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sábado, 10 de enero de 2009

Nieva

A Fernando Senante, que no ha visto nevar
Llegué a Madrid, barrio de Campamento, para hacer la mili tal que una tarde gélida de noviembre. Me acosté en la litera (de arriba) y a la mañana siguiente, cuando me desperté, vi los cristales empañados, pero los tejados que había al otro lado del patio ya no tenían la oscuridad cuartelaria. Lucían blancos. No sé si fue el mejor día de mi vida para ver nevar. Tampoco recuerdo si lo agradecí y me ayudó a sobrellevar el tiempo que entonces empezaba a contar: tantos meses por delante. Sólo recuerdo que me desperté y nevaba. Como en las malas películas.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Casavella

La deriva de noches y de literatura nos juntó en algún bar. Era la época en la que seducía con El triunfo. Yo no sabía muy bien qué era un novelista —mis amigos eran poetas— y Casavella contribuyó a darle cuerpo a mis modelos. Como haría Hemingway, invitaba a todos los presentes. Acababa de dejar su empleo en la Caixa —también inaudito— para irse a escribir a una desértica urbanización de la costa. Tenía que recorrer varios kilómetros en busca de tabaco. Y cuando se hartaba de la máquina de escribir, salía a pasear por las playas solitarias del invierno.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Ríos

Desde la mitad del puente, sobre el arco de hierro, las aguas parecen seguir el impulso del destino, acaso de la necesidad. ¿Qué tendrán en común con mi movimiento, me atrevo a pensar, perpendicular, paralelo u opuesto al suyo, conforme desee? Mientras ellas sólo se dejan llevar, mi albedrío puede remontar el cauce y aun subir más alto, hasta el monte abrupto. Y de acompañar su camino, no detendrán las arenas del delta mi andadura. Una caja de fruta vacía navega con la corriente, atraviesa el arco de metal, avanza hasta la curva, desaparece. Mañana seguiré aquí mirando el río.

martes, 23 de septiembre de 2008

Escenas de la vida de Joaquim Maria Machado de Assis (y 7)

No sabía de qué hablar. Había entregado la traducción y me quedé mirando aquel desorden como un idiota. En el calendario, 1984. Sonó el timbre. El cartero trajo un montoncito de giros: suscripciones a la revista. «Mira por donde vas a cobrar hoy», y me entregaron aquellos billetes, tal cual, como ya sólo negocian los libreros de viejo. A los pocos días regresé a Lisboa y en la librería de Campo Grande donde fui tan feliz compré los libros de Machado de Assis que no tenía. Por Esaú e Jacó pagué 450 escudos; no me importó que fuera tan caro.


viernes, 5 de septiembre de 2008

Tríptico CL

I
El edificio en ruinas del Molino sigue dándole a la manivela de la memoria. A veces, cuando busco en la red qué ha hecho un crítico, descubro que va de García Márquez a Mendoza sin salirse de la carretera ni para orinar. Me pregunto qué interés tiene hablar de libros cuyos autores han cobrado un adelanto millonario: esta es la única recensión que cuenta. Para saber si alguien es de verdad crítico literario le preguntaría qué libro, de cuantos ha leído, le ha parecido una obra maestra a él por primera vez, sin que nadie se lo haya señalado antes.

II
Qué libro o qué acto. Siempre pensé que había ganado mi carnet de crítico literario en El Molino. Si mi primo hacía la mili, debería yo tener dieciséis años. En un permiso quiso ir al Molino. Ni había ido antes, ni he vuelto. Fuimos a la función de tarde. No había espectáculo, tampoco vedettes famosas, sólo coristas que preparaban números individuales. Me divertía. Salió una chica rubia, delgada, sin atractivo. Empezó a bailar. Yo no sabía quién era, pero de repente me sentí ante una diosa. Una obra maestra. El tiempo se quebró en los cinco minutos de su número.

III
Tras ella nada fue igual. Por más que insistí, nadie se había quedado con el nombre de la chica. Tampoco les había interesado en exceso: «Tiene poca chicha». Varios años después la vi actuar en la Cúpula Venus, y supe, como sospechaba cuando lo encontré anunciado, que aquel lejano día en El Molino había visto a Christa Leem. Una diosa. Una auténtica diosa, de tan humana. Descubrí aquella tarde el abismo que separa lo mediocre de lo genial, pero dejé pasar la oportunidad de aprender que el arte más elevado produce indiferencia en la mayoría y entusiasmo en los solitarios.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Platón en El Molino






Al pasar junto al Molino la memoria se despereza para evocarme aquel compañero de colegio que vivía en una calle perpendicular al Paralelo. La ventana de su habitación daba sobre un ventanuco, en la pared de enfrente, que algunas noches de verano se abría para airear el camerino de las coristas. Me contó visiones magníficas que yo imaginaba desde su cuarto, mientras jugábamos, viéndolo cerrado. Pienso en el optimismo de Platón. No son sombras de las cosas lo que vemos, sino escenas en el camerino de las coristas que nos cuenta quien las ha visto por un ventanuco medio dormido.

viernes, 15 de agosto de 2008

Tranvías

Con qué delicadeza caía la tarde de junio. Habíamos quedado en casa de Teresa para celebrar que los días olían a verano. Como acababa de publicar De los tranvías, llevaba un ejemplar. Subía despistado por Torrente de las Flores y al encarar la plaza Rovira me sorprendió: ¡Un tranvía! En la plazoleta solitaria, sobre unas vías de pega, vi un precioso vagón de mentira. Rodaban una película, al parecer. Para mí, el significado era otro: la realidad juega a veces con la irrealidad para que la queramos un poco más. En esa frontera de lo inesperado, quejumbrosos, avanzan los tranvías.

domingo, 6 de julio de 2008

Venecia

Tan trivial por los colores desajustados de los turistas, todo para sacarles la calderilla del bolsillo y seguir mimando la antigua fortuna de la ciudad. Y, sin embargo, una esquina más allá: un puente, un canal, el viejo palacio, el callejón sin nadie y el silencio, tan denso, tan de verdad. Los movimientos caóticos de los visitantes cuyas lenguas en ningún momento oscurecen el dialecto recio, laberíntico, de los venecianos, que se impone en cualquier calle. Tantos tópicos como prodigios. El vaporetto recorre la laguna y entre la neblina una línea muy tenue escribe en la lejanía un nombre: Venecia.

miércoles, 18 de junio de 2008

Wagneriano

Si tuviera paciencia para revisar papeles daría con la fecha. Recuerdo un día nublado, desabrido. La víspera había leído sus poemas en el Aula Magna. Con bastante público. Por la mañana no tenía nada que hacer y me brindé a acompañarle por la ciudad. En la calle Lledó, donde evocamos el paseo de Garcilaso y Boscán, nos cruzamos con el grupo de saltimbanquis que aparece en un poema de Los Campos Elíseos. Frente al antiguo edificio de Catalana de Gas le dije: Tiene un aire wagneriano, por Otto, el arquitecto. Es cierto, replicó tarareando una melodía, por Richard, el músico.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Zorotroco

Heredé esta palabra una tarde de mi adolescencia. El sol entraba en la estancia como una visita conocida. Sobre la mesa había desplegado mis cuadernos y tras cuadrar el pequeño fajo que alternaba folios y hojas de calco, lo introducía en el rodillo con cuidado de no descuadrarlo. En el comedor la abuela hacía ganchillo y hablaba. El resto de la familia cruzaba, intervenía, empujaba para hacerse un hueco ante mi impertérrita vocación de escritor. Una de aquellas tardes lo dijo: Ese era un zorotroco. Anotaba en un papel las frases que mi abuela decía, escribía reseñas de libros, soñaba.

jueves, 27 de marzo de 2008

«Trabaja desde tu propio lado de la literatura & la obsesión por las habitaciones, no desde los de la industria editorial» Jack Kerouac


De mi juventud recuerdo frases cuya hipérbole se justifica por la edad: «Soy el primero que en Barcelona ha leído el libro de Bataille». Cuando me embelesaba alguna maravilla descubierta en el mercado dominical de libros viejos, en Sant Antoni, sentía siempre la satisfacción añadida de pensar que seguramente era la única persona en el planeta que estaba leyendo ese día aquel libro. Por eso no entiendo que en el metro los lectores del mismo libro (inútil para el verano, por cierto) se ufanen exhibiendo la misma cubierta. Otro mundo, éste, donde el lector ha dejado de ser un solitario.

martes, 4 de marzo de 2008

Antes de ir a pasar la tarde al Versalhes

Una tarde subimos los cuatro a la habitación que compartías con el otro estudiante de Salamanca. Nos acompañaba un tipo venezolano. Te recuerdo tumbado en la cama, con las piernas cruzadas. Fumabas. Los otros dos se atareaban con la gomina, las camisas, el peine, se aconsejaban, se miraban al espejo. A mí me recuerdo sin saber cuál era mi lugar en aquel cuarto. Entonces, señalándolos, dijiste: «Aún creen en los milagros», y ya supe qué hacer. Me tumbé en la otra cama. Estábamos en Lisboa, en 1980. Éramos estudiantes de filología. Todo lo que media desde entonces estaba por ocurrir.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Una autopista en Pensilvania

«Una vez en Iowa..», así empieza un poema de Seamus Heaney —en su último libro— que me ha impresionado. Habla de una cosechadora abandonada, en mitad de un desierto nevado. Tenía una idea más idílica de Iowa, un lugar que ni siquiera sé por dónde cae. Estuve pensando. Transitábamos por una autopista de Pensilvania. Conducía Mark. Con él iba Jesús, delante; detrás, Astrid, Cristina y yo. Nos mostrábamos los libros que acabábamos de comprar en Harrisburg. A mí seguían emocionándome los camiones americanos. Adelantábamos uno, saqué la cámara y salió en la foto. Un camión de Iowa. Un cielo diáfano.

Málaga revisitada

Recibo un recorte del diario El Mundo, edición malagueña. Leo una columna de AG ensalzando a RPE como cultura viva de la ciudad. Juicioso, es cierto. Pero sonrío, y recuerdo. Una mañana, frente al mar. Cuando éramos amigos (qué raro suena, qué inverosímil). Me dijo que perdía tiempo e ingenio escribiendo en los periódicos. Luego me advirtió: «Vienes aquí a visitar lo peor de Málaga, que lo sepas.» Eso iba por el ensalzado. Al cabo de los años sigo al pie de la letra los consejos del antiguo compañero: detesto los periódicos y en Málaga nunca he visitado a AG.