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martes, 16 de mayo de 2017

1993-Constance


De su nuevo país a Jane le impresiona la melena pelirroja de los bosques otoñales, el brillo de ojo de caballo del lago, el chasquido de los pasos en el silencio. Pero los raros vecinos que encuentra en sus paseos parecen inmunes a estos elogios. «¿Conoces ya los dulces de Emily?» Que los probara era su único empeño. Y qué chasco se lleva en la pastelería Amherst. Cuatro cruasanes rancios, un desalmado dumpling de manzana, hasta que aparece la señora Dickinson, vestida de blanco inmaculado, le sonríe —«Ven, he acabado unas delicias de jengibre»— mientras abre la puerta del obrador.

lunes, 15 de mayo de 2017

1992-«Marca de agua»


Joseph lo había comprado nada más llegar. Cerca del Campo de San Polo. Una tienda minúscula que apestaba a humedad y a curtidos. «Thomas Mann. Impresor veneciano desde 1912». No le había costado barato, pero cada vez que acariciaba la piel de la cubierta la suavidad le hacía olvidar el precio. O si se sentaba en un Café, el color ahuesado en la página en blanco le encandilaban como la lectura ideal. Destapaba la pluma, pero el verjurado le intimidaba. Aborrecía envilecerlo. Arrancaba una hoja del periódico, anotaba los versos que nunca escribiría en el cuaderno y guardaba los recortes dentro.

sábado, 13 de mayo de 2017

1991-«Nueva York»



Donatien Alphonse François de Sade, reconocido fabricante de espejos francés, abrió comercio en Palma, ya anciano, en un local estrecho y húmedo bajo los soportales de la Plaza Mayor donde una mañana luminosa de verano entró el joven Blai: «Le vi el domingo en la Seu». Monsieur Sade arrugó el ceño y musitó: «Unas pinturas…». «¿Cree que si me miro en alguno de estos espejos reconoceré mis ojos?», preguntó jovial el muchacho. El artesano tropezó con un ladrillo suelto del pavimento: «Su precio le quedará lejos». Blai sonrió: «Entonces mírese usted y le veo». «Eso he hecho siempre», crepitó Sade.

lunes, 8 de mayo de 2017

1989-«El palacio de la luna»


Gafas oscuras de montura metálica, bigote vintage, traje de mercadillo y acento confuso, el doctor Guy de Maupassant, entomólogo del Central Park, se entretiene hurgando en la hojarasca. A Paul, una mañana en la que ha hecho novillos, le llama la atención su ensimismada figura de parloteo jovial con un escarabajo. «Un bupréstido», le responde sin mirarle cuando el muchacho se acerca a preguntarle. «Fitófago, —y continúa— como la prosa americana, tufo a soja transportada en vagón». «¿Y?», abre los ojos el colegial. «Una novela aérea, delicada, transparente, una cetonia aurata sobre una peonía». «¿Qué es una peonía?», inquiere Paul.

sábado, 6 de mayo de 2017

1988-«El otro nombre de la tierra»


En la cuneta de la carretera, a la sombra de un laurel, el ciclista, tres veces cuarto en La Grandíssima, se limpia la cara con la camiseta. «Eres Hölderlin», le reconoce Eugénio, que pasea con una cesta de mimbre en la que recoge frutos de árboles silvestres: «Pero si estás llorando». «Es el sudor, que me ha entrado en los ojos», torpemente se excusa. «¿Quieres un melocotón? Está recién cortado». Friedrich acepta. «Me he detenido —confiesa— porque de repente no he sabido si corría tras el amor o estaba huyendo de él». «¿En bicicleta? Si no hay lugar para dos».

sábado, 25 de marzo de 2017

Becqueriana / 103


Si un día, atado por petición propia al palo trinquete de un velero para poder escuchar el canto que fascina, reconociera el suyo en mitad del océano y de un incierto camino de regreso, al instante pediría que algún marinero audaz, con los oídos y ojos tapados, me desatara las manos anhelantes, me liberara el cuerpo seducido por su voz, redimiera mis pensamientos de la sujeción a la lógica de los rumbos y me dejara encaramarme al bauprés hasta perder por completo el equilibrio y sentir el helor de las aguas como el mayor bien entre sus brazos de sirena.

jueves, 23 de marzo de 2017

1987- «La lección de música»


Se ha corrido la voz. Una nube de indigentes guarda la espalda de Stéphane Mallarmé, clarinetista de la filarmónica de París. Nadie le molesta mientras mantiene su solitario diálogo frente al tragaperras, que a ratos gorjea cataratas de monedas. Solo cuando se da la vuelta para irse, abandonando la calderilla en el cuenco de los premios, la avaricia se agolpa por retirarla. Y cuando el músico sale del bar, acompañado por su sombra, se le acerca Pascal, que acaba de concluir su práctica de escalas, y se ofrece a formar con ambos un trío de cámara. Silenciosos pasos calle abajo.

sábado, 18 de marzo de 2017

1985-«Libro de horas»


En el escaparate de la sastrería de Saint John Perse hay guantes de piel amarilla y pajaritas de fantasía selvática. Pañuelos de seda con abstracciones geométricas. Camisas de blancura alpina, pantalones ajedrezados, calcetines pintados por Mondrian. Hay bluchers con suela encarnada. Capas de terciopelo. Americanas con tacto de nube. Tirantes color índigo. En la puerta ondulan aromas a madera y música de Monteverdi. Por delante cruza el mozalbete Rafael cada día, con su pesada cartera. Camina despacio, se detiene, aspira. Sueña con el día en el que abandone los pantalones cortos y la corbata con cuello de goma del uniforme. 

jueves, 16 de marzo de 2017

1984-«El amante»


La luna viste de azul el cuerpo níveo de la joven. Y del mismo azul que las aguas del Índico desdibujan con sus garabatos sobre las olas tiñe el humo de la pipa que exhala Li Bai. La brisa revuelve la melena de Marguerite, acodada en la baranda de popa, y estremece la piel en sus brazos descubiertos. Li Bai convierte el silencio en rumor y un ramillete de flores amarillas prende en las palabras que no se atreve a decir. Las argollas tintinean entre sí. La muchacha aprieta los dientes para que no castañeen.  Li Bai mira la luna.

sábado, 11 de marzo de 2017

1982-«Paisajes después de la batalla»


En el obrador de la Pastelería Arcipreste un moscón se impone como violín solista a la sinfónica de moscas habituales. La mañana tampoco logra desperezarse con la melodía mientras Juan Ruiz, repostero mayor, ensaya un hojaldre en forma de corazón de serrana con una almendra en el centro. ¿Quieres probarlo? —le ofrece a Juan, el aprendiz a pesar suyo. No he comido antes un plato —responde reivindicativo— para merecer un postre. Alza un ojo el maestro: los cacharros por fregar, el suelo por barrer, la nata por batir. ¿Y si le ponemos un pistacho? —sugiere—, será más fácil de descascarar.

jueves, 9 de marzo de 2017

1981-«Los títulos»


La recibe de espalda. Mi nombre es Rosa. Ni se da la vuelta. El gerente y propietario de Industrias Cárnicas James Joyce S.L. abrillanta la plata del rótulo con un paño de algodón fino. He venido por el anuncio. Y sin siquiera girarse, después de esparcir su aliento por las letras y seguir frotando, recita: Aguja, aleta, babilla, brazuelo, cadera… siga, siga. Rosa se azora, tartamudea: cadera, cadera… carri-carrillada… contra… costillar. Por primera vez se da la vuelta el señor Joyce: ¡bravo! Culata, espaldilla, falda, llana, lomo… siga, siga. Rosa ahora no duda: Morcillo, morrillo, pecho, pescuezo… Aplaude: ¡Bravísima, contratada! 

domingo, 5 de marzo de 2017

Becqueriana / 101


Escribes. La luz se arremolina en el suelo, junto a las sillas vacías, alrededor de los zapatos nostálgicos de los pies. Tus labios escriben en el papel de la piel palabras nuevas que ya conozco y palabras conocidas que nunca he sentido. El tiempo se tumba en el sofá con una novela policíaca en las manos. Estás escribiendo. La brisa baila un lento con las cortinas recogidas en un extremo de la ventana. La humedad de los labios inventa sensaciones en la espalda, un caligrama de estremecimientos que brilla a la caída del sol. Escribes. El día cierra los ojos.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Becqueriana / 99


La ventana dispersa por el cuarto la luz del poniente como si preparara la base cromática de un lienzo. La música. La música la elige un estado de ánimo. Hoy vengo latina, le ha dicho al oído cuando ha entrado en sus brazos al bajar del autobús. El vestido. El vestido lo han elegido las preferencias que descubre cuando se miran. Se han descalzado. Sobre la madera del suelo los pies acompasan los latidos que golpean ya en el pecho. Hoy he estudiado latín para ti, le dice. Sonríen. Bailan. Afuera, la noche se asoma, como acostumbra, sorda y ciega.

domingo, 26 de febrero de 2017

1980- «Ciudades indefensas»


En la sala de los prerrafaelitas, una Ofelia flotando en un lecho de flores atrae la mirada de una muchacha menuda que, escéptica, sonríe ante la escena. En la esquina, en un taburete, la vigilante —en el pecho una placa con el logotipo del museo y un nombre, Sylvia Plath—, se alarma: Siempre tendrá treinta y un años Ofelia, para la eternidad. Fátima mira alrededor, cuando ve que no hay nadie se inquieta: ¿Se dirige a mí? Cautelosa, la vigilante le devuelve la sonrisa: O al revés, quizá sea la eternidad la que haya tenido treinta y un años.

martes, 21 de febrero de 2017

1979-«Puerca tierra»


La tarde se viste de gala. La gente se arremolina ante los Recreativos Naturaleza. El campeón nacional de ping-pong, el gran Pierre de Ronsard, ha aceptado enfrentase a John, el pastor paladín de la Alta Saboya y nuestro héroe. Que gran partido. Sirve Rosard un céfiro que John contrarresta con carretilla. Siguen: lirio, uno; orina, otro. Ámbar; estiércol. Altozano; leña. Máxima igualdad. Si ataca con alba, se atrinchera con cuervos. Si se defiende con marfil, contrataca con gallinasJardín; fogón. Coral; matojo. Qué intensidad de juego entre el maestro y nuestro adalid. Diamante; zapatillas. Sin tiempo para respirar. Rosa; patata.

sábado, 18 de febrero de 2017

1978-«El imitador de voces»


A los juzgados, por favor. El joven taxista de agitado cabello se da la vuelta. Le encara: ¿A los juzgados? A ver, explíqueme por qué. Thomas lee la tarjeta de identidad que replica el temblequeo del diésel: «Blaise Pascal». Mira la fotografía. El rostro, aunque mejor peinado, coincide. Insiste: ¿Podría llevarme, por favor, a los juzgados? Sobresaltados los ojos, el conductor da un golpe de ira contra el volante: Eso tendrá que explicármelo antes. Thomas duda: ¿Explicárselo, cómo? Se revuelve aún más la revuelta melena: ¡A los juzgados, como si fuera tan fácil! Se araña las mejillas: ¿Quién puede juzgarnos?

viernes, 10 de febrero de 2017

1976-«¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?»


Estás rendido, chaval. Y mientras lo dice Miguel de Cervantes Saavedra, jefe de camareros en la Cervecería Realidad, apoya el mentón sobre el palo de la escoba a modo de pedestal ligero. Ahora barro, señor —promete Raymond sentado sobre una mesa por recoger con una caña en la mano. El horizonte se abre a un oleaje de colillas pisoteadas, cáscaras de altramuz, cuentas arrugadas, paquetes vacíos y un sinfín de bultos indeterminados. Ahora mismito, señor —le repite a su espalda de navegante que rema contra la marejada. Descansa, chaval, hoy limpio yo. Nada hay que rejuvenezca más que la deshonra.

lunes, 6 de febrero de 2017

1975- «Mortal y rosa»


Paco —con voz trémula le llama Juan Ramón Jiménez, el anciano jardinero municipal—, das unas zancadas que no hay quien te siga. Aguarda un instante, muchacho. Quiero despedirme. Me jubilan. Regresaré al pueblo. Uno ha de morir donde le reconozca la tierra en la que se echaron sus padres para concebirlo. Siempre he pensado así. Ha sido mi desgracia. Solo a ti puedo contártela. Tantas rosas como han florecido en mi jardín y camelias que he consentido hasta el capricho, tantos aromas y sin embargo ninguno me ha devuelto la gracia que perdí un día y no supe recuperar.

jueves, 12 de enero de 2017

Sombra C


Pensó que había tratado con sombras, o tal vez con frases pronunciadas por alguien que en realidad no era nadie. De aquel momento solo quedaba, sin embargo, lo que le habían dicho. Lo que había escuchado, aunque confundiera qué con quién. Ni siquiera un rostro ligado a una expresión. Ni siquiera un rostro ligado a nada. Sombras diluidas en la súbita llegada de un anochecer invernal. Si se hubiera ausentado el tiempo, podría no darle importancia. Amontonarlo en el desván de lo que ha pasado como si no hubiera ocurrido. Pero con tantas frases, bloques de hielo en el deshielo.

martes, 27 de diciembre de 2016

El cuento de un Cuento Navideño


Al salir de Charing Cross las locomotoras embetunan el rectángulo de cielo que el muchacho contempla a través de la claraboya como única noticia del día, desde la embetunada madrugada hasta la noche embetunada, cuando por fin sale, molido, de la fábrica de betún Warren. No tiene aún los doce años, aunque él lo afirme, y ha de subirse a un taburete para alcanzar la mesa donde encola etiquetas. Taburete que le libra de caminar todo el día con los pies mojados por el agua que el río cuela en el almacén. Le llaman «Charles, enano», él mira y sonríe.