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martes, 15 de noviembre de 2011

«Siete años», de Peter Stamm, en Acantilado






Peter Stamm (1963) traza la biografía de un buen tipo que de vez en cuando se convierte en un canalla. No se trata del que parece bueno y resulta el malo de la película, sino del bueno que al mismo tiempo es malo. Siento predilección por estos personajes cuya ambigüedad retrata con tanta exactitud nuestra época. Es un canalla al que perdonamos porque tiene la delicadeza de desvelarnos su intimidad, eso siempre provoca empatía. Y explica cuánto sufre, cómo las circunstancias son las que le conducen y otros quienes deciden por él. El lector asiente, justifica; se muere por justificarlo.

martes, 8 de noviembre de 2011

«Tan bella, tan cerca», de José Manuel Mora Fandos, en La isla de Siltolá (díptico)


Parece que la vida cotidiana sea aquella sobre la que no vale pana decir nada, como si vivir de otra manera estuviera al alcance de cualquier prosa. José Manuel Mora Fandos se propone en este libro su elogio. Quizá más, su comprensión. Digo quizá porque el autor en ningún momento declara sus objetivos, no es un ensayo al uso. Crea un mosaico de breves, delicados y lúcidos tratados que, juntos, sugieren otra forma de entender la vida cotidiana. Compartir, leer, concretar, narrar son los verbos que vertebran la experiencia diaria, Mora Fandos los presenta, pero al lector le toca machihembrarlos.
(2)
Parece que decirlo todo —de hecho, insistir en decirlo todo— sea la única manera de decir algo. No es ya una cuestión de una pedagogía desbocada, sino patológica. Casi publicitaria. Cómo se agradece, por lo tanto, cuando alguien, al escribir, calla. Deja que sea el silencio que reina en la mente del lector quien ensamble las piezas. Así ha escrito Mora Fandos este libro, y sobre todo un capítulo, «Espacios y paisajes», pequeña colección de relatos de vida cotidiana en 3D cuya finalidad no es convencernos de nada (se agradece tanto), sino adiestrar nuestra mirada para ver más con ella.

martes, 1 de noviembre de 2011

«Metro», de Federico Abad (tríptico)


Federico Abad resuelve las estrofas clásicas, aún las más intricadas, con una flexibilidad que impresiona. Consigue engastar una escritura contemporánea, casi coloquial, en formas que sólo se han dominado en épocas áureas. Es una botella de oxígeno —ave fénix— para la moribunda métrica: el metro también sirve para hablar del metro. O dicho al revés, del metro también se puede hablar en metro. Y el resultado produce una sonrisa intelectual, que de hecho no procede de lo que se cuenta en los poemas, sino del modo cómo se adapta el relato poético a la tradición implícita en las formas métricas.
(2)
La ironía de este libro da un paso un poco más allá en la propia formulación de la ironía: no busca el contenido, sino la relación —casi podríamos decir hipertextual— con la memoria del lector. Reconozco que este fenómeno ocurre sólo en la memoria de lectores con alguna formación, pero me he fijado un poco más, y he visto que consigue rizar el rizo: el lector aprendiz (para quien están escritos los poemas, en apariencia) percibe inconscientemente esa ironía, al sonreír por un contenido irónico plagado de rimas y ritmos, que no reconoce, pero que no le resultan tampoco desconocidos.
(3)

Es el lenguaje quien genera lenguaje, y el poeta es un mero reponedor en las estanterías del sentido. Va ordenando el lenguaje que nace de sí mismo para que parezca que lo ha hecho él. Ahora bien, nada crea más impotencia en el lenguaje que la liberalidad. Al lenguaje hay que ponerle horario, límites, disciplina y charcos en los que no pueda mojarse. Es decir: trabas. Métrica. Cuanto más compleja la dificultad, mayor brillo tiene esa capacidad del lenguaje de sortear todos los inconvenientes para crear sentido. Y existir en él. Y esta es la lección que imparte este libro.

domingo, 25 de septiembre de 2011

«Conversación» de Gonzalo Hidalgo Bayal, en Tusquets

En el principio del relato está la conversación, parecen afirmar los cinco cuentos conversados de Gonzalo Hidalgo Bayal (1950). Aquel personaje que cuenta el hecho fortuito que sin embargo no ha olvidado ni olvidará, aquel que habla para ocultar su tragedia, aquel que narra la vida de otro a los próximos o aquel que explica su vida a desconocidos… en estas conversaciones cotidianas, a veces casuales, parece prender la esencia misma del relato. Pero Hidalgo Bayal da un paso más, y el texto magistral que cierra el volumen encarna su final, la desarticulación de relato y conversación, el hablador solitario.

domingo, 18 de septiembre de 2011

«Cerrar los ojos para verte», de Rodrigo Olay


Hay un poema de Rodrigo Olay (1989) donde funde con delicadeza madrigal y jaiku: «En tus ojos oscuros / anochece de pronto / pero brilla la luna». Diestro en el arte del pastiche y más acertado aún en el dominio de la cita intratexutal, el poeta convoca la tradición literaria para crear profundidad y perspectiva en la experiencia de lo vivido. No se conforma con el mero relato del final de la adolescencia y la juventud, materia de sus poemas, sino que busca inscribirlo en las corrientes más densas del pensamiento poético, la temporalidad y la reflexión sobre la existencia.

jueves, 12 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: pieds

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Musée du Louvre

El gesto de quitarse los zapatos —sin calcetines, los calcetines rara vez ocupan un lugar en la imaginería amorosa— deja a los pies indefensos, como un niño que sale a jugar desnudo. Así lo escribió Anne Sexton en el poema «Barefoot» para que existiera una imagen con la que comprender desde dónde arranca el deseo —exactamente my hunger mark—. Los pies tienen apariencia de asalariados frente a los órganos aristocráticos: las tímidas y lunáticas plantas, la difícil belleza de los dedos extraños, la provocación de los tobillos: olvidada esa pendiente de colina, la noche se encamina hacia donde quiera.

jueves, 17 de junio de 2010

«Verano», de J.M. Coetzee, en Mondadori








Hay en el último Coetzee una desazón por alterar las convenciones narrativas. Diario de un mal año era un ejemplo y la biografía a través del espejo de Verano sigue la línea, tibiamente abierta con Infancia, unas memorias en tercera persona. Da qué pensar esta necesidad de rejuvenecer su prosa con marcas externas. No las necesitó el mejor Coetzee, que supo sabotear todas las expectativas de una historia, hasta arrasar el corazón del lector, desde un marco narrativo convencional. De hecho, lo más intenso de Verano resulta lo que nada tiene que ver con el juego planteado: los fragmentos diarísticos.

viernes, 11 de junio de 2010

«Mientras viva el doliente», de Antonio Daganzo, en Vitruvio





Antonio Daganzo (1976) sugiere al lector lo vanas que resultan las viejas disputas sobre si la poesía es comunicación o conocimiento. Ni una cosa ni otra: la poesía es comprensión. La única manera de comprender lo inexplicable. Cuanto más incomprensible sea aquello a lo que la poesía se enfrente, más sobrecogedor será el resultado de su esfuerzo de comprensión. Es lo que me ha parecido este libro: una búsqueda de sentido donde sólo existe el sinsentido: en la enfermedad. También en la niñez, no entendida de la bobalicona manera que hoy se muestra, sino trazada como esta exigencia de comprensión.

martes, 1 de junio de 2010

«Abierto», de Juan Marqués, en Pre-Textos





Con una clara absorción de la mecánica —a veces también de la métrica— del jaiku, Juan Marqués (1980) construye sus poemas sobre el suelo de la vida cotidiana, pero con el halo de irrealidad y misterio bien aprendido de las elipsis en la poesía oriental y su fijación de la atemporalidad: «La vida, más que un tiempo, es un espacio». Junto a las leves descripciones de lugar, en Abierto destaca un gusto casi aforístico por la lección moral y el juicio de lo contemporáneo: «Todo lo que se ve tiene sabor / y, no nos han creado / para hablar de dinero».

lunes, 24 de mayo de 2010

«Composiciones de lugar», de Andrés Catalán





A partir de convenciones de la tradición —la más recurrente es el alba como encuentro o separación de los amantes— Andrés Catalán (1983) reúne los diversos dibujos que sobre el amor traza el tiempo, desde la seducción —«juegan a ser miradas de los otros»— hasta el encuentro, desde el deseo —«ese puñal de dudas»— hasta las cenizas (o semillas) del alejamiento. No escribe Catalán poemas de amor, sino reflexiones teóricas sobre el amor. En la segunda parte dirige su mirada poética a la ciudad, no para escribir versos urbanos, sino para construir el discurso de la vida en las ciudades.

lunes, 12 de abril de 2010

«Noches insomnes» de Elizabeth Hardwick, en Duomo editorial



La abrupta fragmentación con la que ha construido Elizabeth Hardwick (1927-2007) esta novela de estirpe memorialista, prescindiendo de cualquier estructura temporal, la aproxima al poema en prosa. Contribuye a esta impresión su diáfana y brillante escritura. Se podría decir que se trata de una obra dodecafónica, en la que se ha eliminado la sucesión del tiempo, un elemento tan indisociable a la prosa como lo es la armonía a la música. En una época donde la literatura parece caminar sólo por los senderos trillados de los argumentos enfáticos y los personajes histriónicos, el atrevimiento experimental de Hardwick sólo admite devoción.

lunes, 1 de marzo de 2010

«El ganso salvaje» de Ogai Mori (1862-1922), en Acantilado

Esta sutil historia oriental de amores asimétricos podría servir como paradigma a muchos pensadores occidentales del presente: el paso que la protagonista da hacia su subjetividad («decidió sepultar en su corazón toda la angustia») le proporcionará individualismo, ironía, indiferencia y desinhibición; atributos con los que la filosofía piensa al ser contemporáneo. Y proporciona una metáfora magnífica: el ganso salvaje que muere tras haber recibido una pedrada al azar, sin voluntad ni motivo. Escrita con múltiples puntos de vista, esta entrañable historia muestra cuánta casualidad, capricho e irracionalidad hay en el amor, empeñado siempre en encarar a quien no le mira.

viernes, 19 de febrero de 2010

«Fanfarria» de Lorenzo Gomis, en Pre-Textos

Leo el libro póstumo de Lorenzo Gomis con tristeza al principio, pero con sonrisas al final. Hay poemas en la primera sección cuyas palabras ya son signos: «Dame alegría para dar el salto...». Pero lentamente las páginas lo vencen hacia otro lado: con colores —una fiesta de palabras—, con cuadros —magistralmente contemplados— y con la irrupción súbita de la vida, a borbotones. Hasta el final fue descubriéndola y maravillándose como hacen solo los niños —ahí están los animales encarnados que dan voz al niño que juega—. Es un acierto devolver esta fanfarria al lugar donde nació, la vida.

domingo, 14 de febrero de 2010

«Los cuadernos del escolar», de Antonio García Rodríguez, en Islavaria



Gracias al empeño del poeta Guillermo López Lacomba por conservar la memoria y la obra de Antonio García Rodríguez (1949-2006), ésta se ha publicado en una pequeña editorial onubense. García Rodríguez es un caso ejemplar de autor oculto por el paso de las generaciones —sólo publicó dos títulos en los 70— sin el que no se podrá escribir la historia literaria de su época. Cuanto se da por novedad en la poesía de la experiencia en los 80, está ya en estos versos, que fueron, a contracorriente, coloquiales, figurativos y sentimentales en los 70; herméticos y culturalistas en los 90.

lunes, 25 de enero de 2010

«Dar la espalda», de Jordi Bonells






Sobre el género de su libro, Jordi Bonells (1951) escribe: «esto que no sé cómo llamar, si novela, autobiografía, ensayo, poema, drama, culebrón o farsa», y de hecho, de todo hay en este libro que también le «da la espalda» a todos estos géneros. A la autobiografía, mediante las historias de fantasmas que contiene; a la novela, con los interesantes datos sobre los nazis en Barcelona; al ensayo, con el ingenioso pastiche de un Gombrowicz reencarnado en cartonero. Quizá sólo no satisfaga la extensión; Bonells le ha dado a su novela muchas más páginas de las que la historia necesitaba.

viernes, 15 de enero de 2010

«Ciudad iluminada», de Juan Antonio Marín, en Vitruvio

A diferencia del verso, el poema en prosa carece del inacabable juego de moldes que la tradición acumula en la alacena de la escritura. A diferencia del relato, el poema en prosa se resiste a ser amasado con los hábitos narrativos, por humildes que sean. El poema en prosa presenta siempre una exigencia de género antes incluso de ser escrito: la búsqueda de su forma de ser expresión. O eso, o seguir por roderas. Ciudad iluminada es, en sí mismo, un tratadillo del poema en prosa, o como lo llama Juan Antonio Marín (1968), «un rato de voz sin estrategia».

viernes, 25 de diciembre de 2009

Lectores





Leída en estos tiempos, La canción de amor y de muerte, que uno había considerado una obra menor, justificada sólo porque le proporcionó la mayor parte de los ingresos por derechos de autor a Rilke, cobra un nuevo significado. Quienes agotaban y ensalzaron esta prosa agridulce durante décadas nada quisieron saber, posiblemente, de la obra mayor del poeta. Era la sombra que oscurecía esta delicada pieza: un título para otros lectores. Hoy lo que me asombra es exactamente lo contrario: qué altura y qué sensibilidad la del público mayoritario de entonces, emocionándose con este Rilke, literatura purísima. Y qué envidia.

lunes, 21 de diciembre de 2009

«El otro mundo», de Hilario J. Rodríguez, en Ediciones del Viento

Una temporada en Nueva York. O en Hinojal, Cáceres. O en la cocina de un restaurante londinense. El lugar donde ocurre la vida que se puede contar es la memoria: es el juego o paradoja de esta novela, que no se pudo escribir en Nueva York —este es, de hecho, su argumento—, pero que se escribió, acaso en Zaragoza. El lugar donde ocurre la vida es también un apartamento en Brooklyn: su línea telefónica, su casera, las toses de los vecinos. El cruce entre memoria y cotidianidad fragmenta y disloca conciencia —bolitas de mercurio del termómetro roto— y escritura.

martes, 24 de noviembre de 2009

Ñaque

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Aquí estamos. Somos dos y malavenidos. Mi cuerpo, yo y un camino pedregoso. ¿Será posible que en realidad seamos tres? Mi alma, mi cuerpo, yo y un sendero que se comen las matas. ¿Conseguiremos algún día formar media compañía? Mi amor, mi alma, mi cuerpo, yo y el lindero entre dos tierras. ¿Veremos una dama en el papel de dama? ¿Una dama de verdad y no un niñato con delirios palaciegos? Mis sueños, mi revelación, mi esperanza, yo, las nubes que amenazan lluvia. ¿Una compañía entera para ponerle voz a todo un Lope? Dos, yo y yo. Acabamos de llegar.

miércoles, 21 de octubre de 2009

«El cielo es azul, la tierra blanca», de Hiromi Kawakami, en Acantilado



Con mínimos elementos narrativos —dos personas, una ciudad y los ratos perdidos al final del día—, cuya sencillez acaricia el abismo de lo inane, Hiromi Kawakami (1958) escribe una historia de amor que no evita tampoco la cursilería del propósito. Pertenecientes a dos generaciones distintas, los protagonistas encarnan las sosegadas y reposadas virtudes del Japón tradicional, uno, y el desorden y atropellamiento del mundo actual, otra. La autora sabe acercarlos y alejarlos con el ritmo sincopado de la vida urbana. Al final, en la mejor tradición narrativa, el diálogo salva la novela y convierte a los personajes en verdaderos.