente peludos, en el anular un gran anillo de oro con sello; entre el corazón y el índice sostiene un puro humeante. Gran plano general 18’’: distrito de negocios de una ciudad occidental vista desde el interior acristalado de un piso alto en un rascacielos. Un hilo de humo cruza el plano de abajo hacia arriba. Plano detalle en movimiento ascendente 8’’: manga de un buen traje. Plano medio contrapicado 12’’: joven muy delgado, ojos claros, dulce sonrisa, franca, que mira al frente.
Plano detalle 6’’: nudo de corbata bajo el traje bueno abrochado sobre una barriga prominente. Plano general 6’’: despacho enmoquetado, madera, sin objetos sobre la mesa salvo un marco de plata con una fotografía. Plano detalle en movimiento descendiente 6’’: pernera de pantalón de traje bueno, calcetín de seda semitransparente, pierna gruesa, de persona obesa, zapato pequeño, brillante. Plano contrapicado 10’’: el joven delgado, sonriendo, dice: «Haití». Contraplano detalle picado 10’’: nariz gruesa donde un grueso dedo entra y hurga. Voz ambiente: «Sí». Pausa. «No es mala idea». Plano medio 12’’: joven delgado, bondadoso: «De hecho, no es una idea».
Plano detalle 6’’: nudo de corbata bajo el traje bueno abrochado sobre una barriga prominente. Plano general 6’’: despacho enmoquetado, madera, sin objetos sobre la mesa salvo un marco de plata con una fotografía. Plano detalle en movimiento descendiente 6’’: pernera de pantalón de traje bueno, calcetín de seda semitransparente, pierna gruesa, de persona obesa, zapato pequeño, brillante. Plano contrapicado 10’’: el joven delgado, sonriendo, dice: «Haití». Contraplano detalle picado 10’’: nariz gruesa donde un grueso dedo entra y hurga. Voz ambiente: «Sí». Pausa. «No es mala idea». Plano medio 12’’: joven delgado, bondadoso: «De hecho, no es una idea».
martes, 19 de enero de 2010
Ante los precedentes

Algún día se verá que los blogs han creado un género literario propio. Género que, como todo en literatura, ya existía antes de se inventaran los blogs. Sospechaba que los microgramas de Robert Walser eran un buen precedente, pero Ante la pintura no admite conjeturas: es un auténtico blog. Ahí está la mezcla y revuelto de géneros, la intimidad textual, la opinión espontánea, el juego con el presente, la combinación de conocimientos, el lenguaje tumbado a echar una siesta, la confesión de ignorancia, el almuerzo recién acabado, la imaginación, el artículo perdido, la pereza. Y hasta la ilustración del post.
domingo, 17 de enero de 2010
Subamos al tranvía
Hay un célebre lienzo de John French Sloan, «Sol y viento en la azotea», de 1915, donde una mujer tiende la colada en Nueva York, que siempre me ha parecido una inquietante metáfora de la vida que nos aguardaba en las ciudades del siglo XX. Es lo que suele ocurrir con los cronistas urbanos: anécdota trivial y símbolo sobrecogedor comparten imagen. En «Gloucester Trolley», de 1916, se revela el encanto infantil de los tranvías, su carácter festivo y transgresor: mágico invento que destruía la imposición de la distancia entre el centro y los suburbios. Espejismo y añoranza de otra vida.
viernes, 15 de enero de 2010
«Ciudad iluminada», de Juan Antonio Marín, en Vitruvio
A diferencia del verso, el poema en prosa carece del inacabable juego de moldes que la tradición acumula en la alacena de la escritura. A diferencia del relato, el poema en prosa se resiste a ser amasado con los hábitos narrativos, por humildes que sean. El poema en prosa presenta siempre una exigencia de género antes incluso de ser escrito: la búsqueda de su forma de ser expresión. O eso, o seguir por roderas. Ciudad iluminada es, en sí mismo, un tratadillo del poema en prosa, o como lo llama Juan Antonio Marín (1968), «un rato de voz sin estrategia».miércoles, 13 de enero de 2010
Banda sonora del poema del 13 de enero (día de playa)
Cuando esta tarde tu mano esté entre las mías, en el aparato tal vez cante Helpless Neil Young con guitarra acústica y armónica, los Housemartins nos encandilen con The light is always green o Paolo Conte entone un himno devastado como Azzurro. Quizá elijamos Motives for writing de Wim Mertens, un disco de Michel Nyman, las piezas para piano de Philip Glass o Different trains de Steve Reich. La sala posiblemente se colme con los sonidos de La lontananza nostalgica utopica futura de Luigi Nono, de la Rothko chapel de Morton Feldman o con John Cage y su sobrecogedor Thirteen.
domingo, 10 de enero de 2010
Manos
Viajan con nosotros y nuestras maletas casi sin darnos cuenta. Comen para nosotros y nuestras apetencias como un cubierto más. Aman por nosotros cuando más amamos, y también cuando menos. Las utilizamos impunemente para acciones restringidas a la intimidad, como hurgarse la nariz o rascarse la espalda. Escriben nuestros versos al dictado, teclean nuestros pensamientos sin equivocarse. Cuando se equivocan, saben rectificar. La cartelería—«No tocar»— nos previene de su carácter insumiso; aunque, acostumbrados a su obediencia, raras veces prestamos atención a este temperamento rebelde. Ni se nos ocurre pensar que sean las manos las que gobiernan, nosotros sus súbditos.
viernes, 8 de enero de 2010
Paraguas dormidos
Llueve, y el agua diluye la sobriedad de las líneas con que está dibujada la ciudad. Las calles se convierten en una acuarela pintada sobre una plancha de zinc. El chispear atlántico de estos días dura toda la tarde, pero permite pasear sin que los zapatos se sumerjan en una pesadilla veneciana. La lluvia, sutil, deslavazada, disuelve poco a poco colores, luces, objetos y, posiblemente también, transeúntes. Lo intuyo por los paraguas que encuentro abandonados en estaciones de metro, en las papeleras de las avenidas o en callejas. Paraguas —hermosos, elegantes, honestos— cabizbajos por la repentina pérdida de su favorito.
jueves, 7 de enero de 2010
Felicidad
—Dakarai, tú eres un tipo raro, ¿verdad?
—Nací en una isla.
—Pamplinas.
—Las islas están rodeadas de agua.
—Vaya con el catedrático. Y eso qué tiene que ver para que no fumes, nunca te quejes de los turnos y sólo bebas de la jarra.
—Estoy trabajando.
—Va, si los tranvías van solos. Tienen raíles.
—¿Y la manivela?
—Y un pitillo, una cervecita, ¿no te apetecen?
—Soy isleño.
—Siempre con la misma canción.
—Cuando era chaval, mi padre me dijo: ves esas montañas, detrás no hay nada.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Que ahora miro y no veo ninguna montaña.
—Nací en una isla.
—Pamplinas.
—Las islas están rodeadas de agua.
—Vaya con el catedrático. Y eso qué tiene que ver para que no fumes, nunca te quejes de los turnos y sólo bebas de la jarra.
—Estoy trabajando.
—Va, si los tranvías van solos. Tienen raíles.
—¿Y la manivela?
—Y un pitillo, una cervecita, ¿no te apetecen?
—Soy isleño.
—Siempre con la misma canción.
—Cuando era chaval, mi padre me dijo: ves esas montañas, detrás no hay nada.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Que ahora miro y no veo ninguna montaña.
martes, 5 de enero de 2010
Pequeño cuento de la noche de Reyes
El entusiasmo con que Áxel se ha levantado este año oculta una sospecha. Alguien le ha dicho algo. Mientras abraza paquetes con griterío, de refilón lee los signos: el cuenco de agua mediado, cáscaras de nueces y avellanas en el platito, una magdalena medio mordida. Parece, en efecto, que por la esquina del comedor donde había dejado los zapatos han transitado camellos y personas. Advierte cierto desorden en el sofá. Acaso se sentaran un momento a descansar. Pero lo único que le libra de la sospecha, este año, es el alborozo de los adultos. Si hubiera algo, ellos lo sabrían.
viernes, 1 de enero de 2010
Pequeño cuento de Año Nuevo
Una verbena salvaje: toda la noche bailando es lo último que Guido había pensado antes de sumergirse en una siesta que compensara el turno de guardia recién acabado. Al despertarse, aturdido, le cuesta reconocer la realidad. Una lucecita indica en la penumbra del cuarto: 7:37. El tiempo justo para emperejilarme. Es nochevieja. Le choca que no se oiga jugar a los renacuajos del piso de arriba, ni escuche conversaciones nerviosas de vecinas en el patio mientras cuecen las lentejas. Una verbena inolvidable: calzoncillos rojos... está repitiéndoselo cuando vuelve a mirar con mayor detenimiento el despertador: 7:38. ¿Qué quiere decir 7:38?
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Bye bye 2.9
Niles Spencer (1893-1952) La buhardilla, 1927Cuando me levante pasado mañana por la mañana, me desperece y salga al camino del 2010, este año será —como todos— un montoncito de cenizas que humea. Si me entretuviera en dar una patada al polvo y tratar de adivinar lo que ardió en las ascuas aún incandescentes, vería en el rescoldo vestigios de aquellos muebles nobles largamente anhelados: un año sin horarios, una novela en tapa dura. De hecho, no todo arde con el tiempo: la humilde cerámica de lo escrito, el metal denso del amor permanecen, pero maderas y anhelos se calcinan con sus molduras de ebanista engatusador.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Lectoras
Reginald Marsh (1898-1954) Los Marsh, ambos pintores, vivían en París sobre un Café cuando nació Reginald. Y aunque enseguida se fueran a América, los griegos sabían que los signos irradian desde el nacimiento: la mirada de sus cuadros se intuye casi siempre sentada en la butaca de un Café con el asa de la taza sujeta por dos dedos. Marsh pintó neoyorquinas —a un lado y otro de la cristalera—: madamas fatales muy vestidas y con paso firme por la calle, o la inocencia desnuda entre trajeado hieratismo. Y pintó, sobre todo, lectoras —en el metro, de pie—; diosas sobre sí mismas.
viernes, 25 de diciembre de 2009
Lectores

Leída en estos tiempos, La canción de amor y de muerte, que uno había considerado una obra menor, justificada sólo porque le proporcionó la mayor parte de los ingresos por derechos de autor a Rilke, cobra un nuevo significado. Quienes agotaban y ensalzaron esta prosa agridulce durante décadas nada quisieron saber, posiblemente, de la obra mayor del poeta. Era la sombra que oscurecía esta delicada pieza: un título para otros lectores. Hoy lo que me asombra es exactamente lo contrario: qué altura y qué sensibilidad la del público mayoritario de entonces, emocionándose con este Rilke, literatura purísima. Y qué envidia.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
El abracadabra calvo (díptico sin numeración)
El ilusionista se quita el sombrero de copa, lo enseña, nada por aquí, lo cubre con un paño. La varita lo acaricia y cuando retira el trapo no se ve salir un conejo. Ni una paloma. Si le da la vuelta al sombrero apenas resbalan hacia el suelo unas motitas blancas: «Caspa» —dice el mago de la cabeza afeitada—. Y, como nadie comenta nada, no le queda más remedio que continuar: «Antes se sentaba por ahí quien después descubría dónde está el truco, pero últimamente su butaca siempre está vacía, así que tendré que ser yo quien os lo cuente»:
Esta prosa, que escribo con cierta frecuencia y reparto en mínimos moldes de papel antes de meterla en el horno para que salga no un pastel, sino una bandeja de magdalenas, busca la proximidad con la experiencia en las antípodas del costumbrismo y, sobre todo, del periodismo. En el polo opuesto de la actualidad y de la sociología. Cada vez que abro la libreta pluma en mano recito: no hablaré de nada que se hable en los periódicos ni en la solapilla de las novelas contemporáneas. Sólo hablaré de la caspa que se desprende de mi comprensión alopécica del vivir.
Esta prosa, que escribo con cierta frecuencia y reparto en mínimos moldes de papel antes de meterla en el horno para que salga no un pastel, sino una bandeja de magdalenas, busca la proximidad con la experiencia en las antípodas del costumbrismo y, sobre todo, del periodismo. En el polo opuesto de la actualidad y de la sociología. Cada vez que abro la libreta pluma en mano recito: no hablaré de nada que se hable en los periódicos ni en la solapilla de las novelas contemporáneas. Sólo hablaré de la caspa que se desprende de mi comprensión alopécica del vivir.
lunes, 21 de diciembre de 2009
«El otro mundo», de Hilario J. Rodríguez, en Ediciones del Viento
Una temporada en Nueva York. O en Hinojal, Cáceres. O en la cocina de un restaurante londinense. El lugar donde ocurre la vida que se puede contar es la memoria: es el juego o paradoja de esta novela, que no se pudo escribir en Nueva York —este es, de hecho, su argumento—, pero que se escribió, acaso en Zaragoza. El lugar donde ocurre la vida es también un apartamento en Brooklyn: su línea telefónica, su casera, las toses de los vecinos. El cruce entre memoria y cotidianidad fragmenta y disloca conciencia —bolitas de mercurio del termómetro roto— y escritura. sábado, 19 de diciembre de 2009
Un café, un libro, un euro
jueves, 17 de diciembre de 2009
Biografías en venta
La aparición de un nombre entre la disparatada antología de objetos que reúne cada vendedor en su puesto de los Encantes despierta la elegía que duerme en ellos escondida. Dos placas de plata falsa —el óxido se las come— agradecen los servicios de don Bernabé Gómez Montero en el colegio Menéndez Pelayo del Prat. Con fecha de 1980. (En Internet, la memoria del futuro, aparece una sola entrada: el traslado a Barcelona en 1960). Empezaba a presentir su elegía cuando de repente me he preguntado quién comprará por pocos euros estas placas y las colgará —ave fénix— en su comedor.
martes, 15 de diciembre de 2009
«De lo observado»
Foto Andrés FerrerFernando: Andrés Ferrer me ha parecido —en De lo observado— un fotógrafo magnífico, sobre todo porque sabe hacer las fotos que a mí me gustaría tirar y que nunca consigo encuadrar con mi cámara infantil de dos megapíxels. Si fuera fotógrafo —pienso— haría instantáneas como Andrés Ferrer: habitaciones reventadas por la humedad, techos hundidos, fábricas abandonadas, carteles herrumbrosos, tipos paseando bajo el paraguas en una ciudad a punto de desaparecer, una moto aparcada frente a un palacio, un baile de carnaval de estatuaria romana, los caballos amontonados antes de montar los caballitos... Allí donde peligra el realismo de la realidad.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Nunca
Igual que ocurre con los verbos, la palabra «nunca» conjuga tiempo. Su forma de presente señala la rabieta de quien rasga la baraja porque no le ha tocado el comodín ausente en la mano. Es un uso trivial e imberbe. Como tiempo de futuro, nunca enmascara la creencia vergonzante en epifanías y revelaciones. Es el uso más extendido y también corrompido. Acaso su proliferación haya contribuido a su podredumbre: no decir lo que se piensa es quizá ni siquiera pensarlo. A mí me gusta nunca como tiempo de pasado. Agridulce sensación: nunca volverá aquel paseo; nunca volveré a Santa Perpetua.
jueves, 10 de diciembre de 2009
En el fondo
Ediciones Generales, Barcelona, 1956. 35 ptas.
Los libros recientes por el suelo del mercadillo provocan indiferencia. La indiferencia es ibupofreno para el vértigo de quien escribe hoy día. El libro inesperado, rescatado del montón de olvidos, produce sin embargo una súbita euforia. Me llama la palabra ciudad desde el título y enseguida descubro con sorpresa a su autor. Ahí, en pie, aún sin pagarlo, leo la solapilla y me deslumbro: «En el fondo, la especialidad de Lorenzo Gomis es contemplar el mundo en que vive. Y, como su oficio es escribir... procura decir lo que ve, piensa o imagina». Nada más actual para definir un blog.
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