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sábado, 8 de marzo de 2008
En Nápoles, esquina Rosellón
sábado, 1 de marzo de 2008
Vertedero de novelistas

Un hombre de apariencia indefinida, un jubilado, espera en la parada del autobús. Ojea las primeras páginas, como haría un comprador de libros, de un grueso volumen que mantiene enfundado en una bolsa de plástico blanca, de esas que a uno le dan cuando compra en un comercio sin nombre. Por una esquina vislumbro las tres últimas letras del título, impresa en dorado: «Generaciones». Emerge de la memoria su autor: Cristóbal Zaragoza. El volumen está más que fatigado, francamente sucio. El papel amarillea. Me pregunto —en la ciudad aún por despertar— dónde irán a parar los novelistas del pasado inmediato.
sábado, 23 de febrero de 2008
Escatología
En mi paseo matutino hasta la panadería, y vuelta, he contado siete —cómo lo diré— caquitas —o tal vez porquerías— de perro. El mundo cambia, medito. En mi infancia, las mierdas de perro eran unas bolas blanquecinas, secas, pétreas. Uno podía chutarlas sin que se deshicieran. Para los niños de hoy, los excrementos caninos son como los de persona. De hecho, también los perros merecen nuestra humana «a» en el complemento directo: «Ahí veo a mi perro», exclama alguien. Preposición «a», por cierto, que no conservaremos siempre. Decimos: «Veo a Herminio», y un día diremos «Veo el cadáver de Herminio».
sábado, 16 de febrero de 2008
A veces no es tan sencillo como comprar un periódico
Como se avecinan elecciones y a las ocho la ciudad ni siquiera se ha desperezado, medito qué haré con mi euro ante los montones de periódicos por vender en el kiosco. Si fuera nacionalista y quisiera leer en catalán, compraría el Avui; si, con la misma ideología, prefiriera el castellano, La Vanguardia. Si no fuera nacionalista, pero me gustara conocer el mundo en catalán, elegiría El periódico cabecera azul; si me decantara por el castellano, veo la cabecera en rojo del mismo diario o El País. Y si —la nación no lo quiera— fuese antinacionalista, El mundo y La razón.
sábado, 9 de febrero de 2008
La paseante
A las ocho de la mañana sólo han abierto el kiosco, la panadería y el café. Los escasos habitantes de las aceras juegan una partida de billar a esas tres bandas. Los atributos que cuelgan de sus manos señalan los aciertos. A veces cruza un personaje incómodo: en su mirada se advierte que juega a otra cosa. Pocas variantes admite la hora. Ninguna exige apresurar el paso. Cuando me ha adelantado tan deprisa, despeinada, con la chaqueta en el brazo y el bolso colgando, enseguida he sabido que llegaba con prisas de un país diferente, exótico: la noche del viernes.
sábado, 2 de febrero de 2008
Nómadas
Los adolescentes transitan por las avenidas las tardes de invierno. De un barrio a otro. Por las aceras de los polígonos. Por el margen de la carretera. Se desplazan ensanchando el mundo con sus pies, mientras los sedentarios lo reducimos a cubículos placenteros: nuestro coche. Esta mañana de sábado, a las ocho, mientras caminaba con el chusco y los diarios, me he cruzado con cuatro adolescentes que navegaban por Industria sobre sus tablas rodantes. Ellos y yo en la calle abandonada. Me he apresurado a proponerles un cambio: mi pan y mis periódicos por su patín de atravesar ciudades desiertas.
martes, 29 de enero de 2008
Uruk

En la primera tablilla del Poema de Gilgameš, éste, al conocer la existencia de una bestia humana, envía a la prostituta Šamhat para que se desnude en el lugar donde abreva junto a los bovinos. Siete noches yacen juntos. Al cabo de las cuales él quiere regresar a la vida anterior; la mujer le desvela su esencia: «Ahora eres un hombre civilizado, Enkidu… / ¿por qué quieres correr en la estepa con los animales? / Ven, te conduciré a la ciudad de Uruk». Uruk, acaso la primera ciudad civilizada, a la que llegaban los hombres de la estepa, purificados por el sexo.
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